domingo, 27 de abril de 2025

Pensar la vida eterna.

Pensar la vida eterna


Pascal escribió a mediados del siglo XVII: «Al final nos echan un poco de tierra sobre la cabeza y ahí quedamos arreglados para siempre». Así expresaba el gran matemático y filósofo francés, ferviente cristiano, el sentimiento del mundo ante la muerte. Al papa Francisco no le echaron la tierra directamente sobre la cabeza, sino sobre el ataúd, pero, en lo que atañe a lo que atestiguan los sentidos, la sustancia no cambia: «arreglado para siempre».

 

Sin embargo, las religiones, y también algunas filosofías (entre las que destacan las originadas en la corriente de Pitágoras, Sócrates y Platón), anuncian otra cosa: que el alma es inmortal y, si se encuentra justa, entra en la vida eterna.

 

A finales de la Edad Media, en 1336, el papa Benedicto XII publicó una constitución dogmática (es decir, el documento papal de mayor valor doctrinal, muy superior a la encíclica) titulada Benedictus Deus, de la que escribió que sería «in perpetuum valitura», «válida para siempre».

 

En ella, en contra del Papa anterior, Juan XXII, que había pospuesto la visión beatífica hasta después de la resurrección de la carne, reservando mientras tanto a las almas un letargo similar a la muerte, Benedicto XII establece que la visión beatífica para las almas de los justos tiene lugar «mox post mortem», «inmediatamente después de la muerte».

 

Antes, naturalmente, tiene lugar el juicio emitido por el principio primero y último del mundo, comúnmente denominado «Dios». Pero, ¿cómo podemos imaginar este «juicio»? ¿Y esta «visión beatífica»?

 

Cuando morimos, cada uno de nosotros lo deja todo: no solo el cuerpo y los bienes terrenales, sino también los afectos, la cultura adquirida, los cargos acumulados y todos los demás logros temporales.

 

Lo mismo le ha ocurrido al Papa Francisco, que, precisamente por eso, ya no es «Papa», ya que su papado era una creación del tiempo y el tiempo ha llegado a su fin para Él, pero ha vuelto a ser simplemente Jorge Mario Bergoglio.

 

Ante la irrupción de la muerte (es decir, de la nada eterna o del ser eterno, pero en cualquier caso «del eterno» como radicalmente distinto del tiempo) según las religiones y algunas filosofías, solo resiste la esencia más pura de la personalidad tal y como se ha configurado a lo largo de la vida: quien ha obrado por el bien ha dado una forma determinada a su interioridad, quien lo ha hecho de otra manera, otra forma.

 

Es lo que la humanidad siempre ha sentido, desde los antiguos egipcios con el mito de la psicostasis o pesaje del alma, que revive en la Edad Media cristiana sustituyendo al dios Osiris por el Arcángel San Miguel.

 

Ahora bien, volviendo al juicio divino, imaginemos que la forma adquirida por la personalidad puede sintetizarse en un holograma, en una especie de «código QR», y que ese código es leído a la velocidad de la luz por el escáner celeste del ojo divino, permitiendo o no la entrada en la vida eterna. He aquí el juicio divino: en menos de una fracción de segundo, el eterno lee a cada ser humano y lo reconoce como suyo, o no.

 

Todo esto para decir que el Papa Francisco, con su funeral de ayer, no tuvo nada que ver. Ni ningún otro ser humano antes que Él ha tenido nunca nada que ver con su propio funeral, porque no es posible ninguna relación entre un acontecimiento temporal y quien ya no es tiempo, sino que ha entrado en la eternidad.

 

El Papa Francisco, por lo tanto, ya no existe: fue una creación de la historia que la propia historia, al final, consumió. Solo existe la individualidad más íntima de Jorge Mario Bergoglio, y es esta individualidad la que el juicio divino ha escaneado mox post mortem, examinando su conformidad con la lógica que preside el devenir del mundo, esa lógica de la armonía relacional ejemplificada de la mejor manera en la parábola de Jesús sobre el juicio universal y que el Evangelio llama «logos», el judaísmo «hochmà», la grecia «sophia», el oriente «dharma» o «tao».

 

Y como fue para Él y para los innumerables seres humanos que le precedieron, así será para cada uno de nosotros, cuando lo eterno nos envuelva en el momento de nuestra muerte. En ese instante, lo único que podrá ser «escanado» será lo que haya resistido el paso del ángel exterminador del tiempo, es decir, solo lo que de nosotros haya adquirido el sabor de lo eterno.

 

Independientemente de si se trata de un papa o un cardenal, un ministro o un presidente, un creyente o un no creyente, la interioridad más secreta de cada individuo está destinada a ser examinada por la lógica del bien, la lógica de Dios.

 

Por supuesto, si el funeral no tuvo sentido para Jorge Mario Bergoglio, sí lo tuvo, y de manera muy relevante, para todos los que aún habitamos la historia. Para los vivos, el sentido de todo funeral consiste en la siguiente triple función:

 

1) manifestación de afecto hacia el difunto;

 

2) consuelo a los familiares;

 

3) rito que reúne a los seres humanos y les permite afrontar la siempre terrible irrupción de la muerte.

 

En lo que respecta al primer punto, el funeral celebrado ayer permitió a los poderosos de la Tierra y a los simples fieles rendir un homenaje público al Papa difunto y constituyó un gran acto de cercanía, afecto y gratitud hacia el Papa Francisco. No por Jorge Mario Bergoglio, en este caso, sino precisamente por el Papa Francisco, es decir, por el cargo institucional que Jorge Mario Bergoglio encarnó en los últimos doce años de su vida tras ser elegido en el cónclave de 2013.

