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domingo, 8 de noviembre de 2026

No tengas miedo (mi relato autobiográfico) - San Mateo 25, 14-30 -.

No tengas miedo (mi relato autobiográfico) - San Mateo 25, 14-30 -

La parábola está íntimamente ligada a aquella noche que parece agotarse en la espera de diez vírgenes y de un poco de aceite que no basta. Crónica de una noche transformada en nueva esperanza por un destello de voz, por un amanecer redescubierto.

 

Ahora, un discurso que continúa: diez vírgenes, el aceite y ahora los talentos y un hombre que se marcha: de nuevo la noche. Un movimiento aparentemente inverso. Pero no debemos olvidar al novio, eso es lo que importa.

 

Ahora que la noche ha llegado a su fin, ya no es virgen, la puerta se ha abierto de par en par y luego se ha vuelto a cerrar, la alianza se ha sellado, se han aprendido los aromas del amado, se ha conservado el aceite, el perderse, el encontrarse, el amarse. Nada puede volver a ser como antes, nada, ni siquiera la noche, aunque vuelva a presentarse, puntual como la muerte.

 

De nuevo la noche, para decir que aún no ha madurado el tiempo de lo eterno. Aunque el amor ya ha entrado y no ha dejado nada intacto. No olvides al esposo, eso es lo que realmente importa.


No lo olvides, en lo más profundo del corazón de esta noche que cree poder volver a empezar como si nada hubiera pasado. No lo olvides, reconócelo presente en los ojos de este hombre obligado a emprender el camino en una noche que se anuncia aún más dura, densa y misteriosa.

 

No olvides al novio, reconócelo, ahora que te llama para entregarte los talentos, justo antes de despedirse, ahora que se ve obligado a partir, atravesando una puerta en forma de cruz cerrada con violencia por quienes temieron el compromiso divino con la carne. Por quienes clavaron en lo alto un cuerpo, para impedir el camino de Dios en su jardín: el hombre.

 

Ahora que la noche está a punto de devorar la carne del Esposo, Él te llama y lo que te deja son talentos. Monedas, símbolos. No te olvides del Esposo mientras miras esas monedas que no pueden darte miedo; son adecuadas para ti, Él te conoce, están distribuidas «según las capacidades de cada uno», porque solo el amor conoce, el amor no aplasta, el amor nos escucha. Y nos cuida.

 

Toma los talentos y apriétalos con fuerza, como si fueran una joya, como una carta de amor, más aún, como si fueran lo que son: la vida que se cruza con la tuya, el destino comprometido, la clara decisión de no querer volver a antes del amor, el decir que lo divino ha elegido ya dejarse definir por las decisiones humanas, de obedecer a la medida de cada corazón.


No te olvides del Esposo. Los talentos no son cosas que sabemos hacer, sino que son oraciones, peticiones preciosas, súplicas divinas para que no nos olvidemos del amor hecho con el Esposo. Petición de Dios de poder quedarse, compromiso con la vida, la verdadera, con el tiempo que hay que emplear, acoger, compartir, dilatar. 


Sin cargas, a nadie se le pide que sea más de lo que es: cinco y cinco, dos y dos, uno y uno, todo y todo; un llamamiento para no volver solos tras el amor, pues no se puede reconstruir la virginidad de antes de la noche; ahora es el momento, en la ausencia de dar a luz una nueva presencia, de inventar nuevos espacios, de no tener miedo de decir lo bonito que fue dejarse amar.

 

No olvidar al Esposo, es la única salvación. No olvidar el amor y la vida experimentados una vez que se ha cerrado la puerta para que la noche se vuelva ajena. No olvidar el fuego cálido, el dulce abrazo, como un pan compartido, como un vino robusto y perfumado, como los pies de los discípulos besados y acariciados, como una cena, la última porque es definitiva.

 

No olvidéis al Esposo, recordad el amor, recordad la mirada y lo que él prometió. «Haced esto en memoria mía», no una repetición cansina de un rito deformado, despojado de vida, vaciado, sino el amor, el amor recordado, reencontrado, hecho, devuelto a la vida, presente. Sed este amor, sed mi presencia, sed yo, en vosotros.

 

No olvidéis al esposo en esta noche. No olvidéis el amor. No olvidéis el corazón. Lo único que salva. De lo contrario, no queda nada más que un amo. Y el deseo de ser enterrado. Como de una muerte prematura, muerto el talento, muerto el amado, muerta mi vida, condenada al miedo. Muertos antes del último aliento, entregados a una noche sin apelación, bajo tierra. Como las monedas del traidor que no atravesaron la noche, sino que, para Judas, decretaron su límite definitivo.


Basta poco; al novio que se marcha le basta poco o nada: un gesto, un saludo, un mensaje, algo pequeño que diga que el amor no se ha olvidado.

 

«Deberías haber confiado mi dinero a los banqueros…», hablando el único idioma que el hombre asustado parece comprender… basta con poco o nada, aunque solo sea confiar el dinero en manos ajenas, pero que al menos no desapareciera. Que amar no diera tanto miedo.

 

A esto estamos llamados. Solo a esto.

 

A no tener miedo del novio.

 

A no tener miedo de decir que es bonito amar y ser amado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La fidelidad en lo poco: la vida cotidiana - San Mateo 25, 14-30 -.

La fidelidad en lo poco: la vida cotidiana - San Mateo 25, 14-30 -

La parábola evangélica añade una precisión al significado de la vigilancia. Si en la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13) velar significa ser previsor, estar preparado, prepararse y dotarse de lo necesario teniendo en cuenta una larga espera, ahora, en la parábola de los talentos (Mt 25,14-30), la vigilancia se especifica como atención y responsabilidad en lo cotidiano, como fidelidad en las cosas pequeñas («has sido fiel en lo poco»: Mt 25,21.23).

 

Por lo tanto, la vigilancia no se refiere solo a la espera escatológica, sino que abarca plenamente la relación con lo cotidiano, con las realidades de cada día. El juicio final se prepara aquí y ahora, en el hoy histórico, algo que se manifestará con toda claridad en la parábola del juicio universal (Mt 25,31-46).

 

Allí se manifestará claramente la autoridad escatológica de los pequeños y los pobres. El juicio final se basará en las obras de caridad y justicia realizadas en su favor o que se hayan omitido. La vida cotidiana se presenta así como el lugar escatológico por excelencia.

