martes, 2 de junio de 2026

Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una oración compasiva y misionera - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús recorre las ciudades y aldeas de Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando la Buena Nueva del Reino y atendiendo a los enfermos que encuentra (cf. Mt 9,35).

 

Su mirada llena de amor se posa en las personas que le siguen, le escuchan y le piden que las cure de sus dolencias: «al ver a las multitudes siente compasión», es decir, asume el sentir profundo de Dios (cf. Ex 34,6), sus entrañas de misericordia ante las situaciones de debilidad y miseria en las que se encuentran los hombres.

 

Aquí, en particular, el motivo de la conmoción de Jesús consiste en ver a las multitudes «cansadas y exhaustas, como ovejas sin pastor».

 

Si Moisés, movido a la compasión, había pedido a Dios que pusiera al frente de los hijos de Israel después de él «un hombre que los precediera, para que la comunidad del Señor no fuera un rebaño sin pastor» (cf. Núm 27,16-17), aquí Jesús transforma su propio estremecimiento interior, ante todo, en una constatación: «La mies es mucha, pero los obreros son pocos».

 

Él compara a la multitud con un campo de trigo listo para la siega, imagen del día del juicio, cuando Dios recogerá a los suyos en el granero (cf. Mt 3,12): es un campo inabarcable, porque muy extensa es la dispersión de los hijos de Dios, a quienes Jesús ha venido a reunir en unidad (cf. Jn 11,52)…

 

Luego, sin ceder a la tentación del desánimo, ordena a sus discípulos: «Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». La mies pertenece a Dios y solo a Él le corresponde la iniciativa de la cosecha, pero los discípulos deben orar para que Dios envíe obreros que cumplan su voluntad.

 

Y la misión posterior de los Doce —tantos como las tribus de Israel— aparece implícitamente como el resultado de esa oración.


Conocemos bien el acontecimiento del envío de los apóstoles por parte de Jesús «a las ovejas perdidas de la casa de Israel», primicia del envío pospascual a todas las naciones (cf. Mt 28,19-20): su misión consiste en anunciar que en Jesús el Reino se ha hecho muy cercano y en usar el poder que se les ha conferido para arrebatar terreno a Satanás. En una palabra, en vivir como su Señor y Maestro, y en hacerlo con extrema gratuidad: «Gratis lo recibisteis, gratis dadlo».

 

Pero esta página evangélica nos invita a detenernos sobre todo en el hecho de que, en el momento del envío a la misión, la primera orden es la oración. ¿Pero por qué suplicar a Dios por lo que le concierne a Él? ¿Por qué pedir algo por Él?

 

Aquí se esconde el gran misterio de la oración.

 

Es cierto que Dios, como Jesús, ve a las ovejas sin pastor, ve las necesidades de la humanidad y de la Iglesia: pero Él quiere que oremos, porque nosotros lo necesitamos. El mismo Jesús pidió a los discípulos que pidieran lo esencial, es decir, el Reino de Dios, prometiendo que todas las demás cosas les serían dadas por añadidura (cf. Mt 6,33); pues bien, ¡es precisamente en el misterio de la venida del Reino donde se sitúa también la oración por el envío de obreros a la mies de Dios!

 

No es casualidad que en el «Padre nuestro» las primeras peticiones que hace el discípulo sean las que se refieren a la santificación del Nombre, la venida del Reino y el cumplimiento de la voluntad de Dios (cf. Mt 6,9-10).

 

Orar para que el Señor llame y envíe es, por tanto, una concreción de estas peticiones: para que sea santificado el Nombre y venga el Reino, es necesario que se cumpla la voluntad de vida y de amor de Dios para todos sus hijos dispersos y sin pastor…

 

En verdad, no hay misión auténtica que no vaya precedida de la oración, del deseo orante de la Iglesia de que el Señor haga oír su voz y, en su plena libertad, llame a hombres y mujeres.

 

Orar por las vocaciones significa, por tanto, confesar que no es el individuo quien elige, no es la Iglesia quien llama en función de sus propias necesidades, ni mucho menos son los cálculos mundanos los que suscitan las vocaciones.

 

No, toda vocación cristiana es vocación desde lo alto, del Padre, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo: la llamada de Dios es más grande que el discernimiento de una necesidad y que el cumplimiento de un servicio; es un don que debe implorarse con perseverancia, en la certeza de que ¡solo Dios sabe quién y qué es necesario para su cosecha!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Una misión que nace de la compasión y de la oración - San Mateo 9, 36-10,8 -

El Evangelio de San Mateo ofrece un resumen de la actividad cotidiana de Jesús: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).

