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domingo, 5 de julio de 2026

San Benito, patrono de la Europa abierta que acoge.

San Benito, patrono de la Europa abierta que acoge 

La actitud y la fe básicas sobre la hospitalidad que San Benito, proclamado patrono de Europa por San Pablo VI, esbozó en la Regla, se expresan en un pasaje significativo: "Que todos los huéspedes que vengan sean acogidos como Cristo, porque él dirá: ‘Fui huésped y me acogisteis’" (Mateo 25, 35).  La opción de San Benito se forjó en un contexto político, social y económico de incertidumbre y de profundos cambios; se forjó en el alimento de la Palabra de Dios y en el testimonio de los Padres, pero sobre todo en su larga experiencia de vida monástica. En el ocaso de la gloria de Roma, con los nuevos pueblos ya establecidos dentro de las fronteras del antiguo imperio, el joven de Nursia se hizo eco de la voz del salmista: "¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?" (Salmo 34, 12ss). 

Ante las tragedias cotidianas que siguen ocurriendo en el Mediterráneo y a lo largo y ancho de las zonas de guerra, la solución no puede venir de la geopolítica emocional. La opción de San Benito es clara: acogida y hospitalidad. "El huésped y el pobre -escribió un gran monje, Evagrius Ponticus- son el colirio de Dios. Quien los acoge recupera pronto la vista". El monacato nunca ha dejado de ser fuente de inspiración y, ante el fenómeno arrollador de las migraciones, que se ha convertido en estructural, hoy puede ofrecer recetas auténticas e integrales, aunque lleven consigo una sana carga de provocación. Como cantaba Efrén el Sirio: "La jactancia de los cristianos es la acogida de los extranjeros y la compasión [hacia los pobres]. La jactancia y la salvación de los cristianos es tener siempre como comensales en su mesa a los pobres, a los huérfanos y a los forasteros, pues de una casa así Cristo nunca se irá". No sólo el monje, sino todo ser humano está invitado a ser imagen de Dios también en la hospitalidad. 

En el monasterio, la llegada de huéspedes es una bendición divina: el portero los acoge con las palabras "Deo gratias" o "Bénedic", con mansedumbre y temor de Dios; con estas fórmulas, San Benito indica que es el forastero quien llama a la puerta para bendecir al monje. A continuación, se rodea al huésped con el abrazo del rito, mediante una verdadera liturgia de la hospitalidad: el superior y los hermanos se reúnen con el huésped, rezan juntos, se intercambia el signo de la paz con un beso; primero se parte el pan de la oración con el huésped, llevándole al oficio divino de la comunidad, después se sientan con él, escuchando juntos la lectura de las Sagradas Escrituras. A continuación se le lavan las manos y los pies, de lo que se encarga el abad de la comunidad. Después rompen el ayuno -los hijos del Esposo no pueden ayunar mientras el Esposo está con ellos (Marcos 2, 18-22)- y cantan juntos: "Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo" (Salmo 47). Parece un juego de las partes, pero no es el pobre el que se beneficia de la hospitalidad, sino toda la comunidad implicada, porque recibe la misericordia del Señor. Como se puede imaginar, se trata de un verdadero compromiso que cuesta esfuerzo, en términos de tiempo y de medios materiales. San Benito era muy consciente de que siempre había que estar preparado: los forasteros y los huéspedes podían aparecer de improviso y, además, ser numerosos. Y no eran necesariamente buenos cristianos, bien vestidos y admiradores del canto gregoriano. 

"Acoged también con el mayor cuidado y solicitud a los pobres y a los peregrinos, porque en ellos se acoge aún más a Cristo". Para San Benito, una cosa es cierta: la presencia misteriosa, pero real, de Cristo resucitado es acogida en el huésped. Nosotros, que esperamos la segunda venida del Mesías, lo encontramos ya en el forastero que llama a nuestras puertas. La intuición de San Benito es profunda: los monjes saben que son peregrinos en este mundo; no acogen en sus casas a pobres y extraños, sino a semejantes en la casa de Dios. Y Dios llega las más de las veces de forma inesperada y casi secreta. 

