miércoles, 30 de septiembre de 2026

Re-vestirse del traje nupcial que es Jesucristo - San Mateo 22, 1-14 -.

Re-vestirse del traje nupcial que es Jesucristo - San Mateo 22, 1-14 -

I

 

Todo comienza con una invitación. No es una obligación ni un deber, sino una invitación: que proclama tu inmensa y dramática libertad.

 

Dramática para ti, pero también para Dios. El hombre es el riesgo de Dios: el Dios de la sala vacía, de las Iglesias vacías y tristes, el Dios del pan y del vino que nadie quiere, nadie busca, nadie saborea, es débil ante el corazón del hombre.

 

Y, sin embargo, invita: no al esfuerzo de la viña, sino a unas bodas, a una experiencia de plenitud, al placer de vivir. Esto es lo que atestigua el Evangelio: su don y su secreto son una vida hermosa; y Dios ya no es un deber, sino un deseo.

 

¡Pero se fueron unos a su campo y otros a sus asuntos! Los invitados viven para las cosas, ni siquiera tienen tiempo para la alegría. Viven fuera de sí mismos.

 

Pero el rey no se desanima, siempre tiene nuevas ideas para hacer realidad su sueño, y se convierte en el que alegra los cruces y las calles, a los buenos y a los malos. No necesita gente que le sirva, sino quienes le dejen ser servidor de la vida.

 

Pero después de la parte de Dios, viene nuestra parte. La parábola comienza con un palacio sin cánticos, con un salón vacío, y termina con un drama: echadlo fuera. ¡Es posible fracasar en la vida! A cada uno de nosotros se nos impone una condición: el traje de boda.

 

El hombre sin traje nupcial no es peor que los demás; simplemente no ha creído en la fiesta, no ha aportado su contribución de belleza a la liturgia de las bodas. No creía posible que el rey invitara al palacio a mendigos y pobres; que se tratara realmente del banquete de bodas del hijo del rey. «Un rey no hace eso», pensaba; «un rey exige, toma y no da». Se equivocó con respecto a Dios.

 

Equivocarse con respecto a Dios es un drama, es lo peor que nos puede pasar, porque entonces nos equivocamos con respecto al mundo, a la historia, al hombre, a nosotros mismos. Nos equivocamos en la vida.

 

El traje que hay que ponerse para no fracasar en la vida es Jesucristo (Ef 4,24). En el bautismo recibí, junto con la túnica blanca, la tarea de pasar la vida revistiéndome de Cristo. De tener sus sentimientos, de ser eco de sus palabras, de preferir a quienes Él prefería, de sembrar sus gestos en el mundo.

 

A respirarlo. Respirad siempre a Cristo, es la última tarea que el Abad Antonio, en su lecho de muerte, confía a los monjes. Es la experiencia de San Pablo: en Él vivimos, nos movemos y respiramos (Hechos 17,28). Entonces aportaremos nuestro granito de arena allá donde la vida celebre su fiesta.

 

Vestirnos con un traje nuevo, después de haber dejado el viejo (Ef 4,24). Él ha querido que estuviéramos dispuestos a arriesgarlo todo. Rechazamos la invitación porque contiene una exigencia excesiva: que las cosas de Dios nos importen más que las nuestras, más que el trabajo, el tiempo, el dinero. Y, sin embargo, las cosas de Dios no son más que nuestras propias fuentes.

 

Aún en este nuestro tiempo doloroso y espléndido, Dios nos renueva sus invitaciones, para decirnos que la eternidad no está en otra parte, en otro reloj, sino que este tiempo ya es un fragmento de eternidad lleno de invitaciones; ya ahora, con Dios, la vida celebra su fiesta si tan solo tenemos un corazón que acoge y que sabe compartir.

 

La invitación a la convivencia es también una invitación a pasar de la economía de las cosas a la economía de las personas, a dedicarnos tiempo para el encuentro, para los amigos, para Dios, para la vida interior.

 


II
 

Tres imágenes resumen esta parábola: la primera es la de una sala vacía, preparada para una fiesta a la que nadie acude. 

Al principio, el don; al principio, un Dios al que no se escucha ni se tiene en cuenta, que sueña con un palacio lleno de rostros felices y de cánticos. Ni siquiera Dios puede quedarse solo. El suyo es como un éxodo perenne en busca del hombre, el primero de todos los éxodos de toda soledad. 

Al principio, un Dios que necesita dar para ser Dios, que desde la eternidad celebra el rito de la amistad: «Id por las calles y a quienes encontréis, buenos y malos, llamadlos». Dispuesto incluso a estar en compañía de gente que no está a la altura, inadecuada, equivocada o mala. 

Y nosotros esperábamos que junto a Dios solo pudieran sentarse los buenos, los sin pecado, los puros, los merecedores. ¡Pero a Dios no se le merece, se le acoge! «Y el salón se llenó de comensales». El paraíso no está lleno de santos, sino de pecadores perdonados, de gente como nosotros. 

La segunda imagen es la de los caminos. Si el don no es acogido y las casas se cierran, el Señor abre caminos a lo largo de los setos. Son los caminos que recorren los siervos, pero antes aún los invitados que se marchan a sus campos y a sus quehaceres. 

El camino es el símbolo de la libertad de elección: unos lo recorren hacia la fiesta, otros hacia los campos y los quehaceres. 

En estas pocas palabras se esconde el motivo del rechazo: los invitados están demasiado ocupados para tener tiempo de vivir, siguen una lógica mercantil y contable, ajena a la gratuidad del tiempo y del don. 

Así somos nosotros: dispuestos a dar a Dios algo a cambio de algo (oraciones a cambio de ayuda), pero no a dar y recibir amistad de forma gratuita. No a amar sin ser correspondidos. 

La tercera imagen es la del traje de boda. El hombre que no lo ha puesto no es peor que los demás; los buenos y los malos se confunden en el salón abarrotado. Pero él no se confunde con los demás: aislado, separado, solo, no puede disfrutar de la fiesta porque no aporta su contribución de belleza. 

Quizá ese hombre no haya creído al rey: no es posible que un rey invite al palacio a mendigos y vagabundos. Tiene la mentalidad de quienes han rechazado la invitación; está allí como si estuviera en otra parte. 

Es el drama del hombre que se ha equivocado con respecto a Dios, que no imagina un Reino hecho de fiesta, convivencia y gozo. ¿Qué es el traje nupcial? Es Cristo: «revestíos de Cristo», pasar la vida vistiéndonos y revistiéndonos de Cristo, de sus gestos y de sus dones. 


III
 

Tres imágenes resumen la parábola: el salón de la fiesta, las calles y el traje de boda. 

1.- El salón de la fiesta permanece vacío y triste, una imagen despiadada del fracaso del rey: nadie quiere su regalo, nadie comparte su alegría. ¿Por qué los invitados no responden a su invitación? 

Todos hemos experimentado que, para celebrar de verdad con los demás, es necesario sentir ya de antemano la felicidad en nuestro interior, es necesario estar contentos. Por eso los primeros invitados no responden, porque no son felices: han perdido la alegría del corazón entre las cosas y los quehaceres. 

2.- Las calles. Entonces, el Dios que vive para crear alegría compartida dice a sus siervos: «Id por las calles, a los cruces, a los semáforos, a lo largo de los setos…». Y la invitación parece casual, pero en realidad quiere expresar la voluntad precisa de que nadie quede excluido. 

¡Qué hermoso es nuestro Dios que, cuando es rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: llamad a todos! Que abre, amplía, sube la apuesta, va más allá; y de «los muchos invitados» pasa a «todos los invitados»: a todos los que encontréis, malos o buenos, hacedlos entrar. 

Fijémonos: primero los malos y luego los buenos… No estamos llamados porque seamos buenos y nos lo merezcamos, sino para que nos hagamos buenos, dejándonos encontrar y encantar por una propuesta de vida bella, buena y feliz por parte de Dios. 

3.- El traje de boda que un comensal no lleva puesto y por eso es expulsado. Para comprender lo que representa ese traje, nos ayuda una palabra que nos susurraron el día del Bautismo cuando, al ponernos encima una pequeña túnica blanca, el sacerdote dijo: «¡Hijo mío, vístete ahora de Cristo!». ¡Nuestro traje es Cristo! 

Pasar la vida revistiéndonos de Cristo, haciendo nuestros sus gestos, sus palabras, su mirada, sus manos, sus sentimientos; prefiriendo a quienes él prefería. 

