domingo, 3 de mayo de 2026

El santo Cura de Ars: una lección de ministerio ordenado - una charla al Consejo Presbiteral -.

El santo Cura de Ars: una lección de ministerio ordenado - una charla al Consejo Presbiteral -

El Cura de Ars era un hombre humilde, sin grandes dotes ni recursos. Le costó bastante llegar a ser presbítero, aunque ya desde muy temprano había empezado a pensar en esta elección de vida.

 

Fue ordenado a los 29 años, tras superar no pocas adversidades en las que se ponía de manifiesto su tenacidad por permanecer fiel a la vocación que consideraba haber recibido de Dios, precisamente mientras experimentaba la insuficiencia de sus recursos humanos.

 

No tenía una memoria brillante, le costaba comprender y discernir: cabe imaginar las humillaciones y derrotas a las que se vio sometido. Exámenes suspendidos, recriminaciones de todo tipo. La humildad fue sin duda una de las virtudes que más le caracterizaron.

 

Hoy se exalta —incluso en el seno de la comunidad cristiana y del presbiterio— a quien está lleno de sí mismo, a quien tiene una confianza incondicional en sus propios recursos, a quien no se echa atrás ante nada. No pocas veces estas parecen ser las aptitudes necesarias para un candidato al ministerio ordenado.

 

Sin embargo, la humildad es la virtud que no puede faltar en un cristiano y, mucho más, en un presbítero y en quien se prepara para serlo. ¿Qué quiero decir? La humildad como conciencia de no merecer el ministerio ordenado, como conciencia de que el don que nos ha hecho el Señor es infinitamente más grande que nosotros: no puedo ser presbítero pensando que me basto a mí mismo, sino solo en una comunión de la que recibo mucho y a la que debo mucho. La humildad como verdad, por usar una expresión de Santa Teresa de Jesús.

 

¿Soy un presbítero humilde? ¿Soy un formando humilde? ¿Cómo he vivido y cómo pretendo vivir la dimensión de la humildad? No hay identidad presbiteral sin humildad. Donde falta la humildad crece la hipocresía, se multiplica la presunción, aumentan las pretensiones hasta el punto de que ya no somos capaces de donarnos a nosotros mismos, sino solo hombres que dilatan desmesuradamente su ansia de éxito.


 

La historia del Cura de Ars fue una escuela que lo moldeó en el camino de la humildad día tras día: pensemos solo en cuántas tentaciones aterradoras sufrió, ¡cuántos desánimos y desesperaciones!

 

Hoy nos hace gracia que este joven presbítero de treinta años tuviera miedo del infierno. Y, sin embargo, debe hacernos reflexionar: ¿no somos quizá demasiado despreocupados? ¿No vivimos con cierta arrogancia algunos dones de Dios que, si tan solo fuéramos conscientes de ellos, no harían más que hacernos temblar? ¿Qué conciencia tenemos de que Él es el Señor?

 

La actitud de humildad es preparatoria para un itinerario vocacional, pero es también lo que constituye una identidad presbiteral seria.

 

Cuando falta ese continuo enfrentamiento entre mi condición de fragilidad y el santo misterio de Dios que se me ha revelado, el ministerio se vuelve repetitivo, aburrido; nos encontramos cansados de hacer siempre lo mismo, de vivir siempre las mismas dificultades. Olvidamos así que, si bien los gestos pueden ser repetitivos, el misterio no se repite: siempre, de nuevo, se realiza y se hace presente.

 

El Cura de Ars nunca estaba frustrado, nunca cansado, nunca decepcionado: sus tentaciones de huida, de hecho, no nacían de estas experiencias, sino de la consternación que le invadía cada vez que volvía a pensar en la inconmensurabilidad del don que se le había concedido.

 

Mientras que nosotros querríamos comprenderlo todo, escudriñarlo todo, este hombre conocía bien un gesto que nosotros hemos olvidado: postrarse ante el sagrario precisamente para saborear el misterio de no comprender y, al mismo tiempo, la alegría de creer y de permanecer fiel.

 

El misterio de mi fragilidad exalta e ilustra la magnificencia del Señor.

 

Este pobre sacerdote —como solían llamar al Cura de Ars— era el continuador de la misión salvífica de Jesús en el mundo, era ministro del amor del Padre.

 

¿Qué significa ser constituidos ministros mediante la ordenación? El itinerario de santidad del presbítero es su ministerio. El ministerio no es un obstáculo para la santidad del presbítero, como si el hecho de ser ministros para los demás nos impidiera pensar en nosotros mismos.

 

Ser ministros no es algo al margen de nuestra identidad presbiteral, sino que debe ser la esencia de nuestro ministerio ordenado. Ejercer el ministerio y ser ministros no son lo mismo. Cuántos, al ejercer un ministerio, se dejan llevar por una actitud de poder y prepotencia. No pocas veces se ejerce el ministerio sin querer ser ministro: se asume una tarea sin querer ser siervos.

 

No he venido a ser servido, sino a servir: también nosotros estamos llamados a ser siervos, sacramento del ministerio de Jesús.

 

Una vez convertido en presbítero, para el Cura de Ars vivir era ejercer el ministerio. No tenía otra cosa que hacer que ser presbítero. Nos cuesta asimilar plenamente esta identidad: basta con pensar en cuánta energía dedicamos a nuestros pasatiempos.

 

El Cura de Ars no tenía un programa de vida: su programa era entregarse a las exigencias pastorales. Esto daba unidad a su ser de presbítero. No había otras razones de vida, no existían otros criterios para decidir qué hacer: entregado al ministerio no con la actitud del amo, sino del siervo.

 

El ser ministro ocupaba su tiempo y sus intereses: pasaba en el confesionario entre 15 y 17 horas al día. Era su ministerio el que tomaba las decisiones por él.

 

¿Cómo imagino mi ministerio? ¿Cómo lo concibo? ¿En qué medida está presente en mí el dualismo entre el ministerio, por un lado, y el itinerario de santidad personal, por otro? ¿De dónde provienen las razones de mi oración? ¿Puede un presbítero decir que su vida de oración personal es una cosa y su ministerio otra?