 

En cuanto al segundo punto, es evidente que muy pocas personas están inconsolables por la muerte del Papa Francisco, no hay familiares cuya vida haya sido trágicamente desgarrada por su desaparición, e incluso para los fieles más devotos que besan conmovidos la foto que sostienen en sus manos, la muerte del Papa no es ni remotamente comparable al dolor inconsolable de quien pierde a un hijo o una hija.

 

Sin embargo, permanece la tristeza de muchísimas personas por el hecho de que el Papa Francisco ya no esté entre nosotros, y el funeral de ayer contribuyó sin duda a sublimar esta tristeza. En el fondo, todo funeral responde a la necesidad humana de contar con un rito para poder afrontar el rostro terrible de la vida, como lo demuestra el hecho de que no existe civilización que no tenga ritos funerarios.

 

Creo que se puede afirmar que los tres objetivos que subyacen a la ritualidad funeraria se han cumplido ampliamente ayer.

 

Sin embargo, queda sin respuesta la cuestión de la «visión beatífica», del encuentro del alma con lo eterno. De hecho, es en este posible encuentro donde se juega el sentido de la religión, de toda religión.

 

Al definir la consistencia de la visión beatífica, el Papa Benedicto XII escribió en su constitución dogmática que las almas «ven la esencia divina con una visión intuitiva y, más aún, cara a cara, sin la mediación de ninguna criatura, revelándose a ellas la esencia divina de manera inmediata, descubierta, clara y evidente». Lo que se desprende de estas palabras no parece muy entusiasta, ya que prefigura una especie de «cinema paradiso» interminable con la misma escena repetida hasta el infinito, lo que, si fuera realmente así, constituiría una especie de prisión dorada del alma individual privada de libertad y creatividad.

 

No, se necesitan otras imágenes y otras metáforas, se necesita menos dogma y más poesía para prefigurar, aunque sea remotamente, el contenido de la vida eterna.

 

Es una lástima que el Papa Francisco haya dedicado su imaginación creativa más a la dimensión horizontal de la fe y menos a la vertical (así lo afirma el cardenal Ravasi: «Francisco ha hablado poco de la trascendencia, su palabra ha descendido a las plazas, a las periferias, en sintonía y simpatía con el mundo»), porque precisamente el mundo actual no solo necesita solidaridad humana, sino también recuperar la gramática adecuada para poder volver a leer el misterio del que procedemos y en el que estamos destinados a confluir.

 

Es más, mientras que la solidaridad puede ser practicada con la misma pasión incluso por los no creyentes, solo los creyentes pueden redescubrir cómo pensar hoy la vida eterna.

 

Un punto de partida para hacerlo son, en mi opinión, estas palabras de Wittgenstein: «La solución del enigma de la vida en el espacio y en el tiempo está más allá del espacio y del tiempo». El filósofo escribió en cursiva «más allá» para subrayar su importancia decisiva. Ese «más allá» en el que ahora vive y se regocija la gran alma del que fue Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Un diálogo personal con la muerte - "Ein deutsches Requiem" de Johannes Brahms -,

Un diálogo personal con la muerte - Ein deutsches Requiem de Johannes Brahms -

 


10 de abril de 1868. Viernes Santo. La Catedral dedicada a San Pedro, en el centro de Bremen, está en penumbra. Algunos rayos de luz iluminan las bóvedas de una estructura que alterna el estilo románico y gótico, testigo de la turbulenta época de la Reforma protestante.

 

Johannes Brahms tiene casi treinta y cinco años. Los últimos quince los ha pasado escribiendo Ein deutsches Requiem, que en pocos minutos verá su estreno oficial. Las bóvedas tardogóticas protegen y amplifican la desconcertante belleza que está a punto de abatirse sobre el numeroso público presente. Al disiparse la última nota, el aplauso es unánime, fuerte.

 

El joven Johannes Brahms, quizá enfrentado a su primera obra importante, es llamado varias veces al escenario. Esta vez, el público lo ha entendido. Solo un año antes, el compositor alemán había presentado al público su Réquiem en una versión muy reducida, limitada a los tres primeros movimientos. Un desastre causado también por una pésima ejecución. El fracaso, aunque estrepitoso, no frenó el deseo de que esta partitura pudiera alcanzar su plenitud y pleno reconocimiento.

 

Johannes Brahms continuó con el trabajo añadiendo otros movimientos (que serían siete al año siguiente). Karl Reinthaler, maestro de capilla de la catedral de Bremen, había captado su importancia. Esa música escrita por un treintañero semidesconocido tenía las marcas de la excepcionalidad, una madurez técnica y expresiva de la que pocos podían presumir. Así lo confirmó el público presente aquel lejano viernes de hace más de ciento cincuenta años y, en pocas semanas (gracias a la rápida realización de la edición impresa por Rieter-Biedermann), también el pueblo alemán; toda Europa coronó a Johannes Brahms entre los grandes de la música.

 

Esa música escrita por un treintañero semidesconocido tenía una madurez técnica y expresiva de la que pocos podían presumir. Tanto en su vida pública como en la profesional, Johannes Brahms buscaba la profundidad, la verdad. Insatisfecho con las respuestas parciales y preestablecidas, aburrido del hombre estático, carente de preguntas y engreído de sus certezas. Esto explica sus pocas pero muy queridas amistades.

 

En el campo de las siete notas, siente un deseo irrefrenable de profundizar. Estudia la polifonía del pasado, la renacentista de Palestrina, Lasso, Bach; el estudio obsesivo del contrapunto -que utilizará como un veterano en su Requiem- a lo largo de toda su vida, sintiéndose siempre deficiente en lo que respecta a la música. A ella dedica su existencia, rechazando cualquier relación afectiva estable. La vida es la música: hay que consagrarse a ella sin condiciones.