 

Anunciar el Reino y curar a los enfermos, estas son las dos acciones que caracterizan la actividad cotidiana de Jesús en su ministerio itinerante. Palabras y gestos que revelan su persona y que tienen su origen en la compasión.

 

De hecho, es su mirada de compasión la que Mateo pone en primer plano como inicio del episodio: «Al ver a la multitud, sintió compasión por ellos» (Mt 9,36). Y al hacerlo, sitúa a cada lector, también a nosotros ahora, hoy, ante esa mirada.

 

Otras tres veces el Evangelio según San Mateo habla de la compasión de Jesús.

 

En 14,14 siente compasión ante la multitud que le había seguido a pie mientras Él cruzaba el lago de Galilea. Jesús buscaba un lugar apartado para estar a solas tras enterarse de la muerte de Juan el Bautista, pero, al bajar de la barca, queda impresionado por las multitudes, por su tenacidad al seguirlo, por su necesidad que se convierte en búsqueda perseverante, en muda petición de palabra y presencia. Los ve como mendigos sedientos de sentido, del sentido que solo él sabía dar. Y la compasión se convierte en acción terapéutica: «curó a sus enfermos» (Mt 14,14).

 

En 15,32, de nuevo ante la multitud, Jesús siente compasión, es decir, queda profundamente conmovido, pero la compasión para Él nunca se queda en un nivel puramente emocional, sino que se convierte en acción, socorro, ayuda. Jesús se hace eco de la necesidad de las multitudes, que llevaban ya tres días con Él y estaban sin comida. Sentir compasión es también ponerse en el lugar de los demás e intervenir en su favor. Aquí Jesús sale al encuentro de su necesidad y los alimenta repartiendo panes hasta saciarlos.

 

Por último, en 20,34 Jesús siente compasión ante dos ciegos y los cura.

 

Traducimos con el término compasión lo que literalmente indica el desgarramiento del corazón, una laceración visceral, el hecho de sentirse conmovido en lo más profundo del ser por la percepción de la pobreza y el sufrimiento del otro.

 

Y en este relato Jesús ve a la gente y percibe su cansancio y agotamiento. Los verbos utilizados están en pasivo e indican una condición sufrida, que postra, agota, abate. Pero esta mirada no es en absoluto de lástima, sino una mirada que ve la angustia de las multitudes con la mirada de Dios.

 

San Mateo expresa esto mediante una referencia al Antiguo Testamento. Su postración se debe a su condición de ser como un rebaño sin pastor, por lo tanto, extraviado, sin dirección, perdido. La expresión se refiere al pueblo de Israel en Números 27,17, en 1 Reyes 22,17 y en 2 Crónicas 18,16.

 

Por lo tanto, la mirada compasiva de Jesús es también una traducción de la mirada divina que ve el abandono humano y se deja conmover por él. El verdadero pastor no es indiferente al dolor y a las necesidades del rebaño.


Si los hijos de Israel se le aparecen a Jesús como ovejas descarriadas (Mt 9,36; 10,6), también le parecen un campo de trigo listo para la siega (cf. Mt 9,37-38): la espera mesiánica de Israel ha llegado ya a su madurez, se necesitan obreros que anuncien el Evangelio del Reino.


 

Y Jesús pide a los discípulos que recen para que Dios envíe obreros a la siega. Ante la inmensidad de la tarea («la mies es mucha»), Jesús no se desanima ni se queja, sino que pide oración, y Él mismo confía a los Doce la tarea de anunciar la cercanía del Reino con su presencia, palabra y acción. La misión, que es la continuación de la acción de Jesús en la historia, nace de la compasión y de la oración.

 

Y si los discípulos son enviados a anunciar el Reino y a curar a los enfermos (Mt 10,7-8), es decir, a continuar la actividad de Jesús, también deberán orar a Dios, «el señor de la mies», para que envíe obreros a su mies.

 

Esta última indicación significa reconocer que la vocación cristiana proviene del Padre, de Dios, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo, y se caracteriza por el anuncio y el testimonio del Reino y de sus exigencias, así como por el cuidado compasivo de los seres humanos.

 

La vocación no nace del análisis de la realidad de una necesidad en la Iglesia o en la sociedad a la que uno se dispone a responder, sino de la voluntad de Dios a la que uno se abre gracias a la oración.

 

Una comunidad cristiana que haya comprendido la necesidad de la oración y la viva, es una comunidad en la que las exigencias radicales de la vocación cristiana y la voluntad de Dios resuenan con vigor y pueden encontrar hombres y mujeres dispuestos a acogerlas.

