miércoles, 3 de junio de 2026

Ave Verum Corpus KV 618 - Wolfgang Amadeus Mozart -.

Ave Verum Corpus KV 618 - Wolfgang Amadeus Mozart -  


La gran música clásica es un arca de la que nunca se dejarían de extraer perlas valiosas desde el punto de vista cultural y espiritual. Escuchar un motete, es decir, una composición más o menos breve para varias voces e instrumentos, puede representar para los creyentes un momento de oración en el que la palabra de la Biblia o de la Liturgia resalta con especial claridad gracias a los sonidos y las pausas, a los «piano» y los «forte» de la voz, a los colores de las notas que amplían o resaltan el valor de la Palabra. 

Para los que no creen, esa misma música puede representar un momento de recogimiento íntimo y de pausa en medio del frenesí de la vida. 

Para ambos, escuchar un tipo de música diferente, como la clásica, a la que estamos cada vez menos acostumbrados por diversas razones, puede constituir sin duda la ocasión de una intensa experiencia de retorno a uno mismo, durante la cual las cuerdas del alma comienzan a vibrar con las del que canta. 

Es el milagro de la música, y en particular de un cierto tipo de música que tiene la capacidad de susurrar al corazón emociones que no pueden entenderse con un lenguaje ordinario, de liberar energía positiva en la negatividad que nos rodea, de despertar la nostalgia de la belleza y de ese Alguien que en el momento de la creación decidió regalar al hombre la capacidad de extraer infinitas y hermosas melodías del estrecho espacio armónico de solo siete notas. 

Desde ese día, el hombre no ha dejado de dar voz al anhelo que lo habita, de reunirse con esa belleza que, oculta en los pliegues de lo cotidiano, no espera más que poder brillar en el corazón del individuo y de toda la humanidad. 

Como aprendiz y amante de la música clásica, te voy a proponer una pieza muy especialmente para la Eucaristía: es el Ave Verum de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Vamos a comenzar, si te parece, con una primera audición: https://www.youtube.com/watch?v=NK8-Zg-8JYM

Sin entrar en detalles sobre el genio de Salzburgo (cualquiera que navegue por Internet encontrará noticias útiles para componer la trama de su breve pero grandiosa vida), solo diré algunas palabras sobre la pieza en cuestión que, por supuesto, no sustituyen el ejercicio de tu audición. 

En primer lugar, presento el texto en latín, tomado de la liturgia, y la traducción: 

Ave, Verum Corpus, natum de Maria Virgine

Vere passum, immolatum in cruce pro homine,

Cujus latus perforatum unda fluxit aqua et sanguine,

Esto nobis praegustatum in mortis examine.

 

Ave, oh Verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María,

que verdaderamente padeciste y fuiste inmolado en la cruz por el hombre,

de cuya costado abierto brotaron agua y sangre:

haz que podamos gustarte en la suprema prueba de la muerte. 

El texto, que se remonta a una antigua poesía religiosa del siglo XIV, se centra en la presencia real del cuerpo de Cristo en la Eucaristía. 

Se utiliza dos veces la expresión «verdaderamente» («verum corpus», «vere passum») para expresar la presencia real del «verdadero cuerpo» de Cristo en ese pequeño trozo de pan que el cristiano se alimenta por mandato del mismo Cristo durante su última cena («Tomad y comed todos... Haced esto en memoria mía»). 

Cristo, nacido del vientre de la Virgen María, inmolado en la cruz por el hombre («pro homine»). La referencia a la sangre y al agua que brotaron del costado de Cristo remite al Evangelio de Juan: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34). La gran tradición patrística ha visto en la sangre y en el agua, respectivamente, la Santa Cena y la Eucaristía (cf. San Agustín de Hipona, Comentario al Evangelio de San Juan, Homilía 120, 2). 

La música de Mozart, que incluye un coro de cuatro voces, orquesta y órgano, se concentra y recoge en torno a las pocas palabras de la oración. La conmovedora belleza de las notas amplía y sostiene las verdades de fe contenidas en el texto. ¿Cómo reconocer «verdaderamente» en un pedazo de pan el «verdadero» cuerpo de Cristo sin un estremecimiento de emoción? 

Todo esto expresa la música en una devota recogimiento, en un silencio sordo. Es como si todo se detuviera para dejar espacio al fe que se arrodilla ante la verdad de un trozo de pan («todo está en el todo y en la parte», diría Santo Tomás de Aquino) que pretende contener, en su terrenal materialidad y cotidianidad (¿qué alimento más común que el pan?), al Dios que los cielos no pueden contener. 

Las notas se vuelven un poco más sombrías en las palabras «cuius latus perforatum...». A lo largo de unos versos, la música cambia de tonalidad y pasa a cantar con resignada tristeza el costado herido de Cristo. Pero es solo un momento. De hecho, en las palabras «esto nobis» vuelve el tono inicial, Re mayor, restableciendo así el clima de devoción y adoración inicial. 

Una última sugerencia: el canto, después de alcanzar su máxima altura y expansión en las palabras «cruce» y, aún más, en «mortis», como queriendo concentrar la atención en la dolorosa historia de Cristo que ahora se esconde en el pan blanco de la Eucaristía (la teología llamaba sacrificio con sangre el que se realizaba en la Cruz y sin sangre el que se realizaba en el altar), vuelve a hacerse pequeño y tenue en la última palabra, «examine». 