 

Todo un sacerdote que deambula por las calles con barba espesa, aspecto desaliñado pero siempre vigilante, y la cabeza inclinada sobre partituras o libros de literatura del pasado y del presente. Bajo esa apariencia se esconde el autor que recogió todas las reivindicaciones del siglo XIX y fue el primero en abrir una brecha en el XX. Lo dicho aclara las razones que subyacen a una gestación tan enorme de la obra.

 

Un trabajo de meditación, reflexiones, presagios que acompañan las fases compositivas no solo del Réquiem, sino de muchas de sus obras. Las primeras intuiciones en 1854. El primer borrador en 1856. Pero serán dos acontecimientos luctuosos los que convencerán definitivamente al compositor de abordar un tema, el del destino del hombre, que compositores como Giuseppe Verdi o Wolfgang Amadeus Mozart abordaron en plena madurez o en el momento de la muerte: la muerte de Robert Schumann, mentor y amigo, que le transmitió el espíritu romántico, y, pocos años después, la desaparición de su madre, a quien está dedicado el quinto movimiento de la obra -Ihr habt nun Traurigkeit para soprano y coro-.

 

Estas dos muertes le recuerdan una gran responsabilidad, introduciendo una larga reflexión sobre el ser humano, la vida y la caducidad de las cosas. Joahnnes Brahms ya había compuesto mucha música para orquesta y piano pero el Réquiem es la síntesis de su primer periodo de formación, marcado por maestros poco conocidos, mucho estudio, una familia de origen humilde (su padre era un músico de escasa fama) y muchas experiencias también con la música «ligera», tocando en tabernas y locales públicos.

 

Será en la silenciosa quietud del Zürichberg, en una habitación con una vista infinita de las montañas, donde nacerá el texto del Réquiem alemán. Aquí reside la primera novedad. Joahnnes Brahms decide crear él mismo las palabras que acompañarán a la música. Una elección obligada por las necesidades expresivas que lo guían. Esta decisión acerca la obra al gran oratorio romántico, si no fuera por la falta de la dimensión narrativa y, por tanto, de la acción dramática. Johannes Brahms también se inspira en las obras corales románticas de Haydn y Beethoven, con la única diferencia de que da mayor importancia a las voces masculinas.

 

En el Réquiem alemán, la palabra tiene un papel decisivo. Influye en la música y da forma a la obra, a veces creándola, otras deshaciéndola. El texto está compuesto por pasajes de la Biblia luterana (Tradición sapiencial y Salmos del Antiguo Testamento, Evangelios, Cartas apostólicas y Apocalipsis) -muy bonitos de releer-, con el fin de dotar a cada movimiento de densidad poética y un significado preciso.

 

Yo creo que el texto ha influido en la música. Es una idea muy personal. Cualquiera que componga seriamente para voces no puede dejar en segundo plano el contenido. Por otra parte, los grandes compositores tienen en cuenta la palabra. Es lo único que distingue al canto. Las partes instrumentales no pueden moverse sin esta atención.

 

Johannes Brahms quiere que el Réquiem sea más personal que confesional. De hecho el propio compositor propuso eliminar la palabra «alemán» e insertar «humano». Hasta tal punto es así que desde la primera hasta la última línea no aparece ninguna referencia explícita a la muerte y resurrección de Cristo. En las elecciones del autor se excluyen las palabras «condena» e «infierno». Dios vence a la muerte.

 

Es notable el concepto de bienaventuranza: en el primer canto, el coro canta Selig sind, die Leid tragen, Bienaventurados los afligidos y en el séptimo se dice: Selig sind die Toten, die in dem Herrn sterben von nun an, Bienaventurados los muertos que de ahora en adelnate muerren en el Señor. Hay una esperanza de poder habitar la casa del Señor. Todo ello en un clima de dilatación y dulzura que se alternan con secciones de carácter grandilocuente.

 

Sí, ésta es una obra sobre la esperanza, pero también sobre la certeza de que el más allá es algo hermoso. Es una pieza que reconforta, que te da la idea de que hay Alguien ahí esperándote. Johannes Brahms se sitúa evidentemente en la dimensión protestante. Para un católico, esto podría no ser un Réquiem.

 

Yo todavía recuerdo mi extrañeza y las grandes dificultades que tuve cuando me acerqué por primera vez a esta música. Acceder a su significado profundo no es fácil y requiere un enorme trabajo de análisis de los textos escogidos, de la música que acompaña y de todo el contexto humano en el que estaba inmerso Johannes Brahms.

 

El resultado es un fresco coral de gran intensidad expresiva, una obra monumental por la orquestación y la disposición de las partes vocales, compuesta por siete cuadros gigantescos en los que resuenan las notas del Begräbnisgesang op. 13 -Canto fúnebre-, y de la Cantata Rinaldo op. 50.

 

La reflexión sencilla y sincera que Johannes Brahms hace sobre la contradicción de la vida humana le lleva a alcanzar una grandeza de pensamiento musical nunca antes escuchada. Esta pieza es un punto de llegada. Podrías detenerte aquí. En el Réquiem alemán se exploran todas las posibilidades de un coro. Están ahí para ser interpretadas. Están todas las fórmulas técnicas y expresivas. Desde el pianissimo extremo al fortissimo, desde el legato al staccato. Es una obra que, desde el punto de vista técnico, es lo más sublime que puede existir. Sí, es un punto de llegada para un larguísimo trabajo de meditación, reflexiones y presentimientos que se vehiculan en las fases compositivas de la obra

 

La obra prevé, junto con la orquesta, la participación de una soprano y un barítono -que cantan como solistas en el tercer, quinto y sexto movimiento- y del coro, utilizado al estilo griego y presente en todos los números. La partitura es un conjunto de armonías no estáticas –son frecuentes las modulaciones a tonos lejanos- que se mueven dinámicamente. Así se alternan momentos sombríos con explosiones vehementes de luz -como el fugato del tercer y sexto tema-.