 

Como primicia de estos obreros «enviados» (Mt 10,2), he aquí que Jesús llama a sí «a sus doce discípulos» y les confiere poder para curar y sanar a los enfermos y para hacer retroceder y derrotar a las potencias del mal. Y San Mateo sitúa aquí la lista de los Doce y sus nombres.

 

La lista de los Doce revela el rostro concreto de una comunidad real: personalidades fuertes que han dejado huella (Pedro y Andrés, Santiago y Juan) y figuras desdibujadas de las que apenas se ha conservado el nombre (Tadeo) y de las que no sabemos nada.

 

Y se evoca con discreción el camino que muchos tuvieron que recorrer para constituir la comunidad de Jesús: Simón, que se convirtió en Pedro; las dos parejas de hermanos llamadas a transformar sus lazos de sangre en relaciones determinadas por el cumplimiento de la voluntad del Padre (cf. Mt 12,50; 20,20-23); Mateo, que de recaudador de impuestos se convirtió en discípulo y apóstol; Simón el cananeo, es decir, con un pasado de zelota, de resistente armado antirromano. Por último, se menciona a Judas, aquel que traicionó a Jesús.

 

Como toda comunidad cristiana, también la comunidad de Jesús conoce glorias y alegrías, pero también miserias e infidelidades, y está atravesada por acontecimientos dolorosos y trágicos (cf. Mt 27,5).

 

La misión a la que son enviados los Doce consiste en hacer retroceder el mal, en hacer el bien como lo hizo su Señor Jesús, y en predicar el Reino anunciado por Jesús en su persona. Se sitúa entre el don y la responsabilidad: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

 

La misión se evoca en su totalidad no como un hacer, sino como un recibir y un dar. Nos encontramos ante un proceso de transmisión: de Dios a Jesús, de Jesús a los discípulos, de los discípulos a toda la humanidad. Siempre bajo el signo de la gratuidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -.

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Levi, el publicano, ha renacido; ahora se ha convertido en el apóstol Mateo. Ha visto en la mirada del Nazareno, huésped de Pedro y Andrés, la posibilidad de una vida diferente, libre, nueva. La misericordia lo ha convertido; solo la misericordia que vio en lo más profundo de la mirada serena del Rabí Jesús lo ha transformado.


Se ha descubierto amado como nosotros, como yo.

 

Han pasado treinta años desde aquel encuentro, y la pluma aún se demora en escribir, interrumpida a ratos por la emoción que me oprime la garganta. La misericordia era el tesoro escondido en el campo que Leví, al fin, ha encontrado.

 

No fue el único en vivir esta experiencia: nos cuenta que Jesús tenía exactamente la misma mirada hacia cada hombre, hacia toda la multitud. El amor que Dios sentía por la humanidad era conmovedor e incontenible.

 

Es conmovedor e incontenible. 

 

Jesús ve en lo más profundo a las personas que tiene delante, conoce la infinita necesidad de sentido y de felicidad que habita en nuestro corazón, conoce el inmenso esfuerzo que hacemos por dar respuesta a la inquietud.

 

Venderíamos el alma por ser amados, daríamos un brazo por saber —por fin— qué es lo que realmente puede colmar de forma duradera nuestra necesidad de felicidad.

 

Esta búsqueda apasionada es lo que nos hace similares, lo que une a todos los hombres, en todos los tiempos. Jesús ve que estamos desorientados, como ovejas sin pastor, porque no tenemos en nosotros mismos las respuestas a todas las preguntas.

 

Peor aún: en esta época delirante y frágil en la que estamos llamados a vivir, la felicidad se vende a un alto precio y nosotros, desorientados, acabamos siguiendo la idea más seductora, más brillante, que parece satisfacer esa profunda necesidad de bien y de verdad que habita en nuestro corazón.

 

Jesús se conmueve porque nos ve esforzarnos más de lo debido.

 

Quién sabe: tal vez incluso Dios se lo replantee: este no era su proyecto cuando, al crearnos, nos hizo libres. Porque la libertad es un don difícil de manejar, superior a nuestras fuerzas, y cedemos de buen grado al encantador de turno, nos dejamos engañar, cedemos a la catequesis del mundo.

 

Somos verdaderamente ovejas sin pastor. Y así nos ve el Maestro, conmovido.

 

Porque el nuestro es un Dios feliz que nos quiere felices, no está enfadado con nosotros, y en Jesús nos señala un camino.


Como de costumbre, Jesús nos desconcierta: la página termina de la manera más inesperada e increíble.

 

Todos esperaríamos: Jesús se conmueve y, por tanto, se propone como el Buen Pastor.

 

Ni mucho menos: Jesús se conmueve e inventa la Iglesia.

