El "tránsito" de nosotros mismos al Evangelio
Tantos años han transcurrido desde aquella noche del 3 de octubre de 1226, cuando Francisco de Asís, en la Porciúncula, entregó su frágil cuerpo a la tierra y su espíritu al Señor.
Pero, ¿es realmente cierto que Francisco murió? ¿O no
deberíamos decir más bien, como la tradición franciscana siempre se ha atrevido
a recordar, que vivió su tránsito?
Sí, el tránsito, no el fin, no la última palabra. El
tránsito es un paso, es un éxodo, es el gesto último de un hombre que, en
realidad, había aprendido a pasar a lo largo de toda su vida.
Francisco transita de sí mismo al otro, del sueño de
la gloria al sueño de Dios, del miedo al leproso a la dulzura del abrazo, de la
fe recibida a la fe buscada, de la posesión a la restitución, de la fuerza a la
mansedumbre, de la centralidad de sí mismo a la fraternidad con toda criatura.
Por eso, al final, puede transitar también a través de
la muerte, no porque la muerte se haya vuelto amable, sino porque Francisco ya
se había convertido en hermano, hermano incluso del último enemigo.
Una forma así de morir no se improvisa, se aprende
viviendo.
Como cualquier hombre, Francisco conoce la ilusión de
bastarse a sí mismo. De joven, sueña con la grandeza, el éxito, el
reconocimiento; sueña con una imagen de sí mismo capaz de seducir a los demás y
tal vez incluso a Dios. Luego llega la crisis: la cárcel, la derrota, la enfermedad,
la decepción. Todo lo que antes le entusiasmaba ya no logra despertar su
corazón. ¿Se ha acabado todo? En absoluto.
Es su primer paso: de la imagen de sí mismo a la
verdad de sí mismo. Francisco se ve obligado a volver a su interior, a
enfrentarse a la realidad, a dejar de habitar esa representación exagerada de
sí mismo. ¿No es acaso esta la primera conversión: dejar de huir de la propia
verdad?
A veces, la gracia entra precisamente por la grieta y,
así, lo que parecía solo una pérdida se revela como una cita. Esa herida no
cierra la vida, la reabre, pero la reabre con la condición de atravesarla.
Luego, el leproso: desde luego, no es un episodio
edificante ni una escena digna de un fresco. El leproso es lo que Francisco no
quería ver, es el otro en su forma más incómoda, el diferente, el rechazado, el
impuro, el cuerpo que perturba, el olor que hace huir. Pero el leproso es
también todo aquello que seguimos evitando: una persona, una herida, un
recuerdo, una relación, una parte de nosotros que no sabemos reconciliar.
Francisco aquel día no pasa de largo, sino que
atraviesa, y es ahí donde lo amargo se convierte en dulzura, no porque la
realidad cambie por arte de magia, sino porque cambia su mirada. El otro ya no
es un obstáculo en su camino, sino el lugar en el que Dios le esperaba. Esto
también es tránsito: de la defensa al encuentro, del miedo a la fraternidad.
Y, sin embargo, antes incluso de tocar al leproso,
Francisco se deja tocar; antes de anunciar la paz, es pacificado; antes de
reparar la Iglesia, se encuentra con Cristo; antes de hacer algo, descubre a
Alguien.
Ante el Crucifijo de San Damián, Francisco pide: «Dame una fe recta». ¿Qué buscaba? ¿Acaso no tenía ya fe? Ciertamente, tenía la fe recibida, la fe de la casa, la fe de las costumbres, pero llega el día en que la fe de los demás ya no basta. Nos ha llevado hasta allí, hasta el umbral, pero luego hay que entrar: Él y yo. Ya no es solo «creo porque me lo han dicho», sino «creo porque me he encontrado».
También la fe tiene su proceso: viene de otros, pero
pide convertirse en un encuentro; se transmite, pero no puede quedarse solo en
una herencia. Francisco no reniega de la fe recibida: la atraviesa, para que se
convierta en suya. No la posee como una doctrina, la acoge como una relación.
La fe, para Francisco, no es una deuda que hay que
saldar con Dios. Es dejarse amar gratuitamente. Ante el Crucificado con los
brazos abiertos, descubre que al principio no está nuestro esfuerzo, sino su
misericordia. No somos nosotros, en primer lugar, quienes tenemos fe en Dios:
es Dios quien, en primer lugar, tiene fe en nosotros.
De ahí surge todo lo demás: la pobreza, la
fraternidad, la alegría y esa extraña libertad de quien ya no posee nada y, por
eso, puede recibirlo todo. La pobreza es el paso de la posesión a la
restitución: solo quien restituye deja de defenderse, solo quien no retiene
puede, por fin, recibir.
Así nace la minoridad: no como un complejo de
inferioridad, ni como una estética de la miseria, sino como una forma
evangélica de existencia. Ser menores significa no ocupar todo el espacio, no
imponerse, no pretender que el otro se convierta en lo que nosotros quisiéramos
que fuera.
¿No es acaso este el estilo de Dios? El Señor no entra
en la historia con el caballo de los vencedores, sino con el asno de los
humildes; no elige lo excesivo, sino lo poco. Seguimos preguntándonos: ¿qué es
esto para tanta gente? ¿Qué puede hacer nuestra pobreza? ¿Qué puede hacer una
Iglesia sin bastón ni sandalias en los pies?
Y, sin embargo, el Evangelio camina así, con pasos ligeros, con las manos vacías, con palabras que no hieren, con presencias que no dominan. Francisco lo había intuido en la Porciúncula: el sueño de Dios no debe quedar aprisionado en nuestros comentarios, en nuestras prudencias, en nuestras estrategias; debe acogerse, sine glossa, sin domesticarlo, porque cada vez que lo explicamos en exceso, tal vez ya estemos buscando la manera de no vivirlo.
Por eso Francisco sigue siendo peligroso, no porque
pertenezca al pasado, sino porque desenmascara nuestro presente. Nos pregunta
si la fe se ha convertido en costumbre, si la prudencia se ha convertido en
cálculo, si las estructuras han sustituido al Evangelio, si hablamos de pobreza
pero seguimos soñando con el caballo de los poderosos, si invocamos la paz con
la boca, pero no la guardamos en el corazón.
A Francisco no hay que imitarlo como se copia un
modelo inalcanzable. Hay que escucharlo como se escucha una palabra que reabre
el camino, porque la vida cristiana no consiste en repetir a Francisco, sino en
dejarse alcanzar, como Francisco, por el Dios vivo en nuestra propia historia.
Y así, su fiesta no es una celebración nostálgica,
sino un paso: de la posesión a la gratitud, del miedo al encuentro, de la
costumbre a la fe, de la dureza a la mansedumbre, de nosotros mismos al
Evangelio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario