Una oferta de gracia al banquete del Reino - San Mateo 22, 1-14 -
El Dios que Jesús vino a revelar es un Rey que invita a una boda.
No obliga, no coacciona, no intimida. Propone.
Y no solo propone ir a trabajar a la viña para cambiar
el mundo junto a Él, no.
Propone participar en una bonita fiesta, en un
banquete elegante, en una cena con la que llevamos tanto tiempo soñando.
Así es Dios. No ese Dios diminuto que tenemos en la
cabeza, ese severo de nuestros miedos, ese intransigente de nuestras visiones
estrechas e inútiles moralistas.
Un Dios que celebra. Un Dios que ama la compañía, que
la busca, que me invita.
Me invita a mí, porque no es egoísta como sabemos
serlo nosotros, ni narcisista ni desconfiado.
Dios es un espectáculo de luz y de vida y me pide, me
propone con absoluta libertad, que participe en su vida, pero también que
comparta su alegría. Un Dios feliz que me quiere feliz.
Y los siervos van, invitan, insisten.
Nosotros, los siervos, nosotros, los discípulos que ya
hemos conocido la inmensa belleza de Dios.
San Mateo, nos explican los exégetas, habla de los
discípulos que intentan evangelizar a sus hermanos judíos.
¡Qué hermosos son en las montañas los pies de quienes
hablan de Dios!
Magnífico, diremos nosotros.
En teoría...
Porque, en la práctica, Dios recibe un solemne y
unánime: no, gracias.
Tenemos cosas que hacer. Es cierto, claro. Cosas urgentes, necesarias, importantes.
Pero siempre y solo cosas. Materia, compromiso, trabajo, sudor.
Cosas.
Que llenan cada espacio, que ocupan la mente, que
apagan el alma y el deseo.
Peor aún: que la matan alma, deseo, mente...
No son malvados los que rechazan.
Simplemente están demasiado ocupados para ser felices.
Se engañan creyendo que encontrarán la felicidad después de haber terminado las
cosas que hay que hacer. Como
si la felicidad pudiera esperar. Como si dependiera de las cosas.
Y, sin embargo, basta con poco. Aceptar la invitación,
ir.
Ver cuánta alegría, verdad y belleza habitan en Dios,
y cómo nuestra vida, sea como sea, puede florecer. Todo el Evangelio consiste
en un ven y ve.
¿Qué mejor tenemos que hacer hoy que ser felices?
Ponemos excusas.
Problemas, dolor —a veces incluso atribuido a Dios—,
obstáculos.
Ni mucho menos: si no somos felices hoy, nunca lo
seremos.
Así, la comunidad de San Mateo experimenta el rechazo
e interpreta la catástrofe de la destrucción del Templo como la consecuencia de
ese rechazo. No es un gesto de enfado de Dios, sino la deriva de un mundo
—entonces como hoy— que cree bastarse a sí mismo.
Parte del pueblo de Israel rechazó la invitación, por
lo que Dios se dirige a los que se han escapado de casa, a los marginados, a
nosotros, para que entremos al banquete. Solo que…
Solo hace falta una cosa: el traje. Un traje adecuado, apropiado.
Una exigencia absurda, a primera vista: ante la
negativa de los invitados, el rey hace que entren malos y buenos, mendigos y
pobres. ¿Cómo exigirles un traje de boda?
Nosotros, hoy, sabemos que la invitación de Dios va
dirigida a todos, incluso a quienes no son dignos de ella, incluso a los
pecadores. No hay selección de buenos
cristianos para formar parte de la fiesta.
Pero el traje sí. Por supuesto.
Una referencia al traje bautismal, a nuestra dignidad,
a convertirnos en lo que somos.
Porque hoy la Iglesia necesita cristianos, no
sacerdotes. Ni sacerdotes cristianos.
Para llevar el Evangelio al mundo, no para empujar al
mundo hacia las Iglesias.
El Rey es un padre, es bueno, no es un buenazo, no un
Padre inútil.
Nos ama de verdad, con alegría, pero no se deja tomar
el pelo.
Podemos rechazar dramáticamente la alegría. Pero
también fingir y no estar dispuestos a crecer, a florecer, a convertirnos. A
ser cristianos de pacotilla. Inofensivos e inútiles.
La consecuencia, entonces, será quedarnos atados para
siempre a nuestra minúscula visión de la vida y vivir en las tinieblas.
Entonces esta Palabra me ayuda, me impulsa, me sacude, me inquieta.
Quizá se dirija a mí. Quizá sea precisamente yo quien
rechaza la lógica de la fiesta. Aunque sea discípulo de toda la vida. Aunque
sea catequista, sacerdote o cardenal. Quizá de verdad debamos dejar de pensar
que estas parábolas son para los demás.
Yo, Joseba, puedo negarme a participar en la fiesta de
Dios. O convertirme.
Porque Dios sigue invitando, dice Isaías. Y si quien
debía participar no está, no pasa nada.
Quiero estar ahí. Y vivir con verdad y dignidad mi
bautismo. Para convertirme yo mismo en evangelizador allí donde estoy.
Porque yo también, como San Pablo, he experimentado
que todo lo puedo en aquel que me da la fuerza.
Incluso para vivir este tiempo de elección y de criba.
Eso es.
¿Qué mejor podemos hacer hoy que ser felices?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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