 

Lo sé, lo sé, la gran mayoría de vosotros tiene una experiencia de Iglesia pobre y contradictoria, se ha topado duramente con el rostro incoherente y severo de algún católico más devoto que Dios.

 

Jesús piensa en una compañía, en una búsqueda común, en un sueño hecho realidad: hombres y mujeres, sus discípulos, capaces, juntos, de buscar sentido y plenitud, medida y alegría.

 

Él es el Pastor que nos guía a pastos verdes, pero juntos podemos experimentar lo que es un rebaño, una comunidad.

 

No es fácil comprender y amar a la Iglesia. Demasiadas fragilidades, demasiados contra-testimonios, demasiadas personas que se dicen creyentes y que viven sin siquiera ser plenamente hombres y mujeres, demasiadas incoherencias, demasiados errores en la historia como para no ser recelosos cuando se habla de la Iglesia.

 

Jesús elige a doce personas para empezar a construir el Reino, doce que estén con él, para que luego sean capaces de conducir a los pastos verdes a los que ellos mismos serán conducidos primero. Y, sin embargo. 

 

¡A nadie se le ocurriría reunir a doce personas tan radicalmente diferentes para llevar a cabo un proyecto! Pescadores acostumbrados a la concreción y la rudeza junto a administradores y Juan; tradicionalistas junto a publicanos, pecadores públicos, violentos, dispuestos a matar al invasor romano. En este grupo está todo Israel, toda la humanidad en su viva diversidad. La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, diferentes entre sí en todo pero unidos en la experiencia y en el deseo del amor del Maestro, llamados a anunciar el Evangelio con sencillez y verdad.

 

Esta es, en el sueño de Dios, la Iglesia.

 

¡Paradoja de Dios!

 

A la humanidad herida y frágil que necesita una guía, Jesús le propone un pedazo de humanidad, igualmente frágil y herida, transfigurada por el Amor. 

 

La misión de los doce es desconcertante: deben dirigirse a las ovejas perdidas de Israel.

 

Una invitación actual y urgente: la Iglesia necesita testigos que la conduzcan de nuevo al redil del Padre. Los primeros destinatarios del anuncio del Evangelio somos precisamente nosotros, los cristianos.

 

Demasiado católicos para convertirnos en discípulos, demasiado convencidos de saber lo suficiente como para escuchar el Evangelio, demasiado llenos de cristianismo sociocultural como para creer que —¡en serio!— la Iglesia tiene que ver con Dios. Somos precisamente nosotros, los cristianos del tercer milenio, en nuestras sociedades que reconocen un campanario e ignoran las parábolas, que aprecian los ornamentos e ignoran la interioridad, que celebran las fiestas olvidando al homenajeado, los llamados a recibir —una y otra vez— la buena nueva de un Dios que se hace cercano.

 

¡Por favor, no pensemos a quién anunciar el Evangelio esta semana: comencemos por acogerlos nosotros mismos!

 

Me esfuerzo en amar a la Iglesia. En amar este loco sueño de Dios que estoy llamado a vivir; entendámonos bien: no ese garabato de iglesia que tantas veces pintan los medios de comunicación y que cultivan nuestras tibias pertenencias.

 

No: la Iglesia como comunidad de perdonados e hijos, no de insoportables perfectos, de diferentes que buscan al Uno, de compañeros de viaje llamados a hacer presente al Pastor en sus gestos continuamente por reformar.

 

Es de esta comunidad de locos de quien he recibido todo el Evangelio del Maestro.

 

Sí, lo prefiero así: la pobreza y el escándalo de la Encarnación es también esto: Dios elige que le anuncien personas inconstantes y dudosas como nosotros, como yo. Su genialidad y su visión de futuro residen todas en esta increíble voluntad suya de enseñarnos a hacernos cargo unos de otros, a convertirnos aquí, hoy, en la sonrisa de Dios para el hermano.

 

Esta es la Iglesia que construiremos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Trabajadores del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas.

 

Todo lo que sigue surge de la compasión, un término de una fuerza y una intensidad infinitas: el Maestro siente dolor por el dolor del mundo, el gran dolor del hombre. Jesús es la compasión, el llanto de Dios hecho carne. Llorar es amar con los ojos.

 

La mies es mucha...

 

Lo que su mirada contempla no es el interminable campamento humano donde ha plantado su tienda, sino que ve muchas cosechas de dolor, muchas cosechas de miedos y rebaños de ovejas agotadas porque no tienen pastor.

 

Su respuesta es un dolor que le sacude las entrañas. Y llama a los doce y se lo confía a ellos: deberán preservar, custodiar, salvar la compasión, el con-padecer, el menos edulcorado de los sentimientos. Salvarlo y sembrarlo en el mundo, a través de seis acciones: predicar, sanar, resucitar, curar, liberar y dar.