«Haz que podamos saborearte en la prueba suprema de la muerte». ¿Es solo una casualidad que Mozart se dedicara a este texto cuando faltaban pocos meses para su muerte y lograra expresar lo inexpresable en solo 46 compases? 

Para decirlo con las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: cuando las palabras se acaban, comienza la música...   

Y es que Mozart, además de la capacidad de concebir ideas luminosas, tenía la capacidad aún mayor de saber cómo hacerlas resonar en el espacio con una luminosidad ininterrumpida, casi como un anhelo de belleza y perfección absolutas.   

Una extraordinaria mezcla de emoción y melancolía íntima - en voz baja es la única indicación dinámica de este Ave Verum - acentúa esa referencia directa al Cuerpo del Señor, para luego convertirse en un discurso más agitado con palabras de creciente intensidad: «passum», «immolatum» e «in crucem». Tanto la línea melódica como el camino armónico sellan una atmósfera fuertemente expresiva. La segunda parte nos da la imagen del costado traspasado que el coro está llamado a cantar con un conmovedor y recogido sentimiento de dolor.   

Pero lo que más emociona de este canto eucarístico tan noble, acompañado por el órgano y un cuarteto de cuerdas, es el comienzo, cuando los instrumentos suben poco a poco hasta la nota la, con la que comienza el canto, y el movimiento arrullador que lo impregna -ahora acercándose a las líneas vocales, y luego alejándose de ella-, consiguen crear una atmósfera de íntima e irrepetible calidez espiritual y de intensa devoción en quien canta, en quien toca y en quien escucha.

La música de Mozart es especialmente difícil de interpretar. Es admirablemente clara y exige una limpieza absoluta, el más mínimo error destaca como el negro sobre blanco - así escribía Camille Saint-Saens -. Esencial, simple, natural, requiere una ejecución igualmente lineal y sin artificios - decía Gabriel Fauré -. Cuanto mayor sea la sencillez con la que se ejecute, armonizando la forma de la composición con el sonido, mejor se saboreará. 

La clave del Ave verum de Mozart, de esta obra maestra absoluta de concisión musical, es su sencillez. Sobre todo, hay que adaptarse a la sinceridad emocional que impregna esta maravillosa página musical. Una música que expresa la profundidad de los sentimientos más verdaderos, cuya escritura es tan cristalina como el cristal. El más mínimo error puede mancharla.   

Una página clara y transparente como una fuente de agua que brota. En su desarmante pureza y sencillez se esconde su enorme expresividad. Solo unos pocos compases que condensan la profundidad del fervor y la perfección de la belleza clásica en tan poco espacio.   

Y, para finalizar, nada mejor que volver escuchar esta breve página musical en toda su belleza y profundidad: https://www.youtube.com/watch?v=NK8-Zg-8JYM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Panis Angelicus - César Franck -.

Panis Angelicus - César Franck - 

«Te cantaré un cántico nuevo, oh Dios; te tocaré con un arpa de diez cuerdas...» Salmo 144,9. 

En honor a la Fiesta del Corpus Christi, el Papa Urbano IV pidió a Tomás de Aquino que escribiera himnos en alabanza a la Sagrada Eucaristía. El Doctor Angélico compuso varios, entre ellos el famoso Sacris Solemniis. 

Siglos más tarde, el compositor belga César Franck tomó las palabras de este himno y compuso originariamente una melodía extraordinaria para ellas para voz, arpa, violoncelo, y órgano. Solamente después la introdujo en su Misa a tres voces op. 12 datada en 1872. Tomada de la última sección del texto tomista (en concreto las dos últimas estrofas de las siete estrofas que componen el Sacris Solemniis), el Panis Angelicus de César Franck -que es el Ofertorio de la mencionada Misa a tres voces op. 12- se ha convertido en una de las piezas de música religiosa más interpretadas. 

Su Panis Angelicus destaca por su belleza espiritual y por su capacidad de encarnar la universalidad del sentimiento religioso a través del arte en general y de la música en particular. La sencillez melódica, unida a la profundidad armónica, crea una atmósfera de suspensión mística, tocando las fibras universales de la fe y la espiritualidad. La melodía, dulce y solemne, refleja ciertamente el romanticismo de la época, al tiempo que mantiene una linealidad que trasciende las fronteras temporales. 

Te propongo un primer ejercicio de audición. He escogido esta versión porque me ha parecido simplemente bella en su sencillez escueta y sin alardes: https://www.youtube.com/watch?v=kKUU7zJpP5M 

En esta melodía hay un gran contraste, incluso ambivalencia, en cuanto a la emoción que se quiere evocar. Por un lado, la canción tiene un carácter muy solemne. Es como si se estuviera llorando la muerte de un ser querido. Por otro lado, hay una sensación de confianza y convicción. La música infunde al oyente esperanza y un sentimiento de triunfo final. Esta esperanza se hace explícita especialmente cuando el coro entra haciendo eco al vocalista principal en la segunda mitad del himno. 

Pero ¿por qué este contraste? ¿Es esta pieza musical un canto fúnebre o un himno, una elegía o una exaltación? La respuesta es: ambas cosas. Como himno eucarístico, su música incorpora la rica teología del sacrificio de la Misa. Aquí vemos la gran paradoja de la cruz. En la humillación de Jesucristo se encuentra su gloria; con su muerte ignominiosa surge una nueva vida para nosotros; de su aparente derrota se deriva una victoria segura. 

Esto es lo que hace que este himno sea tan fascinante y cautivador. Captura la paradoja del Calvario. César Franck es capaz de entrelazar y fusionar a la perfección el «Siervo Sufriente» de Isaías (Is 53) con el relato joánico del Gólgota (Jn 19). 

La rica profundidad de la música se adapta muy bien a un texto tan bello. A continuación, por si no se conoce, se presenta el texto original en latín con su traducción al castellano:


1.- Panis angelicus fit panis hominum; dat panis coelicus figuris terminum: O res mirabilis! manducat Dominum pauper, servus, et humilis.

 

Te trina deitas unaque poscimus: sic nos tu visita, sicut te colimus; per tuas semitas duc nos quo tendimus, ad lucem quam inhabitas. Amen.

 

2.- Y el pan de los ángeles llega a ser el pan del hombre desterrado sobre la Tierra. Este pan celestial pone término a las figuras de la antigua ley. Oh maravilla. Vemos al débil, al pobre y al esclavo alimentarse del Señor. 

Dios único Trinidad divina, te adoramos: dígnate visitarnos. Condúcenos por tus santas vías al objeto donde se dirigen nuestros deseos, a esa eterna luz que habita en los cielos. Amén

La primera estrofa se centra en la Eucaristía, por lo que suele cantarse durante la celebración de este sacramento, bien en el Ofertorio, bien en la Comunión. Se alude a la doctrina de la Presencia Real tanto implícita como explícitamente: cuando se dirige la contemplación al pan mismo como objeto de adoración y veneración; o cuando se alude a Manducat Dominum (literalmente, «masticar al Señor»; Tomás de Aquino utiliza manducare, «masticar», que es un término mucho más gráfico que el común edere, «comer»). 

La segunda estrofa cambia su enfoque de Cristo y la Eucaristía aquí en la tierra a la Trinidad y la morada en el cielo. Este orden, con la Encarnación como bisagra hacia el cielo, es muy rico en la tradición cristiana y especialmente prominente en el Evangelio de Juan. Porque Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14, 6); y de nuevo: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 9). 

En la Eucaristía, Jesús es el Pan que ha bajado del cielo (Jn 6, 41), es decir, el cumplimiento tipológico del maná (cf. Ex 16), así como la escalera de Jacob (cf. Gn 28) por la que suben y bajan los ángeles: «En verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1, 51). 

A través de la carne humana Jesús, y solo a través de este Hijo de Dios encarnado, entramos en la bienaventuranza eterna del Reino. Esta entrada, además, se concreta en la Eucaristía, donde nos unimos a Aquel que está sentado en la derecha del Padre. En resumen, la comida eucarística en la tierra es un anticipo del banquete bienaventurado del cielo. 

La disposición de este canto es la razón por la que, en mi opinión, destaca por encima de todos los demás himnos. Durante la primera mitad del himno, la música suele ser interpretada por un solista. Aquí, hay una gran melancolía en la estrofa, que se centra más en las imágenes solemnes de la muerte de Cristo. Sin embargo, en la segunda parte, un coro se suele unir al solista con un eco triunfal de las palabras. Además de emplear un contraste temático entre el dolor y la alegría, hay otras dos razones por las que esto es conmovedor, una espacial y otra temporal. 

En primer lugar, la Eucaristía es más de lo que se ve a simple vista. Si pudiéramos ver con los ojos del alma y no con los de la carne, Jesucristo es Aquel que está sentado a la derecha del Padre en majestad, acompañado por María, su Madre, y rodeado por patriarcas, profetas, evangelistas, mártires, confesores, vírgenes y toda una hueste celestial. La verdad de esta realidad es una cuestión de fe y quizá solo se pueda alcanzar en un nivel espiritual profundo tras mucho silencio, oración y reflexión. 

La Eucaristía, en este sentido, es similar a la naturaleza humana del Hijo de Dios en los Evangelios. Él parecía un simple hombre y, sin embargo, en el Monte Tabor, Pedro, Santiago y Juan quedaron sobrecogidos por su luminosidad cuando se presentó en gloria con Moisés y Elías, mientras el Padre, por medio del Espíritu, hablaba de su grandeza (cf. Mt 17; Mc 9; Lc 9). De manera similar, la primera parte del canto es como la humanidad de Jesús o la hostia consagrada, que permanece sola ocultando la gloria de Jesús. Sin embargo, la atención paciente a estos misterios —así como al himno— revela una realidad más profunda, la de la comunión, la armonía y la felicidad eterna. 

El segundo punto por considerar se basa en la anamnesis experimentada en la liturgia. Tanto Pedro como Pablo dan testimonio de la singularidad temporal del sacrificio de Jesús:

 

1.- «Cristo también padeció por los pecados una vez por todas» (1 Pe 3, 18);

 

2.- «La muerte que murió, la murió al pecado, una vez por todas» (Rom 6, 10). 

