sábado, 10 de octubre de 2026

La invitación de Dios - San Mateo 22, 1-14 -.

La invitación de Dios - San Mateo 22, 1-14 -

Tras las parábolas de la viña del Señor, se pasa a otra parábola con un nuevo escenario y una nueva narración.

 

El escenario es un salón donde tendrá lugar la fiesta más grande y hermosa de todas: la del hijo del rey que se casa.

 

La pregunta que surge al leer la parábola es la siguiente: ¿quién es digno de entrar en esa sala para participar en el banquete del hijo del rey? ¿Quién tiene las credenciales adecuadas para acceder a esa sala?

 

La primera observación significativa sobre esta parábola se centra precisamente en el tema del mérito y del don.

 

El primer aspecto es el que afirma que solo se puede entrar en esa sala para participar en el banquete si se tienen méritos. De hecho, los primeros invitados son personas que, de alguna manera, pertenecen a la categoría del mérito: uno tiene un campo, otro tiene asuntos que atender.

 

Lo curioso es que precisamente estos, que parecen merecer la entrada en la sala de la boda, al final rechazan la invitación. Un campo es más importante que la invitación a la boda, un asunto de negocios es mucho más importante que el Reino de Dios.

 

No es el mérito lo que determina la entrada en el salón de bodas. Estos invitados meritorios viven para sus propios intereses, no tienen tiempo para celebrar, están absortos en sus asuntos, no tienen tiempo para pensar en un Reino diferente, que es el Reino de los Cielos, el Reino de la ternura y la bondad de Dios.


Quizá podamos decir también que en estos invitados que han rechazado la invitación no reina la ternura de Dios, sino la autosuficiencia: «Me basto a mí mismo, no necesito una invitación», pero reina también esa tendencia que nos lleva a decir que no debemos aceptar sin más un regalo ya dispuesto, sino que, en cualquier caso, debemos hacer algo para ser dignos de entrar en esa sala.

 

En cambio, la parábola no nos dice qué debo hacer, sino que todo está listo: solo tengo que aceptar la invitación, el regalo.

 

La reacción del rey parece desproporcionada para tratarse de una invitación: envía a sus tropas y hace que maten a todos los que han rechazado la invitación. Quizás aquí se representa la destrucción de Jerusalén.

 

El rey no se desanima, se le ocurren cosas nuevas; esa sala debe llenarse y, por eso, manda llamar a buenos y malos, a personajes probables y a personajes improbables.

 

Dios, para su Reino, no necesita ante todo buenos trabajadores ni buenos empresarios, sino personas que, en su condición de vida, acepten una invitación, un don, una llamada, y elijan formar parte de la humanidad que se toma en serio el Reino de Dios y su misericordia.

 

Entran todos, buenos y malos, y el rey se da cuenta de que un invitado no lleva el traje de boda y es expulsado.

 

Hay muchas interpretaciones de este traje de boda.


Una de ellas es que este invitado no ha entendido gran cosa de la lógica de Dios. No ha entendido que en el banquete del Reino pueden sentarse tanto los buenos como los malos. Esta es la lógica de Dios: buenos y malos; y quien no entiende esta lógica de Dios no lleva ese traje de boda que es el amor caritativo. No se accede al Reino de Dios ni se trabaja por él si no se vive según la misma lógica de Dios: un amor caritativo.

 

Yo pensaba en nuestras comunidades: cuánta gente busca continuamente justificaciones para no decir «sí» a la llamada a hacer algo por el Reino de los Cielos, logrando siempre encontrar una buena justificación para su «no»; y cuántas personas, en cambio, buscan buenas razones para acudir a la fiesta del Reino, para comprometerse al servicio del Reino.

 

Las comunidades formadas por quienes solo buscan motivos para no aceptar una invitación están estancadas, inmóviles.

 

Las segundas, aunque solo sea porque una persona encuentre una buena razón para decir «sí» a esta invitación, son comunidades en movimiento, capaces de cambiar, de ofrecer signos de esperanza.

 

Sabemos bien cómo conviven estas dos almas en nuestras comunidades; solo hay una forma de hacer que las comunidades mueran: cuando ya no queda nadie, ni siquiera uno que encuentre una buena razón para aceptar la invitación del rey; por el contrario, nuestras comunidades pueden vivir mientras haya aunque sea uno solo que acepte la invitación del rey.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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