miércoles, 7 de octubre de 2026

Soy de Dios - San Mateo 22, 15-21 -.

Soy de Dios - San Mateo 22, 15-21 - 

I 

¿Es lícito pagar el tributo a César o no?

 

La pregunta es capciosa: tú, que has elegido entre los doce tanto a Mateo, recaudador de tributos para César, como a Simón el zelote, el guerrillero armado dispuesto a la insurrección, ¿de qué lado estás? ¿Eres un colaboracionista o un subversivo?

 

Jesús responde con dos cambios de perspectiva. Cambia el verbo «dar» por «devolver»: «Devolved a César lo que es de César». Utiliza un imperativo, contundente, situado al principio de la frase, que no se refiere ni a una moneda, ni a un emperador, ni a un tributo específico, sino a un mandamiento global.

 

Devolved a César y a Dios, porque nada de lo que tienes es realmente tuyo. No eres dueño de nada, todo es un don que viene de antes de ti y va más allá de ti. Existir no es un derecho, sino, ante todo, una deuda.

 

Estás en deuda con Dios y con los demás: con tus padres, amigos, la historia, la cultura, el trabajo; incluso en tu pan de cada día está impresa la historia de innumerables manos, y la mano de Dios. Tu vida es un entramado de deudas: paga tu deuda de amor, de bienestar, de salud, de educación.

 

La vida va, la vida viene. De otros a ti, de ti a otros, en un circuito abierto. Desde el momento en que empiezas a existir, existes en alianza. Es más, eres la síntesis de dos alianzas, crucificado en la cruz de dos amores: el de Dios y el de los hombres.

 

¿Quién es César? ¿Solo el Estado, el poder, con su panteón de rostros conocidos? ¿Acaso yo no formo parte de esta sociedad? Entonces me corresponde aportar algo. Ya no me bastará con decir: «¿qué piensas de nuestro mundo?». Pero te preguntaré: «¿qué aportas a nuestra sociedad?». ¿Qué haces para remendar este país nuestro, donde tenemos la suerte y el don de existir? Y si César se equivoca, mi tributo será corregirlo; y si roba, le llevaré el tributo de la conciencia que le recuerda sus deberes.

 

Jesús introduce la segunda novedad provocadora con la referencia a Dios. Esta es la verdadera cuestión a la que quiere responder, la elección decisiva: qué hay que rendir a Dios. A César le corresponde una cosa: la moneda. A Dios le corresponde la persona, con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas.

 

Yo, como talento que lleva la efigie de Dios, debo devolver nada menos que a mí mismo. Debo devolver mi vida, haciendo brillar la imagen acuñada en mí, progresivamente, hasta llegar a ser, finalmente, hombre.

 

Devolved a Dios lo que es de Dios. Palabra que le dice a César: no te apropies del hombre. No robes al hombre. El hombre es cosa de Otro. Cosa de Dios. A mí me dice: no inscribas en el corazón pertenencias que no sean de Dios.

 

Libre y rebelde ante todo intento de posesión, repite a César: yo no te pertenezco. Proclama las obras maravillosas de Dios, no las de César. No vivas sin misterio. Sin el asombro de estar vivo. 

II 

Una pregunta trampa, una pregunta maliciosa, concebida para avivar las tensiones y las divisiones: «¿Es lícito o no pagar impuestos a Roma?». Al enemigo, al invasor. Planteada a Jesús, que pretendía eliminar el concepto mismo de enemigo.

 

Si tuviéramos entre nuestras manos esa moneda romana, comprenderíamos mucho más: el perfil del emperador no era un simple homenaje al César de turno, sino que indicaba la propiedad: él era el dueño de ese oro y quien lo tenía en la mano no era más que un poseedor temporal. «Esta moneda pertenece a César, no tenéis más que devolverla». 

Pero la profecía de Jesús surge en la segunda parte de la respuesta, cuando a la cuestión política e histórica, sobre la relación entre el hombre y el hombre, responde llevándonos a lo más profundo, a la relación entre el hombre y Dios. La inscripción de la moneda decía «al divino César» o «al Dios César». Es precisamente esta síntesis peligrosa la que Jesús quiere desactivar: César no es Dios. 