La muerte de Jesucristo es un acontecimiento histórico que ocurrió una vez por todas. Y, sin embargo, aunque ha pasado ya en el tiempo, está siempre presente en el misterio de la Eucaristía, donde esta «ofrenda pura» que tuvo lugar en el tiempo se renueva y se celebra ahora «en todo lugar» (cf. Mal 1, 11). 

De la misma manera, la primera parte de este canto se asemeja al acontecimiento único e histórico de la muerte de Jesús. Sin embargo, al igual que las voces de la segunda parte se hacen eco con alegría festiva de las de la primera, el sacrificio de Jesús resuena en el tiempo de la historia y del mundo cada vez que se celebra la Liturgia de la Eucaristía. Por eso, podemos declarar con el salmista: 

«Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra. Cantad al Señor, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación» (Sal 96, 1-2). 

Si te parece, puedes volver a escuchar esta música que es toda una confesión de fe en el misterio de la Eucaristía: https://www.youtube.com/watch?v=kKUU7zJpP5M 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 2 de junio de 2026

Una misión al estilo de Jesús - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión al estilo de Jesús - San Mateo 9, 36-10,8 -

La docena de versículos del Evangelio ofrece un panorama general de la misión de Jesús y de los discípulos: en ellos encontramos todos los elementos de la misión de la Iglesia, según los contenidos y el estilo de Jesús.

 

El panorama resulta más completo si incluimos el versículo anterior (Mt 9,35), que presenta a Jesús, misionero itinerante: «Recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, predicando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia».

 

Jesús es el ideal, el proyecto primordial de todo misionero: cercano a la gente, itinerante, maestro, predicador, sanador, compasivo, orientado hacia Dios, de quien anuncia el Reino, y apasionado por el bien de las personas, sobre todo de quienes sufren.

 

Jesús nunca pasa de largo ante el dolor humano sin sentir íntimamente su sufrimiento y sin aportar un remedio, una solución. Las multitudes «estaban cansadas y exhaustas, como ovejas que no tienen pastor» y Él «sintió compasión por ellas». ¡Lo cual es mucho más que un sentimiento!

 

La traducción exacta sería: «sintió una total conmoción visceral». De hecho, el verbo griego subyacente, que se emplea doce veces en los Evangelios, expresa la profunda conmoción de Dios y de Jesús por el hombre.

 

La conmoción de las entrañas evoca la conmoción total de la madre en el momento del parto. Por lo tanto, esta palabra del Evangelio nos lleva al descubrimiento del rostro materno de Dios.


La misión de Jesús —y, por tanto, la misión de la Iglesia— hunde sus raíces en la ternura y la compasión de Dios por la humanidad: «gracias a la bondad misericordiosa de nuestro Dios…» (Lc 1,78).

 

El cristiano que mira el mundo como lo hacía Jesús, con ojos y corazón llenos de misericordia, descubre en él inmensas realidades humanas necesitadas de misión, es decir, necesitadas de ser iluminadas y sanadas por el Evangelio porque la Buena Nueva se dirige para que todos tengan vida en abundancia (cf. Jn 10,10).

 

Darse cuenta de que, también hoy, aquí y en el mundo entero, «la mies es mucha, pero los obreros son pocos», ya es un buen comienzo de misión.

 

Jesús nos indica dos respuestas básicas a las urgencias de la misión: orar y ponerse en camino.

 

En primer lugar, orar al Señor de la mies, por la buena calidad y el número de obreros en la mies: orarle, porque Él es el Señor del Reino. Orar sí, pero también ponerse en camino: Jesús llama a su lado al primer grupo, los Doce, los llama por su nombre, les da el poder de predicar, sanar a los enfermos, expulsar a los demonios y realizar otros signos.


Los envía de dos en dos (en pequeños núcleos comunitarios), para una primera misión de prueba y formación, limitada en el tiempo y en el espacio: por ahora los destinatarios son las «ovejas perdidas de la casa de Israel».


Tras su resurrección y con la fuerza del Espíritu, Jesús los enviará definitivamente al mundo entero: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones» (Mt 28,19). A partir de ese momento, la misión consistirá en ir siempre más allá, más allá de los objetivos alcanzados, en busca de otras cosechas y de otras ovejas sin pastor. ¡Dondequiera que se encuentren! ¡Será una misión sin fronteras!

 

El mensaje misionero que hay que llevar se refiere al Reino de los cielos ya cercano; por eso es necesario convertirse y creer en el Evangelio. El Evangelio, sin embargo, no es un documento ni un código: es ante todo una Persona, Jesucristo, que nos ha dado gratuitamente su amor.

 

Así descubrimos cuán grande es el amor de Dios por su pueblo, tal y como Él ya lo había manifestado en el Antiguo Testamento, liberando a los israelitas de la esclavitud de Egipto, es más, levantándolos «sobre alas de águilas» y haciéndolos «una propiedad especial entre todos los pueblos… y una nación santa».

 

El misionero que ha experimentado personalmente la grandeza y la gratuidad del amor de Jesús no puede sino sentirse llamado a compartirla gratuitamente con quienes aún no lo conocen o no lo aman.