El traje nupcial es el de la Mujer del Apocalipsis: vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de estrellas en la cabeza, que lleva el guardarropa de Dios, el traje de fiesta de la creación, que es la luz, el primero de todos los símbolos de Dios. En esa Mujer estamos cada uno de nosotros, buscadores de la luz que venga a vencer los miedos y las sombras que envejecen el corazón. 

La parábola nos ayuda a no equivocarnos con respecto a Dios. Lo imaginamos como un Rey que nos llama a servirle y, en cambio, es Él quien nos sirve a nosotros. Lo tememos como al Dios de los sacrificios y es el Dios al que le importa la alegría; uno que nos obliga a hacer cosas por él y, en cambio, nos pide que le dejemos hacer grandes cosas por nosotros. 

Lo imaginamos lejano, separado, y en cambio está dentro de la sala de la vida, la sala del mundo, como una promesa de felicidad, una escalera de luz apoyada en el corazón y que asciende hacia Dios. 


IV
 

El Reino de los Cielos se parece a una fiesta. Sin embargo, en la ajetreada ciudad de los hombres nadie parece interesado: los invitados no querían venir… quizá temen una fiesta sin corazón, el formalismo de todos, la indiferencia mutua. 

No querían venir, tal vez porque estaban absortos en sus quehaceres, en la rutina del trabajo y del dinero, en las cosas importantes que hay que hacer; no tienen tiempo para cosas sin importancia: las personas, los encuentros, la fiesta. Tienen demasiado que hacer para vivir de verdad. 

Al escuchar esta parábola siento una punzada en el corazón: son pocos los cristianos que sienten a Dios como un vino de alegría; son tan pocos aquellos para quienes creer es una fiesta, las celebraciones litúrgicas que irradian alegría, festivas no solo de nombre. 

Entonces el rey dijo a sus siervos: «Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, invitadlos a la boda». La orden del rey es fabulosa: a todos los que encontréis, malos y buenos, sin hacer distinciones, sin tener en cuenta méritos ni moralidad. Una invitación aparentemente aleatoria, que, en cambio, muestra la clara voluntad del rey de que nadie quede excluido. 

¡Qué hermoso es este Dios que, cuando es rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: «¡Llamad a todos!» Que no se rinde ante las primeras dificultades, y que no permite, ni acepta, que nos rindamos; con Él siempre hay un «después». 

Un Rey que abre, amplía, sube la apuesta, va más allá; y de «muchos invitados» pasa a «todos invitados»: y entraron todos, malos y buenos. Incluso primero los malos… ¡No porque hagan algo por él, sino porque le dejen ser Dios! 

Al final, el salón se llenó de comensales. Así me imagino el Paraíso, como ese salón, lleno no de santos, sino de pecadores perdonados, de gente como nosotros. 

Pero un invitado no lleva el traje de boda: amigo, ¿cómo es que has entrado aquí sin el traje de boda? 

¿Qué simboliza ese traje, el mejor que debería haber tenido? ¿Una conducta intachable? No, en el salón se mezclan personas buenas y malhechores. 

Indica lo mejor de nosotros mismos: ese tema nupcial que es la piedra angular de toda la Biblia, la fe como una historia de amor. 

Desde el momento en que Dios te da la vida, te invita a las bodas con él. Cada uno, a su manera, es el novio. Palabra de los profetas, de los salmos, de Jesús: la historia de la salvación es la historia de dos mendigos, uno que busca el amor y es Dios, y el otro que busca el amor y es el hombre. 

Ese invitado se equivocó con respecto a Dios y, por tanto, consigo mismo, con la vida, con todo: no comprendió que Dios viene como un Esposo, tan íntimo contigo como un amante, experto en fiestas; que en el cielo se celebra por un pecador arrepentido, por un hijo que regresa, por cada mendigo de amor que encuentra y al que devuelve un sorbo de amor, un trago de vida. 


V
 

En la ciudad hay una gran fiesta: se casa el hijo del rey, el heredero al trono, y, sin embargo, nadie parece interesado; al menos ninguna de las personas importantes, aquellas que poseen tierras, bueyes y tiendas. 

