El milagro de un pan gozoso y compartido - San Mateo 14, 13-21 -
El Evangelio del Pan que rebosa de las manos y de las cestas. Un signo que hay que custodiar con especial cuidado, relatado nada menos que seis veces en los Evangelios, cargado de promesas y profecías.
Jesús vio a la gran multitud, sintió compasión por ellos y curó a sus enfermos.
Tres verbos reveladores - vio, sintió, curó - que abren una ventana a los sentimientos de Jesús, a su mundo interior.
Vio una gran multitud; su mirada no se desliza por encima de las personas, sino que se posa en cada una de ellas, las ve una a una. Para Él, mirar y amar son lo mismo. Y lo primero que ve surgir de toda esa gente y que le llega al corazón es su sufrimiento: y sintió compasión por ellos.
Jesús siente dolor por el dolor del hombre, se siente herido por las heridas de quienes tiene delante, y es esto lo que le hace cambiar de planes: quería retirarse a un lugar desierto, pero ahora quien dicta la agenda es el dolor del hombre, y Jesús se sumerge en el tumulto de la multitud, arrastrado por el torbellino de la vida dolorosa.
Lo primero es el dolor. Lo más importante es quien sufre: en la carne, en el espíritu, en el corazón. Y de la compasión brotan milagros: curó a sus enfermos. Nuestro mayor tesoro es un Dios apasionado que sufre por nosotros.
El lugar es desierto, ya es tarde, esta gente tiene que comer… Los discípulos, en la escuela de Jesús, se han vuelto sensibles y atentos, se preocupan por las personas. Jesús, sin embargo, va más allá: muestra la imagen maternal de Dios que acoge, nutre y alimenta cada vida, e insta a los suyos: «Dadles vosotros mismos...».
Las emociones deben convertirse en comportamientos, los sentimientos deben madurar en gestos. Dadles de comer: «La religión no existe solo para preparar las almas para el cielo: sabemos que Dios desea la felicidad de sus hijos también en esta tierra» (Evangelii Gaudium 182).
«Danos el pan», le suplicamos; «Dad vosotros», responde Él. Una religión que no se ocupe también del hambre es estéril como el polvo.
El milagro del pan se narra como una cuestión de manos. Una multiplicación de manos, más que de pan. Que pasa de mano en mano: de los discípulos a Jesús, de Él a los discípulos, de los discípulos a la multitud.
Entonces, abre tus manos. Sea cual sea el pan que puedas dar, no lo retengas, abre el puño cerrado. Imita al brote que se abre, a la semilla que se parte, a la nube que esparce su contenido.
¿Qué derecho tienen los cinco mil a recibir pan y pescado? Su único título es el hambre. Y el pan de Dios, el de nuestras eucaristías, no lo empobrezcamos nunca con la mezquina disyuntiva entre pan merecido o pan prohibido: es el pan regalado, con el impulso de la divina compasión.
Pan gozoso e inmerecido, para los cinco mil aquella tarde a orillas del lago, para todos nosotros a orillas de cada una de nuestras noches.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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