sábado, 7 de noviembre de 2026

La lámpara de la fe en medio de la noche (a modo de relato autobiográfico).

La lámpara de la fe en medio de la noche (a modo de relato autobiográfico) 

Por la noche, cuando las casas apagan sus luces y las calles devuelven al silencio los pasos del último transeúnte, ciertas preguntas vuelven a cobrar vida. 

Durante el día las habíamos mantenido ocupadas: una palabra, un compromiso, una respuesta aprendida hace tiempo. Ahora están aquí. No piden que se las tranquilice. Piden que alguien tenga el valor de escucharlas. 

Es en esta hora cuando la religión revela una de sus tentaciones más sutiles: convertirse en un lugar en el que refugiarse no solo del miedo, sino también del esfuerzo de pensar. Un techo bajo el que poner a salvo la propia inquietud, hasta olvidarla. 

Las respuestas ya están ahí, ordenadas en las estanterías. Bonitas, pulidas, listas para cualquier circunstancia. Basta con coger una y colocarla sobre la herida. No importa si la herida sigue sangrando: al menos hemos encontrado las palabras para no mirarla. 

El peligro no está en tener una tradición, en reconocerse en una fe, en recibir una palabra que nos precede. 

El peligro comienza cuando lo que hemos recibido nos exime de estar presentes. Cuando una respuesta se utiliza para cerrar una pregunta antes incluso de haber atravesado su dolor. Cuando decimos que creemos y, sin darnos cuenta, solo queremos decir que ya no queremos seguir buscando. 

Entonces, incluso el Misterio se vuelve manejable. Le asignamos un nombre, un lugar, un horario. Lo frecuentamos sin dejarnos conmover. 

Sabemos qué decir ante la muerte, ante la injusticia, ante una soledad que no encuentra voz. Pero saber qué decir no significa haber comprendido; a veces solo significa habernos construido una distancia desde la que ya nada puede herirnos. 

La noche, en cambio, acorta las distancias. Deja sobre la mesa el vaso vacío, una fotografía, el mensaje al que no hemos respondido. Y ninguna fórmula, por muy exacta que sea, puede responder en nuestro lugar. 

Un alma puede apagarse así, sin ruido. No por falta de palabras religiosas, sino por su exceso cuando se convierten en un refugio impermeable a la vida. 

El pensamiento se aplana, pierde relieves y grietas; ya no encuentra nada que le obligue a cambiar. Se repite lo que siempre se ha dicho, se aprueba lo que siempre se ha aprobado. Y poco a poco acabamos pareciéndonos a todos, no en la fraternidad de las diferencias, sino en el anonimato de las conciencias adormecidas. 

No es una acusación dirigida a una categoría de personas. Es una posibilidad que nos atraviesa a cada uno de nosotros. Incluso quien ama las preguntas puede convertirlas en una pose; incluso quien se proclama libre puede albergar respuestas rígidas. Nadie está a salvo de la tentación de convertir su propia convicción en un cojín. 

Pero cuando esto le ocurre a la fe la contradicción arde: uno se confía al Misterio para no tener que volver a encontrarlo. 

El Jesús del fuego, evocado por esta búsqueda, interrumpe precisamente ese sueño. 

El fuego que viene a traer a la tierra no se parece a una lámpara encendida para hacer más acogedora una habitación ya cerrada. Es una presencia que nos vuelve a poner en movimiento. Ilumina lo que preferíamos dejar en la sombra, calienta las manos entumecidas, hace imposible llamar vida a la mera conservación de uno mismo. 

La persona de fe no es una figura sin sobresaltos. Lleva dentro una brasa. Tiene ojos capaces de detenerse en lo que los demás pasan por alto distraídamente: un rostro cansado, una pregunta infantil, una puerta que se ha quedado cerrada. Su deseo de conocer no nace del gusto por poseer más respuestas, sino de la conciencia de que cada vida con la que se cruzan exige una nueva escucha. 