 

No pocas veces pensamos en el ser presbíteros cada uno a su manera, del tipo: dejadme ser presbítero como yo quiera. Pero, ¿tiene sentido ser presbítero a su manera? El ser ministros se arraiga y surge continuamente del sacramento del ministerio ordenado, por lo que es esencialmente una realidad de comunión.

 

El único sacramento del Orden que recibimos exige la unidad del ministerio. Somos ministros juntos: ¿es así como concibo mi ministerio? Pensemos solo por un momento en las tensiones entre párroco y coadjutor, obispo y presbíteros. ¿Hasta qué punto siento la necesidad de comunión, de fraternidad, de compartir? ¡Pensemos en cuántas divisiones en nombre del ministerio!

 

La biografía del Cura de Ars atestigua que, a pesar de la pobreza de sus recursos, este hombre siempre estaba dispuesto a ayudar a sus hermanos, sin faltar en los momentos difíciles y compartiendo las preocupaciones ajenas.

 

Pensarlo da escalofríos: los santos resuelven los problemas de las grandes doctrinas sin siquiera saber que existen doctrinas. Hay una sabiduría que nace de la santidad de la vida y que no surge de las disertaciones sobre el tema.

 

Al hojear la biografía del Cura de Ars descubrimos que le costó mucho llegar a ser presbítero: hablábamos de las humillaciones sufridas, de la paciencia que tuvo que ejercer. Todos a su alrededor pretendían que él entendiera lo que decía y lo que se decía, y que no fuera solo un hombre de buenos sentimientos: querían que poseyera la verdad para poder transmitirla a los demás. Su vivo deseo era convertirse en presbítero para celebrar Misa.

 

Cuando era niño, de hecho, los presbíteros eran perseguidos, obligados a vivir en la clandestinidad: no era posible oficiar el culto y las Iglesias estaban cerradas. Tenía que recorrer un buen trecho para encontrar un presbítero que celebrara Misa: incluso le tocó participar en una Misa celebrada por un presbítero cismático porque había jurado lealtad a la república subversiva. El Cura de Ars no sabía nada de esto: lo que le atraía era la Misa.

 

Tenía hambre de la Eucaristía: haría la primera comunión a los 14 años en un régimen de clandestinidad, en una habitación cerrada por dentro. El encuentro con la Eucaristía le costó mucho, pero fue precisamente allí donde nació su vocación, de aquella Eucaristía proscrita, reducida a la clandestinidad.

 

Y celebrar Misa sería su ministerio. Su Misa atraía a no pocas personas, ya que en no pocas ocasiones entraba en éxtasis y todos podían deleitarse con un fervor poco común.

 

En una parroquia de 300 almas, solo asistían a Misa las mujeres, ningún hombre; y esto le causaba tal pena que se puso a buscarlos uno por uno. Los trajo a todos, excepto a uno, y ese uno le pesará en el corazón, atribuyéndose a sí mismo, a sus pecados, el motivo de ese fracaso.

 

Su pasión como presbítero se alimentaba de la Eucaristía: en un contexto bastante pobre, se preocupaba por garantizar el decoro de la Liturgia. Pobre como era, contrario a todo lo que es inútil, hizo todo lo posible por embellecer su Iglesia precisamente porque era el santuario de la Eucaristía.

 

La Eucaristía lo unía a los enfermos: no quería que nadie lo sustituyera en llevar la comunión a los enfermos, ni siquiera al final, cuando se le asignó un coadjutor.

 

En un clima rigorista y jansenista, la Eucaristía le suavizó el espíritu, convirtiéndolo en un pastor de misericordia y bondad hasta el punto de que moriría acusado de ser laxista.

 

¿Hasta qué punto percibo la Eucaristía como fundamento e insustituible para mi vida de presbítero?


 

Cuando pienso en mi ser presbítero, ¿cómo me veo? ¿Comprometido en qué? Cuando miramos la vida de muchos presbíteros, son muchas las cosas que vienen primero y que parecen ser la razón de su ser presbíteros: desde las comunicaciones sociales hasta las nuevas pobrezas, pasando por la relación fe-cultura.

 

Si miramos la vida del Cura de Ars, su primer ministerio, el que informaba todo lo demás, era la Eucaristía. ¿Cómo me preparo para ella, cómo la vivo, qué repercusiones tiene en mi vida? ¿Cuál es el hábitat de mi deseo de ser un hombre eucarístico?

 

El Cura de Ars hizo todo lo posible por llevar a los hombres al Señor: cuántas veces nos anima la ansiedad de tener que celebrar Misa en cualquier lugar fuera de la Iglesia, en lugar de hacer que nuestros hermanos se reúnan allí donde el Señor ha elegido habitar.

 

No pocas veces la Eucaristía se convierte en un accesorio y no en el punto de referencia y de inspiración. Es la Eucaristía la que debe condicionarnos a nosotros, y no al revés: somos ministros de ella, no dueños de ella. Ciertamente, el Señor se deja llevar a cualquier lugar, pero nos corresponde a nosotros hacer resplandecer la dignidad y la belleza del misterio celebrado.

 

Cuántas veces, en nuestras catequesis, nos encontramos buscando temas de moda. ¿Quién de nosotros habla ya de la Eucaristía? Nos parece un tema anticuado, que no hay que tocar. Para el Cura de Ars solo existía un domicilio: en la Iglesia, ante el sagrario. Quien lo necesitaba sabía que lo encontraría allí, de día y de noche.

 

El Cura de Ars era un adorador: la adoración de la Eucaristía le hacía capaz de asombrarse, de maravillarse, de entusiasmarse, de sorprenderse. Al hablar, no por casualidad, solía usar a menudo el modo exclamativo, y no solo por su escasa preparación cultural, sino sobre todo porque era un hombre asombrado.

 

No pocas veces se extiende entre nosotros, los presbíteros, la convicción de que la oración es algo diferente, alternativo al ministerio. No pocas veces estamos convencidos de que nuestro ministerio es para los demás hasta el punto de que, aunque celebremos la Misa, no oramos.

 

Nos falta una formación presbiteral en la oración. Ahora bien, el programa de oración de un presbítero es su ministerio. ¿Qué llevamos a la oración si no es nuestro ministerio, es decir, aquellas situaciones que nos involucran, situaciones de las que nos enteramos, situaciones que nos interpelan?

