jueves, 23 de julio de 2026

Hacerse pan - San Mateo 14, 13-21 -.

Hacerse pan - San Mateo 14, 13-21 - 

Hambre, mucha hambre. 

De cariño, de alegría, de paz, de emociones, de amor, de dinero, de buena comida, de vacaciones, de normalidad, de amistad, de luz, de todo. 

Nos definen nuestros apetitos, nuestros deseos. Somos lo que deseamos. 

Nuestro mundo, a menudo, nos engaña, haciéndonos creer que nuestra hambre se saciará con poco. Basta con comprar lo que nos ofrecen. Y hay personas que se pasan la vida atormentándose por la envidia porque no tienen fama, «me gusta», lujos ni vacaciones en lugares exóticos. 

Entendámonos bien: mejor una vida relajada y sin ansiedades que una llena de miedos y miserias, eso es obvio. 

Pero solo si alzamos la mirada, si pasamos a otro nivel, podremos lograrlo. 

Porque es Dios quien ha puesto el deseo en nuestro corazón. Para iniciar una magnífica búsqueda del tesoro. 

Para encontrar la perla preciosa de su presencia. 

Para convertirnos, por fin, en buscadores y mendigos de luz. 

Tenemos hambre, mucha hambre.

Isaías promete al pueblo en el exilio un pan gratuito que saciará cada corazón. 

En realidad, el pueblo, en el exilio desde hace ya cincuenta años, tiene el estómago lleno. 

Se ha integrado, ha comprado casas en Babilonia; ya nadie piensa seriamente en volver a una tierra que nunca ha visto. 

Pocos volverán, tras el edicto de liberación de Darío, y no encontrarán esperándoles pan y miel, sino dificultades y odio por parte de quienes han ocupado sus casas. 

Pero también encontrarán el verdadero rostro de Dios. 

También nosotros, a veces, nos conformamos con las pequeñas y temporales recompensas que nos ofrece la vida. Creemos haberlo entendido y haberlo hecho todo porque hemos logrado cumplir algún sueño. 

¡Qué difícil es despertar el hambre en quien tiene el estómago lleno! ¡El hambre de sentido, de felicidad, de paz en quien se conforma con las pequeñas (y legítimas) alegrías que nos ofrece la vida! 

El primer paso hacia la conversión es tomar conciencia del deseo de felicidad profunda que llevamos en el corazón. El primer paso hacia Dios es dar cuenta de que el deseo infinito que llevamos en nuestro interior solo puede ser colmado por el infinito.

Mucha gente se reúne en torno a Jesús. 

El Señor tiene compasión, ama al pueblo, sabe de lo que necesitamos. Nuestro Dios no está distraído, no se queda en las nubes gobernando a las hormiguitas. Sin embargo, ante la multitud, el Señor no actúa, sino que pide a los suyos que actúen. 

Con mucho sentido común, los discípulos le sugieren que ignore el problema: que cada uno se las arregle por su cuenta. 

No podemos con ello. No ahora. No ahora que nos descubrimos debilitados y frágiles, asustados y agresivos. 

No ahora que la Iglesia muestra sus arrugas, sus fatigas, sus lentitudes, sus sombras, ignoradas superficialmente durante décadas. 

Y, ahora que estamos tan desorientados, ¿también tendríamos que hacernos cargo de la multitud? 

Por ahora no, quizá cuando y si nos hayamos reorganizado, vamos. No bromeemos. 

Esperemos a volver a la normalidad. Si es que alguna vez vuelve. Ya veremos… 

El Maestro no actúa así. La compasión, la verdadera, la de Dios, no lleva a esto. 

El hambre se puede saciar, tanto la física como la interior, pero con una sola condición: arriesgarse. 

No somos capaces, no tenemos los medios, no tenemos suficiente fe, tenemos demasiada cizaña en el corazón. 

Cualquier excusa es buena para eludir la petición. Jesús insiste: a él le sirve lo que somos, aunque lo que somos sea poco. 

La desproporción es intencionada: pocos panes y peces para una multitud interminable; es una situación que produce inquietud, desánimo, la misma sensación que sentimos nosotros cuando intentamos anunciar la Palabra, realizar gestos de solidaridad, de bondad. 

Me reúno con mis chicos y paso una hora a la semana con ellos: jugamos, hablamos, les hablo de la hermosa forma de vivir que tenía Jesús. Luego se van, y durante toda una semana oirán y vivirán lo contrario: violencia, egoísmo, oportunismo… 

Vivo como un hombre de paz y mis compañeros de oficina se aprovechan de mí y me engañan. 

Consagro mi vida al Evangelio, corro como un loco de una parroquia a otra y la gente piensa que soy una especie de funcionario del Vaticano. 

¿Hay que rendirse? 

No: nuestro gesto es fecundo si acompaña la obra de Dios, es un signo profético que imita el amplio gesto del sembrador, es un icono de esperanza que imita la paciencia del dueño del campo ante la cizaña. 

 

San Pablo reflexiona sobre su camino y escribe a la comunidad de Roma. 

La vida es dura, entonces como hoy, para todos, no nos engañemos. 

Y las primeras y frágiles comunidades tuvieron que hacer frente a muchas dificultades. 

San Pablo se atreve. Cuestiona. Provoca. Consuela. 

¿Quién nos separará del amor de Cristo? 

Y hace una lista. 

Hoy diríamos: la crisis, la falta de trabajo, una Iglesia poco entusiasta, que embalsama en lugar de custodiar y dar… 

Nada. Nada puede separarnos, ni siquiera nosotros mismos. Ni siquiera nuestras fragilidades. Ni siquiera los errores, ni siquiera este tiempo que parece olvidar lo esencial. 

San Mateo, al narrar el gesto de Jesús, alude claramente a la Eucaristía de la comunidad. 

Encontramos la fuerza para comprometernos, para compartir ese poco que somos, solo y siempre que nos nutramos del gesto extraordinario de Jesús, quien, él mismo, se convierte en alimento. 

La Eucaristía se convierte en fuerza y modelo de nuestra acción. 

Esperamos el momento en que, en plenitud, podamos volver a celebrar al Resucitado, a abrazarnos, a mirarnos sin máscaras. Lo esperamos como se espera el amanecer de un nuevo día. 

Nada nos separa del amor de Cristo. 

Por eso podemos convertirnos en pan partido. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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