«Dad a Dios lo que es de Dios». Pero, ¿qué le per­tenece? «La tierra, el universo y todos los seres vivos» (Salmo 24,1); «yo pertenezco al Señor» (Isaías 44,5). 

Al César le corresponden las cosas, a Dios las personas. El César no tiene derecho de vida y de muerte sobre las personas, no tiene derecho a violar su conciencia, no puede apoderarse de su libertad. Al César no le corresponden el corazón, la mente ni el alma. Le corresponden solo a Dios. 

A todo poder humano se le dice: No te apropies del hombre. El hombre es cosa de Otro. Cosa de Dios. A mí me dice: No inscribas en el corazón pertenencias que no sean de Dios. Libre y rebelde ante toda tentación de posesión, repito al César: Yo no te pertenezco. 

La respuesta de Jesús tiene por objeto ampliar el problema: no se trata de teorizar sobre la autonomía de las realidades mundanas, ni sobre la separación de poderes, sino de llegar a las mismas raíces del poder y volverlas hacia el sol y el aire. 

Para Jesús, Dios no es el poder más allá de todo poder, es amor. No es el dueño de las vidas, es el servidor de los que viven. No un César más grande que los demás césares, sino un siervo que sufre por amor. Una forma totalmente diferente de ser Dios. 

Jesús utiliza un verbo que no significa solo «dad», sino más precisamente «devolved», «devolvedlo». Porque nada de lo que tienes es tuyo, no eres dueño de nada, salvo de tu corazón. Eres hijo de un don, que viene de antes que tú y va más allá de ti. Tú, talento de oro, don que lleva acuñada la imagen de Dios, debes devolver nada menos que a ti mismo, pero solo a Él. 

III 

Ante la pregunta maliciosa y astuta de quien quiere enfrentarlo, ya sea contra Roma o contra su propio pueblo, Jesús responde yendo más allá, como es habitual en Él, y con dos cambios de perspectiva que amplían los horizontes de la pregunta. 

Con el primer cambio de perspectiva, sustituye el verbo «pagar» - ¿es lícito pagar impuestos? - por «devolver»: lo que es de César, devolvédselo a César. Con el segundo cambio, introduce la perspectiva de Dios. 

En primer lugar, habla de un «dar y recibir»: vosotros utilizáis esta moneda, es decir, os servís del Estado romano que os garantiza carreteras, justicia, seguridad y mercados. Habéis recibido y ahora devolvéis. Todos pagáis impuestos por un servicio que nos concierne a todos. 

¿Cómo no aplicar esta sencilla claridad de Jesús a nuestros días, en los que la crisis económica trae consigo un debate sobre medidas económicas, impuestos,…? 

«Devuelve, porque estás en deuda». Estoy en deuda con mis padres, amigos, profesores, médicos, con la historia de este país, con quienes me enseñaron a amar y a creer, me transmitieron afecto y valores, con los poetas y los científicos, los buscadores de Dios, con millones de trabajadores desconocidos, con toda mi sociedad. Mi vida es un entramado de deudas; he recibido infinitamente más de lo que he dado. 

¿Devolverle a César, en quien confío poco? ¿A César, que roba? Sí, pero a la manera de Jesús, quien no hacía distinciones, como reconocen los fariseos: entonces, si César se equivoca, mi tributo consistirá en corregirlo; y si roba, le recordaré la voz de la conciencia y el deber de la justicia. 

El segundo cambio de perspectiva introduce la dimensión espiritual. De Dios has recibido, a Dios devuelves. De Él proviene el aliento, el querer y el actuar, el gozo y el amor, los talentos, la semilla de eternidad depositada en ti; suyo es el jardín del mundo. Ante Él, como ante el hombre, no somos pretendientes, sino deudores agradecidos. 

Si tuviéramos entre las manos aquella moneda romana, comprenderíamos algo más. La inscripción decía: «divo Caesari», «al divino César pertenece». Jesús separa de raíz la unidad de estas dos palabras: César no es Dios. Una cosa es César, otra es Dios. 