 

Una primera advertencia que nos llega de esta parábola se refiere, por tanto, a la atención que estamos llamados a prestar a la vida cotidiana. Esa vida cotidiana en la que estamos inmersos y que, por ello, corremos el riesgo de no conocer, de no darle importancia, de descuidarla.

 

Y, sin embargo, es precisamente la vida cotidiana el lugar en el que realizamos nuestra humanidad, nos construimos como personas y edificamos las relaciones que dan sentido y sabor a nuestra vida: amistades, amores, una familia, una comunidad. Es decir, las pequeñas cosas de la vida cotidiana no son tan pequeñas después de todo.

 

Karl Rahner captó la dimensión teológica de lo cotidiano de esta manera tan bella: «Lo cotidiano es el espacio de la fe, la escuela de la sobriedad, el ejercicio de la paciencia, el saludable desenmascaramiento de las palabras grandilocuentes y de los ideales ficticios, la ocasión silenciosa para amar y ser fieles de manera auténtica, la prueba de la objetividad, que es la semilla de la sabiduría más elevada».

 

Un hombre, tal vez un empresario, un comerciante, se va de viaje y confía su capital a sus siervos para que lo hagan fructificar. Confía sumas considerables a cada uno y la diferencia en la distribución (cinco, dos y uno) se ajusta a la capacidad de cada uno: «A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, según las capacidades de cada uno» (Mt 25,15).


La idea que unifica la diversa distribución de los talentos es que, en cualquier caso, para cada uno, en el origen hay un don que proviene de otro, y que cada uno recibe según su propia capacidad. Se trata, por tanto, de un don «personalizado».

 

Se puede decir que es un don que revela al destinatario del don a sí mismo. El don que se me ha confiado me revela a mí mismo. Entrar en la lógica de la comparación y, tal vez, de la recriminación, aleja al hombre de la única actividad verdaderamente sensata: conocerse a sí mismo y conocer a Dios, el Dador, reconociendo y acogiendo los dones recibidos.

 

Un don que es también una tarea y que exige no ser desperdiciado, ignorado ni despreciado, sino acogido con gratitud activa y responsable. San Pablo escribe: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7). Podríamos añadir que no solo lo que tenemos, sino también lo que somos es un don de Dios. Nosotros somos un don.

 

Siempre desde esta perspectiva, hay un aspecto del juicio que se cierne sobre quienes no han hecho fructificar los talentos recibidos que no tiene que ver, en primer lugar, con la perspectiva escatológica (cf. Mt 25,30), sino ya aquí y ahora con el riesgo de desperdiciar la vida, de no vivirla, de malgastarla. El riesgo es el de una vida insignificante, de una vida no vivida.

 

«De inmediato» (Mt 25,15), dice el texto, los dos primeros siervos invierten el dinero y obtienen ganancias proporcionales a las sumas recibidas e invertidas. A diferencia de aquellos que «inmediatamente», sin perder tiempo, invirtieron el dinero, el tercer siervo cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero. Y he aquí que «al cabo de mucho tiempo» (Mt 25,19) regresa el amo.

 

«Inmediatamente», «al cabo de mucho tiempo»: el texto subraya la dimensión del paso del tiempo. La duración del tiempo pone de manifiesto la verdad de las personas, de sus comportamientos, de su entereza, de su responsabilidad. El paso del tiempo es revelador.

 

Podemos decir que los dos primeros siervos supieron comprender que el primer gran don del que pueden disfrutar es el tiempo y no lo desperdician, no lo tiran por la borda. Deberíamos reflexionar más sobre el «pecado» de perder el tiempo. ¿Y qué es el tiempo perdido?


En palabras de Dietrich Bonhoeffer: «Perdido sería el tiempo en el que no hubiéramos vivido como seres humanos, no hubiéramos tenido experiencias, no hubiéramos aprendido, actuado, disfrutado o sufrido. El tiempo perdido es el tiempo que no está lleno, el tiempo vacío».

 

La inconsciencia o la responsabilidad se miden, ante todo, en relación con el tiempo.

 

A efectos del mensaje de la parábola, el número de talentos recibidos no es relevante: los dos primeros, que recibieron cinco y dos, reciben exactamente la misma respuesta del amo, lo que significa que incluso el último, que solo había recibido uno, habría recibido la misma recompensa que los demás si también él hubiera empleado su talento (Mt 25,21.23).

 

El diálogo entre los siervos y el amo es revelador: los dos primeros, con objetividad, le cuentan lo que han hecho y los frutos de su trabajo (Mt 25,20-23). El tercero se extiende en consideraciones subjetivas sobre la dureza del amo y sobre el miedo que este le habría provocado, de modo que, por miedo, escondió su talento y no lo hizo fructificar.

 

En este último no ha habido evolución ni dinamismo, sino que se ha aferrado a un juicio que lo ha paralizado, de modo que ha preferido el miedo y la parálisis al dinamismo del compromiso y del trabajo. Ha permanecido dominado por el juicio sobre el amo: se ha encerrado en su falta de libertad como en una prisión en la que otros lo hubieran encerrado.

 

Su discurso lleva a decir: si no fueras tan duro, yo habría actuado de otra manera. Sé, de hecho, que si hubiera invertido el dinero y hubiera perdido, también habría tenido que devolver lo que hubiera perdido. De hecho, es un discurso que, al tiempo que exime de responsabilidad al siervo, culpa al amo.


El tercer siervo no quiso correr riesgos. El miedo que paralizó al siervo fue también miedo al riesgo. Y dado que es evidente que esta parábola no pretende enseñar el uso del dinero y no puede utilizarse para defender un sistema económico que absolutice el beneficio, el miedo a posibles pérdidas debe entenderse como miedo a la vida que nace de una imagen distorsionada de Dios.

 

El deseo de seguridad, el miedo a entregarse, el temor al juicio ajeno, han neutralizado en este hombre la voluntad de Dios, que era que buscara una ganancia (cf. Mt 25,27) con el dinero recibido: y esa búsqueda de una ganancia habría significado también vivir, trabajar, arriesgarse, alegrarse y sufrir; en definitiva, dar sentido a su existencia.

 

Al esconder el dinero para no perder nada, ese siervo intentó conservarlo todo, salvarlo todo y, en cambio, lo perdió todo: el dinero y a sí mismo. De hecho, el gesto del siervo supone no responder a la confianza que el amo le había depositado al confiarle sus bienes para que los administrara.

 

Y es también una falta de confianza en sí mismo, una forma de declararse incapaz de cumplir con el servicio requerido.