 

La oración es el tejido conectivo de todas nuestras acciones ministeriales, tanto de las sacramentales como de las que no lo son y que, sin embargo, tienen como finalidad el testimonio del Señor en medio de los hermanos.

 

Somos conscientes de que es el Señor quien nos ha constituido sus ministros, haciéndonos aptos para realizar muchas cosas. Pero somos enviados en la medida en que no perdemos el contacto con Él.

 

El Cura de Ars no tenía muchas cosas que hacer salvo ser ministro y orar. Oraba hasta el punto de perder la noción del tiempo, incluso del hambre y la sed. Es la experiencia contemplativa la que sirve de aglutinante a todas nuestras desintegraciones. No pocas veces estamos sometidos al estrés por la forma inhumana en que nos toca vivir, pero también porque aún no hemos aprendido a valorar todos los recursos de la gracia que el Señor ha puesto a nuestra disposición.


 

El Cura de Ars es por excelencia el hombre del confesionario. Si la Eucaristía le llenaba el alma y era una experiencia de comunión con el Señor, el sacramento de la penitencia era su encuentro con la humanidad herida.

 

Su tormento fue descubrir que la mayoría de la gente no se acercaba al sacramento de la penitencia. Esto no le dejaba tranquilo: ante el Santísimo Sacramento se angustiaba porque quería que la gente se reconciliara con Dios. Se sentía culpable porque, si sus feligreses eran pecadores, eso dependía de él, que no había logrado darles a conocer hasta el fondo las insondables riquezas de la gracia de Dios. ¡Cuántas veces era él quien hacía penitencia por los pecados ajenos! Sufrir por el pecador, participar en la pasión y muerte del Señor era para él un criterio de vida.

 

A menudo nos acostumbramos los presbíteros a escuchar confesiones. Pero esa especie de indiferencia ante el pecado ajeno es una trampa que no pocas veces delata la indiferencia ante nuestros propios pecados. El riesgo es convertirnos solo en funcionarios, mientras que los penitentes son meros usuarios de un servicio, sin permitir que se realice esa relación salvífica que es propia del sacramento.

 

Cuando un pecador no deja huella en nuestro interior, solo hemos ejercido una función. Aunque los hayamos confesado uno a uno, la mayoría de las veces lo que nos queda es el número de la estadística. ¿Qué pasión se ha producido en nuestro interior mientras decíamos: «Te absuelvo de tus pecados»?

 

El perdón concedido a los demás es un instrumento de conversión para nosotros. En el sacramento de la penitencia nos hacemos partícipes de la caridad de Dios hacia cada hombre; somos el instrumento a través del cual Dios libera al hombre del pecado; somos la posibilidad de que alguien pueda volver al Padre, quien les reabre las fuentes de la gracia y renueva en ellos la esperanza: «Vete en paz y no peques más».

 

Cuántas personas se acercan al Señor con ánimo contrito: hay días en los que la experiencia de la conversión de alguien a quien regalamos el sacramento de la penitencia puede convertirse en viático para nuestro cansancio y estímulo para nuestra fidelidad, para superar ciertas tentaciones.

 

Todos tienen derecho a llamar a nuestra puerta y a nuestro corazón y a encontrar acogida. Nuestra tarea es ir a buscar a los hermanos. ¡Ay de la actitud de delegar, por la que distribuimos servicios de tal manera que nosotros no estamos en ninguna parte!

 

Hoy todo es una cuestión de organización, de sectores, de pastoral de un aspecto más que de otro. Todo sirve en la medida en que el presbítero sigue siendo ministro de la caridad. No es la organización la que hace la caridad, sino las personas: la caridad, de hecho, es una relación de persona a persona, de corazón a corazón.

 

Quien se encuentre conmigo debe poder decir que ha encontrado al Señor, que ha sido reconocido, mirado y acogido tal y como lo habría hecho el Señor. Nosotros somos el signo del corazón de Dios. Nuestra tarea es la de anticiparnos, de captar al vuelo, de darnos cuenta los primeros.

 

El Cura de Ars amó a su gente como nunca, casi a su merced: los pobres sabían que encontrarían atención en él. Los acogía a la mesa: para ellos no había solo las dos patatas que él solía comer, sino mucho más.

 

No necesitaba preguntarle a su interlocutor quién era o de dónde venía: bastaba con llamar a la puerta y entrar para encontrar acogida.

 

Una de sus atenciones especiales eran los enfermos: se angustiaba cuando no lograba atenderlos como era debido.

 

Cuántas veces —pensemos en nuestros días— nos perdemos en debates interminables para establecer si ciertas cosas nos incumben o no. ¡Cuántos problemas, cuántos debates! Y tal vez quien está en la necesidad no encuentra a nadie que lo escuche.

 

Detestaba el pecado hasta el punto de vivir en angustia, pero el Cura de Ars amaba a los pecadores. Los pecadores se convertían en los financiadores de sus obras de caridad: sabía a quién recurrir.

 

¿Cuánta atención presto a las personas? ¿Me importa conocerlas? ¿Soy capaz de recordar rostros, situaciones, para entrar en la vida de quienes el Señor me confía? ¿Hasta qué punto consigo vivir relaciones de amistad? ¿Soy capaz de establecer una relación humana?

 

En la escuela del Cura de Ars se comprende que no es cierto que el ministerio sea otra cosa que nuestro camino personal hacia la santidad. Este hombre no asistió a una escuela de espiritualidad: simplemente se entregó a su ministerio, que sin duda lo consumió, pero que sin duda le permitió llegar a ser santo.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un misionero claretiano presbítero.

Un misionero claretiano presbítero


Escribir sobre el sacerdote nunca es fácil. El riesgo de caer en la retórica acecha a la vuelta de la esquina, sea cual sea el punto de vista desde el que se aborde el tema. Y, sin embargo, lo que destaca claramente es el hecho de que él, al estar llamado a dispensar los tesoros de la Gracia, más que otros nunca dejará de ser una vasija de barro (cf. 2 Cor 4,7), por decirlo con San Pablo.

 

No porque, al estar en contacto con el santo misterio de Dios, vaya a estar sin duda a la altura del don que se le ha concedido: eso no es algo que se dé por sentado.