 

El mandato de Jesús de servir al Evangelio gratuitamente, sin servirse de Él, se convierte así en una invitación gozosa a dar con gratuidad. El apóstol San Pablo lo había comprendido muy bien, quien, al hacer balance de su vida misionera, recordaba precisamente esta palabra de Jesús: «¡Hay más alegría en dar que en recibir!» (Hch 20,35). Siempre, la misión nace y se realiza en el amor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una misión a la altura de buenos pastores - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión a la altura de buenos pastores - San Mateo 9, 36-10,8 -

En el pasaje del Evangelio de Mateo, el papel decisivo de Jesús en la salvación se manifiesta cuando asocia a su misión mesiánica al grupo de los Doce, enviándolos a las «ovejas perdidas de la casa de Israel».

 

Lo que, a primera vista, llama la atención en esta lista es la heterogeneidad del grupo: pescadores, discípulos del Bautista, un miembro del movimiento antirromano de los zelotes (que defendían la liberación de Palestina, incluso mediante la lucha armada), un traidor, etc.

 

Resulta evidente que no se trata de una comunidad de perfectos o santos; son hombres tomados tal y como eran. Esta diversidad de los llamados es señal de que en el Reino de los Cielos hay lugar para todos, y de que el Señor no mira al pasado, sino a la disposición actual del corazón.

 

El detalle de Judas Iscariote «que luego lo traicionó» se subraya en los cuatro Evangelios. El hecho de no omitir esta ‘vergüenza’ familiar, o de ser recordados en esa compañía que traiciona al Maestro, es un recuerdo constante para la comunidad cristiana. Y es que los motivos de la elección no hay que buscarlos en las virtudes de los apóstoles, sino en la gratuidad del amor misericordioso de Dios.

 

Judas ciertamente no es llamado para ser traidor, lo será más tarde. Cada uno conserva su libertad. Y Judas no constituye una parte o misión asignada de antemano, sino una posibilidad, una forma de responder o de no responder al amor gratuito, a la llamada o a la elección divina.


«Al ver a la multitud, sintió compasión por ella». Este versículo es significativo, pues sitúa en la compasión de Jesús el motivo inspirador de la misión confiada a los apóstoles.

 

En su Evangelio, San Mateo utiliza cinco veces esta expresión «tener compasión» (Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; 18, 21; 20, 34). Pone un énfasis particular en la acción de Jesús. No se trata de un sentimiento vago o de una sensación interior pasajera, sino de un amor-intervención dirigido hacia la miseria de la humanidad.

 

Por lo tanto, «tener compasión» significa ejercerla en la acción, es decir, no limitarse a las palabras, sino producir gestos o signos de que el Reino de Dios es ya una realidad presente, operante, y no una promesa ni abstracta ni remota.

 

De hecho, Jesús «llamó a los Doce y les dio poder para expulsar a los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedades y dolencias», signos de que el Reino de Dios ya está presente. Se les hace partícipes del poder de Jesús de liberación y sanación.

 

También la Iglesia, hoy, tiene la misma tarea que los Doce, es decir, anunciar el Reino de Dios y cuidar de quienes en la vida se encuentran en dificultades. Jesús señala también las modalidades: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis», es decir, con la misma generosidad de Dios, que da sin esperar nada a cambio.

 

Un pastor es, por tanto, bueno cuando no participa de estas dinámicas y cuando no se caracteriza por la compasión. Un rebaño que tiene pastores que no han comprendido la primacía de la persona, de la misericordia-compasión y de la bondad, es como si no los tuviera.

 

Existe además el mandato de «no ir entre los paganos». De hecho, al principio, es necesario permanecer dentro de los límites de Israel. Es decir, los herederos de la promesa deben seguir siendo los primeros destinatarios de los signos del Reino de Dios. Pero esta orden no es definitiva; llega el momento en que, tras un rechazo, la Iglesia tendrá que ir más allá. De hecho, las puertas de los paganos se abrirán muy pronto.

 

«Dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Al enviar a los Doce apóstoles, Jesús no pretende que vayan a pasar revista a las ovejas cercanas y fieles o dóciles, sino que deben acercarse más bien a las perdidas que no responden a la llamada. Por lo tanto, la actividad más característica del apóstol o del pastor es la búsqueda... No puede preocuparse exclusivamente por la custodia del rebaño, de las ovejas «dóciles», descuidando la búsqueda de las ovejas alejadas o abandonadas o perdidas…


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Algunas claves de la misión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Algunas claves de la misión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Tras el camino cuaresmal y pascual y las grandes solemnidades, volvemos al tiempo litúrgico ordinario, acompañados por el Evangelio de Mateo. Se trata de retomar la «cotidianidad de nuestra vida cristiana, vivida en el seguimiento de Jesús.

 

Este Evangelio nos introduce en el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús en el Evangelio de San Mateo.

 

El primero es el programático del Monte de las Bienaventuranzas (capítulos 5-7). Después de «hablar», Jesús «actuó», curando «toda enfermedad y toda dolencia» (capítulos 8-9).

