Si no os hacéis pequeños… - San Mateo 18, 3 -
En esta hora de la tarde las cosas cambian de dimensión.
Las casas parecen más pequeñas bajo el cielo, mientras que una ventana iluminada puede volverse inmensa.
También la existencia conoce esta oscilación: la grandeza y la pequeñez son las dimensiones secretas con las que medimos nuestro camino.
Pasamos años buscando una estatura ante los demás, como si su mirada pudiera pronunciar la palabra definitiva sobre nuestra identidad y, sobre todo, sobre nuestro valor.
Es una tentación sutil: medirnos no a partir de lo que somos, sino de lo que los demás piensan de nosotros.
Buscamos confirmaciones, reconocimientos, aplausos; construimos imágenes capaces de resistir la luz del día, mientras que en las horas de silencio aflora la pregunta que habíamos evitado: ¿quién soy yo cuando nadie me mira?
Con el paso de los años, esta dinámica puede intensificarse, porque, junto con el tiempo, a veces crece también el vacío que llevamos dentro. Y cuanto más se amplía ese vacío, más nos sentimos tentados a llenarlo con grandezas visibles.
Encontrar un sentido capaz de orientar la existencia y llenarla de significado no es fácil.
A menudo nos aferramos a la religión, a sus palabras, a sus ritos, a sus promesas. Pero cuando la religión no es más que obra de los hombres, un hábito o una búsqueda de seguridad, no logra saciar el hambre de sentido que oprime el alma. Puede señalar un umbral, pero no sustituir el paso interior; puede hablar del Misterio, pero no eximirnos del encuentro con Él.
Desde esta perspectiva, la historia de Jesús avanza en la dirección opuesta.
A pesar de ser grande, no busca el aplauso de los hombres. Recorre los caminos polvorientos de Palestina junto a los pobres y los excluidos, se detiene junto a quienes no cuentan, devuelve la voz a quienes han quedado al margen.
Su identidad no depende del consenso de la multitud: por eso no necesita perseguir una grandeza humana.
En Él se percibe una plenitud diferente, una fuente que no viene de fuera.
Esa libertad nace de una elección cotidiana. Jesús dedica tiempo a su alma, guarda el silencio, busca lugares apartados, permanece en relación con el Padre. No fundamenta el sentido de la vida en las cosas externas ni en las satisfacciones materiales, sino en lo más profundo de su ser, allí donde la noche no es ausencia, sino escucha.
Es en esa interioridad habitada donde encuentra la fuerza para no mendigar aprobación y para no confundir su valor con su visibilidad.
Es también lo que enseña a los discípulos cuando coloca a un niño en medio de ellos y les invita a hacerse pequeños.
Ese gesto da la vuelta a las medidas habituales: la pequeñez no es menosprecio, renuncia o miedo; es la libertad de quien no necesita ocupar todo el espacio para saber que existe.
Solo quien posee una morada interior puede renunciar a los andamios del prestigio.
La búsqueda de la pequeñez se convierte así en el signo de una plenitud oculta, capaz de revelar la verdadera grandeza de un hombre.
Jesús alimenta esta vida secreta con el amor recibido en la relación constante con el Misterio. Por eso no pasa el tiempo mendigando amor ni acumulando pruebas de su propia importancia: ya es acogido, y de esta certeza nace el deseo de compartir.
Como una lámpara encendida en plena noche, su felicidad no deslumbra ni exige; ilumina el rostro de quienes encuentra.
Quizá nuestro camino comience de verdad cuando dejemos de preguntarle al mundo cuánto valemos y aprendamos a descender, sin hacer ruido, al lugar profundo en el que se nos ha confiado la vida.
Allí, en la oscuridad fecunda del alma, la grandeza y la pequeñez dejan de enfrentarse: descubrimos que ser pequeños ante el Misterio no disminuye nuestra estatura, sino que la libera.
Y comprendemos que la grandeza más verdadera no consiste en ser mirados - ¡mucho menos en ser admirados! -, sino en convertirnos, para alguien, en una presencia que ama.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





No hay comentarios:
Publicar un comentario