 

Dios quiere que el hombre viva y busque la felicidad, que se atreva a vivir su singularidad y su humanidad, que no se deje paralizar por los miedos y por imágenes distorsionadas de Dios. El don exigente que Dios confía al hombre es, por tanto, también su confianza en el hombre.

 

Es interesante que, si bien los dos primeros siervos son elogiados por su «fidelidad», el tercero es estigmatizado por su «maldad» y su «pereza» (Mt 25,26) y, finalmente, es tildado de «inútil» (Mt 25,30). La esterilidad a la que se ha condenado es el sello de su irresponsabilidad. No ha sabido responder al don. Un don que es siempre también una tarea.

 

Y al mostrarse infiel al amo, ha cometido además la traición más grave: se ha traicionado a sí mismo, ha sido infiel a sí mismo. Así pues, la luz que esta parábola arroja sobre el tema de la vigilancia nos lleva a ver que esta actitud humana y espiritual fundamental comprende en sí misma también el buen uso de los dones recibidos, la asunción de la plena responsabilidad de nuestra vida, de las pocas y pequeñas cosas de las que disponemos, pero que son, no obstante, preciosas e inestimables, pues de ellas depende nuestro juicio: «Has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho; entra a compartir la alegría de tu señor» (Mt 25,21.23).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡A jugar! - San Mateo 25, 14-30 -.

¡A jugar! - San Mateo 25, 14-30 - 

La parábola de los talentos es una parábola que resulta peligrosa en la actualidad: peligrosa porque en numerosas ocasiones la he oído comentar de una manera que, en lugar de impulsar a los cristianos a la conversión, parece reafirmarlos en su comportamiento actual entre los hombres, en el mundo y en la Iglesia. Por lo tanto, quizá sería mejor no leer este texto, antes que leerlo mal… 

En realidad, esta parábola no es una exaltación, ni un aplauso a la eficiencia (y mucho menos a la económica o financiera), no es un himno a la meritocracia, sino una auténtica crítica a la comunidad cristiana, que a menudo es tibia, carece de iniciativa, se conforma con lo que hace y obra, y se muestra temerosa ante el cambio que exigen los nuevos retos o las condiciones culturales cambiantes de la sociedad. 

La parábola no avala el «activismo pastoral» del que son presa muchas comunidades cristianas, muchos pastoralistas que ni siquiera saben percibir la esterilidad de todo su ajetreo, sino que exige a la comunidad cristiana conciencia, responsabilidad, audacia y, sobre todo, creatividad. 

No es la cantidad de acciones ni de obras lo que hace cristiana a una comunidad, sino su obediencia a la Palabra del Señor, que la impulsa hacia nuevas fronteras, hacia nuevas costas, por caminos aún no transitados, a lo largo de los cuales la brújula que orienta el camino es únicamente el Evangelio, unido al grito de los hombres y mujeres de hoy cuando balbucean: «¡Queremos ver a Jesús!» (Jn 12,21). 

Leamos, pues, con inteligencia esta parábola cuya perspectiva no es económica ni financiera; no es una invitación al activismo, sino a la vigilancia que permanece a la espera, no conforme con el presente, sino tendida hacia la venida del Señor. 

Él ya no está entre nosotros, en la tierra; es como si se hubiera marchado de viaje y hubiera confiado a sus siervos, a sus discípulos, una tarea: multiplicar los dones que ha concedido a cada uno. 

En la parábola, el Señor dejó mucho a dos siervos, una suma considerable - cinco lingotes de plata a uno, dos al otro -, para que la hicieran fructificar; a un tercer siervo le dejó un solo lingote, lo cual, de todos modos, no es poco. 

En todos ellos ha depositado su confianza, confiándoles sus bienes. Corresponde, pues, a los siervos no traicionar la confianza del señor y gestionar sabiamente los bienes, que no son de su propiedad, sino del señor, quien a su regreso les dará la recompensa. 

«Al cabo de mucho tiempo» - alusión al retraso de la parusía, de la venida gloriosa del Señor (cf. Mt 24,48; 25,5) -, el amo regresa y pide cuentas de la confianza que había depositado en sus siervos, quienes deben demostrar su capacidad de ser responsables, es decir, de dar cuenta de la confianza recibida. 

He aquí, pues, que todos se presentan ante él. El que había recibido cinco talentos se mostró trabajador, emprendedor, capaz de arriesgarse; se esforzó para que los dones recibidos no se redujeran, se desperdiciaran ni quedaran sin utilizar; por eso, al entregar al amo diez talentos, recibe de él el elogio: «Bien, siervo bueno y fiel, […] entra en el gozo de tu Señor». Lo mismo ocurre con el segundo siervo, que también fue capaz de duplicar los talentos recibidos. 

Por último, llega el que había recibido un solo talento, quien enseguida se justifica: «Desde que me confiaste, sabía que eres un hombre duro, exigente, arbitrario, que hace lo que quiere, cosechando incluso donde no ha sembrado». Con estas palabras («por tus palabras te juzgo», se lee en el texto paralelo de Lucas; cf. Lc 19,22), el siervo confiesa tener una imagen del Señor que él mismo se ha inventado: un amo que le da miedo, que exige un cumplimiento escrupuloso de lo que ordena, que actúa de forma arbitraria. 

Al tener esta imagen en su interior, ha optado por no correr riesgos: ha guardado a buen recaudo, bajo tierra, el dinero recibido, y ahora lo devuelve tal y como lo recibió. Así le devuelve al amo lo que es suyo y no roba, no peca… 

Pero he aquí que el Señor se enfada y le responde: «Eres un siervo malvado y perezoso. Malvado porque has obedecido a la imagen del Señor que te has creado, y así has vivido una relación de amor servil, de amor “forzado”. Por eso has sido perezoso, no has tenido ni el corazón ni la capacidad de actuar de acuerdo con la confianza que te había concedido». 

Lo sabemos: es más fácil enterrar los dones que Dios nos ha dado que compartirlos; es más fácil conservar las posiciones y los tesoros del pasado que salir a descubrir otros nuevos; es más fácil desconfiar del otro que nos ha hecho el bien que responder conscientemente, en libertad y por amor. 

He aquí, pues, el elogio para quien se arriesga y la reprimenda para quien se conforma con lo que tiene, encerrándose en su «yo mínimo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hacer inútil el don de Dios - San Mateo 25, 14-30 -.

No hacer inútil el don de Dios - San Mateo 25, 14-30 -

«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13) en que el Hijo del hombre vendrá en gloria (cf. Mt 25,31). Pero, ¿cómo velar? ¿Cómo traducir en una conducta concreta y cotidiana el deseo del encuentro definitivo con el Señor? 