 

Al escuchar esta música impresiona la recuperación de estilos barrocos (utiliza la fuga y el rondó de una manera muy original), las citas extraídas de La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach y el Liederkreis op. 39 de su querido amigo Robert Schumann.

 

La orquesta está muy presente. Dialoga con el coro, intercambiando temas -por ejemplo el final del primer tema-; sostiene y exalta su significado -como en el sexto tema, cuando se canta «Tod, wo ist dein Stachel? Muerte ¿dónde está tu victoria? Holle, wo ist dein Sieg? Infierno, ¿dónde está tu triunfo?»-. Una música compleja, misteriosa, no fácilmente accesible para todos los oídos y de difícil desciframiento.

 

La música de Johanne Brahms es un grito consciente a esta inmensa dignidad del hombre, este anhelo hacia lo grande. ¿Qué sería la vida del hombre sin esta hipótesis? Su seriedad con respecto a esta pregunta es desarmante. Este es el acento que hace del Réquiem alemán la celebración de un dolor profundamente caracterizado por el sentido espiritual y religioso.

 

Él mismo lo atestigua cuando, al enviar a su editor los Cuatro cantos serios sobre textos bíblicos en 1896, y un año antes de su muerte, escribe: «A menudo, en lo más profundo del alma humana se mueve y habla algo de lo que no somos conscientes y que a veces puede encontrar expresión en versos y música».

 

Johannes Brahms, con su música, agudiza la dramática pregunta de qué es el hombre ante Dios. Alfred Einstein definía el Réquiem alemán de Johannes de Brahms como «una de las conversaciones más personales con la muerte». Sí, es una de las conversaciones más personales del hombre con el abismo de su propio corazón: un bienaventurado canto del destino.

 

Tal vez creas que el hilo conductor de las diferentes piezas es sin duda la muerte. Yo te sugiero esta otra clave: la relación entre la breve vida humana y la eternidad. Sí, se trata de la muerte pero de la muerte de aquellos que viven seguros y se afanan en vano por acumular bienes, aquellos que ignoran que nuestra carne es como la hierba y que toda la gloria terrenal se marchita y se seca sin aportar alegría.

 

La alegría verdadera, profunda, eterna, se convierte en el motivo central y entusiasta de la mayoría de los fragmentos, el destino de las almas de los justos que alaban al Señor, que han sido pacientes en sembrar el bien y esperar sus frutos, perseverantes en difundir buenas obras a la espera de alcanzar las dulces moradas de donde resucitarán con júbilo, victoriosos e incorruptos, ¡y ningún tormento podrá tocarlos! 

Te propongo que antes del ejercicio de la audición de cada una de las secciones leas los textos del Réquiem alemán. Puedes hacerlo, también, durante o después de la escucha de cada una de las secciones. Como tú prefieras porque la lectura detenida de los textos es necesaria.

 

Deseo y espero que disfrutes de la escucha de esta obra y de la meditación que te propone sobre el destino. Te dejo una interpretación que no necesita ni presentación ni comentario: https://www.youtube.com/watch?v=bqd556NLoU8

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

I. Selig Sind (Bienaventurados) – coro

 

Los textos se refieren a la condición de los veteranos del exilio babilónico, resaltada en el plano musical por tonos graves, para afirmar inmediatamente después un sentido de consuelo y luminosidad del destino de la bienaventuranza, ¡como un canto de júbilo! 

 Bienaventurados los que padecen,

pues ellos serán consolados.

(Evangelio de San Mateo 5,4) 

Los que siembran con lágrimas,

recogerán con alegría.

Se han ido y lloran,

y portan la noble simiente,

y retornan con júbilo,

y traen sus gavillas.

(Salmo 125,5 y 6) 

II. Den alles fleish (A todos los que) – coro

 

Corta es la vida del hombre en la tierra, pronto se seca como una flor, y toda su gloria es breve. «Pero la palabra del Señor permanece para siempre»: el tono musical de esta frase es particularmente acentuado, para realzar la intensidad del significado, ya que introduce el siguiente salmo de Isaías, con tonos sublimes que anuncian la alegría de los redimidos y el nuevo Israel, símbolo de la Iglesia. 

Entonces toda la carne,

es como la hierba

y todo el esplendor del hombre

es como la flor de los prados.

La hierba está seca

y la flor está marchita.

(Primera Carta de Pedro 1,24) 

Así, amados hermanos, sed pacientes

y esperad la venida del Señor.

Mirad al campesino que aguarda

el fruto precioso de la tierra

y espera paciente

la llegada de la lluvia

del otoño y la primavera.

Así, sed pacientes.

(Carta de Santiago 5,7) 

Entonces toda la carne,

es como la hierba

y todo el esplendor del hombre

es como la flor de los prados.

La hierba está seca

y la flor está marchita.

Pero la palabra del Señor

perdura eternamente.

(Primera Carta de Pedro 1,24-25) 

Los que han de ser salvados

por el Señor retornarán

y vendrán jubilosos hacia Sión;

La alegría, la alegría eterna,

reinará sobre ellos.

La alegría y el gozo

se apoderarán de ellos,

y el dolor y el llanto

desaparecerán.

(Isaías 35,10) 

III. Herr, lehre doch mich (Señor, enséñame) – barítono y coro


La incertidumbre del exilio y del propio destino destila acentos dramáticos al comienzo de la pieza, pero el hombre justo que reflexiona sobre su fragilidad se dirige al Señor y pone su esperanza en Él. «Las almas de los justos están en manos del Señor y ningún tormento las toca». La insistencia en este concepto, repetido en la fuga por todas las secciones del coro, cierra la pieza dejándonos una sensación de júbilo, de victoria y de felicidad alcanzada. 

