¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 -
Al proclamar la Buena Noticia que narra y da a conocer a Dios, Jesús no recurre a grandes definiciones, no explica doctrinas complejas, sino que prefiere presentar a quienes le escuchan imágenes y acontecimientos de la vida humana, y señalar en ellos una dinámica que ilustra la acción de Dios y de los seres humanos.
Esta parábola nos habla de un Rey que quiere celebrar
las bodas de su hijo. Si en este acontecimiento hay que encontrar una semejanza
con el Reino de los Cielos («El reino de los cielos es semejante a un rey
que organizó una fiesta de bodas para su hijo»), entonces ese Rey no
puede ser otro que Dios y su Hijo es Jesús, enviado al mundo para encontrar a
su esposa, la humanidad.
Nos encontramos ante la realización del proyecto, del
sueño de Dios ya anunciado en repetidas ocasiones por los profetas del Antiguo
Testamento (cf. Os 2,16-25; Is 54,5, etc.): Dios celebraría las bodas con la
humanidad, a través de una alianza definitiva y eterna, y ahora Jesús está a
punto de celebrar esas bodas; él es el Esposo esperado (cf. Mt 9,15).
Una vez más, pues, Dios envía a sus siervos. Al igual
que en la parábola de la viña, donde había enviado primero a los profetas y, al
final, a su Hijo (cf. Mt 21,33-43), ahora sigue enviando a otros siervos: los
apóstoles, los discípulos de Jesús, los misioneros que son sus testigos, para
invitar a todos al banquete nupcial (cf. Mt 8,11).
Todos están invitados gratuitamente; no tienen que
merecérselo ni pagar nada para poder entrar en la sala de la fiesta, donde se
ha preparado un banquete abundante y generoso, con manjares suculentos y vinos
selectos (cf. Is 25,6).
Pero, incluso ante tal invitación, en la que se
manifiesta la generosidad del Rey que hace esta oferta a todos, algunos
permanecen indiferentes y no aceptan la invitación.
Unos se van a sus campos, otros al mercado, otros a
ocuparse de sus asuntos: así desertan de esa ocasión de gran fiesta compartida.
Otros, en reacción a la invitación gratuita y amorosa, se llenan de rencor y
acaban maltratando y expulsando a esos siervos; llegan incluso, en la banalidad del mal que, cuando
empieza a manifestarse, crece y ya no conoce límites, ¡a matarlos!
Siempre un acto de benevolencia es bien recibido por unos pocos,
suscita mucha indiferencia y desata aversión y enemistad por parte de aquellos
a quienes se hace el bien. Es paradójico, escandaloso, pero así ocurre en
nuestro día a día…
Entonces el Rey, al ver que el salón de bodas está
medio vacío, envía de nuevo a otros siervos a las plazas, a los cruces de
caminos y a los barrios marginales de la ciudad, y aquellos que nunca habrían
pensado que el rey se acordaría de ellos aceptan la invitación con sorpresa y
alegría, y acuden al banquete.
En la versión de Lucas, la parábola habla de la invitación dirigida a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos (cf. Lc 14,21); de aquí podemos deducir que se cumple la palabra pronunciada poco antes por Jesús: «Los pecadores públicos y las prostitutas preceden en el Reino a los demás invitados» (cf. Mt 21,31).
Así, buenos y malos, en definitiva todos, están
invitados al banquete nupcial del Hijo de Dios con la humanidad: «la
sala de bodas se llenó de comensales».
Cualquiera que llegue al umbral de la sala del
banquete recibe un manto blanco, un traje de fiesta regalado gratuitamente, que
indica haber respondido libremente «sí» a la invitación del Rey.
También el traje de boda basta con aceptarlo y ponérselo,
no hay que merecerlo ni comprarlo. Pero todavía hay quien se opone: ¡no acepta
ese regalo, no quiere ese traje y no se lo pone!
Sin embargo, el Rey, al regalar ese traje, solo pide a
quien entra en el banquete que vaya vestido de gala, que esté limpio, que dé
una señal de cambio y de libertad… Así pues, cuando «entra para ver a los comensales,
ve a un hombre que no lleva el traje de boda» y que, ante su petición
de explicaciones, guarda silencio.
Es otra decepción para el rey, una llamada frustrada:
él no querría que así fuera, pero, de hecho, quien rechaza este enésimo regalo
se encuentra, por su propia elección, en una situación mortal, sin salida.
En este punto, el lenguaje de la parábola, con rasgos
típicamente orientales, en su intención de advertir y exhortar a los lectores,
se vuelve duro, incluso cruel: «Atadle de pies y manos y echadlo fuera, a
las tinieblas; allí habrá llanto y crujir de dientes», ordena el Rey a
los siervos.
Se trata de imágenes (¡imágenes!) para expresar una
realidad fundamental: en el último día habrá un juicio decisivo, que girará en
torno a haber aceptado o rechazado el don de Dios.
Dios nos da la vida, nunca la muerte: esta última la
elegimos nosotros. Y Dios, que respeta hasta el fondo nuestra libertad, nos deja
actuar con dolor, y así nos ve alejarnos de Él y preferir la prisión a la
libertad, la destrucción a la vida plena.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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