 

La misión es doble: predicar y sanar la vida, o al menos cuidarla. Y la proporción es desequilibrada, uno contra cinco. Cinco obras para sanar, una para narrar. Para proclamar que Dios es así, cuida y sana. Dios está cerca de ti, con amor.

 

Quizás habríamos esperado una respuesta más contundente al dolor de las multitudes, un socorro más eficaz: ¿por qué el Señor socorre la fragilidad del hombre con la fragilidad de otros hombres, en lugar de con su omnipotencia? Porque Él interviene por sus hijos, a través de sus otros hijos. La respuesta de Jesús al sufrimiento del mundo soy yo. «Dios salva a través de las personas» (Romano Guardini).

 

Rogad al Señor de la mies que envíe obreros... y comprendo: envíame a mí, Señor, como obrero de la compasión, recolector de dolor. Envíame a mí como trabajador de la piedad, segador del sufrimiento; envíame a mí, a comer pan de llanto con quien llora, a beber copas de lágrimas con quien sufre, a luchar con todos contra el mal. Envíame a mí, Señor, con manos que sostienen y acarician, con palabras que vendan el corazón.

 

La compasión de Dios rompe el esquema de buenos/malos, merecedores o no. Trazan dos vías por las que ir más allá de los áridos desiertos del paradigma del bueno y el malo: son las manos de la piedad y los labios de la oración, que hacen del amor cristiano lo que debe ser, un amor cada vez menos selectivo.

 

Todo hijo de Dios que ha bebido de la Fuente Amorosa de la vida, merece beber un sorbo de mi pequeño arroyo. «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

 

Escándalo y belleza: Dios no espera ser amado a cambio, pero ama; no espera que le correspondan, pero da. Jesús es la historia de este Dios inédito, pasión de compasión, anuncio de que solo un amor sin condiciones puede generar amantes sin condiciones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Obreros del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Obreros del Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

Jesús, al ver a las multitudes, sintió compasión por ellas.

 

El colofón de un amor infinito y hermoso. Jesús siente dolor por el dolor del mundo. De hecho: «La mies es abundante», pero no por la cantidad de personas, sino porque en el mundo germina una gran cosecha de fatigas, de espigas hinchadas de lágrimas, una mies de miedos como de ovejas que no tienen pastor.

 

En los campos ya es tiempo de cosecha: el trigo ha alcanzado el color del pan. Así, el sufrimiento del hombre ha alcanzado la altura del corazón de Cristo. Y he aquí la respuesta: un sentimiento de compasión, el ministerio de la piedad.

 

Y es este mismo apostolado el que Jesús confía a los discípulos. Los convierte en obreros de una labor que describe con seis verbos: predicad, curad, resucitad, sanad, liberad y dad.

 

En primer lugar está el ministerio de la predicación apostólica, pero inmediatamente unido al ministerio de la piedad divina, y en una proporción desequilibrada, de uno a cinco. La labor en el campo del Señor se expresa en gestos concretos, en cinco obras que muestran cómo «el Reino de los cielos se acerca» a quien tiene el corazón herido, y en una sexta obra que proclama la cercanía de Dios.

 

El discípulo está llamado a ocuparse de la causa de Dios junto con la causa del hombre, a cuidar de rebaños y cosechas, de dolores y alas, de un mundo bárbaro y magnífico.

 

«Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». Inmediatamente interpretamos estas palabras como una invitación a orar por las vocaciones presbiterales.

 

Pero la invitación de Jesús dice mucho más: es ofrecerme a Dios para que me envíe como obrero de la compasión, me envíe como trabajador de la piedad, me envíe con un corazón de carne a comer el pan del llanto con quien llora, a beber el cáliz del sufrimiento con quien sufre, a luchar contra el mal. Que me envíe, con manos que sepan sostener y acariciar, secar lágrimas y transmitir fuerza, y así decir: Dios.

 

La mies es abundante... La mirada positiva del Señor sigue sorprendiendo a nuestro pesimismo: «la mies es escasa, las iglesias están medio vacías, los últimos de Filipinas…».

 

Él ve otra cosa: mucho trigo que crece y madura, ve que la semilla es buena, que la tierra, la estación y el hombre son buenos; la historia asciende —positiva— hacia un verano perfumado de frutos.

 

Dios mira y ve que cada corazón es un terrón de tierra aún apto para dar vida a sus semillas divinas que crecen en nosotros, dulcemente y con tenacidad, como el trigo que madura al sol.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cosechadores de Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -.

Cosechadores de Reino - San Mateo 9, 36-10,8 -

La mies es mucha.