Revélame, por tanto, Señor,

que mis días deben tener un final,

que mi vida tiene un destino

y que me debo a él.

¡Mira!, en tu presencia, mis días son

como la palma de tu mano,

y mi vida, ante ti,

no es nada. 

¡Ah!,

todos los hombres son apenas nada

y, sin embargo,

viven tan seguros.

Desaparecen como una sombra

y en vano se agitan;

Acumulan riquezas sin saber

a quién aprovecharán.

Y ahora Señor,

¿qué podrá consolarme?

En ti deposito mi esperanza.

(Salmo 38,5-8) 

Las almas de los justos

están en las manos del Señor

y ninguna pena podrá perturbarlas.

(Sabiduría 3,1) 

IV. Wie lieblich sind Deine Wohnungen (¡Qué hermosas son tus moradas!) – coro

 

A través de los tonos suaves de toda la pieza se percibe la aspiración a una condición de felicidad y plenitud infinita, que solo las moradas del Señor pueden conceder, y solo a quienes son conscientes del privilegio de alabar a Dios. 

Qué dulces son tus moradas,

¡Señor de los ejércitos!.

Mi alma se desespera

y suspira

por las cortes celestiales;

Mi cuerpo y mi alma

se alegran del Dios vivo.

Bienaventurados

los que habitan tus moradas,

que te alaban por siempre.

(Salmo 83,2-3.5) 

V. Ihr habt nun Traurigkeit (Ahora estáis tristes) – soprano y coro

 

Se promete un gran consuelo a quienes sufren fatigas y dolores: «Yo os consolaré, como solo una madre puede consolar a su hijo». La evocación de la figura de una madre recorre y suaviza toda la pieza a través de las intervenciones del coro, en diálogo con la soprano solista. 

Ahora estáis afligidos;

Pero yo os volveré a ver,

vuestro corazón se regocijará

y nada podrá privaros

de vuestro gozo.

(San Juan 16,22-23a) 

Os consolaré,

como una madre consuela a su hijo.

(Isaías 66,13) 

Mírame:

Qué escaso tiempo de fatigas

y trabajos he vivido

y he hallado un gran consuelo.

(Eclesiástico 51,27) 

VI. Denn wir haben (Porque tenemos) – barítono y coro

 

A la atmósfera inicial de misterio y búsqueda le sigue la revelación de la verdad: no todos moriremos, sino que los justos resucitarán incorruptos, cuando se cumpla la Palabra que fue escrita. Muy intenso e inspirado es el tono de las Cartas de San Pablo a los Hebreos y a los Corintios, como la frase final tomada del Apocalipsis, subrayada por la énfasis musical de la fuga: «Digno eres de recibir gloria, honor y poder, Señor, porque de la nada creaste todo y con tu voluntad diste a todo esencia y vida». 

Pues no tenemos en la tierra

una morada permanente,

por ello buscamos la del porvenir.

(Carta a los Hebreos 13,14) 

Mirad, que os revelo un secreto:

ciertamente, no moriremos todos,

pero todos seremos transformados;

En un instante,

en un abrir y cerrar de ojos,

a los acordes de la última trompeta.

Puesto que se escuchará la trompeta

y los muertos

resucitarán incorruptos;

Y nosotros seremos transformados.

Entonces se cumplirá lo escrito:

la muerte quedará cautiva

en la victoria.

Muerte,

¿dónde está tu espina?

Infiernos,

¿dónde está vuestra victoria?

(Primera Carta a los Corintios 15,51-52.54-55) 

Señor, Tú eres digno

de recibir alabanza, honor y poder,

porque Tú eres el creador

de todas las cosas,

y por tu voluntad

son y han sido creadas.

(Apocalipsis 4,11) 

VII. Selig sind die Toten (Bienaventurados los muertos) – coro

 

La condición de bienaventuranza remite al inicio del Réquiem, y la perfecta armonía del último tema concluye un recorrido meditativo en busca de una paz a la que toda la humanidad debería aspirar con ahínco. 

Bienaventurados los muertos

que mueren en el Señor.

Sí,

el espíritu dice

que reposa de sus fatigas,

porque sus obras van tras él.

(Apocalipsis 14,13)

Las mujeres: Evangelio de Resurrección.

Las mujeres: Evangelio de Resurrección 

Tras su captura en Getsemaní, «todos le abandonaron y huyeron», afirma Marcos (14,50). 

Las mujeres no huyeron, los discípulos sí, a excepción de Juan, a quien el cuarto Evangelio situará al pie de la cruz junto a María. Lucas permite a Pedro «seguirlo de lejos» (Lc 22,54) y luego tampoco se sabrá nada más de él hasta la resurrección. 

Las mujeres, en cambio, «observaban, razonaban», también ellas «desde lejos» (Mc 15,40). Es como si la distancia, la aparente ausencia, fuera necesaria para juntar las piezas, para comprender, para sondear las profundidades de las Escrituras y encontrar un sentido a la cruz. 

Por primera vez se mencionan los nombres de algunas de ellas, algo poco habitual en Marcos, que solo menciona de pasada a la madre de Jesús. María Magdalena, María madre de Santiago el menor y de José, y Salomé. Quiero recordar vuestros nombres, mujeres del Calvario y de la resurrección, porque no llegasteis allí por casualidad. 

Estabais allí desde el principio. Siguiéndole por los pueblos de Galilea, tratando de tejer un hilo entre tantas sorpresas. 