Así pues, la revolución espiritual y cultural de la Regla no sirve para levantar los baluartes de un hortus conclusus, sino que es una forja abierta de civilización, que irradia desde el monasterio hacia el mundo. "Del pan de san Benito ha comido toda la Iglesia", recordaba el cardenal benedictino Alfredo Ildefonso Schuster. La pureza evangélica tan antigua y tan nueva del legislador de Nursia no puede dejar de tocar también nuestros corazones, en un momento en que el Santo Padre llama al Cuerpo de Cristo -de Aquel que se hizo pobre y extranjero por nosotros- a convertirse más eficazmente en una Iglesia para los pobres. Cercanía y proximidad a los pobres y a todos los que piden ser acogidos: la Opción de San Benito y la Opción Francisco no pueden estar más cerca. 

"Esto es precisamente lo que hizo San Benito" - decía el Papa Francisco a los participantes en la conferencia (Re)thinking Europe de 2017 - "No le importó ocupar los espacios de un mundo perdido y confuso. Sostenido por la fe, miró más allá y desde una pequeña cueva de Subiaco dio vida a un movimiento contagioso e imparable que rediseñó el rostro de Europa". En esta obra fue verdaderamente un mensajero de la paz, un realizador de la unidad y un maestro de la civilización. En una carta escrita en recuerdo del 10º aniversario de su visita a Lampedusa, escribía: "en estos días en que asistimos a la repetición de graves tragedias en el Mediterráneo, nos estremecen las masacres silenciosas ante las que aún permanecemos impotentes y atónitos. La muerte de inocentes, principalmente niños, en busca de una existencia más serena, lejos de las guerras y la violencia, es un grito doloroso y ensordecedor que no puede dejarnos indiferentes. Es la vergüenza de una sociedad que ya no sabe llorar y compadecerse de los demás". 

El quid de la cuestión está aquí: la globalización de la indiferencia, una grave falta de empatía y caridad. Evagrio Póntico escribía desde el desierto norteafricano: "Monje es aquel que se considera uno con todos, acostumbrado como está a verse en todos". Así pues, acoger a los pobres y a los extranjeros -y acoger al Señor en su persona- conserva todo su valor real, pero es también símbolo y preparación para otra acogida, más profunda e interior: la acogida que se da al Señor en el propio corazón y que es la finalidad de toda la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

San Benito, un modelo de construcción cristiana de Europa.

San Benito, un modelo de construcción cristiana de Europa 

Un proyecto, un ideal, una espera, una utopía, una profecía: Europa será nueva en cuanto acepte dentro de sus raíces la referencia al Dios encarnado, al Eterno absoluto. El momento actual es propicio para estimular este horizonte humanista y cristiano. ¿Cómo sería una Europa sin el cristianismo en la fase evolutiva actual? 

Ciertamente, Europa no vive de imágenes de un pasado acríticamente aceptado, pero ¿será capaz o no de descubrir en la dramática inmanencia del presente un papel específico en la evolución de este momento de la historia y del mundo en el horizonte de un verdadero humanismo? ¿Podrá contribuir Europa a conservar y a seguir actualizando aquellos valores universales de civilización que siempre ayudaron a adelantar escenarios de humanización? 

La solución de los problemas del mundo y de la historia es compleja, seguramente hasta difícil. San Benito nunca habría imaginado nuestras complejidades y dificultades. En su época, en los siglos V y VI, el cristianismo comenzaba a comprometerse con la situación histórica en el continente europeo. El monacato nació y se desarrolló como una actitud también de contestación y alternativa hacia una Iglesia «constantiniana» y «teodosiana». En todo caso, unas fueron entonces las responsabilidades, otras son las nuestras; otras serán las de nuestros sucesores. 