Jesús nos lo enseña a través de esta parábola: un relato que no debe interpretarse en absoluto como una lección sobre el uso del dinero ni como un elogio de la habilidad para obtener beneficios… 

Un hombre, al partir de viaje, entrega su dinero a unos siervos para que, durante su ausencia, lo custodien y lo hagan rendir: «A uno le dio cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada uno según su capacidad, y se marchó». Él es una figura de Dios, quien, a través de su Hijo Jesucristo, deposita su confianza en el hombre y encuentra alegría en ofrecer gratuitamente a cada uno de nosotros sus dones (cf. Mt 10,8); y lo hace de manera personalizada, teniendo en cuenta lo que somos capaces de acoger. 

La clave consiste precisamente en reconocer y acoger con gratitud los dones personales recibidos de Dios, sin compararlos con los de los demás, sino comprometiéndonos a responder a ellos con toda nuestra vida: ¡nadie más puede hacerlo por mí! 

Los dos primeros siervos emplean los talentos recibidos - no se dice cómo - y ganan otros tantos; el tercero, en cambio, cava un hoyo en la tierra y esconde allí su único talento, o mejor dicho, lo que él todavía considera «dinero de su señor». 

«Al cabo de mucho tiempo», enésima alusión al retraso de la parusía (cf. Mt 24,48; 25,5), he aquí que el señor regresa y llama por separado a los siervos para pedirles cuentas del uso de los talentos. 

Al enterarse del fruto obtenido por los dos primeros, los elogia de la misma manera: «Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho; entra en el gozo de tu señor». Palabras breves pero extremadamente significativas, sobre todo a la luz de la recompensa prometida: entrar en el gozo del Señor significa, de hecho, participar en la fiesta escatológica, en el banquete del Reino (cf. Mt 8,11). Frente a esta plenitud de comunión, todas nuestras acciones se reducen a muy poco; y, sin embargo, sin este «poco» no podríamos conocer el «mucho» al que Dios nos llama… 

La atención de San Mateo se centra, sin embargo, en el diálogo que tiene lugar entre el señor y el tercer siervo. Este último comienza justificándose: «Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido». Pero, ¿por qué duro? Si acaso, es hábil y eficaz en el trabajo. 

El problema es que este siervo se ha forjado una imagen perversa de su señor, tal y como nosotros también hacemos a menudo con Dios. Y son sus propias palabras las que lo juzgan (cf. Lc 19,22), las que revelan lo que habita en su corazón (cf. Mt 12,34): «Por miedo, fui a enterrar tu talento; aquí tienes lo tuyo». 

Miedo a Dios - ¡una historia que comienza con Adán (cf. Gn 3,10)! -; miedo a exponerse al riesgo de hacer fructificar lo que se ha recibido; miedo a acoger el don como tal, como algo que derriba la lógica del «mío/tuyo»: todo esto, y no la dureza del amo, es lo que ha paralizado al siervo, lo ha convertido en «malo y perezoso». 

Me vienen a la mente las preguntas del señor descrito en otra parábola, quien replica a un siervo que le discute: «¿Acaso no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tu ojo es malo porque yo soy bueno?» (Mt 20,15). 

Por último, tras repetir las palabras que el siervo había utilizado contra él, el señor le revela cuál era su verdadero deseo: que el otro se pusiera manos a la obra, que empleara de forma activa el talento recibido y, al hacerlo, ganara y salvara su vida (cf. Lc 21,19). 

Sí, quien no emplea sus dones acaba inevitablemente por perderlos y por desperdiciar su vida; este es el sentido del comentario de Jesús: «Al que tiene, se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, se le quitará incluso lo que tiene». 

En cambio, es vigilante quien, con gratitud, trata de hacer el mejor uso posible del «poco» de que dispone; y cuál es ese uso nos lo aclarará el propio Jesús en el pasaje del juicio final (cf. Mt 25,31-46). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Manos a la obra! - San Mateo 25, 14-30 -

¡Manos a la obra! - San Mateo 25, 14-30 -

No pertenecemos a la noche, ni a las tinieblas.

 

Por eso velamos y nos mantenemos sobrios. Por eso no nos dejamos arrastrar por la embriaguez generalizada de miedo y violencia que estamos presenciando. Por eso no nos desanimamos ante esta situación que se prolonga y cuyo final no se vislumbra.

 

No pertenecemos a la noche, ni a las tinieblas.

 

Porque hemos sido sacados a la luz por la infinita ternura de Dios.

 

Porque nuestras tinieblas han sido iluminadas por la mirada de Cristo, que ha venido a nuestro encuentro. O a quien aún esperamos, tras haber oído hablar de él.

 

Porque hemos renacido. O estamos renaciendo. O deseamos renacer.

 

No pertenecemos a la noche, ni a las tinieblas, como nos recordó el Apóstol Pablo.

 

Tal y como recuerda Mateo a su comunidad, devorada por la inquietud, tras haber presenciado, impotente, la destrucción total del Templo y la catastrófica ruina de Jerusalén.

 

Y esta Palabra, como un mantra, queremos repetirla día tras día, paso a paso, sin morir de miedo ante los acontecimientos, sino, como nos sugiere el Maestro, alzando la mirada.

 

A la espera del regreso de aquel que nos ha entregado un tesoro infinito para custodiarlo y hacerlo fructificar.


A diferencia del significado común, la parábola de hoy no considera los talentos como capacidades innatas recibidas de Dios, sino como los dones que los discípulos deben custodiar y hacer fructificar a la espera del regreso del Señor en la plenitud de los tiempos. La parábola es muy clara al respecto: los talentos se dan «a cada uno según su capacidad» (Mt 25,15).

 

Durante el tiempo de espera, los siervos - es decir, nosotros - estamos llamados a custodiar y hacer fructificar los talentos, que el Señor nos ha confiado: el Evangelio, el Espíritu, la comunidad, el poder de sanar, consolar, perdonar, reconciliar…

 

¡No son cosas insignificantes las que el Señor nos confía, sino muy preciosas!

 

Un talento vale cien denarios y un denario, ¿os acordáis?, es el salario de un jornalero por un día de trabajo. Un talento equivale al salario de veinte años. Por lo tanto, el siervo que recibe cinco talentos tiene un capital que gestionar de más de dos millones de euros actuales. ¡No es moco de pavo!