Sin que nadie os lo ofreciera, os sentabais por la noche a sus pies, escuchando palabras tan nuevas como antiguas. Y luego estaban los enfermos, los atormentados, a quienes llevabais ante Él para que los curara. 

Estabais allí descubriendo las llagas, consolando a los niños, partiendo los panes que crecían desmesuradamente en los pliegues de vuestros manteles, preparándole el camino para que los corazones se convirtieran en oídos llenos de la Palabra. 

Estabais allí, sirviendo (Mc 15,41). Verbo candente, dicho solo de vosotras y del Hijo del Hombre. 

Nadie sospechaba la cruz. En el camino a Jerusalén escuchasteis el anuncio funesto. Ni siquiera vosotras entendíais el porqué. No os echasteis atrás. Ni siquiera cuando todos, en la hora de la verdad, se marcharon abandonándolo a su suerte. 

Lo visteis morir «así» y nadie os dijo nada. Ni siquiera Marcos. Pero nadie podía impedir que miraseis, que razonaseis, que os hicieseis preguntas. 

Desde lejos, como siempre. Una distancia sagrada debida al misterio que no quiere posesiones invasivas, exclusivas y definitorias. 

El hilo entre el Calvario y el sepulcro sois vosotras. Son vuestros ojos los que mantienen unido el cuerpo crucificado con el cuerpo sepultado en la cavidad de la roca «se quedaron mirando dónde lo depositaban», Mc 15,47-. 

Los aceites perfumados son para ese mismo cuerpo que luego resucitará, según el anuncio del joven vestido de blanco. Vosotras sois la primera Buena Noticia de la resurrección. 

Por tercera vez se dice que os pusisteis a «observar» (Mc 16,4), ahora con la enorme piedra inexplicablemente removida. Ni una pizca de miedo al entrar en el sepulcro oscuro. Los muertos, a diferencia de nosotros, los vivo, son siempre inofensivos y pacíficos. 

Buscabais un cadáver y encontrasteis una palabra en la voz del mensajero. El miedo estalló ante un ser vivo que habla en la muerte. Todo el misterio se resume en unas pocas y escuetas afirmaciones: «¡No temáis! Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro: ‘Él os precede en Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’». Se ve a través de las palabras, es la única visión concedida. Aquí está la pobreza desarmante del Evangelio. 

El horizonte de la resurrección no puede encerrarse en el círculo de nuestra existencia destinada a terminar. Vuestro miedo está ahí para decirlo, un verdadero sobresalto ante lo divino inaudito. ¡Ay de aquellos que os reprenden por vuestro miedo y os acusan de falta de fe! 

El miedo contiene un alto grado de verdad que no debe eludirse: ninguno de nosotros sabe en carne propia lo que significa resucitar. Las palabras apenas lo contienen y, si no fuera por vuestro silencio, con el que se cierra el Evangelio, pronto lo habríamos convertido en propaganda. Quizás es precisamente lo que ha ocurrido. 

Y para que los discípulos, junto con Pedro, «vieran» al resucitado en el monte de Galilea, necesitaron vuestros ojos, vuestras bocas que repitieran los verbos y las visiones de un joven vestido de blanco, victoria imberbe sobre el aguijón de la muerte. 

Solo vosotras estabais en el Calvario; en el sepulcro, guardianas de un cadáver; en el mismo sepulcro que luego se convirtió en cuna de la Vida resucitada hecha palabra. 

Fuisteis vosotras quienes anunciasteis la Buena Nueva que detuvo la huida de los discípulos y los hizo volver a Galilea, a aquella tierra marginal donde todo había comenzado. 

Fuisteis vosotras quienes formasteis la ekklesía. 

Estabais vosotras permaneciendo y siendo fieles. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La semilla del Papa Francisco.

La semilla del Papa Francisco

El 24 de noviembre de 2013, el Papa Francisco promulgó su primera Exhortación Apostólica, Evangelii Gaudium, en la que traza las líneas programáticas de su pontificado. En el capítulo dedicado al bien común y a la paz social, el Papa Francisco ofrece cuatro principios que sirven para discernir con vistas a tomar decisiones acertadas y válidas para una vida social y eclesial ordenada. Cuatro criterios rectores encarnados que hoy podrían ayudarnos a leer la vida y los horizontes del Papa Francisco, a trazar una memoria viva. 

El tiempo es superior al espacio 

El Papa Francisco fue un hombre que creyó en los procesos: la prioridad del tiempo sobre el espacio habla del tiempo como un horizonte abierto hacia el futuro. «Más que poseer espacios, iniciar procesos», este fue su mantra. 

Ante el riesgo eclesial y general de cristalizar cuestiones y resolverlas rápidamente, el Papa Francisco ha dado vida a caminos aún en devenir, sin la ansiedad de cerrarlos sacando conclusiones precipitadas: pensemos en el énfasis en el discernimiento, la atención a evaluar las situaciones caso por caso, cuestiones que emergen por todos los poros en Amoris Laetitia y no solo allí. 

Emblemático, quizás más que cualquier otra cosa, es el proceso sinodal todavía en curso: el Papa Francisco intuyó que la apuesta de la Iglesia posconciliar sería la sinodalidad, el resto se ha confiado al proceso: con todas sus debilidades, con todos sus aplazamientos, con todo su trabajo de escucha y de difícil síntesis. Que quedará a la Iglesia y a quienes vendrán. 

La unidad prevalece sobre el conflicto 

Uno de los aspectos que caracterizan toda convivencia es el encuentro y el choque entre puntos de vista y proyectos diferentes, fuente, por tanto, de «conflictos» entre las personas y sus opiniones. 