Europa no es un mito concluyente, un fin ideal, una realidad abstracta; lo que es definitivo es una civilización elaborada también sobre el Evangelio de la Buena Noticia del Reino de Dios, en la que la presencia cristiana en la realidad histórica contribuyó a evidenciar la dignidad absoluta del ser humano como persona y a evidenciar el alcance no menos absoluto de los derechos humanos (lo que significa también corresponsabilidad en el desarrollo planetario). 

El monasterio era una «pequeña sociedad ideal» enraizada en la comunidad o fraternidad en la que cada persona estaba perfectamente integrada como hijo, hermano y prójimo. En ese sentido, San Benito mereció verdaderamente ser guía y patrón de la nueva Europa, sin haber solicitado nunca esa responsabilidad y ese destino... 

Hoy se debate el papel histórico del cristianismo en la civilización europea, y no solo el del monacato. Hoy no se da por definitivamente sentada la existencia de puntos de referencia culturales absolutos que sigan siendo válidos en la actualidad, como lo fueron en siglos presentes. En otras épocas, las de muchos siglos atrás, Europa se encontraba (y se sentía) cristiana. 

Las grandes universidades cristianas organizaban el conocimiento y el saber que estuvieron fueron tan celosamente atesorados y custodiados en los monasterios. El sistema comunal democrático y libre retomaba también el modelo de las asambleas monásticas; nacía una economía cristiana que rechazaba la usura. El cristianismo había entrado en todos los ámbitos existenciales; el rostro de Europa ya no era solamente «griego», «latino» u occidental, sino cristiano. 

Hoy no se trata de elegir entre el paganismo y el cristianismo, o entre el Evangelio y el Corán; el único dilema se encuentra en la encrucijada: humanidad o barbarie. San Benito hoy seguramente nos ayudaría a elegir el universalismo, ya que Europa no es europeísta, sino universal. San Benito es anterior a todas las fracturas eclesiásticas, eclesiológicas y dogmáticas, culturales y políticas. 

Y aunque su Regla no hace referencia a situaciones políticas y religiosas, culturales y filosóficas, su pensamiento presenta una ética cristiana y desarrolla un proyecto de «hombre social», no de «hombre-isla». Hoy, también la nueva Europa está invitada a ser alternativa a la inhumanidad, bajo sus múltiples y diversas formas inhumanas que degradan al ser humano a medio y no respetan su identidad y dignidad como fin. 

Según la Regla, la sociedad significa comunión y corresponsabilidad, simultaneidad del crecimiento personal y del desarrollo comunitario. Los «instrumentos de las buenas obras» (capítulo 4) enseñan un máximo de libertad en el respeto a todos y a todo; y esta personalización es diametralmente opuesta a la explotación y a las desigualdades, porque crea comunicación e integración, sin distinción de razas, culturas, roles, pertenencia social y económica. 

San Benito había ideado en la Regla un proyecto que se vivió y aplicó allí donde llegó su monacato. El modelo de sociedad cristiana es la comunidad, el estar juntos. Este cristianismo, que es una fe, tuvo el valor y el acierto de hacerse cultura, de proponerse como humanismo.

La nueva Europa será una Europa libre; la libertad no es un regalo, es un deber y un derecho que no admite condicionamientos ideológicos. Con el Evangelio en la mano, San Benito quiere hombres libres y sencillos, acogedores y disponibles. 

Sus referencias doctrinales y teológicas son los Padres de la Iglesia (capítulo 73), es decir, aquellos escritores que acogieron todo el pensamiento filosófico y científico acumulado por el Imperio tardío y la civilización grecorromana, y lo incorporaron a la interpretación de la Verdad revelada y encarnada, es decir, del Dios manifestado en el Rostro de los gestos del Reino y de las palabras de vida abundante y dichosa. 