 

Lo que se nos ha confiado es muy valioso; en este tiempo de espera entre la resurrección del Señor y su regreso en la plenitud de los tiempos, contamos con las herramientas para hacer presente el reino de Dios, para hacerlo crecer.

 

No estamos aquí para mirar al cielo con la nariz en las nubes (Hch 1,11), sino para anunciar el Evangelio a todo ser vivo (Mc 16,15).

 

Incluso en estos tiempos indescifrables.

 

No pertenecemos a la noche, ni a las tinieblas.

 

Tenemos los talentos necesarios para hacerlo. Y con alegría. Pero con una condición: ponernos manos a la obra.

 

El núcleo de la parábola es precisamente el contraste entre la laboriosidad y la pereza, entre la iniciativa y la pasividad.

 

Los dos siervos que devuelven el capital de los talentos duplicado y reciben el elogio del mercader, nuevas tareas y responsabilidades y, sobre todo, la participación en la alegría del amo (¡qué bonito es creer en un Dios que se alegra del éxito de sus hijos!) son casi un recurso literario que Mateo utiliza para centrarse en la acción del siervo perezoso, en el diálogo que sigue y en el dramático epílogo de la historia.

 

El siervo que recibió un talento, en lugar de invertirlo, de hacerlo fructificar, lo entierra.

 

Pero lo que más desconcierta es el motivo de tal acción: tiene miedo de la reacción del amo.

 

Su idea de Dios es trágica: es un hombre duro que siega donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido.

 

Y ese rostro temido se materializa, como una pesadilla.

 

Cada uno, al final, se encuentra con el Dios que se imagina. El Dios que ama. O al que teme.

 

Si se obstina en creer en un Dios duro y severo, se encontrará con un dios duro y severo, porque su corazón le impide ir más allá de su prejuicio destructivo y sombrío.

 

Jesús quiere hacernos saber que no podemos agradar a Dios ni compartir la alegría de hacer fructificar los talentos del amo si permanecemos en el miedo.

 

La afirmación final del señor, que le quita el talento al siervo temeroso para dárselo al talentoso, parece una injusticia, una acción de fuerza innecesaria.

 

La misteriosa frase conclusiva, tal vez añadida por Mateo, revela su sentido: el rico se hace cada vez más rico porque sabe hacer rendir su dinero. El pobre, el temeroso, en este caso, pierde incluso lo poco que tiene porque está paralizado. No se trata, pues, de un castigo, sino de la constatación de que se necesita espíritu de iniciativa y determinación para hacer crecer las ganancias. ¡Cuánta más iniciativa debería haber, entonces, para hacer crecer algo tan precioso como el reino de Dios!

 

 

Podemos arruinarnos la vida a causa del miedo.

 

Incluso la vida de fe.

 

Miedo a equivocarnos, a ser juzgados. Nos sentimos incapaces de hacer algo. A veces este miedo nos lo inculcan desde pequeños; es fruto de nuestra falta de autoestima, no sabemos valorar correctamente quiénes somos y cuánto valemos. Otras veces son las vicisitudes de la vida las que nos abruman, nos vuelven recelosos, prudentes hasta el punto de la parálisis.

 

Otras veces, como lo que estamos viviendo ahora, es el miedo a la guerra, a la violencia que habita en el corazón del hombre, a la flagrante injusticia del enfrentamiento, a la pérdida de lo que creíamos haber adquirido para siempre, lo que nos domina.

 

Incluso con respecto a Dios podemos tener una idea errónea de él y de nosotros mismos: él es quien nos juzga, quien nos define, quien nos evalúa. Dios es bueno y bondadoso, claro, pero siempre está dispuesto a señalar lo que en mí no funciona. Por eso no nos atrevemos a dedicar nuestra vida a él: no merece la pena, nunca estará satisfecho o, peor aún, soy yo quien está equivocado.

 

Dios confía tanto en ti que te confía el Reino.

 

Quizá sea demasiado optimista, quizá debería ser más prudente, pero no le importa, simplemente lo hace.

 

Y confía los talentos a los siervos, en proporción a sus capacidades.

 

No todos nacemos sabios, no todos somos constantes y capaces, ni genios de las finanzas espirituales. ¡Sabemos bien cuánto daño, como comunidad y como individuos, hemos sido capaces de causar al traicionar el Evangelio! ¡Convirtiéndonos en un obstáculo y no en la transparencia que permite ver a Dios!

 

Y cómo se nota la diferencia entre las comunidades cristianas en las que los miembros se implican, colaboran, actúan, están presentes con ideas y con tiempo disponible, y aquellas que se dejan llevar, que avanzan por inercia, que lo delegan todo al párroco o al pastor…

 

¡Qué bonito es poder decir: hoy echo una mano a Dios en la construcción del Reino!

 

Sin realizar gestos extraordinarios, sino orientando la vida hacia el proyecto de Dios.

 

¡Qué honor recibir de Dios la tarea, en este momento, de convertirnos en portadores de esperanza, de vivir en el día a día la experiencia de ser hijos de la luz!

 

Somos dramáticamente libres. Incluso para recibir un talento (repito: ¡veinte años de sueldo!) y enterrarlo. Somos libres de elegir no elegir, paralizados por el miedo.

 

El miedo existe, forma parte de nuestra naturaleza humana. Pasar el tiempo quejándonos, viviendo como víctimas, acusando a los demás.

 

O bien acoger el don del Evangelio, de la comunidad, de la participación en la acción evangelizadora, para convertirnos en testigos de un mundo diferente: esto saca lo mejor de nosotros, nos hace capaces, nos convierte en personas nuevas.

 

No pertenecemos a la noche, ni a las tinieblas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Entrar en el gozo de nuestro Señor - San Mateo 25, 14-30 -.

Entrar en el gozo de nuestro Señor - San Mateo 25, 14-30 - 

I 

La parábola de los talentos es una buena noticia contra el miedo, que trastoca la relación con Dios y hace que la vida sea estéril. 

El último siervo no ha comprendido que, al confiarle el talento, el amo quiere convertirlo en su amigo; que ese talento es un don de comunión, un acto de confianza. En cambio, sobre todo se cierne el miedo al castigo, y el don, que era una oportunidad, se convierte en una pesadilla. 

¡El siervo tiene miedo de Dios! Tiene una imagen horrible de Él: «Eres duro… cosechas donde no has sembrado…». Error fatal: se equivoca con Dios y, por tanto, se equivoca en la vida; en lugar de amigo, se convierte en esclavo inerte, un Adán sin jardín. Porque solo cuando te sientes amado das lo mejor de ti mismo, y el miedo nunca te libera del mal. 