A diferencia de lo que pueda parecer por la formulación, el Papa Francisco ofrece un criterio de comportamiento y afirma ante todo que «el conflicto no puede ser ignorado ni disimulado. Debe ser aceptado» (EG 226). Y añade: «Pero hay una tercera forma, la más adecuada, de afrontar el conflicto. Es aceptar soportar el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso» (EG 227). 

Las acciones y las palabras del Papa Francisco han sido a menudo todo menos conciliadoras, han generado disensiones y críticas. Basta pensar en sus últimas palabras sobre el desarme. Palabras y gestos que a menudo lo han relegado a una posición de soledad incluso dentro de la Iglesia. 

Sin embargo, las acciones y los discursos no han permitido «ponerlo todo junto» -sería un peligroso sincretismo- ni «hacer como si nada», sino descubrir la solución del conflicto a un nivel superior que conserve en sí mismo el valioso potencial que encierran las posiciones en conflicto. De ello dan testimonio las polaridades aún sin resolver y los conflictos aún abiertos hoy en la Iglesia. Quizás a la espera de un brote. 

La realidad es más importante que la idea 

La realidad es, la idea se elabora. A diferencia de un enfoque idealista y apriorístico en el que la idea genera la realidad, el Papa Francisco ha dado cuerpo a una revolución filosófica: no se puede ignorar la realidad, el lugar donde todo se da. Hay que partir de ahí, sin silenciar los impulsos ideales. 

Laudato Si' se centró en el cambio climático, un tema que hasta entonces había quedado casi totalmente al margen de la retórica y los intereses de la Iglesia. En la Encíclica, el Papa Francisco partía de la realidad de los hechos, constatando la pérdida de biodiversidad, el deshielo de los glaciares, la necesidad de ayudar a los países en desarrollo a hacer frente al aumento de las temperaturas e imaginando formas alternativas de «entender la economía y el progreso». 

El principio que puso en práctica el Papa es arduo y valiente: elegir la realidad cotidiana, asumiendo también su elemento trágico, pero manteniendo un impulso radical lo más fiel posible a lo que ya está sucediendo. 

Una fidelidad a la realidad que se ha reflejado en sus gestos: el viaje a Lampedusa, el lavatorio de los pies a los presos, la visita a Lesbos, las llamadas telefónicas a Gaza. 

El todo es superior a la parte 

También entre la globalización y la localización se produce una tensión. Hay que prestar atención a la dimensión global para no caer en la mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, lo que nos hace caminar con los pies en la tierra. 

Es una invitación a ampliar la mirada para reconocer la presencia o la posibilidad de descubrir un bien mayor. 

El manifiesto quizás más explícito de este criterio rector ha sido la ecología integral claramente expuesta en la Laudato Si': hay que cuidar el conjunto de los problemas del mundo y no preocuparse solo por los animales o los bosques amazónicos, sino también por el hombre, su entorno, sus derechos, el trabajo, la paz social. Es necesario hacer interactuar los ecosistemas y los mundos de referencia, mostrando las conexiones entre los problemas y las diferentes discriminaciones. 

El del Papa Francisco ha sido un magisterio de algunos frutos, pero sobre todo de semillas. El Papa Francisco ha sembrado para que, en el momento oportuno, los frutos florezcan. 

Por eso su legado está aún por escribir: será tarea de todos nosotros, y en particular de la Iglesia Universal y de la Iglesia Local, que desde sus orígenes es una comunidad de testigos, encarnar el rostro nuevo del Evangelio vislumbrado en la vida -hecha de gestos y palabras- del Papa Francisco. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ayúdame, Señor, a creer.

Ayúdame, Señor, a creer 

Los Domingos entre Pascua y la Ascensión nos invitan a enfrentarnos a nuestras debilidades y, por consiguiente, también a nuestras fortalezas. Esto también ocurre en este segundo domingo de Pascua, en el que se nos propone el pasaje en el que Juan narra dos apariciones: la primera, a los discípulos encerrados en casa; la segunda, ocho días después, cuando los discípulos están de nuevo en casa, pero con ellos también está el apóstol Tomás, que la primera vez no estaba (Jn 20,19-31). 

Como suele ocurrir en los pasajes del Evangelio, cada línea merecería un análisis más profundo y ofrece motivos de meditación: el miedo de los discípulos que permanecen encerrados; Jesús que llega y trae la paz; la alegría que estalla; la sencillez con la que Jesús se da a conocer mostrando las heridas; el hecho de que a unos hombres que hasta un momento antes estaban perdidos en la duda les ofrezca el Espíritu y un mandato extremadamente exigente -«como el Padre me ha enviado, yo os envío»-. 

Pero entonces llega Tomás, y su figura atrae toda la atención, porque expresa un conflicto entre la confianza y la desconfianza que muchos, creo, han experimentado en sí mismos. 

En primer lugar, Tomás no cree a sus hermanos, los discípulos. Dicen que han visto al Señor, pero él no confía en ellos y se lo dice claramente: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Lo cual es como decir: habéis soñado, o quizás habéis cedido a una ilusión que necesitabais en ese momento de miedo, pero creer es otra cosa. 

Me viene a la mente, siempre en relación con Tomás, otro pasaje de Juan, donde cuenta que Jesús, al salir del Cenáculo después de la Última Cena, para tranquilizar a los suyos, dice: «Me voy a preparar un lugar para vosotros... Y vosotros sabéis adónde voy». También entonces, Tomás hace una pregunta muy racional: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Y Jesús responde: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,1-6). 

Hay una fe del corazón y una fe de la cabeza, una fe hecha de emociones y una fe hecha de búsqueda. Esto es lo que nos recuerda Tomás: más que un hombre escéptico, un hombre en búsqueda. 

Probablemente, los demás discípulos, aquellos a quienes Jesús se apareció por primera vez, también dudaban. Tanto es así que Jesús, que lee en los corazones, «les mostró las manos y el costado», antes incluso de que hablaran. Sabe que debe hacerse reconocer. 

