¡Bienaventurados!
Bienaventurado tú, que, siendo pobre de espíritu, no te preocupas por las cosas banales. Dios será tu riqueza.
Bienaventurado tú, que, al sufrir por el mal que hay
en el mundo, te dejas conmover por el dolor de los demás. Dios te dará su
consuelo.
Bienaventurado tú, que, teniendo un corazón manso, respondes
al mal con el bien. Dios te dará la comunión con Él.
Bienaventurado tú, que, teniendo hambre y sed de compasión,
nunca te sientes saciado de Dios.
Dios te dará la plenitud de la vida.
Bienaventurado tú, que eres misericordioso, dispuesto
a perdonar y a dar el primer paso. Dios será generoso al perdonarte.
Bienaventurado tú, que tienes un corazón sincero y
transparente, incapaz de hipocresía. Dios te hará el regalo de su presencia.
Bienaventurado tú, que difundes la paz y construyes un
ambiente fraternal. Dios te considerará, de pleno derecho, hijo suyo.
Bienaventurado tú, que consideras el sufrimiento como
una compañera habitual de viaje y no te sorprendes ante las calumnias, los
malentendidos y las persecuciones. Dios está contigo, te protege y te defiende.
Bienaventurados nosotros, que tenemos la inmensa suerte de acoger el Evangelio con el corazón abierto.
Bienaventurados nosotros, que escudriñamos la Palabra
cada día para encontrar en ella luz y paz.
Bienaventurados nosotros, que vivimos en este mundo con
la mirada puesta en el Misterio invisible que lo habita.
¡Dichos nosotros, que intentamos escudriñar y
descubrir el gran designio de Dios en los acontecimientos de este mundo y en
los signos de estas circunstancias!
¡Doblemente dichosos somos nosotros, si intentamos escuchar
y asimilar la Palabra hasta tener los mismos sentimientos de Jesús!
Porque Ella será criterio de nuestros pensamiento y actuación.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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