Dios, en cambio, sorprende a los siervos. No quiere que le devuelvan los talentos que les ha confiado, sino que duplica la apuesta, la multiplica: «Has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho». No se trata de una devolución, sino de una apuesta mayor. 

No existimos para devolverle a Dios sus dones. Esta imagen, dictada por nuestro miedo, empobrece a Dios. Vivimos para ser como Él, para ser a nuestra vez dadores: de paz, libertad, justicia, alegría. Cosas de Dios, que se convierten en semilla de otros dones, fuente de energías, árbol que crece, horizonte que se amplía, gracia sobre gracia. Gloriosa y gozosa pedagogía de vida. 

La parábola de los talentos es el poema de la creatividad. Y sin alardes retóricos. Ninguno de los tres siervos cree que deba salvar el mundo. Todo, en cambio, huele a hogar, a vidas y a olivos, a dedicación y a trabajo: fiel en lo poco. 

El mundo y la vida nos han sido confiados como un don que debe crecer, un jardín inacabado que debe florecer. Una espiral de vida creciente es la ley de la creación. So pena de que la vida carezca de sentido. 

Tras la larga ausencia de Dios, su prolongada confianza en nosotros, el juicio no versará sobre la cantidad de lo ganado, sino sobre la calidad del servicio; no sobre el número, sino sobre la verdad de los frutos. 

No existe una tiranía de la cantidad en el Reino de los Cielos: fiel en lo poco. Ese día, dice un relato, no se me preguntará por qué no fui como Moisés o Elías o uno de los profetas. Sino solo por qué no fui yo mismo. 

Debo caminar siendo fiel a mí mismo, siervo emocionado y disciplinado de la vida, fiel a la verdad trazada en mí por Dios. Nadie carece de talentos. Es ley de la creación. Y voy envuelto en los dones de Dios. Cada criatura con la que me encuentro es un talento, que debo custodiar y cultivar para enriquecer mi vida y la de los demás. 

Cada uno es un talento de Dios para los demás. «A ti te he recibido como talento». Así se lo puede decir la esposa al esposo, el hijo al padre, el amigo al amigo: ¡tú eres mi talento! Poder decírselo a alguien, poder decírselo a muchos, para entrar así, con paso creador, en la liturgia de la vida. 

II 

Esta parábola es la síntesis de las dos fuerzas opuestas de las que se nutre toda vida: la emoción y la disciplina, el talento y el trabajo. 

¿En qué siervo me reconozco? ¿En los dos primeros, aquellos que trabajan su capital, su espléndido don, y ven el mundo, a los hombres, el todo como un don inicial que progresa, un jardín inacabado que debe crecer y florecer? ¿O me reconozco en el tercer siervo, aquel que no hace progresar nada, un hombre inútil para el futuro? 

El corazón secreto de las cosas es una llamada a crecer; una espiral de amor creciente es la energía. Al igual que el campo arado no puede devolver en verano solo la semilla que ha recibido, así también para nosotros, entre la siembra y la cosecha, nuestro papel es la multiplicación. So pena de que la vida carezca de sentido. 

El tercer siervo tiene un corazón enfermo, sin deseo. Es un exiliado de la creación, desterrado e inútil, que no es a imagen del Dios creador, quien esparce a manos llenas sus gérmenes de luz y de vida, con magnífica exuberancia. El tercer siervo ya no crea: solo conserva. 

Pero el mundo y el corazón no nos han sido dados como cosas que hay que conservar, como frágiles milagros que pueden romperse entre nuestras manos, sino que deben ascender gloriosamente hacia la plenitud. 

No somos conservadores de cosas preciosas y amenazadas, sino creadores de obras nuevas, servidores de la fuerza fermentadora oculta en todo lo que vive. Solo así nuestra vida no será inútil para el devenir común. 

Así ocurre con los dos primeros siervos: en su mente no hay un balance que se cierne sobre ellos y perturbe su sueño, sino una vida que pide crecer. 

Nuestra vocación es ser artífices de la creación, llenos de emoción y disciplina; nuestra misión, nuestro orgullo, es dejar el mundo un poco más bello de lo que lo encontramos. 

En el Evangelio hay toda una teología de la semilla, de la levadura, del brote, de la yema, de los comienzos como dones llenos de gracia. A nosotros nos corresponde el camino, los itinerarios de emoción y disciplina, el verano perfumado de frutos. 

Dios es la primavera del cosmos: a nosotros nos corresponde la tarea de crear el verano de los frutos. El mundo es un jardín inacabado y en marcha. 

Esta parábola es el poema de la creatividad, sin alardes retóricos: ninguno de los siervos cree poder salvar el mundo. En cambio, todo huele a hogar, a viñas, a olivos, a lana, a trabajo y a espera. Sin embargo, el amo no quiere los talentos para sí mismo, sino que se los deja a los siervos fieles. 

Es más, los multiplica: esta espiral de amor creciente es el nombre secreto de todo lo que vive. 

III 

De los protagonistas de la parábola se desprenden dos visiones opuestas de la vida: la existencia y los talentos recibidos como una oportunidad; o bien la existencia como un largo juicio, lleno de riesgos y miedos. 

Los dos primeros siervos se adentran en la vida como en una posibilidad alegre; el último ni siquiera se adentra, paralizado por el miedo a salir derrotado. 

La parábola de los talentos es un poema a la creatividad, sin florituras retóricas, porque ninguno de los tres siervos cree poder salvar el mundo. Todo, en cambio, huele a hogar, a viñas y olivos, a esfuerzo y a trabajo. A sencillez y concreción. Lo que yo puedo hacer es solo una gota en el océano, pero es esta gota la que da sentido a mi vida – Albert Schweitzer -. 

El Evangelio está lleno de una teología sencilla, la teología de la semilla, de la levadura, de los comienzos que deben florecer. A nosotros nos corresponde el trabajo paciente e inteligente de quien cuida los brotes. Dios es la primavera del cosmos; a nosotros nos corresponde ser su verano fecundo en frutos. 

Leamos bien la continuación de la parábola: Dios no es un amo que quiere recuperar sus talentos, además de los que los siervos han ganado. Lo que los siervos han logrado no solo les pertenece, sino que se multiplica una vez más: «Has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho». 

El amo no necesita esos diez o cuatro talentos. Los siervos van a devolver, y Dios vuelve a apostar: y este crecimiento, este incremento de vida, esta espiral de amor creciente es la energía secreta de todo lo que vive. 