El horizonte de la historia es una plenitud; el prólogo de la Regla benedictina insiste en proclamar la conclusión —la Resurrección, el Reino— a través de la Cruz, es decir, la humildad y la obediencia o, si se prefiere, mejor aún, la disponibilidad y la gratuidad. Es el pensamiento de San Pablo, que reconocía la evolución universal hacia una totalidad, es decir, hacia el «pleroma» (Ef. 1). 

Esta nueva Europa está llamada a seguir demostrando la capacidad y necesidad del pluralismo, que admite como un bien mayor la pluralidad: no en el sentido de la convivencia o connivencia entre la verdad y el error, entre la justicia y la injusticia, y otros contrastes análogos, sino en la proclamación de una unidad de destino y de esperanza para esta humanidad. 

Sí, San Benito nos muestra que es posible redescubrir la identidad europea también en el Evangelio de Jesús. Parafraseando la famosa Carta a Diogneto, se podría decir que lo que es el alma en los cuerpos, el Evangelio de Jesús lo es en el mundo, en este mundo de Europa. El Evangelio solamente es fecundo cuando penetra y fermenta, libera y potencia toda experiencia humana. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

San Benito, de cómo vivir en la presencia de Dios y aprender a escuchar.

San Benito, de cómo vivir en la presencia de Dios y aprender a escuchar 

Escucha, hijo, los preceptos del maestro, presta atención con tu corazón, recibe con buen ánimo los consejos de un padre que te quiere y ponlos en práctica con determinación, para volver con el esfuerzo de la obediencia a Aquel de quien te alejaste por la pereza de la desobediencia (Regla benedictina, prólogo). 

En nuestra vida cotidiana ya no tenemos ninguna percepción de la presencia de Dios. Se habla de «secularización» del mundo, de modo que se crean dos caminos: por un lado, el compromiso puro y simple en favor de los hombres, con vistas a una mayor solidaridad humana; por otro, un retorno a la intimidad, a la meditación como vía para separarse de la confusión del mundo. 

Dos caminos que a menudo discurren por separado. Hasta el punto de que las personas comprometidas con el mundo ya no tienen tiempo para la meditación, mientras que los «místicos» consideran demasiado banal el compromiso con el mundo. 

Sin embargo, Benito podría enseñarnos una feliz síntesis de acción y contemplación, ya que no ve una separación entre nuestra intimidad y el compromiso exterior, entre la relación con Dios y el estar en el mundo. 

Para Benito, toda nuestra vida se desarrolla en presencia de Dios. Dondequiera que estemos, tenemos que ver con Dios, incluso en las tareas cotidianas más triviales. Así, es en la realidad del mundo donde se manifiesta la presencia de Dios. 

Benito explica en el cuarto capítulo de la Regla qué significa exactamente vivir en presencia de Dios: «ser siempre conscientes de que Dios nos ve en todo lugar». 

Según Benito, vivir en presencia de Dios implica todos los ámbitos de la vida humana: la oración, el trabajo, la relación con la creación y las relaciones con el prójimo. 

La «solidaridad», esta gran consigna de nuestro tiempo, no es para Benito antítesis de un amor ardiente a Dios. La dimensión social es ya de por sí religiosa. Porque en los hermanos encontramos a Cristo mismo. La fe se expresa, por tanto, en una nueva relación de unos con otros. Esto es, para Benito, el gran principio del verdadero humanismo. 

Benito puede ayudarnos a comportarnos con esta fe unos hacia otros, a afrontar los problemas interpersonales, las tensiones, las antipatías, las agresividades a la luz de la presencia real de Cristo en el otro. 

Más allá de nuestras excusas y barreras insuperables que nosotros mismos construimos, Benito puede ayudarnos a tomar la presencia de Cristo en el hermano lo suficientemente en serio como para que sea ella la que guíe nuestro comportamiento, nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestra forma de ver. También por eso el mensaje de Benito es más actual que nunca. 

Entre las muchas palabras que Benito podría haber elegido para resumir el sentido de su elección de vida y de vivir en la presencia de Dios yo creo que elegiría también ésta: escuchar. De hecho, su regla de vida comienza precisamente con esta expresión: «Escucha, hijo, las enseñanzas del Maestro». 