 

Más bien, la participación en la experiencia común de fragilidad de todo hombre lo convierte, a semejanza del Único Sumo Sacerdote Jesucristo, en un hermano capaz de compasión hacia quienes sufren la misma prueba.

 

No es casualidad que la Liturgia ponga en los labios del sacerdote (y del diácono) que anuncia el Evangelio estas palabras que dan testimonio de la continua necesidad de que sea Dios mismo quien lo haga digno de tal ministerio: «Purifica, Señor, mi corazón y mis labios, para que pueda anunciar dignamente tu Evangelio».

 

La Carta a los Hebreos pide a los cristianos que recuerden a quienes les han anunciado la Palabra de Dios (Hb 13,7) para no perder la memoria de aquellos que nos han permitido beber de la fuente de la Vida con sus capacidades, sus dones, la asiduidad de su ministerio, así como con la participación común en la misma experiencia de fragilidad humana.

 

A veces, con cierto sarcasmo, alguien nos reprocha a los sacerdotes que llevamos una buena vida. En realidad, quien no se conforma con la fácil retórica al respecto, puede atestiguar que la vida del sacerdote es verdaderamente una vida bella, pero ciertamente no una buena vida.


¿Y dónde resplandecen los rasgos de esta belleza?

 

Uno de los rasgos es, sin duda, la fecundidad propia de quien se ha entregado gratuitamente en beneficio de los demás, tratando de hacer suyas aquellas virtudes que San  Pablo recuerda al discípulo Timoteo: la fe, la caridad, la paciencia, junto con muchas otras.

 

La vida del sacerdote es hermosa ante todo porque está animada por la fe entendida no solo como la repetición de un rito o la simple adhesión a una doctrina. No, la fe entendida más bien como el seguimiento de una persona, Jesucristo, a quien se une de manera apasionada e incondicional.

 

La fe del sacerdote le lleva a ir más allá de ese narcisismo tan adolescente de quien busca continuamente su propio interés o su propio éxito y se despliega, en cambio, en una entrega continua de sí mismo de manera gratuita hasta alegrarse con quien se alegra y llorar con quien llora.

 

Desde esta perspectiva, nada es material de desecho, sino que incluso los límites, los errores, los fracasos y los pecados se convierten en material precioso para ser moldeado continuamente por las manos providenciales del Señor, a fin de convertirse en signo y medio para los demás de la misericordia que Él nos ha concedido.

 

La fecundidad de la bella vida del sacerdote tiene su origen en el hecho de estar moldeada por la caridad, por ese amor que, si bien exige una relación exclusiva hasta el punto de no amar a nadie más que al Señor, nunca es una relación excluyente: por eso nadie se siente oprimido en su corazón.

 

El sacerdote, precisamente porque está llamado a vivir su ministerio ejerciendo la caridad pastoral, está llamado más que otros a amar a Dios con todo el corazón y a los demás con el corazón de Dios.


La bella vida del sacerdote se revela en la gran paciencia que caracteriza sus días y su ministerio. La paciencia no tiene nada que ver con la resignación pasiva ni con esa actitud pasiva ante lo que ocurre: tiene, en cambio, mucho que ver con la constancia en la vida cotidiana, con la perseverancia en las adversidades y la fidelidad en la hora de la prueba.

 

Participa de esa amplitud del corazón de Dios que concede a todos el tiempo necesario y las ocasiones oportunas para volver a Él. Es la paciencia de quien prepara continuamente el campo para la siembra, aunque sabe que en él, junto al buen grano, también puede crecer la cizaña. Es la paciencia de quien no escatima energías ni sudor, aunque sabe que la alegría de la cosecha corresponderá a otros.

 

Sostenida como está por el Buen Pastor, la vida del sacerdote es una vida hermosa porque vive de la conciencia de que es más importante lo que Cristo realiza en él que lo que él realiza por Cristo y, por eso, incluso ante la dificultad, no deja de derramar la gratuidad de la entrega, continuando atestiguando como el Bautista: «Él debe crecer, yo, en cambio, disminuir» (Jn 3,30).

 

Oh Jesús: hermano, amigo, salvador, me llamaste a seguirte al amanecer, me enviaste a trabajar en tu viña, donde había manos extendidas y corazones heridos, nacían amores y morían esperanzas. Contigo he consagrado, bendecido, perdonado, he inclinado el cielo sobre el lecho de los necesitados, he dado esperanza a quienes buscaban un futuro. Si miro atrás, tu llamada y mi respuesta siguen siendo un misterio. Oh Señor, dame la paz que he dado a los demás, dame el perdón que he concedido en tu nombre, quédate conmigo, en la alegría y en el llanto. A la Eterna y Divina Trinidad todo honor y gloria. A la Madre de la Iglesia, al Inmaculado Corazón de María  y a todos los Santos nuestros protectores, especialmente a San José - del cual llevo su nombre - y San Antonio María Claret, alabanza y bendición por los siglos de los siglos. Amén.

 

Laus Deo!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 2 de mayo de 2026

Camino de casa.

Camino de casa

El tiempo de Pascua puede ser una ocasión propicia para abrir nuestra mirada hacia el misterio que trasciende el tiempo, es decir, para intentar detenernos en la eternidad; de hecho, si tenemos fe en Jesús, tenemos fe en un Resucitado, es decir, en aquel que ha atravesado la muerte y, por ello, ha abierto nuestra vida a un tiempo que no tendrá fin.

 

Es más, en ello podemos ver un cuidado especial por cada uno de nosotros, un afecto singular, una llamada por nuestro nombre: porque hay un lugar para cada uno de nosotros, como nos recuerda el Evangelio. Es un lugar eterno, un lugar que nos ayuda a no ver en el aquí y ahora, en lo contingente, el único sentido de nuestra existencia.

 

Los ídolos en los que nos sentimos tentados a depositar nuestra confianza —el dinero, el poder, la posesión, el dominio— no son, en última instancia, como enseñaban los Padres de la Iglesia, más que un intento humano de alejar el límite de la muerte. Que, sin embargo, llega. Inevitablemente.

 

Pero el Resucitado, que no anula la muerte, la convierte en un paso en el que, quiere decirnos, no estaremos solos, «porque donde yo esté, allí estaréis también vosotros». Estar con él, estar donde él está. Dejar que él nos tome de la mano.