 

Este segundo discurso, que ocupa el capítulo 10 de Mateo, se denomina el «discurso de la misión».

 

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas, porque estaban cansadas y agotadas como ovejas que no tienen pastor.

 

Este discurso (¡al igual que el primero, por cierto!) parte de una mirada de Jesús que le conmueve profundamente el corazón, una mirada de compasión. ¡Cómo nos gustaría sentir también nosotros esta mirada de Jesús cuando nos sentimos cansados, desanimados y perdidos!

 

Pero esta misma mirada se posa aún sobre las multitudes que sufren hoy, sobre cada hombre y cada mujer, sobre mí y sobre ti. ¿Por qué lo dudamos? ¿Acaso esta mirada de Jesús se ha vuelto miope? ¿O se ha endurecido su corazón?

 

Pidamos a Jesús que cruce su mirada con la nuestra y la cure.

 

Entonces dijo a sus discípulos: ¡La mies es mucha, pero los obreros son pocos!

 

¿La mies es mucha? ¡Quizá se refiera al vasto campo que hay que sembrar! No, habla precisamente de cosechas que hay que recoger, ¡y que corren el riesgo de perderse por falta de obreros!

 

¿Y dónde? ¡También aquí, donde decimos tan a menudo que solo abunda la cizaña! ¡Nos preguntamos incluso si vale la pena seguir predicando el Evangelio en esta sociedad a la que parece darle igual! Jesús, en cambio, con su mirada compasiva, ve aquí una cosecha que recoger en su granero.


«Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies».

 

¿Orar por las vocaciones? ¡Eso sí! Pero ¿por qué el Señor se deja rogar tanto? ¿No ve Él mismo que nos faltan presbíteros, religiosos, misioneros, testigos,…? Y, en cambio, el Señor nos hace orar para que podamos cambiar nuestra mirada y hacer que nuestro corazón se parezca al suyo. Para luego… ¡enviarnos a nosotros! Sí, no piensa tanto en los otros, en los demás,…, piensa en nosotros. ¡Y aquí la cosa se pone seria!

 

Llamó a sus doce discípulos y les dio poder sobre los espíritus impuros para expulsarlos y sanar toda enfermedad y toda dolencia.

 

He aquí que nos llama y nos prepara, no nos envía a la batalla sin más en esta tarea tan ingente. Se trata, de hecho, de luchar contra «los espíritus impuros» que atenazan a nuestro mundo. Son muchos: la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, el consumismo… ¡Hay que expulsarlos y enviarlos al infierno! Pero ¿creemos realmente en este poder que nos ha dado el Señor, la fuerza del mismo Espíritu que actuaba en Él?

 

Se trata, además, de sanar «toda enfermedad y toda dolencia», física y espiritual. ¡Todas! Porque el Señor quiere promover la integridad de la vida y nuestra libertad. ¡Pero cuidado! Somos sanadores heridos, no inmunes a estas dolencias: el egoísmo, la envidia, el amor propio, la indiferencia, el miedo, la duda, la violencia…

 

Los nombres de los doce apóstoles son: en primer lugar, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, aquel que luego lo traicionó.

 

Son doce. Representan a las doce tribus de Israel, a todo el Pueblo de Dios. ¿Solo hombres? No es esta una intención exclusivista de Jesús. Hoy estamos bien seguros de ello. Es la totalidad del número doce lo que importa.

 

En primer lugar, son personas muy diferentes, con sus virtudes y defectos, ciertamente no santos y capaces. ¡No sé cuántos serían aptos para entrar en nuestros procesos formativos! Esto es para decir que Jesús no busca personas perfectas, ¡sino a ti y a mí!

 

Los apóstoles son nombrados de dos en dos. No se trata solo de una cuestión mnemotécnica, sino de decir que no somos francotiradores. Somos testigos, con una comunidad a nuestras espaldas.

 

En esta foto de familia hay una figura incómoda: Judas. ¿Por qué?


Estos son los Doce a quienes Jesús envió, ordenándoles: «No vayáis a los paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

 

Ay, ay, ay, Jesús nos envía entre los nuestros, los vecinos, los de casa. ¿No dijiste tú mismo, Jesús, que ningún profeta es bienvenido en su propia tierra?

 

Por el camino, predicad, diciendo que el reino de los cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, purificad a los leprosos, expulsad a los demonios. Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».

 

¡Enviados para dar testimonio, con la sonrisa y la alegría, con la bondad y el perdón, de que el Reino de los cielos está cerca! ¡Enviados a obrar prodigios, no los espectaculares de algunos santos canonizados en los altares, sino los pequeños milagros cotidianos, gratuitos y a menudo inadvertidos, de gestos de amor capaces de curar las heridas, de resucitar la esperanza de alguien, de purificar a los leprosos en el alma y de expulsar a los demonios de los corazones!



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús recorre las ciudades y aldeas de Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando la Buena Nueva del Reino y atendiendo a los enfermos que encuentra (cf. Mt 9,35).

 

Su mirada llena de amor se posa en las personas que le siguen, le escuchan y le piden que las cure de sus dolencias: «al ver a las multitudes siente compasión», es decir, asume el sentir profundo de Dios (cf. Ex 34,6), sus entrañas de misericordia ante las situaciones de debilidad y miseria en las que se encuentran los hombres.