 

Yo, en cambio, creía que los campos de la vida eran áridos y que los tiempos eran malos. Yo habría dicho: hay mucho que arar y trabajar; para cosechar, al final, vale cualquiera. Hay demasiado sudor que mezclar con la semilla, una red que echar durante toda la noche, y tal vez sin pescar nada, como Pedro en el lago.

 

En cambio, Jesús nos sorprende: la cosecha es abundante.

 

Y nos hace comprender que el campo es suyo, que Él siembra, que Él hace crecer el mundo. Hay mucho que recoger porque la tierra es buena; la historia asciende, positiva, hacia un verano perfumado de frutos y no hacia un desierto sangriento.

 

Desde lo alto, Alguien mira y ve que el mundo sigue siendo algo bueno, como en el principio; sigue teniendo fe en la bondad del hombre, incluso en la mía. Cada corazón es un terrón de tierra sembrado de gérmenes divinos: un misterio pasa entre el corazón del individuo y Dios, en el que yo, recolector y pastor, no intervengo, sino que admiro y doy gracias.

 

El Señor busca cosechadores, porque el esfuerzo mayor ya lo ha hecho Otro, Aquel que aún sale a sembrar entre espinos y piedras, en caminos y en buena tierra, con las manos llenas, con el corazón lleno.

 

Pero ¿quién amontonará las cosechas de la paz, de la justicia, de la confianza, de la alegría? Son los discípulos que se convierten en apóstoles.

 

También tú estás llamado a añadir tu nombre a la lista de los doce; cada uno es el decimotercer apóstol, cada uno escribe su quinto evangelio, recibe la misma misión que los doce: anunciad que el reino de Dios está cerca. Decid: Dios está cerca; Dios está con vosotros, con amor.

 

No existe ninguna escuela que enseñe a convertirse en apóstol, porque no son las palabras, por muy bellas que sean, las que cuentan, sino cuánta convicción, cuánta pasión y asombro contienen. ¿Cómo vas a dar testimonio de que Dios está cerca, si tú mismo no lo sientes?

 

Dios no se demuestra, se muestra: con gestos de piedad y compasión: curan, resucitan, sanan, dan... El enviado es pobre: un bastón para apoyar el cansancio, sandalias para ir y seguir yendo. No tiene bolsa ni dinero, pero tiene la paz que ilumina los ojos y la fuerza que sostiene las manos; tiene alas de águila; un par de alas más, un camino hacia el cielo y una palabra capaz de cautivar el corazón.

 

Cada uno, como Jesús, es encrucijada de lo finito y lo infinito, de pies polvorientos y alas de águila. La doble misión del discípulo es: existir para Dios, para sanar la vida. O al menos para cuidar, si no somos capaces de sanar, de rebaños y cosechas, de dolores y alas, de un mundo bárbaro y magnífico. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural.

Magnifica Humanitas: Abrazar el límite creatural

En la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, se entiende por «magnifica» tanto a la humanidad en su conjunto como al hecho de ser humano.

 

«Humanitas» es el término latino que corresponde a aquello que el ser humano necesita para realizarse plenamente, de donde deriva el término «humanismo».

 

La encíclica señala en la IA la causa del «cambio de época» que estamos viviendo, porque condiciona nuestra relación con la realidad como nunca antes había ocurrido.

 

La cuestión no es tanto tecnológica cuanto espiritual: ¿qué nos hace humanos y crea una civilización más justa y libre?

 

De un tiempo a esta parte prolifera aquella religión que anima los proyectos y los objetos de las grandes tecnológicas. Pero una cosa es potenciar al individuo en el dios-Amor. Y otra en el dios-Máquina.

 

En esta última forma no es el Amor lo que lo mueve todo, sino el Poder: tener el dominio total sobre la vida, a través de la mente y el cuerpo artificiales.

 

En este sentido, la IA es el dios con el que unirse, confiándole el juicio, los cuerpos, las elecciones, las fragilidades, las relaciones...

 

Para no cargar con estos pesos, el ser humano tiende desde antiguo a confiar en quien le dice quién ser y qué hacer.

 

Somos animales conscientes, es decir, capaces de infinito en un mundo de cosas finitas; somos animales simbólicos, es decir, capaces de dar sentido a la realidad, de fijarnos metas, de encontrar vida en la vida.

 

Somos magníficos. Pero esta magnificencia no es apreciada, incluso es despreciada, por quienes piensan que lo magnífico no es el hombre, sino la máquina.


El Papa lo llama «síndrome de Babel»: «Hagámonos una ciudad y una torre, dicen los constructores de la torre en el capítulo 11 del Génesis. Fuera de la metáfora, «no recibimos la vida de otro, sino que nos la damos a nosotros mismos».