Nos cuesta un enorme esfuerzo asomarnos a lo eterno, y es comprensible. A mí siempre me había costado aceptar la muerte, hasta que he comenzado a comprender que es el único momento en el que no hay vía de escape, ni salida de emergencia: ahí se nos pide un abandono total. Ahí se nos pide fe en ese Resucitado que nos ha preparado un lugar, que quiere compartir una morada, una casa, con nosotros. Pero el abandono total, el último, es el más radical. Y, por tanto, el que más miedo da.

 

No es extraño hablar de la muerte en tiempo de Pascua, ya que la resurrección es precisamente hacer de Jesús de Nazaret el «camino» hacia un tiempo eterno, un tiempo de comunión con Dios, del que él es narración, relato, revelación: «Quien me ha visto, ha visto al Padre».

 

Entonces no podemos olvidar que todas las imágenes que superponemos al rostro de Dios deberían desvanecerse ante el Evangelio, que es la Palabra sobre Jesús, que es la revelación, el desvelamiento, la manifestación de Dios.

 

Pero nosotros, ¿creemos en ese Dios que está entre los pliegues del Evangelio? ¿Creemos en ese Dios que está a la mesa con Zaqueo, que está en el pozo con la samaritana, que es el narrador de las parábolas, que es quien teje el discurso de la montaña, que es el hombre que llama «María» en el jardín de Pascua, que camina hacia Emaús?

 

Y luego, tal vez podríamos preguntarnos qué lugar ocupa lo eterno en nuestra vida cotidiana, en el transcurso del tiempo de Pascua. Suponiendo que haya un lugar, para ello hay que mirar más allá del horizonte, no tanto a nivel racional, sino a nivel existencial, integral.


En esto sentimos algo que es humano, en lo más profundo: «Es evidente que el hombre nunca se ha resignado a la noche completa», decía la filósofa María Zambrano. Tengamos o no fe, todos esperamos, incluso en el ateísmo más radical, que de alguna manera haya un rayo de luz al final de la vida; nadie quiere resignarse a la noche completa.

 

Nadie puede desear realmente la aniquilación de sí mismo y de sus seres queridos. Al menos como deseo, existe el hilo que nos lleva a lo eterno. Y de ese hilo, tenemos un camino, una narración hecha persona, una Palabra convertida en compañera de viaje, un Dios que cuida de nosotros; ayer, hoy, mañana. 

En medio de estos pensamientos, pensaba yo que nuestro tiempo es también la época en la que todos se sienten obligados a irse a otra parte. Quienes se marchan en busca de trabajo y libertad, quienes huyen de las guerras y la miseria, quienes viajan entre continentes para hacer negocios, los jóvenes que se sienten obligados a irse a otra parte —donde las oportunidades son mejores y se valoran los talentos—. 

Se parte o se desea hacerlo. Se desea huir de la condición que nos define, sea cual sea: el trabajo que hacemos o la familia que hemos formado, la Iglesia a la que asistimos o el partido al que hemos votado. Se parte, o mejor dicho, se huye. 

Y hay una certeza: lo que se deja atrás. Pero hay una confusión absoluta sobre lo que se podrá encontrar. Infinitos son los obstáculos y los adversarios, porque la otra gran verdad de nuestra historia es la propensión a excluir. Barreras, puertas cerradas, palabras de descrédito y de rechazo abundan. 

¿Cómo resuena en esta humanidad desorientada la imagen del Dios-migrante que utilizó Jesús para explicar el sentido de su presencia en el mundo? ¿Se percibe al Señor que «va a preparar un lugar» para los hombres sin hogar como una figura que representa bien el camino de la contemporaneidad y enciende la esperanza de una meta, o sigue siendo ajena e incomprensible? ¿O, peor aún, se confunde entre las fatigas del camino de quienes habitan la historia? 

Las vivencias de quienes no tienen un lugar al que volver suelen estar cargadas de esperanzas, dignidad y valores. Pero también las pesan enormes sufrimientos y vacíos sin llenar, relaciones truncadas y separaciones forzadas. Son historias que nos recuerdan a todos una verdad que quisiéramos —pero no podemos— ignorar: «No estamos en casa». 

El camino del hombre en el tiempo es imperfecto, hecho de intentos y precariedad, con una brújula que parece funcionar solo de vez en cuando y amenazas aterradoras que emergen de la oscuridad. 

«No estamos en casa» no significa, sin embargo, que no haya una casa. «Voy a prepararos un lugar» —dice Jesús— «para que donde yo esté, estéis vosotros también». 

El anuncio es este: existe un hogar, está listo para acoger, hay espacio para todos, allí alguien espera nuestra llegada. Y este hogar es una relación en la que se nos conoce como hijos y como hermanos. Es vida, vida buena, lista para nosotros. Es, por fin, una respuesta a la dispersión y a la desorientación. 

Es reduccionista pensar que «la casa» es solo aquello que está más allá de nuestro tiempo, más allá del umbral insuperable de la muerte, más allá de la dimensión de nuestra materialidad y corporeidad. 

El Dios de Jesús, el Padre del cielo, no es un extraño a la historia que espera el regreso de sus hijos dispersos en el tiempo. Más bien es una relación viva, un vínculo generativo y sincero como el afecto y la pertenencia que une a un padre con un hijo. 

La casa no es un paraíso entre las nubes, sino un vínculo real: es un Dios que ya no es un extraño y que nos autoriza a vivir en el exilio, pero no desorientados. 

Entre los siglos II y III, un cristiano cuyo nombre desconocemos escribió una reflexión sobre la fe dirigida a un tal Diogneto. Su escrito, hallado de forma totalmente fortuita en el mercado de pescado de Constantinopla a mediados del siglo XV, se considera uno de los documentos más esclarecedores para comprender las raíces de la fe de los cristianos y la novedad introducida en el mundo por Jesús. En el capítulo quinto se lee lo siguiente: 

Los cristianos no se diferencian del resto de los hombres ni por territorio, ni por lengua, ni por costumbres de vida. […] Habitan tanto en ciudades griegas como bárbaras, según les toca, y aunque siguen en el vestir, en la comida y en el resto de la vida las costumbres del lugar, se proponen una forma de vida maravillosa y, a juicio de todos, increíble. Cada uno habita en su patria, pero como forastero; participan en todas las actividades de los buenos ciudadanos y aceptan todas las cargas como huéspedes de paso. Toda tierra extranjera es patria para ellos, mientras que toda patria es para ellos tierra extranjera. […] Pasan su vida en la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo». 

