miércoles, 30 de septiembre de 2026

¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 -.

¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 - 

Al proclamar la Buena Noticia que narra y da a conocer a Dios, Jesús no recurre a grandes definiciones, no explica doctrinas complejas, sino que prefiere presentar a quienes le escuchan imágenes y acontecimientos de la vida humana, y señalar en ellos una dinámica que ilustra la acción de Dios y de los seres humanos.

 

Esta parábola nos habla de un Rey que quiere celebrar las bodas de su hijo. Si en este acontecimiento hay que encontrar una semejanza con el Reino de los Cielos («El reino de los cielos es semejante a un rey que organizó una fiesta de bodas para su hijo»), entonces ese Rey no puede ser otro que Dios y su Hijo es Jesús, enviado al mundo para encontrar a su esposa, la humanidad.

 

Nos encontramos ante la realización del proyecto, del sueño de Dios ya anunciado en repetidas ocasiones por los profetas del Antiguo Testamento (cf. Os 2,16-25; Is 54,5, etc.): Dios celebraría las bodas con la humanidad, a través de una alianza definitiva y eterna, y ahora Jesús está a punto de celebrar esas bodas; él es el Esposo esperado (cf. Mt 9,15).

 

Una vez más, pues, Dios envía a sus siervos. Al igual que en la parábola de la viña, donde había enviado primero a los profetas y, al final, a su Hijo (cf. Mt 21,33-43), ahora sigue enviando a otros siervos: los apóstoles, los discípulos de Jesús, los misioneros que son sus testigos, para invitar a todos al banquete nupcial (cf. Mt 8,11).

 

Todos están invitados gratuitamente; no tienen que merecérselo ni pagar nada para poder entrar en la sala de la fiesta, donde se ha preparado un banquete abundante y generoso, con manjares suculentos y vinos selectos (cf. Is 25,6).

 

Pero, incluso ante tal invitación, en la que se manifiesta la generosidad del Rey que hace esta oferta a todos, algunos permanecen indiferentes y no aceptan la invitación.

 

Unos se van a sus campos, otros al mercado, otros a ocuparse de sus asuntos: así desertan de esa ocasión de gran fiesta compartida. Otros, en reacción a la invitación gratuita y amorosa, se llenan de rencor y acaban maltratando y expulsando a esos siervos; llegan incluso, en la banalidad del mal que, cuando empieza a manifestarse, crece y ya no conoce límites, ¡a matarlos!

 

Siempre un acto de benevolencia es bien recibido por unos pocos, suscita mucha indiferencia y desata aversión y enemistad por parte de aquellos a quienes se hace el bien. Es paradójico, escandaloso, pero así ocurre en nuestro día a día…

 

Entonces el Rey, al ver que el salón de bodas está medio vacío, envía de nuevo a otros siervos a las plazas, a los cruces de caminos y a los barrios marginales de la ciudad, y aquellos que nunca habrían pensado que el rey se acordaría de ellos aceptan la invitación con sorpresa y alegría, y acuden al banquete.


En la versión de Lucas, la parábola habla de la invitación dirigida a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos (cf. Lc 14,21); de aquí podemos deducir que se cumple la palabra pronunciada poco antes por Jesús: «Los pecadores públicos y las prostitutas preceden en el Reino a los demás invitados» (cf. Mt 21,31).

 

Así, buenos y malos, en definitiva todos, están invitados al banquete nupcial del Hijo de Dios con la humanidad: «la sala de bodas se llenó de comensales».

 

Cualquiera que llegue al umbral de la sala del banquete recibe un manto blanco, un traje de fiesta regalado gratuitamente, que indica haber respondido libremente «sí» a la invitación del Rey.

 

También el traje de boda basta con aceptarlo y ponérselo, no hay que merecerlo ni comprarlo. Pero todavía hay quien se opone: ¡no acepta ese regalo, no quiere ese traje y no se lo pone!

 

Sin embargo, el Rey, al regalar ese traje, solo pide a quien entra en el banquete que vaya vestido de gala, que esté limpio, que dé una señal de cambio y de libertad… Así pues, cuando «entra para ver a los comensales, ve a un hombre que no lleva el traje de boda» y que, ante su petición de explicaciones, guarda silencio.

 

Es otra decepción para el rey, una llamada frustrada: él no querría que así fuera, pero, de hecho, quien rechaza este enésimo regalo se encuentra, por su propia elección, en una situación mortal, sin salida.

 

En este punto, el lenguaje de la parábola, con rasgos típicamente orientales, en su intención de advertir y exhortar a los lectores, se vuelve duro, incluso cruel: «Atadle de pies y manos y echadlo fuera, a las tinieblas; allí habrá llanto y crujir de dientes», ordena el Rey a los siervos.

 

Se trata de imágenes (¡imágenes!) para expresar una realidad fundamental: en el último día habrá un juicio decisivo, que girará en torno a haber aceptado o rechazado el don de Dios.

 

Dios nos da la vida, nunca la muerte: esta última la elegimos nosotros. Y Dios, que respeta hasta el fondo nuestra libertad, nos deja actuar con dolor, y así nos ve alejarnos de Él y preferir la prisión a la libertad, la destrucción a la vida plena.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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