Un gesto total: la bendición y multiplicación del pan - San Mateo 14, 13-21 -
Los discípulos, que son hombres prácticos, le sugieren: «Despide a la multitud para que vayan a comprarse algo de comer». Si Él no los despide, ellos no se irán. Pero Jesús no los echa, nunca ha echado a nadie.
Es más, les dice a los discípulos: «Dadles vosotros de comer». Me conmueve este Jesús que no quiere alejar a nadie de sí, que los quiere a todos a su alrededor, incluso a la hora de comer.
Es una imagen femenina de Dios, un Dios que nutre y alimenta cada vida. Cuántas veces en el Evangelio se le ve dispuesto a compartir la comida con los demás, y contento con ello, desde Caná hasta la Última Cena y hasta Emaús.
Tanto le gustaba comer con los demás, tenerlos cerca de sí, que hizo de este comer juntos el símbolo de toda su vida: «Cuando me vaya y ya no pueda reuniros y daros el pan, partirlo y compartirlo juntos, podréis reuniros y comerme a mí».
Hay muchos milagros en este relato.
El primero es el de la multitud que, ya caída la noche en aquel lugar desierto, no se marcha y se queda allí con Jesús, cautivada por algo que solo Él tiene y que nadie más sabe dar.
El segundo son los cinco panes y los dos peces que alguien pone en las manos de Jesús, con confianza, sin calcular, sin quedarse con nada para sí mismo. Es poco, pero lo es todo; es poco, pero es toda su cena; es solo una gota en el mar, pero es esa gota la que puede dar sentido a toda su vida - Madre Teresa de Calcuta -.
El tercer milagro: ese poco pan, esos pocos peces bastan para todos, bastan porque se comparten. Según una misteriosa regla divina, lo que repartes con los demás se multiplica: cuando el pan pasa de ser mío a ser nuestro, en lugar de disminuir, se multiplica.
El milagro es que Dios sacia el hambre del mundo a través de nuestras manos cuando estas aprenden a dar. Él mismo lo había dicho: «Haréis cosas más grandes que yo». Tenemos la tierra, toda la tierra que alimentar, y es posible, siempre que sea posible compartir.
Y, por último: «Recogieron las sobras en doce cestas», una por cada tribu de Israel, una por cada mes del año. Todos comen y sobra para todos y para siempre. Y también tienen valor las migajas, lo poco que eres y lo poco que tienes.
Nada es demasiado pequeño para no servir a la comunión. Nada es demasiado pequeño de lo que haces con todo el corazón, porque cada gesto «total», sin medias tintas, por mínimo que sea, nos acerca al absoluto de Dios.
¿Qué derecho tienen los cinco mil a recibir pan y pescado? Su único derecho es el hambre, el único título para recibir es la pobreza.
Ante Dios no tengo ningún mérito del que presumir salvo mi pobreza y mi hambre: mi debilidad, decía San Pablo.
Y Él, el Dios que ama alimentar, vendrá a dar pan al que tiene hambre y a despertar el hambre de cosas grandes en quien está saciado solo de pan.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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