Lo que recogen los cristianos no es un mensaje genérico de esperanza. Los discípulos del Maestro de Nazaret no esperan el cumplimiento al final de los tiempos como si el «día a día» fuera una espera inútil. Para quien ha descubierto la fuerza del Evangelio, la historia del hombre no es comparable al tiempo aburrido que uno se ve obligado a pasar cuando está parado en la parada, esperando un autobús que siempre llega tarde.

Jesús es «el camino»: su estar en el mundo como «Hijo del hombre e Hijo de Dios» es la vía transitable para que todo tenga sentido y valor. Si la plenitud no es de este mundo, todo puede ser un paso en la dirección correcta. 

Aceptar la precariedad de la historia, asimilar la necesidad de cambiar, soportar las partidas y dar crédito a la ardua búsqueda del bien no son solo una pérdida y un motivo de desorientación: nuestro tiempo, el tiempo de nuestra vida, es un camino en el «camino», siguiendo los pasos del eterno que se hace historia para nosotros. 

El Resucitado no es el «fuera del tiempo», sino «aquel que lo ha vivido hasta el fondo». Quedarse en el camino es quedarse en la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 1 de mayo de 2026

Mi querida soledad.

Mi querida soledad 

“Hoy uno está envenenado por una sensación constante de falta de los demás en su vida, con sentimientos de vacío y soledad no muy distintos del luto”. 

Las palabras del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925 - 2017) reaparecen hoy como una lúcida reflexión y advertencia. 

Hace unos años nos despertábamos y no había nadie a nuestro alrededor, la pandemia, las restricciones, el miedo... nos habían arrebatado al otro. De repente no había nadie a quien mirar, nos vimos obligados a contemplar nuestro reflejo en las pantallas de nuestros ordenadores portátiles, de nuestros teléfonos móviles e, inevitablemente, en los espejos de nuestras casas. 

Pero, ¿qué somos cuando no hay nadie en la habitación? Despojados de nuestros "personajes" públicos, de las distracciones, de las necesidades acuciantes de la vida cotidiana, ¿quiénes somos sin lo que es distinto de nosotros? 

Dejando a un lado cliché de que "todo el mundo es nadie sin los demás", respondo que yo tampoco tengo una necesidad total de estar rodeado de otros. En los últimos años se ha materializado en mí el concepto cada vez más real de que "la gente es buena" pero eso no ha significa que no siga considerando una persona que ama y prefiere la soledad. 

Por carácter soy introvertido. Con el tiempo he ido mostrando una cierta desconfianza hacia los demás, amplificada por una especie de sensación de que muchas cosas, como mucha gente hoy en día, son un farol... Mi autobiografía, mi cultura y mi camino de maduración me han llevado en una dirección decididamente clara, haciendo de la soledad un factor muy importante en mi vida. No siento una fuerte necesidad de estar con los demás tampoco con las personas que quiero y que me quieren. 

La soledad no me asusta. Hoy es el día que es una compañera aliada de mi existencia. Miro el horizonte con una serenidad razonable ahora a mis 59 años y aceptando que he vivido la gran parte de mi existencia en esta tierra. Me mantengo razonablemente centrado y preservando la confianza muchas veces incluso a pesar de las circunstancias. 

Sí, se me dirá que el ser humano no nació para estar solo: desde que evolucionaron los primeros homínidos siempre hemos vivido en compañía, la nuestra es una sociedad organizada, hecha de roles de interacción, de conexiones. Y, sin embargo, algunas personas viven mejor solas y dicen que les gusta la soledad, y que eligen la soledad como forma de vida. 

No, la soledad no es sólo ni principalmente un estado negativo. La soledad también es contemplativa y meditativa, ayuda a la persona a conocer mejor su interior, nos obliga a pararnos a pensar un momento. Es otra forma de compañía. Tantas veces es cierto incluso que la soledad es útil para encender el cerebro de verdad. 

Hay investigaciones que han mostrado que hay personas que se sienten más realizadas en su soledad que en las relaciones sociales. Hay personas que tienden a concentrarse en sus proyectos, en hacer realidad sus ideas, y estar con otros les parece, en tantas ocasiones, una pérdida de tiempo. Estar en compañía es sin duda algo que nos tranquiliza y parece que nos hace sentir mejor. 

Pero para algunas personas esa etapa de la vida en la que parece que tenemos que estar con los demás ya ha pasado, y viven ese compromiso de estar con los demás como un estorbo, es decir, una obligación no digerida. No les interesa ganarse la aprobación de los amigos, ni sentirse considerados. Más bien quieren hacer crecer sus proyectos y realizar sus ideas. 

Yo me encuentro entre esas personas. Permítaseme, pues, vivir esa soledad y habitar en esa soledad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Por eso, quizá se pueda ahora entender más y mejor mi carta a la soledad que te invito a leer a continuación: 

Mi querida soledad, sólo ahora puedo llamarte así: ¡Querida! Tal vez ahora que eres una amiga insustituible para mí, no sepas o tal vez sí, cuánto te he rehuido, evitado, incluso: ¡te he odiado! Has buscado mi amistad desde la adolescencia: solía encontrarte en todas partes. Venías a la escuela conmigo, caminabas a mi lado, nadie te quería y yo también trataba de evitarte y, por tu culpa, que no desistía, yo era a mi vez evitado. Luego, en el colegio, te sentabas en el pupitre contiguo al mío, que siempre elegía el último asiento, ¡y me hacías parecer extraño a los ojos de mis compañeros! No te soportaba, quería eliminarte, pero no me soltabas y no podía confiar en nadie. En esos mismos años, cuando volví a casa, creí que había conseguido no volver a encontrarte, pero fue dentro de esos "muros desiertos" donde me habías... ¡precedido! Me costó mucho tiempo entregarme a ti; me costó muchas lágrimas; hubo muchas "despedidas", pero ahora que he alcanzado la edad de la madurez, soy yo quien te busca, soy yo quien te llama, y sigo siendo yo quien te tiende la mano en cuanto puedo, y cuando te sientas a mi lado no quiero que nadie nos moleste. He aprendido a disfrutar de tu presencia en mi vida y te agradezco que no hayas desistido en exigir y buscar mi amistad. Contigo, aceptada y amada soledad, cada encuentro se convierte en una oportunidad para "dar" todo lo que tengo y soy... sin esperar nada a cambio.

