Dadles vosotros de comer y se os dará el pan de cada día - San Mateo 14, 13-21 -
Una noche, a orillas del lago, cinco mil hombres, junto con mujeres y niños: un amor los ha llevado al desierto, al límite de la noche: Jesús. Los discípulos, hombres prácticos, dicen: «Despídelos para que vayan a comprarse algo de comer». El Maestro les responde: «Dadles vosotros mismos de comer».
Dos actitudes opuestas, resumidas en dos verbos: comprar o dar. «Comprar», dicen los discípulos. Y esa es nuestra mentalidad: si quieres algo, tienes que pagarlo. No hay nada escandaloso, pero tampoco nada grandioso en esta lógica nuestra, donde triunfa la eterna ilusión del equilibrio entre dar y recibir.
En este sistema cerrado, prisionero de la necesidad, Jesús introduce su verbo: dadles vosotros mismos de comer. No: vended, intercambiad, prestad; sino, simplemente, radicalmente: dad.
Y sobre el principio de la necesidad comienza a surgir, a superponerse, otro principio: la gratuidad, el amor sin cálculos, el desequilibrio, dar sin esperar nada a cambio. Solo la alegría, tal vez.
Hay muchos milagros en este relato, y el primero es que nada, ni siquiera el hambre, el desierto o la noche, separa a esos cinco mil del encanto de Jesús; luego viene el de los cinco panes que pasan de las manos de uno a las manos de todos.
El milagro de la multiplicación comienza cuando el pan que es «mío» se convierte en «nuestro», nuestro pan de cada día. El pan para mí mismo es una cuestión material, el pan para mi prójimo es una cuestión espiritual.
«Danos nuestro pan», decimos. Pero esa petición rebota desde Dios hasta nosotros: «Dadles vosotros de comer; dad y se os dará, una medida llena, abundante» (Lucas 6,38).
Misteriosa Regla del Reino: un poco de pan, compartido entre todos, es suficiente, se convierte en el pan de Dios. El hambre comienza cuando me guardo mi pan para mí, cuando Occidente se guarda su pan para sí mismo.
En este mundo nuestro, el primer milagro, imposible y a la vez necesario, es el compartir. Alimentar a la tierra es un milagro posible si el compartir se hace posible.
La multiplicación llegará, porque quien comparte convoca a Dios, lo provoca, pone el pan en sus manos, se vuelve dependiente del cielo, y Dios no abandona, y cinco panes bastarán para una multitud, y los trozos sobrantes llenarán doce cestas. Nada se perderá, nada es demasiado pequeño para no servir a la comunión.
El profeta repite: quien tenga hambre, que venga y coma, sin dinero y sin gasto. Pero ¿qué hambre nos corroe por dentro? ¿Solo hambre de pan? ¿O hambre de Dios para nosotros y para los demás? ¿Hambre de justicia, de felicidad para nosotros y para los demás? ¿Solo hambre de comprar o también hambre de dar?
Que el Señor sea quien realmente nos abra el apetito, y sabremos dar pan a quien tiene hambre, y despertar el apetito por cosas grandes en quien está saciado solo de pan.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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