jueves, 23 de julio de 2026

Del “danos nuestro pan de cada día” al “dadles vosotros de comer” - San Mateo 14, 13-21 -

Del “danos nuestro pan de cada día” al “dadles vosotros de comer” - San Mateo 14, 13-21 - 

Me encantaría ser uno de los cinco mil que estaban aquella noche junto al lago. Les envidio, no por el milagro de los panes, sino por la atracción que sintieron, más fuerte que cualquier miedo: se acercaron a Jesús, escuchan y viven, escuchan y les arde el corazón, escuchan y la vida resplandece. 

Estar con Él: y cuando cae la tarde, la noche y el desierto huelen a pan. Estar con Él: y sentir que «nunca moriré». 

Los discípulos, hombres prácticos, le dicen a Jesús: «Despide a la multitud, para que vayan a comprarse algo de comer». Si Él no los despide, no se irán por su cuenta. Pero Jesús no los despide, nunca ha despedido a nadie. 

Es bonito que se preocupe por los discípulos, pero es aún más bonito que Jesús sienta compasión. Es más, literalmente, conmovido en lo más profundo por ellos, les dice: «Dadles vosotros mismos de comer». 

Los discípulos hablan de comprar, Jesús habla de dar. Se abre otra forma de ser: dar sin calcular, dar sin pedir, generosamente, gratuitamente, ser los primeros en hacerlo. A nosotros, que rezamos a diario: «Danos hoy nuestro pan», el Señor nos responde: «Dad vosotros vuestro pan». «Danos», imploramos. «Dad», replica Él. 

Hay muchos milagros en este relato: el primero —el de la multitud que, ya caída la noche en el desierto, no se marcha y permanece con Jesús—. 

El segundo son los cinco panes y los dos peces que alguien pone en sus manos, confiando, sin calcular, sin quedarse con nada para sí, sino toda su cena. 

Tercer milagro: es poco, y sin embargo ese poco basta, según una misteriosa regla divina: cuando mi pan se convierte en nuestro pan, el don es semilla de milagro. 

Por último, el cuarto: la sobreabundancia, propia de Dios: recogieron las sobras en doce cestas. Una por cada tribu, una por cada mes. 

Todos comen y sobra para todos, y para siempre. Y también tienen valor las sobras, las migajas, lo poco que eres, lo poco que sabes hacer, el vaso de agua que das. Nada es demasiado pequeño de lo que se da con todo el corazón. 

El único mérito del que pueden presumir los cinco mil, su único derecho al pan cuando tienen hambre. Ante Dios, mi único orgullo es la necesidad. No me gloriaré de nada, salvo de mi debilidad (2 Cor 12, 5). 

Ante Dios no hay nada mejor que ser nada, como el aire ante el sol, como el polen en el viento - Simone Weil -, alimentando así nuestro hambre de sol y de pan, de cielo y de manos que conozcan el don. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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