Jesús fue a la otra orilla.

Jesús fue a la otra orilla

El título de mi blog es un título tomado de los Evangelios. Jesús fue a la otra orilla, a otra parte, y me invita a mí a hacer lo mismo. Marcos 4, 35ss. Y quiero explicar el porqué de ese título. La psicología conductual define la zona de confort como la condición mental en la que la persona actúa en un estado de ausencia de ansiedad, con un nivel constante de rendimiento y sin percibir sensación de riesgo. Todos tenemos nuestras zonas de confort. Jesús las tuvo. Y quizá esa sea la tentación. Y en la medida en que Jesús no cae en esa tentación sino que le hace frente y la atraviesa para no dejarse enredar por ella nos muestra a emprender un camino, otro camino para ver, contemplar, juzgar, sentir, pensar, actuar,…, en una palabra, para ser. Hay siempre otra orilla. 

‍Todo lo que forma parte de nuestra zona de confort (Nazaret, Galilea,…) nos hace sentir cómodos y seguros. Es bueno tener uno, o más bien muchos. Cuando evitamos situaciones nuevas nos sentimos aliviados del peso de la ansiedad y el miedo, mientras que cuando nos exponemos más allá de nuestra zona de confort percibimos un estado de ansiedad y un alto nivel de riesgo. Pero entonces ¿por qué es importante saber salir de vez en cuando? 

Permanecer anclados en nuestra zona de confort durante mucho tiempo puede enjaularnos en una vida predecible, fácilmente manejable y controlable. A veces, nuestra zona de confort puede convertirse en una prisión porque limita las posibilidades de crecimiento, las evoluciones personales, las oportunidades de cambio. 

En cambio, aprender a salir de nuestra zona de confort nos da la oportunidad de crecer y aprender, porque nos permite: experimentar en otros lugares o situaciones, aprender más sobre nosotros mismos, nuestras reacciones y nuestras emociones, descubrir nuevas partes de nosotros y nuevas posibilidades de ser y actuar, identificar nuestros recursos, aprender lo nuevo, cambiar y evolucionar, creer más en nosotros mismos y todas las posibilidades de lo demás y de los demás. 

Este proceso no siempre es fácil e inmediato ya que requiere riesgo y coraje. Atreverse nos expone a caídas y derrotas, pero es el riesgo de la aventura humana cuando uno se deja mover solamente por el Espíritu que sopla cuando quiere, como quiere, donde quiere… y no sabemos de dónde viene ni a dónde va. 

El crecimiento personal y el crecimiento espiritual también son cambio. Ese crecimiento y esa alternativa no se encuentran en la zona de confort sino fuera… y hay que ir más allá, en la otra orilla: hay que atreverse, arriesgarse y actuar. De hecho, no hay crecimiento sin un ponerse en tesitura de búsqueda, de salida, de cambio… de nuevo nacimiento… de un nacimiento diferente. El cambio es un acto de unción y de valentía que nos prepara para sentir, para juzgar,…, para actuar de otra manera. 

‍Sí, seguramente es necesario hacerlo paso a paso. Para salir de la zona de confort es necesario proceder en pequeños pasos: el objetivo no es romper drásticamente la zona de confort… sino ampliarla procesualmente hasta irla aumentando de manera gradual. 

Todos queremos cambiar algo pero no siempre tenemos el coraje de hacerlo. Sin embargo, cada vez que Jesús de Nazaret cruza el límite de la zona de confort, por ejemplo, de la Ley, lo hace con unción, lleno de energía y vida, y portador de una belleza, de una bondad, de una verdad divinas. A veces puede significar, es verdad, interrumpir algo que no está funcionando, cambiar algo que no nos gusta, abrirse a nuevos horizontes y conocer más allá de lo dictado y de lo previsible. 

‍Y es que lo dictado y lo previsible de las cosas nos permite controlar y gestionar pero nos evita exponernos al ‘novum’, es decir, a lo nuevo y desconocido. Tantas veces me pregunto qué podemos hacer en términos concretos para abandonar todo lo que aparentemente nos resulta cómodo. Y Jesús, que camina por delante, precediéndome, me responde que haga cada día algo “incómodo”, diferente a la rutina, que acoja el ‘novum’. La resurrección es un excelente punto de partida. 

El Reino comienza donde termina la zona de confort.

Y así contemplo la resurrección, ya que estamos en la Pascua. El Jesús de la pasión, de la muerte (y de la muerte en cruz), de la sepultura, y de la resurrección es un Jesús con muchas cicatrices, con heridas mortales, pero también el Jesús que lleva consigo la memoria de aquellos momentos que nunca habrían pasado si no se hubiera atrevido a esforzarse más allá de los límites. 

Y así me gusta imaginar y soñar mi comunidad… mi Iglesia doméstica… mi Congregación claretiana… mi Diócesis… mi Iglesia universal. 

Cada uno de nosotros crece en un sistema de reglas que alguien nos ha definido. Nacemos en un sistema familiar, educativo, cultural, social que tiene sus propias reglas y esas reglas trazan límites muy precisos que deben respetarse como parte integral de pertenencia a ese sistema, identificar los límites dentro de los cuales podemos movernos y más allá de los cuales no podemos ir, definir el sistema al que pertenecemos y lo que ese sistema considera específicamente correcto e incorrecto. 

Cuando crecemos inevitablemente sentimos la necesidad de comprender quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos y entonces se hace necesario identificarnos respecto del sistema al que pertenecemos. 

Esto significa que ese sistema de reglas que otro nos definieron y en el que crecimos debe necesariamente ser cuestionado, dándonos la posibilidad de ir más allá de esos límites que hemos respetado durante mucho tiempo para descubrir qué hay más allá de la frontera impuesta. 