No vivimos simplemente para devolver a Dios sus dones. Se nos han dado para que, a su vez, se conviertan en semilla de otros dones, en levadura que hace crecer, en un plus de vida para nosotros y para todos aquellos que nos han sido confiados. 

Tampoco hay tiranía alguna, ni capitalismo de la cantidad. De hecho, quien entrega diez talentos no es mejor que quien entrega cuatro. Las balanzas de Dios no son cuantitativas, sino cualitativas. 

No hay diez talentos «ideales» que alcanzar: hay que caminar con fidelidad a lo que has recibido, a lo que sabes hacer, allí donde la vida te ha puesto, fiel a tu verdad, sin máscaras ni miedos. 

La parábola de los talentos es una invitación a no tener miedo a la vida, porque el miedo paraliza, porque todo lo que eliges hacer impulsado por el miedo, en lugar de por la esperanza, empobrece tu historia. 

La pedagogía del Evangelio ofrece tres grandes reglas de madurez: no tener miedo, no infundir miedo, liberar del miedo. Sobre todo de aquel que es el miedo a los miedos, el miedo a Dios. 

IV 

Ocurrirá como le sucedió a un hombre que, al partir de viaje, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. 

Dios nos entrega algo y luego se retira de la escena. Nos entrega el mundo, con pocas instrucciones de uso y mucha libertad. Un rostro de Dios que encontramos en muchas parábolas: confía en nosotros, nos eleva a co-creadores, lo hace con un don y una regla, la de Adán en el Edén: «cultiva y cuida» el jardín donde te has sido puesto, es decir: ama y multiplica la vida, sacerdote de lo que es la liturgia primordial del mundo. Ningún hombre carece de jardín, porque lo que fue cierto para Adán lo es desde entonces para cada uno de sus hijos. 

Los talentos entregados a los siervos por el amo generoso y confiado, además de representar las dotes intelectuales y del corazón, la belleza interior de la que nadie carece - y de la que la luz del cuerpo no es más que un reflejo -, anuncian que cada criatura que se cruza en mi camino es un talento de Dios para mí, un tesoro depositado en mi campo. Y yo soy el Adán, cultivador y guardián de su florecimiento y felicidad. 

El Evangelio está lleno de una teología sencilla, la teología de la semilla, de la levadura, de los comienzos que deben florecer. A nosotros nos corresponde el trabajo paciente e inteligente de quien cuida los brotes: «La esencia del amor no está en lo que es común, sino en obligar al otro a convertirse en algo, a convertirse en infinitamente mucho, a convertirse en lo máximo que le permiten sus fuerzas» - Rainer Maria Rilke -. 

Llega el momento de rendir cuentas, y se acumulan las sorpresas. La primera: quien entrega diez talentos no es mejor que quien solo entrega cuatro. No hay tiranía ni capitalismo de la cantidad, porque las balanzas de Dios no son cuantitativas, sino cualitativas. Solo se necesita sinceridad de corazón y fidelidad a uno mismo, para dar a la vida lo mejor de lo que podemos dar. 

La segunda sorpresa: Dios no es un amo exigente que quiere recuperar sus talentos con intereses. La suma se queda en manos de los siervos, es más, se ha duplicado: «Has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho». 

Los siervos van a devolver, y Dios vuelve a apostar. Este crecimiento de la vida es el Evangelio; esta espiral de amor creciente es la energía de Dios encarnada en todo lo que vive. 

Por fin se presentó aquel que había recibido un solo talento y dijo: «Tuve miedo». La parábola de los talentos es una invitación a no tener miedo de los retos de la vida, porque el miedo paraliza, nos convierte en perdedores: ¡cuántas veces hemos renunciado a ganar solo por miedo a acabar derrotados! 

El Evangelio es maestro de la sabiduría de vivir, de la pedagogía más humana que se basa en tres reglas: no tener miedo, no infundir miedo, liberar del miedo. Y, sobre todo, del que es el miedo de los miedos: el miedo a Dios. 

V 

El Evangelio está lleno de una teología sencilla: la teología de la semilla, de la levadura, de los comienzos que deben florecer. A nosotros nos corresponde la labor paciente e inteligente de quien cuida los brotes y los talentos. Dios es la primavera del cosmos; a nosotros nos corresponde ser su verano, fecundo en frutos. 

Como suele ocurrir en las parábolas, un amo - que es Dios - entrega algo, confía una tarea y sale de escena. Nos entrega el mundo, con pocas instrucciones de uso y mucha libertad. Una única regla fundamental, la que se le dio a Adán: cultiva y cuida, ama y multiplica la vida. 

La parábola de los talentos es una exhortación apremiante a temer más quedarnos inertes e inmóviles, como el tercer siervo, que a equivocarnos; el miedo nos convierte en perdedores en la vida: ¡cuántas veces hemos renunciado a ganar solo por temor a acabar derrotados! 

La pedagogía del Evangelio nos acompaña, en cambio, a dar tres pasos fundamentales para el crecimiento humano: no tener miedo, no infundir miedo, liberar del miedo. Sobre todo de aquel que es la madre de todos los miedos, es decir, el miedo a Dios. 

Si leemos con atención la continuación de la parábola, descubrimos que se nos revela que Dios no es un recaudador de impuestos, un contable que quiere recuperar sus talentos con intereses. 

De hecho, dice: «Has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho». Lo que los siervos han logrado no solo les pertenece, sino que, además, se multiplica. Los siervos van a devolver, y Dios lo multiplica: y este crecimiento, este incremento de vida, es precisamente la buena noticia. 

Esta espiral de amor que se expande es la energía secreta de todo lo que vive, y que tiene su origen en el buen corazón de Dios. Todo nos es dado como una suma de vida. 

Ninguna tiranía, ningún capitalismo de la cantidad: de hecho, quien entrega diez talentos no es mejor que quien devuelve cuatro. No hay una cifra ideal que alcanzar: hay que caminar siendo fiel a uno mismo, a lo que has recibido, a lo que sabes hacer, allí donde la vida te ha puesto, fiel a tu verdad, sin máscaras ni miedos. Las balanzas de Dios no son cuantitativas, sino cualitativas. 

Detrás de la imagen de los talentos no hay más que los dones de la inteligencia, del corazón, del carácter, mis capacidades. Está la Madre Tierra, y todas las criaturas que se cruzan en mi camino son un regalo del cielo para mí. Cada uno es un talento de Dios para los demás. 