Es el retrato del fracaso del rey. Pero este no se rinde ante el primer rechazo y vuelve a lanzar la invitación. ¿Cómo es que, de nuevo, nadie responde y la fiesta prometida acaba en sangre y fuego? Es la historia de Jesús, de Israel, de Jerusalén... 

Entonces dijo a sus siervos: «Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda». 

Por tercera vez, los siervos reciben la tarea de salir —una Iglesia en salida— a buscar en los cruces de los caminos, tras los setos, en las periferias, a hombres y mujeres sin importancia alguna, siempre que tengan hambre de vida y de fiesta. 

Si los corazones y las casas se cierran, el Señor, que nunca se queda sin sorpresas, abre encuentros en otros lugares. Ni siquiera Dios puede estar solo. 

La orden del rey es ilógica y fabulosa: a todos los que encontréis, llamadlos a la boda. A todos, sin tener en cuenta méritos, raza ni moralidad. La invitación podría parecer casual, pero expresa la voluntad precisa de llegar a todos, sin excluir a nadie. 

De «los muchos invitados» pasa a «todos los invitados», de las personas importantes pasa a los últimos de la fila: «Dejad que entren todos, malos y buenos». Incluso primero los malos y luego los buenos, sin medias tintas, sin sopesar, sin cuotas que repartir... 

El Evangelio muestra que Él no busca hombres perfectos, no exige criaturas inmaculadas, sino que quiere hombres y mujeres que estén en camino, aunque jadeen, aunque cojeen, pero que sigan caminando. 

Así es el paraíso. ¿Lleno de santos? No, lleno de pecadores perdonados, de gente como nosotros. De vidas que cojean. El rey invita a todos, pero no a hacer algo por él, sino a dejar que él haga cosas por ellos: ¡que le dejen ser Dios! 

El rey entró en el salón… Pensamos en Dios como alguien lejano, separado, en su trono de gloria, y en cambio está dentro del salón de la vida, en este salón del mundo, está aquí con nosotros, alguien a quien le importa la alegría de los hombres y se preocupa por ella; está aquí, en los días de baile y en los de lágrimas, instalado en el centro de la existencia, en el corazón de la vida, no al margen de ella. 

Y se da cuenta de que un invitado no lleva el traje de boda. Todos se han cambiado de ropa, él no; todos, incluso los más pobres, no sé cómo, lo han conseguido, él no; él es como si se hubiera quedado aún fuera del salón. 

Ha entrado, pero no se creía que hubiera una fiesta. No ha entendido que en el cielo se celebra una fiesta por cada pecador arrepentido, por cada hijo que regresa, por cada mendigo de amor. No cree que Dios muestre su rostro de padre en los relatos de un Maestro que amaba los banquetes abiertos a todos. 


VI
 

Gran fiesta en la ciudad: se casa el hijo del rey. 

Pero ocurre que los invitados, gente seria y con los pies en la tierra, empiezan a poner excusas: tienen compromisos, asuntos que resolver, no tienen tiempo para cosas sin importancia: un banquete, fiestas, afectos, rostros. 

El ídolo de la cantidad ha exigido que se le sacrifique la calidad de vida. Porque la esencia de la parábola es esta: Dios es como alguien que organiza una fiesta, la mejor de las fiestas, y te invita, y pone sobre la mesa las condiciones para una vida buena, bella y alegre. 

Todo el Evangelio es la afirmación de que la vida es, y no puede ser otra cosa que una búsqueda continua de la felicidad, y Jesús posee la clave. 

Pero nadie acude a la fiesta, el salón está vacío. La reacción del rey es dura, pero también espléndida: envía a los sirvientes a constatar el fracaso de los primeros y, después, a buscar en los cruces de caminos, detrás de los setos, en las afueras, a hombres y mujeres sin importancia alguna, siempre que tengan hambre de vida y de fiesta. 

Si los corazones y las casas de los invitados se cierran, el Señor abre encuentros en otros lugares. Así como entregó su viña a otros viticultores, así entregará el banquete a otros hambrientos. 

Los siervos parten con una orden ilógica y fabulosa: a todos los que encontréis, llamadlos a la boda. A todos, sin tener en cuenta méritos ni formalidades. No pide nada, lo da todo. 

