Acoger al Dios de la fiesta - San Mateo 22, 1-14 -
En el Templo de Jerusalén, Jesús expone a los líderes religiosos de Israel una tercera parábola, más compleja y «cargada» que las anteriores: es una historia a través de la cual evoca el banquete del Reino (cf. Is 25,6-10; Mt 8,11-12) y el juicio final.
Al mismo tiempo, en este pasaje se aprecia claramente
la mano del evangelista San Mateo, quien, al escribir tras la destrucción de
Jerusalén a manos de los romanos en el año 70 d. C., sitúa en el horizonte de
la historia de la salvación algunos acontecimientos históricos concretos.
Desde esta perspectiva, la parábola trata de manera
figurada del acontecimiento pascual, es decir, de las «bodas del Cordero» (Ap
19,7), del rechazo de los primeros misioneros cristianos por parte de Israel,
de la devastación de Jerusalén, de la apertura de la misión cristiana a las
naciones, del juicio que se cierne sobre la propia Iglesia y sobre los nuevos
invitados. Tanto la Iglesia como Israel se sitúan, por tanto, en el horizonte
del juicio.
En la primera parte de la parábola, Jesús compara el
Reino con la historia de un Rey que, con motivo de las bodas de su hijo, envía
a sus siervos a llamar a los invitados. Ha preparado un banquete con manjares
exquisitos y solo pide a los invitados que acepten su regalo, que compartan con
Él la alegría.
Pero, al igual que en la parábola de los labradores
asesinos (cf. Mt 21,33-45), la reacción es sorprendentemente negativa: algunos,
con indiferencia y superficialidad, hacen caso omiso de la llamada; otros
llegan incluso a insultar y matar a los siervos.
La respuesta del Rey es inmediata y dura: «Se
enfureció y, tras enviar a sus tropas, mató a esos asesinos e incendió su
ciudad». Jesús recurre a un lenguaje apocalíptico, a imágenes «amenazadoras»
que no pretenden infundir miedo, sino solo dejar claras las exigencias que se
le piden a quien quiera entrar en el Reino, que en realidad se reducen a una
sola: aceptar el don de Dios, so pena de un miserable fracaso de la propia
vida, tal vez en nombre de nobles ocupaciones religiosas o de la supuesta
defensa del mismo Dios…
En este punto, la narración experimenta una especie de
nuevo comienzo.
El Rey envía a otros siervos a llamar al banquete a todos los que se encuentran en los cruces de los caminos: la oferta de la salvación se renueva en beneficio de todos los hombres. Y he aquí que el salón se llena de invitados, tanto malos como buenos, del mismo modo que el trigo y la cizaña crecen juntos (cf. Mt 13,24-30), como la red echada al mar arrastra a la orilla peces buenos y malos (cf. Mt 13,47-50)…
Jesús es consciente de que todos los hombres son malos
(cf. Mt 7,11) y de que solo Dios es bueno (cf. Mt 19,17); sin embargo, es
cierto que la salvación se concede a todos, porque Dios quiere salvar a todos
los hombres (cf. 1 Tim 2,4). Y la condición para llegar a ser buenos, una vez
más, es una sola: reconocerse pecadores y aceptar ser justificados por el amor
de Dios.
Así es como debe entenderse la conclusión de la
parábola, relacionada con una costumbre tradicional de la época de Jesús: a la
entrada del banquete nupcial, los comensales recibían como regalo una túnica
blanca, señal de la invitación común recibida del dueño de la casa.
Cuando el Rey, figura de Dios, entra para saludar a
los presentes, divisa a uno que carece del traje nupcial. ¿Cómo ha sido
posible? Este hombre ha aceptado la invitación, pero, hasta el último momento,
ha rechazado con orgullo el don, ha pretendido valerse de sus propias fuerzas;
y así, en lugar de responder con alegría a la gratuidad de Dios, ha emprendido
un monólogo que, en el momento decisivo, lo deja mudo. Dios nunca lo ha
conocido (cf. Mt 7,23), y ya es demasiado tarde…
«Muchos son los llamados, pero pocos los
elegidos», concluye Jesús. Es una palabra que constituye una
advertencia exigente para cada uno de nosotros.
Todos los seres humanos están llamados a la salvación,
al banquete festivo del Reino, pero a nadie se le garantiza, ni siquiera por
pertenecer a la Iglesia. Es necesario rendirse a la gracia que siempre nos
atrae y eliminar todo lo que obstaculiza la acción del reinado de Dios sobre
nosotros.
Es necesario, en otras palabras, acoger la oferta de
Dios, Padre del Señor Jesucristo y nuestro Padre: «Al que tenga sed, le daré
gratuitamente del agua de la fuente de la vida» (Ap 21,6; cf. Is 55,1).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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