No hacer inútil el don de Dios - San Mateo 25, 14-30 -
«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13) en que el Hijo del hombre vendrá en gloria (cf. Mt 25,31). Pero, ¿cómo velar? ¿Cómo traducir en una conducta concreta y cotidiana el deseo del encuentro definitivo con el Señor?
Jesús nos lo enseña a través de esta parábola: un relato que no debe interpretarse en absoluto como una lección sobre el uso del dinero ni como un elogio de la habilidad para obtener beneficios…
Un hombre, al partir de viaje, entrega su dinero a unos siervos para que, durante su ausencia, lo custodien y lo hagan rendir: «A uno le dio cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada uno según su capacidad, y se marchó». Él es una figura de Dios, quien, a través de su Hijo Jesucristo, deposita su confianza en el hombre y encuentra alegría en ofrecer gratuitamente a cada uno de nosotros sus dones (cf. Mt 10,8); y lo hace de manera personalizada, teniendo en cuenta lo que somos capaces de acoger.
La clave consiste precisamente en reconocer y acoger con gratitud los dones personales recibidos de Dios, sin compararlos con los de los demás, sino comprometiéndonos a responder a ellos con toda nuestra vida: ¡nadie más puede hacerlo por mí!
Los dos primeros siervos emplean los talentos recibidos - no se dice cómo - y ganan otros tantos; el tercero, en cambio, cava un hoyo en la tierra y esconde allí su único talento, o mejor dicho, lo que él todavía considera «dinero de su señor».
«Al cabo de mucho tiempo», enésima alusión al retraso de la parusía (cf. Mt 24,48; 25,5), he aquí que el señor regresa y llama por separado a los siervos para pedirles cuentas del uso de los talentos.
Al enterarse del fruto obtenido por los dos primeros, los elogia de la misma manera: «Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho; entra en el gozo de tu señor». Palabras breves pero extremadamente significativas, sobre todo a la luz de la recompensa prometida: entrar en el gozo del Señor significa, de hecho, participar en la fiesta escatológica, en el banquete del Reino (cf. Mt 8,11). Frente a esta plenitud de comunión, todas nuestras acciones se reducen a muy poco; y, sin embargo, sin este «poco» no podríamos conocer el «mucho» al que Dios nos llama…
La atención de San Mateo se centra, sin embargo, en el diálogo que tiene lugar entre el señor y el tercer siervo. Este último comienza justificándose: «Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido». Pero, ¿por qué duro? Si acaso, es hábil y eficaz en el trabajo.
El problema es que este siervo se ha forjado una imagen perversa de su señor, tal y como nosotros también hacemos a menudo con Dios. Y son sus propias palabras las que lo juzgan (cf. Lc 19,22), las que revelan lo que habita en su corazón (cf. Mt 12,34): «Por miedo, fui a enterrar tu talento; aquí tienes lo tuyo».
Miedo a Dios - ¡una historia que comienza con Adán (cf. Gn 3,10)! -; miedo a exponerse al riesgo de hacer fructificar lo que se ha recibido; miedo a acoger el don como tal, como algo que derriba la lógica del «mío/tuyo»: todo esto, y no la dureza del amo, es lo que ha paralizado al siervo, lo ha convertido en «malo y perezoso».
Me vienen a la mente las preguntas del señor descrito en otra parábola, quien replica a un siervo que le discute: «¿Acaso no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que tu ojo es malo porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).
Por último, tras repetir las palabras que el siervo había utilizado contra él, el señor le revela cuál era su verdadero deseo: que el otro se pusiera manos a la obra, que empleara de forma activa el talento recibido y, al hacerlo, ganara y salvara su vida (cf. Lc 21,19).
Sí, quien no emplea sus dones acaba inevitablemente por perderlos y por desperdiciar su vida; este es el sentido del comentario de Jesús: «Al que tiene, se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, se le quitará incluso lo que tiene».
En cambio, es vigilante quien, con gratitud, trata de hacer el mejor uso posible del «poco» de que dispone; y cuál es ese uso nos lo aclarará el propio Jesús en el pasaje del juicio final (cf. Mt 25,31-46).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



No hay comentarios:
Publicar un comentario