Es hermoso este Dios que, cuando es rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: ¡llamad a todos! Él abre, amplía, sube la apuesta, va más allá. Y de «muchos invitados» pasa a «todos invitados», de las personas importantes de la ciudad pasa a los últimos de la fila: «Dejad que entren todos, malos y buenos». Incluso primero los malos y luego los buenos... 

Una sala llena, un escándalo para mi corazón fariseo. Y cuando se adentra en la multitud festiva de la sala, es la imagen de un Dios que entra en el corazón de la vida. Nosotros lo imaginamos lejano, separado, sentado en su trono de juez, y en cambio está dentro de esta sala del mundo, aquí con nosotros, como alguien a quien le importa mi alegría y se preocupa por ella. 

Y he aquí el segundo punto clave del relato: un invitado no lleva el traje de boda. Y Él ordena que lo echen fuera. ¡Qué pretensión! Ha invitado a mendigos y harapientos y se sorprende de que uno vaya mal vestido. 

Pero el traje de boda no es el que se lleva sobre la piel, es un traje en el corazón. Es un corazón que no se ha apagado, que se enciende, que sueña con la fiesta de la vida, que desea creer, porque creer es una fiesta. 

Yo también soy lo que soy: el traje un poco remendado, un poco gastado o descosido. Pero el corazón, ese no: tengo hambre y sed, y deseo que la alegría y la fiesta vuelvan pronto a nuestros hogares. Soy un mendigo del cielo. 

VII 

Muchos creyentes, prisioneros de una religiosidad pre-evangélica, sitúan la piedra angular de la relación entre el hombre y Dios en el pecado que hay que expiar, y en la base de todo ello, el pecado original. 

En cambio, el Evangelio no se cansa de repetir que el eje central de la fe es el don, y en su base, el don original: «¡Si conocieras el don de Dios!». 

La parábola lo explica bien: hay una fiesta en la ciudad, la más importante de todas, se casa el hijo del rey. La religión respira un aire festivo, se fundamenta en el don. 

El relato gira en torno a tres imágenes: una sala vacía; la búsqueda por las calles; un traje inadecuado. Empieza bien, pero pronto deriva hacia la tristeza. 

La sala vacía pone de manifiesto un fracaso, como en algunas de nuestras tristes Iglesias medio vacías, con el pan y el vino que nadie quiere, nadie busca, nadie saborea; con nuestra incapacidad para hablar de la Palabra. Y entonces, la sorpresa: el rechazo no anula el don. 

Si los corazones y las casas de los invitados se cierran, el Señor inesperado abre encuentros en otros lugares. Así como entregó la viña a otros labradores, así entregará el banquete a otros hambrientos. 

A los siervos se les envía con una orden ilógica y fabulosa: «A todos los que encontréis, llamadlos a la boda». A todos, sin tener en cuenta méritos ni formalidades. «No preguntéis nada, vosotros, los invitados». ¡Qué hermoso es este Dios que, al ser rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: «¡Llamad a todos!» Abre, amplía, sube la apuesta, va más allá, tiene tanta alegría que regalar. 

Y pasa de «muchos invitados» a «todos invitados», de los notables de la ciudad a los últimos de la fila: «Dejad que entren todos, malos y buenos». Incluso primero los malos y luego los buenos. Y yo que pensaba que junto a Dios solo había sitio para los buenos, los mejores, los chicos buenos: en cambio, «¡se llenó el salón!» y no solo de gente de bien... 

Cuando el rey desciende entre la multitud festiva del salón, disfruto de la imagen de un Dios que entra en el corazón de la vida. Nosotros lo imaginamos lejos, separado, sentado en su trono de juez, y en cambio está dentro de esta sala del mundo, dentro de la vida, aquí con nosotros, como alguien a quien le importa la alegría y la cuida. 

Ha invitado a mendigos y desaliñados y se sorprende de que uno vaya mal vestido. Pero no por lo que lleva puesto sobre la piel, sino por lo que viste su alma. Al hombre «sin traje de fiesta» se le echa fuera no porque sea peor que los demás, sino porque está apagado por dentro, sin fiesta en el corazón. 

Al escuchar esta parábola, siento un nudo en el estómago: aún son muy pocos los cristianos que sienten a Dios como un vino de alegría, una flauta del más allá. Son muy pocos aquellos para quienes creer es una fiesta, la belleza de vivir, una fuente de fuerza y de sonrisas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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