De Dios es el hombre, ese hombre al que Él ha hecho apenas inferior a un Dios. A César las cosas, a Dios la persona. A mí me dice: no grabes en tu corazón otras pertenencias que no sean de Dios. Mantente libre y rebélate ante toda tentación de venderte o de dejarte poseer. 

Y repite al poder: yo no te pertenezco. A todo poder humano, Jesús le dice: no te apropies del hombre, no te pertenece. El hombre es cosa de Dios. Es una criatura que lleva a Dios en la sangre. 

IV 

La trampa está bien tramada: ¿Es lícito o no pagar el tributo a Roma? ¿Defiendes los intereses de los invasores o los de tu pueblo?

 

Fuera cual fuera la respuesta, Jesús habría arriesgado la vida, ya fuera por la espada de los romanos o por la daga de los zelotes. Jesús no cae en la trampa: los llama hipócritas, es decir, actores, comediantes; vuestra vida es una representación para que os vea la gente (Mt 6,5)...

 

Mostradme la moneda del tributo. Estamos en Jerusalén, en la zona sagrada del Templo, donde no debía entrar ninguna efigie humana, ni siquiera en las monedas. Por eso había cambistas en la entrada.

 

Los fariseos, los devotos, con su religiosidad ostentosa, llevan consigo, en el lugar más sagrado para el Señor, la moneda pagana prohibida, el dinero del emperador Tiberio, y así son ellos quienes se oponen a la ley y confiesan cuál es en realidad su Dios: su ídolo es el dinero. Siguen la ley del dinero, y no la de la Torá. Los farsantes quedan desenmascarados.

 

«¿Es lícito pagar?», habían preguntado. Jesús responde cambiando el verbo, de «pagar» a «devolver»: «Dad, pues, a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios». César no es solo el Estado con sus instituciones y sus rostros conocidos, sino toda la sociedad en cuyas relaciones todos nos humanizamos.

 

«Habéis recibido, devolved»: vosotros os beneficiáis del Estado que os garantiza carreteras, seguridad, mercados. Devolved, devolved (el «give back» de los anglosajones), como en un intercambio, todos pagáis el tributo por un servicio que llega a todos.

 

¿Cómo no aplicar esta sencilla claridad de Jesús a nuestros días de arduas reflexiones sobre la crisis económica, las medidas de austeridad, los impuestos,…?

 

Jesús completa la respuesta con un segundo díptico: «Dad a Dios lo que es de Dios». Estamos inmersos en la gratuidad: de Dios es la tierra y todo lo que contiene; el hombre y la mujer son un don que proviene de más allá, algo de Dios. Devuélvelos a Él honrándolos, cuidándolos como si fueran un tesoro.

 

Cada mujer y cada hombre son talentos de oro que se te ofrecen para tu bien; son, en el mundo, las verdaderas monedas de oro que llevan grabada la imagen y la inscripción de Dios. Al César las cosas, a Dios la persona, con todo su corazón, su belleza, su luz y la memoria viva de Dios.

 

A cada uno de nosotros, Jesús nos recuerda: mantente libre de todo imperio, rebélate ante toda tentación de venderte o de dejarte poseer. Repite al poder: «No te pertenezco».

 

A todo poder humano, Jesús le recuerda: No te apropies del hombre. No lo violes, no lo humilles, no lo manipules: es cosa de Dios, misterio y prodigio que lleva al Creador en la sangre y en el aliento. 

V 

La trampa está bien tramada: ¿Es lícito o no pagar el tributo a Roma? ¿Estás del lado de los invasores o del de tu pueblo? 

Cualquiera que fuera su respuesta, Jesús habría arriesgado la vida, ya fuera a manos de la espada de los romanos, como instigador de la revuelta, o a manos de la daga de los zelotes, como partidario de los ocupantes. 

Los herodianos y los fariseos, dos figuras conocidas del panteón del poder, a pesar de ser enemigos acérrimos entre sí, en este caso se alían contra el joven rabino, cuyas palabras temen y cuya carrera quieren acabar. 