 

El proyecto de la torre - la altura es símbolo de lo divino - es alternativo al del jardín (Génesis 2), que había sido confiado al hombre para que «lo custodiara y lo cultivara».

 

Cuando el ser humano quiere convertirse en la fuente de la vida, siempre acaba quitándosela a los demás, eliminándolos o dominándolos, porque al no tenerla en sí mismo solo puede extraerla de quienes la tienen (cosas y personas).

 

Al síndrome de Babel se opone el juego del Edén: «cuidar y cultivar», es decir, co-crear el jardín de la vida.

 

Los diseñadores de la IA apuntan al monopolio del conocimiento y la experiencia, para poder venderlos y guiarnos: un dios que da sentido y fines ahorrándonos el esfuerzo de la duda, de la búsqueda, de la libertad, de las relaciones...

 

Pero la historia ya ha demostrado lo que el relato bíblico narra de manera supra-histórica: cuando el ser humano se convierte en Creador, se vuelve Controlador y Explotador, y comienza la guerra (la incomprensión de las lenguas y la dispersión de los pueblos), ámbito en el que la IA se utiliza al máximo de su potencia.

 

Todo dios genera seres a su imagen y semejanza; un dios artificial crea seres humanos artificiales, liberados del esfuerzo que suponen el sentido de la existencia y la libertad.

 

El ser humano busca a Dios porque no posee el secreto de la vida; la encuentra como un don, pero con fecha de caducidad, y entonces quiere más, pero, al ser limitado, no sabe cómo conseguirlo.


Si esta «carencia» no lo abre a la relación con un Dios-Vida, entonces busca sustitutos: ídolos, palabra que significa «pequeña imagen», un dios todo mío.

 

A diferencia del Dios bíblico del que no se puede hacer imagen, precisamente porque significaría querer poseerlo y controlarlo, el ídolo es «la parte» que el hombre decide ver, vivir y adorar como «el todo».

 

No pocos seres humanos sacrifican su propia vida y la de los demás a ídolos de Poder (dinero, éxito, posesión, ideologías...), porque un ser dotado de un deseo infinito quiere el infinito.

 

Pero luego llega el amargo despertar: he sido esclavo, no he amado,... El poder da la embriaguez del control sobre la vida, la ilusión de tener la vida en sí mismo.

 

Estas son estructuras existenciales perennes que los mitos, y también la Biblia, destilan con sabiduría simbólica.

 

El ídolo es el artefacto en cuyo interior se intenta “encerrar”, hacer que “resida” Dios, disponiendo de alguna manera de toda la existencia. El ídolo es el antídoto que todos buscamos para calmar el miedo a vivir y a morir.

 

Al condenar la idolatría, el Dios bíblico, más que defenderse a sí mismo como Creador, defiende la justicia misma de la creación llamando al ser humano a su responsabilidad, a su dignidad de único: no te confundas, no te consumas, no poseas para no ser poseído por nada ni por nadie, salvaguarda tu diferencia y, a través de ella y con ella, cultiva y custodia todas las diferencias de la creación.

 

El Dios de la Vida no «sacrifica» sino que «magnifica», es decir, «hace grandes»; nos quiere, a todos y a cada uno, hijos maduros y hermanos unidos: «En verdad os digo: quien cree en mí hará las obras que yo hago y las hará aún mayores», dice Jesús (Jn 14, 12).


De hecho, el humanismo cristiano tiene su centro en el Dios que se hace hombre y revela que lo humano es magnífico incluso en sus límites (el Hijo nace, crece, llora, trabaja, suda, come, duerme, muere), y resucita con todas sus heridas: el límite no se elimina, sino que es camino de salvación.

 

La IA es el artefacto que, gracias a su potencia, nos ayudará a resolver muchísimos problemas, pero que puede engañarnos haciéndonos creer que no tenemos límites, que nos salvará sin heridas, como explica la encíclica: 

«Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que ‘la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios’» (n. 118). 

En esta línea, te invito a que leas en la encíclica las no pocas, ni poco importantes, alusiones que el Papa León XIV hace al concepto y realidad del “límite” (por ejemplo los números 12, 116-117, 119-122,127).

 

Uno puede explorar el límite como lugar de la magnificencia del ser humano: una paradoja que transforma la carencia en apertura y que no ve en el límite una privación ni una culpa, como ocurre tantas veces hoy en día. Porque la carencia es apertura a la búsqueda (descubrimiento), a la invención (creatividad) y al amor (relaciones).