Suena magnífica esa fórmula del matrimonio: «Te acojo a ti, como mi talento, como el regalo más hermoso que Dios me ha hecho». El novio se lo puede decir a la novia, el amigo al amigo: ¡Tú eres mi talento! Y mi compromiso será cuidar de ti, ayudarte a florecer en el tiempo y en la eternidad. 

«La esencia del amor no está en lo que es común, sino en hacer que el otro se convierta en algo, en algo infinitamente grande, en lo mejor de lo que puede llegar a ser» - Rainer Maria Rilke -. 

VI

 

Hay un señor oriental, muy rico y generoso, que se va de viaje y confía su patrimonio a sus sirvientes. No busca un asesor financiero, llama a los suyos, confía en sus capacidades, cree en ellos, tiene fe y un proyecto: el de hacerles ascender de condición: de empleados a socios, de sirvientes a hijos. Con dos lo consigue. Con el tercero no lo logra.

 

Al regresar y hacer balance, la sorpresa se duplica: «¡Bien, buen siervo!». ¡Bien! Eco del grito gozoso del Génesis, cuando por seis veces «vio lo que había hecho y exclamó: ¡qué bonito!». Y la séptima vez: ¡pero es precioso!

 

Los siervos van a devolver lo que les fue confiado, y Dios les recompensa: te daré poder sobre mucho, entra en la alegría de tu señor. En una nueva dimensión, la de quien participa de la energía de la creación, y allí por donde ha pasado queda tras de él más vida.

 

Yo también he sentido esta invitación: «Entra en la alegría». Cuando, al escribir o predicar el Evangelio, el destello de un asombro repentino, de un escalofrío en el alma, la experiencia de quedarme yo mismo encantado ante una gran belleza, me hacía sentir bien, a mí el primero.

 

O cuando he podido entregar a alguien un soplo de aire fresco o un trozo de pan, he sentido que era yo quien respiraba mejor, más libre, más profundamente. «¡Sé egoísta, haz el bien! Te lo harás, ante todo, a ti mismo».

 

Y luego le toca el turno al tercer siervo, el que tiene miedo. El primero de todos los miedos, la madre de todos, es el miedo a Dios: «Sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido… he tenido miedo».

 

Esta imagen distorsionada de un Dios duro, que te acecha, con el aliento en la nuca, está muy lejos del Dios de Jesús. Y bajo el efecto de esta imagen errónea, la vida se vuelve errónea, el lugar de un examen temido, de una cosecha que se cierne sobre uno.

 

Si alimentas ese ídolo, si crees en un Dios amo duro y despiadado, entonces te encontrarás con Él como una máscara de tus miedos, como un fantasma maligno; y el don se convierte, como para el tercer siervo, en una pesadilla: «He aquí lo que es tuyo, tómalo».

 

Si crees en un Señor que lo ofrece todo y no pide nada a cambio, que cree en nosotros y nos confía tesoros, locamente generoso, que a su alrededor no quiere subordinados ni rendiciones de cuentas, sino hijos, entonces entras en la alegría de multiplicar con él la vida.

 

El Evangelio está lleno de una teología sencilla: la teología de la semilla, de la levadura, del grano de mostaza, del capullo, de los talentos que hay que hacer fructificar, de comienzos pequeños y poderosos.

 

A nosotros nos corresponde el trabajo paciente e inteligente de quien cuida los brotes. Todos somos sacerdotes de lo que constituye la liturgia primordial del mundo. Dios es la primavera del cosmos; a nosotros nos corresponde ser su verano, perfumado de frutos. 


VII 

La parábola de los talentos pone de relieve el contraste entre el patrimonio económico y el patrimonio relacional, la gran cantidad de dinero de un señor rico y su gran proyecto con respecto a sus siervos: les confía su tesoro y se marcha. 

Al regresar y pedir cuentas, la sorpresa es doble. En lugar de quedárselo para sí, el amo vuelve a apostar: «Bien, siervo bueno, te daré autoridad sobre mucho». Y se oye el eco del profeta: así se alegrará tu Dios por ti (Is 62,5). Contento con lo que ve, no solo entrega a los siervos la inversión y las ganancias, sino que añade algo más: «Entra en el gozo de tu señor». El señor y los siervos han entrado en sintonía de vida, en la experiencia de que el Reino viene con el florecer de la vida en todas sus formas. 

Los dos primeros lo han comprendido y se han atrevido; el tercero ha tenido miedo y ha enterrado su vida: «Sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no has sembrado, recoges donde no has esparcido... Tuve miedo. Aquí tienes lo que es tuyo». Nunca consideró suyo ese talento. «Tuve miedo». 

La madre de todos los miedos es el miedo a Dios. El tercer siervo tiene una imagen de Dios triste, depredadora, que huele a muerte. Lo percibe como duro, enemigo e injusto. ¿Y quién no tendría miedo de un Dios así? 

Pero toda la parábola dibuja una imagen opuesta de Dios, que no es el segador severo de lo que ha sembrado, sino que deja con alegría todo el trigo bueno en tu mesa, es más, lo duplica aún más - dádselo al que ya tiene diez talentos -. No estamos en el mundo para ajustar cuentas con Dios, sino para compartir tesoros de bondad, de alegría, de belleza y de vínculos. 

Ante el siervo que no ha sido capaz, la reacción nos parece desproporcionada. Pero Jesús utiliza un lenguaje apocalíptico, paradójico, para decir que una imagen errónea de Dios puede provocar desastres, puede hacernos fracasar de verdad en la vida. Y eso es lo que debemos temer. 

Crep que es necesaria una dosis de creatividad radiante y un temor más a quedarnos inmóviles y apagados que a equivocarnos. A nosotros, educados en la idea de que lo peor es equivocarse, dentro del esquema de delito/castigo, este Evangelio nos recuerda que lo peor que nos puede pasar es quedarnos inmóviles, enterrados, estériles, como fracasados, si tras de nosotros, a nuestro paso, no dejamos más vida. 

El mundo es una realidad germinante, y lo es cada criatura, y estamos en el mundo «para el florecimiento del ser» - Romano Guardini -, para hacer avanzar, aunque solo sea un pequeño paso, el bien, los talentos buenos, la historia de la alegría. 

Hay una vida que llama a nuestras puertas, no un tribunal. Entonces, a quien tiene, se le dará. Dios regala vida a quien produce amor. Dios es la primavera incansable del cosmos; nuestra tarea es convertirnos en su verano perfumado de frutos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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