 

Aquí, en particular, el motivo de la conmoción de Jesús consiste en ver a las multitudes «cansadas y exhaustas, como ovejas sin pastor».

 

Si Moisés, movido a la compasión, había pedido a Dios que pusiera al frente de los hijos de Israel después de él «un hombre que los precediera, para que la comunidad del Señor no fuera un rebaño sin pastor» (cf. Núm 27,16-17), aquí Jesús transforma su propio estremecimiento interior, ante todo, en una constatación: «La mies es mucha, pero los obreros son pocos».

 

Él compara a la multitud con un campo de trigo listo para la siega, imagen del día del juicio, cuando Dios recogerá a los suyos en el granero (cf. Mt 3,12): es un campo inabarcable, porque muy extensa es la dispersión de los hijos de Dios, a quienes Jesús ha venido a reunir en unidad (cf. Jn 11,52)…

 

Luego, sin ceder a la tentación del desánimo, ordena a sus discípulos: «Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». La mies pertenece a Dios y solo a Él le corresponde la iniciativa de la cosecha, pero los discípulos deben orar para que Dios envíe obreros que cumplan su voluntad.

 

Y la misión posterior de los Doce —tantos como las tribus de Israel— aparece implícitamente como el resultado de esa oración.


Conocemos bien el acontecimiento del envío de los apóstoles por parte de Jesús «a las ovejas perdidas de la casa de Israel», primicia del envío pospascual a todas las naciones (cf. Mt 28,19-20): su misión consiste en anunciar que en Jesús el Reino se ha hecho muy cercano y en usar el poder que se les ha conferido para arrebatar terreno a Satanás. En una palabra, en vivir como su Señor y Maestro, y en hacerlo con extrema gratuidad: «Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».

 

Pero esta página evangélica nos invita a detenernos sobre todo en el hecho de que, en el momento del envío a la misión, la primera orden es la oración. ¿Pero por qué suplicar a Dios por lo que le concierne a Él? ¿Por qué pedir algo por Él?

 

Aquí se esconde el gran misterio de la oración.

 

Es cierto que Dios, como Jesús, ve a las ovejas sin pastor, ve las necesidades de la humanidad y de la Iglesia: pero Él quiere que oremos, porque nosotros lo necesitamos. El mismo Jesús pidió a los discípulos que pidieran lo esencial, es decir, el Reino de Dios, prometiendo que todas las demás cosas les serían dadas por añadidura (cf. Mt 6,33); pues bien, ¡es precisamente en el misterio de la venida del Reino donde se sitúa también la oración por el envío de obreros a la mies de Dios!

 

No es casualidad que en el «Padre nuestro» las primeras peticiones que hace el discípulo sean las que se refieren a la santificación del Nombre, la venida del Reino y el cumplimiento de la voluntad de Dios (cf. Mt 6,9-10).

 

Orar para que el Señor llame y envíe es, por tanto, una concreción de estas peticiones: para que sea santificado el Nombre y venga el Reino, es necesario que se cumpla la voluntad de vida y de amor de Dios para todos sus hijos dispersos y sin pastor…

 

En verdad, no hay misión auténtica que no vaya precedida de la oración, del deseo orante de la Iglesia de que el Señor haga oír su voz y, en su plena libertad, llame a hombres y mujeres.

 

Orar por las vocaciones significa, por tanto, confesar que no es el individuo quien elige, no es la Iglesia quien llama en función de sus propias necesidades, ni mucho menos son los cálculos mundanos los que suscitan las vocaciones.

 

No, toda vocación cristiana es vocación desde lo alto, del Padre, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo: la llamada de Dios es más grande que el discernimiento de una necesidad y que el cumplimiento de un servicio; es un don que debe implorarse con perseverancia, en la certeza de que ¡solo Dios sabe quién y qué es necesario para su cosecha!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -

El Evangelio de San Mateo ofrece un resumen de la actividad cotidiana de Jesús: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).

 

Anunciar el Reino y curar a los enfermos, estas son las dos acciones que caracterizan la actividad cotidiana de Jesús en su ministerio itinerante. Palabras y gestos que revelan su persona y que tienen su origen en la compasión.

 

De hecho, es su mirada de compasión la que Mateo pone en primer plano como inicio del episodio: «Al ver a la multitud, sintió compasión por ellos» (Mt 9,36). Y al hacerlo, sitúa a cada lector, también a nosotros ahora, hoy, ante esa mirada.

 

Otras tres veces el Evangelio según San Mateo habla de la compasión de Jesús.

 

En 14,14 siente compasión ante la multitud que le había seguido a pie mientras Él cruzaba el lago de Galilea. Jesús buscaba un lugar apartado para estar a solas tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista, pero, al bajar de la barca, queda impresionado por las multitudes, por su tenacidad al seguirlo, por su necesidad que se convierte en búsqueda perseverante, en muda petición de palabra y presencia. Los ve como mendigos sedientos de sentido, del sentido que solo él sabía dar. Y la compasión se convierte en acción terapéutica: «curó a sus enfermos» (Mt 14,14).