Benito entiende la vida espiritual como entrar en una escuela, como vivir una relación. Sabe bien, de hecho, que por la experiencia del pecado original, esa relación se ha visto afectada, ya no es espontánea, hay que buscarla, hay que custodiarla. Dios habla, pero no es seguro que se le escuche; Dios nos visita, pero no es seguro que se le reconozca. 

El autor de la Carta a los Hebreos sostiene que Dios habla «de muchas maneras» y que, en última instancia, nos ha hablado «por medio de su Hijo». Por eso Pablo puede afirmar que «la fe nace del escuchar». No es casualidad que para algunos de nosotros el día comience precisamente con la invitación que nos dirige el Salmo 94: «Escuchad hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón». 

Todos hemos sido educados para hablar, leer y escribir. Pero ¿hemos sido educados para escuchar? 

Un proverbio jasídico dice que el hombre tiene dos oídos y una boca: una sola boca para hablar, pero dos oídos para escuchar, porque escuchar es más fundamental que hablar. 

¿Por qué es prioritario escuchar? Porque es la forma primera de la relación. Escuchar significa ser: solo quien es escuchado es verdaderamente, y solo quien escucha es verdaderamente como persona humana. 

Estamos creados a imagen y semejanza de un Dios que es relación interpersonal: el Padre es escucha eterna del Verbo y el Verbo es escucha eterna del Padre en la relación del Soplo recíproco. 

A nivel humano, todos conocemos el drama de quien no es escuchado y de quien no escucha: si una persona se convierte en una costumbre para mí, la veo, la oigo hablar, la toco, pero no la escucho, es como si esa persona hubiera sido borrada de mi vida. Si Dios es una costumbre, Dios no existe, porque Dios me interpela, me sacude, me atormenta, me perturba y me consuela, y entonces es Dios; o, si me deja indiferente, ya no es Dios, es una idea, es un ídolo. 

La primera terapia es la escucha: toda escucha, si es verdaderamente humana, ya es terapéutica. No es tan importante tener la palabra adecuada, significativa, es mucho más importante escuchar con sinceridad. 

Ver ocurre en un instante: basta un clic para capturar una imagen. No es así con el escuchar, porque ocurre en el tiempo: se necesita una sucesión de sílabas, de palabras, de discurso para que yo realmente escuche: no basta un instante. Por eso, escuchar exige continuidad, paciencia, progresividad. 

El discípulo es aquel que pone su vida de fe en la escucha. Discípulo viene de ‘discere’, que significa aprender. Mi naturaleza profunda como cristiano es ser discípulo, el que aprende, el que escucha. 

Entendemos, por tanto, por qué cuando Salomón tuvo que asumir el reino de Israel, a Dios, que le ofrecía todo lo que pidiera, le pidió lo más indispensable: un corazón capaz de escuchar. 

Escuchar la Palabra, de hecho, nos conduce al primer don del Espíritu, a la sabiduría, que es la capacidad de gustar las cosas como Dios las gusta, de ver las cosas como Dios las ve. Si la ciencia, de hecho, tiene como objetivo reconocer las huellas de Dios en las cosas, la sabiduría, en cambio, lee las mismas cosas a la luz de Dios.

Por lo tanto, aprendamos de Benito a educar el arte de la escucha para vivir en la presencia de Dios. ¿Cómo? Por ejemplo: 

  • Aprendiendo a hacer silencio, a estar un poco con uno mismo. A Dios le cuesta entrar en nuestro corazón en medio del ruido; ocupados y distraídos como estamos, aunque oigamos, ¡no escuchamos realmente! 
  • Tomando conciencia de la necesidad que tenemos de aprender. Yo necesito que Dios me enseñe cada día, y quien cree saber no está abierto a escuchar, ni siquiera al diálogo. 
  • Cultivando la pureza del corazón, es decir, una gran libertad interior. ¿Cuáles son mis pequeños o grandes apegos/condicionamientos? 

