Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 -
A estas alturas en las que los contornos de las certezas absolutas vuelven difusos y el estruendoso ruido de los juicios temerarios por fin se acalla, incluso las valoraciones parecen perder su dureza.
Los rostros que habíamos encasillado en definiciones rígidas vuelven a ser un misterio.
Aquellos a quienes habíamos llamado adversarios, quienes nos habían herido o molestado, ya no se nos presentan únicamente a través del gesto que nos hizo sufrir: en el silencio aflora una profundidad que las apariencias no logran contener.
Aprender a valorar a todos significa educar la mirada hacia esa profundidad.
No significa negar el mal, justificar la injusticia o borrar las heridas. Significa, más bien, rechazar que el límite de una persona se convierta en toda la verdad sobre ella.
En cada persona habita una imagen secreta, un rastro del Misterio que ninguna sombra puede apagar por completo.
Buscarla es un acto de valentía espiritual: exige atravesar la desconfianza, superar el resentimiento y no entregar a nadie a la prisión de sus culpas.
La verdad de un camino interior se revela precisamente aquí, cuando el otro no nos resulta fácil, cuando su presencia despierta en nosotros irritación, miedo o deseo de distancia.
Es entonces cuando comprendemos si
nuestra espiritualidad es solo una palabra luminosa o una fuerza capaz de
habitar la noche.
Mirar más allá no es cerrar los ojos: es abrirlos más profundamente, hasta vislumbrar, junto a lo que rechazamos, el bien aún oculto, la posibilidad no realizada, la semilla que espera con paciencia a germinar.
Ninguno de nosotros, al fin y al cabo, es solo luz.
Mirarse a la cara significa reconocer las propias zonas de sombra sin vergüenza y sin complacencia.
Llevamos con nosotros fragilidades, contradicciones, impulsos que desearíamos no tener; sin embargo, precisamente la aceptación sincera de esta realidad puede convertirse en el comienzo de la transformación.
Quien ha aprendido a no despreciar su propia imperfección consigue más fácilmente no despreciar la de los demás. Sabe que acoger no significa dejar todo sin cambiar, sino ofrecer a uno mismo y a los demás el espacio necesario para cambiar.
Así, incluso la hostilidad puede convertirse en un umbral.
El otro, con su resistencia y su dureza, saca a la luz aquello que en nosotros aún requiere atención: el orgullo herido, la impaciencia, la necesidad de tener razón, el miedo a no ser reconocidos.
Si no huimos de esta revelación, el conflicto puede transformarse en una pregunta: ¿qué puedo comprender, sin renunciar por ello a la verdad? ¿Qué puedo mejorar en mí, sin dejar de llamar al mal por su nombre?
Quizá un mundo mejor nazca de esta mirada paciente: no de personas perfectas, sino de personas en camino, capaces de acogerse mutuamente sin dejar de transformarse.
En la gran noche del mundo, cada uno guarda una pequeña luz. Y verla en el otro, sobre todo cuando parece más lejana, ya es una forma de protegerla; caminar juntos hacia ella es el principio de una fraternidad real.
Mientras el amanecer aún tarda en llegar, podemos aprender a no llamar enemigo a ningún rostro, porque cada rostro, en lo más profundo, lleva una promesa que pide ser reconocida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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