Pero Jesús no cae en la trampa, sino todo lo contrario: los llama hipócritas, es decir, farsantes; vuestra existencia es una farsa. 

Mostradme la moneda del tributo. Estamos en Jerusalén, en la zona sagrada del Templo, donde estaba prohibido introducir cualquier figura humana, aunque estuviera acuñada en las monedas. Por eso había cambistas en la entrada. 

Los fariseos, los puros, con su religiosidad ostentosa, llevan al interior del lugar más sagrado de la nación la moneda pagana prohibida con la efigie del emperador Tiberio. Los farsantes quedan desenmascarados: son ellos, los observantes, quienes violan la norma, demostrando que siguen la ley del dinero y no la de Moisés. 

Dad, pues, al César lo que es del César. «¿Es lícito pagar?», habían preguntado. Jesús responde empleando otro verbo, «devolver», como si se tratara de un intercambio: antes habéis recibido, ahora devolved. La lista es larga: he recibido educación, sanidad, justicia, cohesión social, servicios para los más vulnerables, cultura, asistencia… ahora devuelvo algo. 

Dad al César, es decir, pagad todos los impuestos por los servicios que llegan a todos. ¿Cómo no aplicar esta claridad inmediata de Jesús a nuestros días de arduas reflexiones sobre maniobras financieras, impuestos y Hacienda? 

Y añade: «Dad a Dios lo que es de Dios». De Dios es la tierra y todo lo que contiene; el hombre es cosa de Dios. De Dios es mi vida, que «Él ha hecho resplandecer por medio del Evangelio» (2 Tim 1,10). Ni siquiera ella me pertenece. 

Cada hombre y cada mujer vienen al mundo como vidas que resplandecen, como talentos de oro en los que está acuñada la imagen de Dios y la inscripción: tú perteneces a su cuidado, estás inscrito en su Amor. Devuelve a Dios lo que es de Dios, es decir, a ti mismo. 

Al César las cosas, a Dios las personas. Al César el oro y la plata, a Dios el hombre. A mí y a cada persona, Jesús nos repite: no perteneces a ningún poder, mantente libre de todos, rebélate ante toda tentación de dejarte esclavizar. 

A todo poder humano, el Evangelio le dice: No te apropies del hombre. No lo violes, no lo humilles: es cosa de Dios; cada criatura es un gran prodigio que lleva al Creador en la sangre y en el aliento. 

VI

 

Vienen a ver a Jesús y le plantean una pregunta capciosa, de esas que desatan el odio y crean enemigos: ¿es lícito o no pagar impuestos a Roma?

 

Son partidarios de Herodes, el rey títere de Roma, de sangre mestiza idumea; junto a ellos están los fariseos, los puristas que sueñan con una teocracia bajo la ley de Moisés. No se soportan entre sí, pero hoy se alían contra un enemigo común: el joven rabino cuyas ideas temen y cuya carrera como predicador quieren acabar.

 

La trampa está bien urdida: ¡elige: o estás con nosotros o contra nosotros! ¿Pagar o no pagar impuestos al Imperio?

 

Jesús responde con un doble cambio de perspectiva. El primero: sustituye el verbo «pagar» por el verbo «devolver»: devolved, dad al César lo que es del César. «Devolved», un imperativo contundente, que implica mucho más que unas pocas monedas, que debe dar forma a toda la vida: devolved, al César y a Dios, a la sociedad y a la familia, a los demás y a la casa común, algo a cambio de lo que habéis recibido.

 

Todos estamos enredados en un entramado de dones. Vivimos del don de una hospitalidad cósmica. La deuda de existir, la gran deuda de vivir, solo se paga devolviendo mucho a la vida. Dad al César.

 

Pero, ¿quién es el César? ¿El Estado, el poder político, con su panteón de rostros muy conocidos y poco queridos? No, el César significa mucho más que eso. Me atrevo a pensar que el verdadero nombre de César hoy en día es que mi contraparte no sea solo la sociedad, sino el bien común: la tierra y los pobres, el aire y el agua, el clima y las criaturas, el único arca de Noé en la que todos estamos embarcados, y no hay otra de reserva.