  • Se educa el oído a través de una humilde paciencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de octubre de 2025

“Dilexi te”: una presentación acompañada por Timothy Paul Schmalz.

“Dilexi te”: una presentación acompañada por Timothy Paul Schmalz 

Ya he publicado en mi blog dos reflexiones sobre la Exhortación Apostólica del Papa León XIV “Dilexi te”: 

1.- Una breve guía de lectura de la Exhortación Apostólica «Dilexi te»https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/una-breve-guia-de-lectura-de-la.html  

2.- Dilexi te o el magisterio de los pobres: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/dilexit-te-o-el-magisterio-de-los-pobres.html 

Con esta reflexión más breve y sintética finalizo, casi a modo de trilogía, mi presentación de esta Exhortación Apostólica. Y lo quiero hacer acompañando la misma con algunas imágenes de Jesús pobre del escultor canadiense Timothy Paul Schmalz. 

La tesis central de Dilexi te es que no se puede amar a Dios sin amar al prójimo. Son dos amores distintos, pero que se remiten mutuamente, formando una unidad indisoluble. En el horizonte, pues, de esta Exhortación Apostólica podemos poner el texto de la Primera Carta de San Juan 4, 20 y su afirmación “el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. 

El Papa León XIV teje su escrito con capítulos claros y orgánicos. Capítulo primero: Algunas palabras indispensables; capítulo segundo: Dios opta por los pobres; capítulo tercero: Una Iglesia para los pobres; capítulo cuarto: Una historia que continúa; capítulo quinto: Un desafío permanente. 

Recorre a lo largo de los siglos la Historia de la Iglesia con sus obras de caridad, ofreciendo las bases de su lectura de la Sagrada Escritura, para continuar con el examen de la vida de Jesús, en las obras caritativas, hasta los últimos desafíos. 

Se subraya claramente que no puede haber fe sin obras. «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios» (n. 26). 

«Por esta razón se recomiendan las obras de misericordia, como signo de la autenticidad del culto que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles» (n. 27). 

Más aún: «es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo» (n. 31). 

En el texto, tras recordar las palabras de los profetas, interpreta la vida de Jesús, no solo por las palabras transmitidas, sino examinando la pobreza de la vida de Jesús (nn. 18-24). Las primeras comunidades cristianas vivían compartiendo sus bienes con quienes no tenían recursos, porque, como declaraba San Justino, «no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres» (n. 40). 

A continuación se cita a los Padres de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, San Agustín) para relatar las obras de misericordia. Y, en el siglo XVI, San Juan de Dios, San Camilo de Lellis, San Vicente de Paúl (nn. 49-52). 

Se dedica un capítulo aparte a la vida monástica: San Basilio, San Benito, los Trinitarios, los Mercedarios, con sus obras relacionadas con el cuidado de la naturaleza, de los enfermos y la liberación de los prisioneros. 

No podían faltar los testigos de la pobreza evangélica (San Francisco, Santa Clara, Santo Domingo) (nn. 63-67) y aquellos que respondieron a la pobreza educativa, desde San Juan Bautista Scalabrini hasta San Juan Bosco. (63-75) Por último, se cita a la Madre Teresa de Calcuta, dedicada a los más desfavorecidos, junto con los movimientos populares (nn. 77-79). 

En los capítulos cuarto y quinto se aborda la situación actual. Recuerda la doctrina social de la Iglesia, citando la Rerum novarum, para recordar el Concilio Vaticano II, deteniéndose en el discurso del Cardenal Lercaro del 6 de diciembre de 1962: «el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres» (n. 84). 

Recuerda al Papa Pablo VI en la segunda sesión del Concilio y la Constitución Pastoral Gaudium et spes. 

Recuerda también al Papa Juan Pablo II (Encíclica Sollicitudo rei socialis) y al Papa Benedicto XVI (Encíclica Caritas in veritate) (nn. 86-87). 