Esto nos dará la oportunidad de comprender en profundidad lo que podemos o no podemos hacer y ser, lo que somos capaces de hacer y ser, distinguiendo lo que es bueno para nosotros de lo que es malo para nosotros, lo que nos gusta de lo que no nos gusta, lo que queremos de lo que no queremos, lo que nos alimenta de lo que nos envenena. 

Para comprender realmente quiénes somos, debemos ser capaces de identificar nuestras propias fronteras personales, yendo más allá de nuestros límites impuestos, más allá de nuestra zona de confort y protección (incluso arriesgándonos a cometer errores y a salir heridos) para poder descubrir cuáles son nuestros verdaderos límites a través de la experiencia directa con la vida y no ya sobre la base de esquemas preconstituidos para protegernos de los riesgos de la vida. 

¡Ven, Espíritu Santo y ayúdanos a pasar a la otra orilla! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vosotros, en cambio, buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mateo 6,33ss).

Vosotros, en cambio, buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mateo 6,33ss)

Como hombre, cristiano, misionero claretiano y presbítero me gusta pensar (y “soñar”) que en el único mundo en el que nos ha sido dado vivir podemos y debemos vivir mejor. Creo en la posibilidad de cambiarlo para mejor. También en la Iglesia creo que hay que cambiar radicalmente muchas cosas para hacerla más auténticamente evangélica. 

Hace más de sesenta años, el Concilio Vaticano II inició una reforma, ¿o revolución?, que, sin embargo, quedó incompleta porque no debemos partir de la Iglesia, en nuestra reflexión y acción, sino de la vida. 

La verdadera pregunta que debemos plantearnos es: ¿qué tipo de humanidad soñamos? ¿Con qué proyecto de humanidad estamos comprometidos y por el que luchamos? 

Debe representar el sueño que Dios tiene para el mundo: un sueño de vida, de justicia, de paz, de acogida, de fraternidad, concebido a partir de los más débiles, de las personas que más luchan. Ese sueño, aquella pasión, recibió en labios de Jesús un nombre (que ya ni siquiera está presente como talen el Credo de la Iglesia cristiana): Reino de Dios. 

Sólo entonces podemos preguntarnos: a la luz de todo esto, para construir y adelantar este Reino ¿qué tipo de iglesia necesitamos? 

Pero si el proyecto de la humanidad corresponde al sueño que Dios tiene sobre el hombre, no podemos dejar de preguntarnos inmediatamente después: ¿qué Dios? 

A veces parece que uno puede dirigirse indistintamente al dios de los ricos y al dios de los pobres; al dios que legitima las guerras y al dios de quienes se comprometen perseverantemente con la no violencia activa y la paz; al dios de los que apelan –en nombre de una cierta “identidad cristiana”– a la discriminación y al racismo, y al dios de los que acogen al otro, al extraño, al diferente de mí; al dios de los que murieron luchando contra los poderosos y al 'dios de los poderosos'; al dios de los que están atados al poder y al dios de los que están con los humildes y caminan con los pobres de la tierra...

Aquí la pregunta de '¿qué iglesia?' en mi opinión se refiere a la pregunta de '¿qué Dios?'. ¿Al Dios que Jesús llamó Abba? ¿Al Abba del Reino? Pero también sobre “¿qué Jesús?”: ¿el Jesús de las devociones o el Jesús de esa provocación revolucionaria que el Evangelio continúa sugiriéndonos diariamente como Año de Gracia? 

“¿Qué humanidad?”, “¿qué Dios?”, “¿qué Jesús?”, y sólo por último: “¿qué Iglesia?”. 

La Iglesia es sólo un signo dentro de la historia, un signo de una posible “otra” humanidad, alternativa a la que hemos creado. También nosotros, religiosos, presbíteros,…, debemos preguntarnos sobre el sentido y el papel de nuestra misión –«¿qué religiosos¿¿qué presbíteros?»– sólo después de haber intentado responder a todas las preguntas que acabo de mencionar. 

Así podemos evitar cualquier tipo de auto-referencialidad, es decir, una actitud en la que la Iglesia se mira a sí misma, a su propio interior, ombligo,…, y a sus propias necesidades e intereses y tiene una relación de competencia, o de miedo, o de sospecha con el mundo: sentimientos que inspiran sermones, advertencias, condenas, en el peor de los casos piadosos hasta consejos moralistas, pero no un espíritu de verdadera de apertura, de escucha, de diálogo. Es importante escuchar mucho antes de hablar… 

Sin duda vivimos tiempos complejos, y el sufrimiento, la crisis que afecta a toda la sociedad, incluida la Iglesia. No creo, sin embargo, que podamos hablar de una crisis general de la religión cristiana. Pienso, modestamente, que no hay poca “religión” en nuestra sociedad: no faltan ciertamente celebraciones, ritos religiosos, declaraciones, congresos, encuentros, jornadas… continuamente relanzados también por los medios de comunicación. 

Otra cosa es la Iglesia de la fe, la Iglesia del Evangelio, una Iglesia exigente, ésta, porque pide opciones radicales, porque el mundo necesita un gran impulso hacia la justicia, un gran proceso de humanización. La oración misma debería ser menos una serie de fórmulas o ritos y más una vibración profunda de estar dentro de la historia, con referencia al «ir más allá», ciertamente, pero no en el sentido de una huida del mundo, y el compromiso por la justicia de los nuevos cielos y de la nueva tierra debería resumir todas las dimensiones de nuestra vida. 

La Iglesia, yo creo, debe volver a anunciar la Palabra de Dios como palabra profética, siempre inmersa en la historia, o más bien en las múltiples «historias» de las personas de carne y hueso que se cruzan en nuestro camino. 

Para que esto sea posible, la Iglesia debe liberarse del abrazo mortal del poder político, económico, militar… Cuando la Iglesia se convierte en «Iglesia del establishment, del poder, de…», ya no es de hecho una «Iglesia», el Pueblo de Dios, la Iglesia de Jesucristo, la presencia en el mundo de la paternidad universal de Dios, el sacramento del Reino de Dios... y de su justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 -.

Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 -   A estas alturas en las que los contornos de las certezas absolutas vuelven difus...