Ese fuego no es fanatismo. No autoriza a quemar a los demás, a imponerse, a dividir el mundo entre quienes saben y quienes deben obedecer. Si se convierte en desprecio, ya ha traicionado la vida que pretende defender. 

El fuego santo nos hace más atentos, no más ciegos; más dispuestos a ser interrogados, no más ávidos de tener la razón. Quema, ante todo, nuestra pretensión de haber llegado a la meta. 

La verdad, en este camino, no es un objeto que se pueda cerrar en el puño. Viene a nuestro encuentro y nos trasciende. Reconocemos fragmentos de ella: en una palabra por fin sincera, en un perdón que cuesta, en el gesto de quien se queda cuando sería más fácil marcharse. Los recogemos, intentamos unirlos. Algo se ilumina. 

Pero quedan espacios vacíos, y esos vacíos no son necesariamente el fracaso de la búsqueda: pueden ser el lugar donde la búsqueda vuelve a comenzar. 

Por eso, el cristiano con fuego interior no confunde la fidelidad con la inmovilidad. 

Puede custodiar una palabra y seguir preguntándose cómo vivirla. Puede reconocer un camino y descubrir que lo ha recorrido mal. Puede admitir que no sabe, sin que ese no saber se convierta en una vergüenza que ocultar. 

La búsqueda auténtica no borra lo que ha encontrado: lo rescata del polvo de la costumbre, lo expone de nuevo a la prueba de la existencia. 

Todo esto supone un esfuerzo. 

Hay noches en las que ningún fragmento parece encajar y la oración sigue siendo una voz sin respuesta. No hace falta fingir entusiasmo. 

El fuego, a veces, es apenas una brasa bajo las cenizas: el deseo de no mentir, la decisión de no mirar hacia otro lado, la pregunta que persiste incluso cuando estamos demasiado cansados para formularla. Caminar puede significar simplemente custodiar esa brasa hasta el amanecer. 

Es verdad. No toda quietud es muerte. Existe el descanso que devuelve el aliento y el silencio en el que una palabra puede, por fin, madurar. No estamos llamados a una agitación sin tregua, ni a convertir la inquietud en una nueva medida de nuestro valor. 

Lo que mata el alma es otra tranquilidad: aquella que ya no quiere que nadie la moleste, que incluso ha relegado a Dios a un lugar desde el que no pueda pedir nada. 

La paz viva deja la puerta abierta. La quietud muerta la cierra con llave. La primera permite detenerse y luego reanudar el camino; la segunda nos convence de que ya no existe ningún lugar al que ir. 

Esta es la diferencia que la noche hace visible, cuando el silencio puede ser escucha o huida, espera o anestesia. 

Quizá la fe empieza a recuperar el aliento cuando deja de ofrecerse como una exención de la vida. Cuando no promete ahorrarnos todas las preguntas, sino que nos ayuda a soportar su peso. Cuando no nos hace idénticos, sino que nos llama por nuestro nombre y nos expone a emprender una aventura, a salir. Cuando una respuesta, en lugar de zanjarlo todo, abre una responsabilidad: si creo esto, ¿qué cambia en mi vida? 

Afuera, la ciudad aún duerme. Una ventana sigue encendida. No sabemos quién vela tras ese cristal, qué dolor guarda, qué pregunta le impide cerrar los ojos. Pero podemos reconocer algo de nosotros mismos en esa luz obstinada. 

La vida no ha dejado de llamarnos. El Misterio no ha dejado de esconderse discretamente y de ofrecerse a la mirada atenta. No tenemos todas las respuestas. Tenemos algunos fragmentos, un camino que solo se deja ver en un tramo. 

Y tenemos el fuego. 

Tenemos lo justo para no entregar el alma al sueño de las cosas ya decididas. Lo justo para esperar el primer resplandor sin dejar de buscar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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