sábado, 10 de octubre de 2026

El siguiente paso.

El siguiente paso 

Hay momentos en la vida en los que el ruido se apaga y todo parece recuperar su esencia. 

La vida no ofrece respuestas inmediatas: abre espacios. 

Y en el silencio, cuando la vida deja de arrastrarnos de un lado a otro, surge una pregunta fundamental: ¿qué es lo que realmente mueve nuestra vida? 

Es entonces cuando la voluntad se muestra tal y como es, no un acto de fuerza ciega, sino un trabajo interior que ninguna otra facultad puede realizar en su lugar. 

La voluntad debe elegir, perseverar, volver a empezar. 

Pero no se pone en marcha por sí sola. 

Se asemeja a una barca inmóvil sobre aguas oscuras: tiene una dirección posible, pero necesita viento. Ese viento es la motivación. Sin ella, la voluntad permanece tensa e inmóvil; con ella, incluso el paso más vacilante encuentra un rumbo. 

El punto de partida es la búsqueda de la motivación. 

Hay que acercarse a ella con paciencia, como quien busca un manantial en la penumbra siguiendo el sonido del agua. 

Cuando la motivación es clara y definida, puede despertar la voluntad y orientarla. 

Cuando, en cambio, sigue siendo confusa, es la propia voluntad la que debe sostener la búsqueda: debe custodiar la pregunta, resistir a la prisa, no conformarse con razones tomadas prestadas. 

La motivación nace del discernimiento, y aquí entra en acción la razón. Esta distingue el impulso del deseo profundo, la urgencia pasajera de aquello que merece fidelidad. 

Dicho así parece sencillo, casi lineal. 

En realidad, el corazón humano es una habitación nocturna: en ella se encienden luces repentinas, pasan sombras, resuenan voces antiguas. 

Un interés puede surgir por casualidad, de un encuentro, de una herida, de una frase escuchada distraídamente, pero solo el discernimiento puede comprender si ese interés encierra una promesa o solo un engaño. 

Cuanto más fuerte es la motivación, mayor es el ímpetu de la búsqueda. 

Pero su fuerza no depende solo de la intensidad: depende de la profundidad. 

Toda motivación está ligada a la situación existencial de la persona, a su amor por la vida, a las pasiones que la habitan, a los deseos que ni siquiera se atreve a confesarse a sí misma. 

Por eso no todas las búsquedas tienen el mismo peso. 

Algunas se quedan en la superficie de los días; otras descienden hasta ese punto secreto en el que una persona decide quién quiere ser. 

Cuando la motivación se queda solo en el plano material - el dinero, el éxito, el poder -, la búsqueda corre el riesgo de convertirse en obsesión. 

Cada conquista promete descanso y enseguida lo niega; cada cima revela otra, más alta y más lejana. Se acumula sin poseer, se corre sin llegar. La noche, entonces, ya no es silencio fecundo, sino insomnio: un deseo que devora lo que obtiene porque no sabe reconocer aquello de lo que realmente tiene hambre. 

Si, por el contrario, la motivación nace de la vida interior y se asienta sobre bases espirituales, la búsqueda cambia de aliento. 

No elimina el esfuerzo, sino que le da un sentido; no promete una satisfacción inmediata, sino que orienta hacia los fundamentos de la existencia. 

Cuanto más se abre la motivación a la dimensión espiritual, más crece la tensión que la sostiene: no la ansiedad por poseer, sino el deseo de comprender, de amar, de ser fieles a lo que se ha vislumbrado. 

Quizá la verdadera tarea de la voluntad comience precisamente aquí: no en obligarse a avanzar, sino en permanecer el tiempo suficiente junto a la propia oscuridad para que surja una luz auténtica. 

La razón la reconoce, el discernimiento la pone a prueba, la motivación la transforma en camino. 

Y así, mientras fuera la ciudad duerme y las ventanas se apagan una tras otra, dentro de nosotros algo permanece despierto: una pregunta viva, una dirección aún frágil, una llama que no ilumina todo el camino, sino lo justo para dar el siguiente paso. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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