 

En 15,32, de nuevo ante la multitud, Jesús siente compasión, es decir, queda profundamente conmovido, pero la compasión para Él nunca se queda en un nivel puramente emocional, sino que se convierte en acción, socorro, ayuda. Jesús se hace eco de la necesidad de las multitudes, que llevaban ya tres días con Él y estaban sin comida. Sentir compasión es también ponerse en el lugar de los demás e intervenir en su favor. Aquí Jesús sale al encuentro de su necesidad y los alimenta repartiendo panes hasta saciarlos.

 

Por último, en 20,34 Jesús siente compasión ante dos ciegos y los cura.

 

Traducimos con el término compasión lo que literalmente indica el desgarramiento del corazón, una laceración visceral, el hecho de sentirse conmovido en lo más profundo del ser por la percepción de la pobreza y el sufrimiento del otro.

 

Y en este relato Jesús ve a la gente y percibe su cansancio y agotamiento. Los verbos utilizados están en pasivo e indican una condición sufrida, que postra, agota, abate. Pero esta mirada no es en absoluto de lástima, sino una mirada que ve la angustia de las multitudes con la mirada de Dios.

 

San Mateo expresa esto mediante una referencia al Antiguo Testamento. Su postración se debe a su condición de ser como un rebaño sin pastor, por lo tanto, extraviado, sin dirección, perdido. La expresión se refiere al pueblo de Israel en Números 27,17, en 1 Reyes 22,17 y en 2 Crónicas 18,16.

 

Por lo tanto, la mirada compasiva de Jesús es también una traducción de la mirada divina que ve el abandono humano y se deja conmover por él. El verdadero pastor no es indiferente al dolor y a las necesidades del rebaño.


Si los hijos de Israel se le aparecen a Jesús como ovejas descarriadas (Mt 9,36; 10,6), también le parecen un campo de trigo listo para la siega (cf. Mt 9,37-38): la espera mesiánica de Israel ha llegado ya a su madurez, se necesitan obreros que anuncien el Evangelio del Reino.


 

Y Jesús pide a los discípulos que recen para que Dios envíe obreros a la siega. Ante la inmensidad de la tarea («la mies es mucha»), Jesús no se desanima ni se queja, sino que pide oración, y Él mismo confía a los Doce la tarea de anunciar la cercanía del Reino con su presencia, palabra y acción. La misión, que es la continuación de la acción de Jesús en la historia, nace de la compasión y de la oración.

 

Y si los discípulos son enviados a anunciar el Reino y a curar a los enfermos (Mt 10,7-8), es decir, a continuar la actividad de Jesús, también deberán orar a Dios, «el señor de la mies», para que envíe obreros a su mies.

 

Esta última indicación significa reconocer que la vocación cristiana proviene del Padre, de Dios, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo, y se caracteriza por el anuncio y el testimonio del Reino y de sus exigencias, así como por el cuidado compasivo de los seres humanos.

 

La vocación no nace del análisis de la realidad de una necesidad en la Iglesia o en la sociedad a la que uno se dispone a responder, sino de la voluntad de Dios a la que uno se abre gracias a la oración.

 

Una comunidad cristiana que haya comprendido la necesidad de la oración y la viva, es una comunidad en la que las exigencias radicales de la vocación cristiana y la voluntad de Dios resuenan con vigor y pueden encontrar hombres y mujeres dispuestos a acogerlas.

 

Como primicia de estos obreros «enviados» (Mt 10,2), he aquí que Jesús llama a sí «a sus doce discípulos» y les confiere poder para curar y sanar a los enfermos y para hacer retroceder y derrotar a las potencias del mal. Y San Mateo sitúa aquí la lista de los Doce y sus nombres.

 

La lista de los Doce revela el rostro concreto de una comunidad real: personalidades fuertes que han dejado huella (Pedro y Andrés, Santiago y Juan) y figuras desdibujadas de las que apenas se ha conservado el nombre (Tadeo) y de las que no sabemos nada.

 

Y se evoca con discreción el camino que muchos tuvieron que recorrer para constituir la comunidad de Jesús: Simón, que se convirtió en Pedro; las dos parejas de hermanos llamadas a transformar sus lazos de sangre en relaciones determinadas por el cumplimiento de la voluntad del Padre (cf. Mt 12,50; 20,20-23); Mateo, que de recaudador de impuestos se convirtió en discípulo y apóstol; Simón el cananeo, es decir, con un pasado de zelota, de resistente armado antirromano. Por último, se menciona a Judas, aquel que traicionó a Jesús.

 

Como toda comunidad cristiana, también la comunidad de Jesús conoce glorias y alegrías, pero también miserias e infidelidades, y está atravesada por acontecimientos dolorosos y trágicos (cf. Mt 27,5).

 

La misión a la que son enviados los Doce consiste en hacer retroceder el mal, en hacer el bien como lo hizo su Señor Jesús, y en predicar el Reino anunciado por Jesús en su persona. Se sitúa entre el don y la responsabilidad: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

 

La misión se evoca en su totalidad no como un hacer, sino como un recibir y un dar. Nos encontramos ante un proceso de transmisión: de Dios a Jesús, de Jesús a los discípulos, de los discípulos a toda la humanidad. Siempre bajo el signo de la gratuidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...