Regresar a casa
Entre las sombras los caminos cambian de carácter. Aquellos por los que hemos pasado mil veces parecen de repente más estrechos, las paredes se vuelven difusas, los cruces albergan una sombra más. Incluso el silencio, que durante el día parece solo ausencia de ruido, adquiere una voz.
Quizá por eso la desorientación forma parte tan íntimamente de las sombras de la oscuridad y de la noche: cuando la luz se retira, desaparecen los contornos habituales y nos vemos obligados a preguntarnos no solo dónde estamos, sino en qué dirección vamos realmente.
«Desparecer» rima con «perder». No es solo un juego de sonidos: es un parentesco profundo.
A menudo nos perdemos porque hemos dispersado algo por el camino - atención, deseo, tiempo, valor - o porque nos hemos dispersado nosotros mismos en demasiadas direcciones, hasta el punto de no reconocer ya el camino que llamábamos nuestro.
Pero también puede ocurrir lo contrario: nos dispersamos precisamente mientras perseguimos con obstinación un único trazado, incapaces de ver que la vida, a nuestro alrededor, ya ha cambiado de paisaje.
Casi siempre partimos con un mapa. Pensamos, calculamos, fijamos etapas y distancias; asignamos un nombre a los destinos y una fecha a las llegadas. Es un gesto humano y necesario: planificar significa dar forma al futuro, hacerlo, al menos por un momento, habitable.
Pero ningún mapa contiene el viento que soplará mañana, el encuentro que nos retendrá, la puerta que se cerrará, la llamada repentina de una pasión.
Las variables externas - la historia, las crisis, las transformaciones del mundo - se entrelazan con las internas: los sentimientos cambian, los deseos maduran, lo que antes parecía indispensable pierde intensidad.
En el momento de la partida no podemos calcular en qué persona nos convertiremos a lo largo del camino.
Por eso es mucho más fácil perderse de lo que estamos dispuestos a admitir. Basta con un pequeño desvío: una decisión pospuesta, una fidelidad prolongada más allá de su tiempo, un miedo confundido con prudencia.
A veces nos damos cuenta del extravío solo años después, cuando la noche ya es profunda y el camino conocido se ha desvanecido a nuestras espaldas.
El sufrimiento surge entonces no solo de la incertidumbre, sino de la idea de que la vida debería haber discurrido como una línea recta: clara, coherente, ascendente. Cada desviación nos parece una culpa; cada parada, un fracaso.
Pero la línea recta es una de las invenciones más persuasivas con las que intentamos domesticar la existencia. La vida real avanza a través de curvas, retrocesos, esperas y aperturas repentinas.
Cada proyecto, por muy minucioso que sea, es una interpretación: selecciona algunos elementos, excluye otros y confina lo posible dentro del perímetro de nuestro punto de vista.
Perderse resquebraja ese perímetro.
Duele, porque nos deja al descubierto; pero es precisamente en esa exposición donde nos devuelve una verdad más amplia. Nos muestra que el mundo no coincide con nuestra previsión y que nosotros mismos somos más amplios que la identidad con la que partimos.
Hay senderos que solo se revelan a quien se ha equivocado de desvío. En la oscuridad, lejos de las señales familiares, descubrimos capacidades que ignorábamos que poseíamos, preguntas que habíamos mantenido en silencio, personas y paisajes que ningún itinerario habría previsto.
La desorientación puede convertirse así en un regalo: no borra el esfuerzo, sino que lo transforma en conocimiento. Nos enseña que no todo lo que interrumpe el viaje lo traiciona y que algunas desviaciones, precisamente al alejarnos de la meta imaginada, nos acercan a una vida más auténtica.
Se necesita, pues, el valor de redibujar el mapa sin menospreciar el anterior. Los logros nacidos en los días confusos no son incidentes que haya que borrar, sino señales que hay que trasladar al nuevo trazado.
Rediseñar no significa renunciar a todo proyecto; significa planificar con humildad, dejando márgenes en blanco para lo que aún no conocemos. Y significa aceptar que una dirección puede ser auténtica aunque no sea definitiva y que cambiar de camino no equivale necesariamente a traicionarse a uno mismo.
Lo importante es que la pérdida no se convierta en definitiva.
Tras años de deambular, debe quedar, en algún lugar, la fuerza para volver sobre los propios pasos - no para fingir que no ha pasado nada, sino para reconocer el punto en el que el camino puede recomenzar -.
Se regresa cansado, quizá más lento, sin duda diferente.
La noche no ha terminado, y sin embargo el ojo ha aprendido a distinguir formas que antes ignoraba.
A lo lejos, tal vez, aún no haya amanecido; pero hay una luz tenue, suficiente para dar el siguiente paso.
Y es en ese paso, vacilante pero consciente, donde la desorientación deja de ser solo pérdida y se convierte en experiencia, memoria, riqueza… para una vida nueva.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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