 

Eliminar el límite significa perder nuestra magnificencia. Si no fuéramos frágiles no buscaríamos el sentido de esta misteriosa y magnífica existencia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 30 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: Por qué es necesaria una reflexión moral.

Magnifica Humanitas: Por qué es necesaria una reflexión moral

«Magnifica Humanitas» reconstruye toda la historia intelectual de la Doctrina Social de la Iglesia, que se ha desarrollado a lo largo de sucesivas encíclicas hasta la actualidad.

Aunque el tema de la Inteligencia Artificial figura en el título oficial, los 245 párrafos del texto abarcan muchas otras cuestiones: desde el trabajo, la escuela y la educación, hasta el multilateralismo, la cuestión crucial de la paz y la guerra, y la condición humana en su conjunto en el tiempo presente.

 

La encíclica se presenta como un largo ensayo de antropología filosófica y de filosofía moral, arraigadas en la teología cristiana. Por eso se enfrenta a las antropologías emergentes, en particular al transhumanismo, al poshumanismo, al aceleracionismo...

 

La esperanza del «Magnificat» no puede confundirse, desde luego, con la de filosofías obsesionadas con la superación de todo límite y con la ideología de la inmortalidad inminente. 

«Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un “limite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. Una visión de la realidad a la luz de la fe ayuda a reconocer lo que llamamos “contingencia” de las cosas de este mundo. Si por un lado es necesario tratar de eliminar el sufrimiento que marca la vida humana, por el otro, es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva, sabiendo que ‘la experiencia religiosa, en particular la fe cristiana, proponen habitar sin simplificaciones esta ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano, interpretándola a la luz de la relación originaria y fundante con Dios’» (MH 118). 

La «magnifica humanitas» y la «dignitas infinita» deben interpretarse en el contexto de la «humana fragilitas».


Es esta humanidad la que se enfrenta a la elección decisiva: si erigir una nueva Torre de Babel o construir una ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Aquí resuena el agustinismo perenne del «De civitate Dei».

 

Una nueva Torre de Babel es una posibilidad concreta, porque «nunca la humanidad ha tenido tanto poder sobre sí misma». Y estas son las «res novae» de nuestro tiempo. La empresa parece imponente, continúa el texto: «una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección». Es el triunfo de lo que ya el Papa Francisco había llamado «el paradigma tecnocrático». Hoy adquiere un carácter predominantemente privado. Los principales motores del desarrollo «son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de intervención superiores a los de muchos gobiernos».

 

La otra posibilidad que se presenta ante la humanidad es la que puso en práctica el profeta hebreo Nehemías, consejero del rey persa Artajerxes. En el siglo V a. C. organizó el regreso de una parte de la población hebrea a Jerusalén, que había sido destruida por los babilonios y había caído en ruinas. Nehemías dirigió la reconstrucción de las murallas: «a cada familia su tramo de muralla que construir».

 

La encíclica cita sorprendentemente a J.R.R. Tolkien, cuando pone en boca de Gandalf la siguiente descripción del principio de responsabilidad:

 

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer  lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal de los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza» (MH 213).

 

Si esto es el hombre, si el hombre tiene dignidad ontológica por el mero hecho de existir y no por sus habilidades o por su patrimonio cognitivo, la tarea fundamental de todos, incluida la Iglesia, es «la custodia de lo humano». En esta perspectiva, que se convierte en un desafío, hay que considerar la llegada de la Inteligencia Artificial.


Los Dicasterios para la Doctrina de la Fe y para la Cultura y la Educación ya habían escrito sobre ello el 14 de enero de 2025 en «Antiqua et Nova». En resumen: la IA es un cálculo estadístico, no es una persona. Pero no es neutral. Ya está implicada en todos los proyectos humanos y refleja sus ambiciones e intereses. Pero puede influir profundamente en las personas.

 

La custodia de lo humano implica, en primer lugar, la búsqueda confiada de la verdad, que el paradigma tecnocrático puede construir fácilmente pero según sus propios intereses de poder.

 

En cuanto al orden geopolítico, la encíclica invita a «cultivar un sano realismo», que evite tanto el idealismo político —que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos a la medida de sus propias convicciones— como el cinismo, que, dado que la fuerza prevalece, teoriza que esta debe dominar.

 

«El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible obtener y con qué pasos» (MH 218).

 

Esta es, por tanto, «la obra de nuestro tiempo». A cada uno de nosotros le corresponde construir un trozo del muro de la nueva Jerusalén.

 

Sí, algunos dirán, de hecho ya lo han dicho, que se trata de un sermón moral… Pero seguramente necesitamos una reflexión moral. Y ésta es una razón suficiente por la que esta encíclica es necesaria. Y es bienvenida. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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