La duda de Tomás, en cambio, se expresa explícitamente. No quiere dejarse llevar por las emociones, por el deseo: necesita buscar una respuesta en la que pueda confiar. La fe también se alimenta de esto: de la búsqueda, del uso de la razón. Pero luego, cuando Jesús se le aparece y le muestra las heridas, Tomás baja la guardia y se abandona inmediatamente a la fe. 

El Evangelio no nos dice si Tomás puso o no el dedo en las heridas de Jesús. Por lo tanto, podemos pensar que Tomás no lo hizo y que creyó solo basándose en la prueba visual —la aparición— y auditiva, las palabras. El término ver/mirar aparece cinco veces en este pasaje, como invitación a mirar o como reproche por pretender ver antes de creer. La búsqueda de Dios nunca podrá llevar a tocar con la mano, pero al menos puede llevar a ver lo suficiente como para poder abandonarse a la fe. 

Es cierto que Jesús reprende a Tomás -«Porque me has visto, has creído; ¡dichosos los que no han visto y han creído!»-, como había reprendido al funcionario de Cafarnaúm -«Si no veis señales y prodigios, no creéis». Pero también es cierto que, Él que lee en los corazones, no quiere perder a Tomás, y reaparece ocho días después para permitirle ver. Así acoge su búsqueda y le propone una experiencia espiritual —el encuentro personal con el Maestro— para ayudarle a conquistar la fe. 

Bienaventurados los que no han visto y han creído. Pero Jesús tampoco abandona a los que necesitan ver. 

Algunas claves para profundizar pueden ser las siguientes… 

El Evangelio que nos presenta la figura del Apóstol Tomás es el Evangelio de un hombre en búsqueda, pero no sin fe. 

Juan nos cuenta que, la tarde del primer día después del sábado, los discípulos estaban juntos, en un lugar no especificado, pero con las puertas cerradas, porque tenían miedo. Y tenían miedo a pesar de que Pedro y el otro discípulo «al que Jesús amaba» ya habían comprobado que Jesús había resucitado y a pesar de que, en caso de que quedara alguna duda, Magdalena había contado que lo había visto personalmente. 

Es humano tener miedo, y es humano, cuando se tiene miedo, reunirse todos en un lugar que nos haga sentir protegidos. Pero ¿dónde estaba Tomás? ¿Por qué no estaba allí con ellos? Él no tenía miedo, por lo que se fue por ahí, ¿o es que el miedo prevalecía sobre la necesidad de tener una respuesta a sus preguntas, a su inquietud? 

El hecho es que, cuando Jesús llega, Tomás no está, y por lo tanto se pierde el encuentro y las tres cosas importantes que Jesús hace. 

1.- La primera es que da la paz a los discípulos: ese «la paz sea con vosotros» repetido dos veces no es solo un deseo, es un verdadero regalo. 

2.- La segunda es que se da a conocer, gracias a las heridas, y gracias a ello los discípulos recuperan la alegría: de repente todo se vuelve ligero y soportable, porque el Maestro sigue con ellos. 

3.- La tercera es el mandato: «como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Lo que significa: abrid esas puertas, poneos en camino, salid, …, enfrentaos al mundo. 

Pero Tomás pierde sobre todo el aliento vital, aquel con el que Jesús transmite el Espíritu Santo y que recuerda aquel con el que Dios creó al hombre (Gn 2,7). Si al alentar Dios había transmitido la vida transformando un poco de barro en un hombre, esta vez, al alentar el Espíritu, Jesús transmite una vida nueva a los discípulos, transformándolos en misioneros y especificándoles el mandato: «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes no los perdonéis, les quedarán perdonados». 

Jesús no entrega a los discípulos ningún poder, salvo el de perdonar, que implica acoger: misericordia y perdón, esto es lo que caracteriza a la Iglesia, porque Jesús no trajo la salvación solo a los suyos, sino a todos los hombres. 

Tomás no está: se ha perdido esta alegría, estos dones, este mandato. Y no puede creer lo que le cuentan los demás. Sin embargo, no los ha abandonado, no se ha alejado, sigue formando parte de la comunidad, tanto es así que ellos sienten la necesidad de que participe. Pero él necesita más: no puede creer en lo que le cuentan. 

Por otra parte, no es la primera vez que Tomás duda: durante la última cena, cuando Jesús dijo que había preparado un lugar para cada uno en la casa del Padre, él preguntó: «Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?». Y Jesús respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 3-7). 

Afortunadamente, Jesús no se detiene ante una manifestación de escepticismo o un no y, por lo tanto, ocho días después, vuelve expresamente por él y lo desafía a tocarlo: «Pon aquí tu dedo...». 

Aunque al arte le gusta representar al Apóstol tocando con el dedo las llagas del cuerpo de Jesús, Juan no nos dice que lo hiciera. En cambio, sí nos cuenta una reacción inmediata que hace que el escéptico Tomás se convierta en el primer hombre en definir a Jesús Cristo como «Dios». En medio de su comunidad, recupera la fe, y una fe firme. 

Pero el evangelista Juan está hablando de cristianos que no conocieron a Jesús en persona y que no podrán conocerlo nunca en persona. A ellos va dirigida la advertencia con la que Jesús concluye la conversación: «Porque me has visto, has creído; ¡dichosos los que no han visto y han creído!». 

Una frase que podría añadirse a las ocho bienaventuranzas, junto a «bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios». 

Este es tantas veces nuestro obstáculo: creer sin poder ver. 

Es difícil, pero sabemos que, si no lo conseguimos, Jesús encontrará la manera de volver expresamente por nosotros y de mostrarnos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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