 

El segundo cambio de paradigma: César no es Dios. Jesús le quita a César su pretensión divina. Devolved a Dios lo que es de Dios: de Dios es el hombre, hecho poco inferior a los ángeles (Salmo 8) y, al mismo tiempo, poco más que un soplo de viento (Salmo 44), una mecha humeante, pero que Tú no apagarás. En mi mano llevo grabado: «Yo pertenezco a mi Señor» (Isaías 44,5).

 

Son palabras que llegan como un decreto de libertad: tú no perteneces a ningún poder, permanece libre de todos, rebélate a toda tentación de dejarte esclavizar, eres el guardián de la libertad (Hebreos 3,6).

 

Sobre todo poder humano se extiende la orden: no pongas tus manos sobre el hombre. El hombre es el límite insuperable: no te pertenece, no lo violes, no lo humilles, no abuses de él; lleva al Creador en la sangre y en el aliento.

 

¿Qué le devolveré a Dios? El respirar con Él, el triple cuidado: de mí mismo, del mundo y de los demás, y el asombro de que todo es un don. 

VII 

Siempre necesitamos pertenecer a alguien. Todos somos como la moneda romana que le muestran a Jesús: «Divo Tiberio», «pertenezco al divino Tiberio, hijo de Augusto». 

¿Y yo a quién pertenezco? ¿Quizás a las cosas, a los poderes fácticos, al pensamiento dominante, o bien a mis sueños, a los lazos vitales, al amor que siento y que, según me asegura la Biblia (cf. 1 Jn 4,16), es «Dios que ama en mí»? 

Los partidarios del imperio de Herodes y los independentistas del Sanedrín le plantean a Jesús una de esas preguntas incisivas que hacen enardecer al público y dividen a los espectadores: Maestro, tú que eres libre y dices las cosas como son, ¿qué relación tienes con César, con el poder? 

La respuesta de Jesús es aguda: como es habitual en Él, ante preguntas maliciosas o capciosas, eleva a los oyentes a otro plano, desconcertándolos con un doble cambio de perspectiva. 

Primer cambio: sustituye el verbo «pagar» por «devolver»: dad, devolved a César lo que es de César. Un imperativo contundente, que va mucho más allá de unas pocas monedas, que da un nuevo aliento a las relaciones: devolved lo mucho que habéis recibido, devolvéis, mirad hacia la fuente. 

Vivir es devolver la vida, que viene de antes que nosotros y va más allá de nosotros. Vivimos para devolver amor a quien, con amor, nos ha creado y nos hace vivir. Como la respiración: acoge y devuelve, no puedes retenerla, es un puro don. 

Segundo cambio de perspectiva: Jesús pone en juego su visión y su fuerza profética, cortando de raíz el vínculo entre las dos palabras grabadas en la moneda: «divino Tiberio». César no es Dios, Tiberio no es divino. 

Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. En este punto, Jesús se detiene; no se substituye a nosotros, no nos exime de la responsabilidad de usar nuestra inteligencia para evaluar, elegir y decidir qué es de César y qué es de Dios. 

Devolved a Dios lo que es de Dios: de Dios es la tierra y todo lo que contiene (Dt 10,14). También César pertenece a Dios. Cada persona lleva grabada la inscripción profética: «Yo pertenezco a mi Señor», «ha escrito en la mano: ¡del Señor!» (Isaías 44,5). 

Cada uno es una pequeña moneda de oro con, en alto relieve, la imagen y semejanza de Dios, coronada por una dedicatoria sagrada: «Soy de Dios». Cada uno es un talento enviado al mundo, para hacerlo fructificar y luego devolverlo al bien común. 

D este modo se entra en el circuito del don que Jesús establece en lugar de la posesión. No la acumulación, sino la restitución; no las puertas blindadas que protegen mis bienes, sino su circulación por las venas del mundo. El hombre vive de la vida donada. Primero recibida y luego devuelta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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