Para ilustrar la situación en los últimos tiempos, la Exhortación Apostólica cita Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Recuerda las estructuras del pecado y denuncia la «dictadura de una economía que mata». Continúa con el Papa Francisco recurriendo a Evangelii gaudium y a los documentos del episcopado latinoamericano. 

El objetivo de esta memoria bimilenaria de la acción de la Iglesia es el siguiente: «He decidido recordar esta bimilenaria historia de atención eclesial a los pobres y con los pobres para mostrar que ésta forma parte esencial del camino ininterrumpido de la Iglesia. El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos. Por tanto, debemos sentir la urgencia de invitar a todos a sumergirse en este río de luz y de vida que proviene del reconocimiento de Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren. El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno de los fieles» (n. 103). 

Más adelante, la Exhortación aclara: «El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una “cuestión familiar”, son “de los nuestros”. Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia» (n. 104). 

Vuelve la referencia al «buen samaritano» para condenar la indiferencia (nn. 106-107).

Otra referencia indicada es el pobre Lázaro. Citando a San Gregorio Magno, se recuerda: «Todos los días, si lo buscamos, hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista» (n. 108). La indicación de la Exhortación alcanza un realismo que tiene que ver con la encarnación del Hijo de Dios: «La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo» (n. 110). 

«Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (n. 113). 

Otra afirmación esclarecedora: «La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria» (n. 114). En ese mismo número continúa la crítica a quienes afirman: «Hay quienes siguen diciendo: “Nuestra tarea es rezar y enseñar la verdadera doctrina”». 

Una particularidad de la Exhortación Apostólica del Papa León XIV es la atención a la limosna (nn. 116-121). Esta se interpreta como el acercamiento a los pobres: «No será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres» (n. 119). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 2 de abril de 2026

El lavatorio de los pies - San Juan 13,1-15 -.

El lavatorio de los pies - San Juan 13,1-15 - 

En el corazón de la vida cristiana está el gran misterio de la Pascua, aquellos acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús que celebramos de manera especial en estos días de Semana Santa. 

Hoy en día, muchos de nosotros los cristianos lo damos casi por sentado (al menos por costumbre) y no nos damos cuenta del alcance de lo que celebramos, y subestimamos el esfuerzo que a menudo conlleva. 

San Pablo dice que la cruz es «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1,23), y para muchas personas sigue siendo un escándalo, en el sentido etimológico, es decir, una piedra de tropiezo. ¿Por qué el cruel y sangriento asesinato por crucifixión, una de las peores torturas que se puedan imaginar, tiene un valor salvífico para nosotros y para todos? 

Jesús, sin embargo, nos ofrece una respuesta. La noche antes de su Pasión, realiza dos gestos que dan una clave de lectura a su pasión: 

        a.- la institución de la Eucaristía, recordada por San Pablo en su Primera Carta a los Corintios (1             Cor 11,23-25) y los Evangelios Sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-20), 

        b.- y el lavatorio de los pies, recordado en el Evangelio de San Juan (Jn 13,1-15). 

En la Misa In Cena Domini del Jueves Santo, la Iglesia nos ofrece los dos pasajes (1 Cor 11 y Jn 13) y los dos gestos: el lavatorio de los pies y la eucaristía. Porque el lavatorio de los pies y la eucaristía van juntos, y juntos ofrecen la clave de lectura del misterio pascual. 

Para la lectio de hoy, me detendré en el lavatorio de los pies, en Juan 13,1-15. 

Encontrado un lugar tranquilo para rezar, podemos hacer también la oración introductoria, y pedir la gracia, con la oración de San Ricardo de Chichester: 

Oh Redentor de infinita piedad, amigo y hermano,

que yo te conozca más claramente,

te ame más profundamente, y te siga más de cerca. 

Pasemos a una primera lectura tranquila del pasaje completo, y luego veamos también algunas notas de comentario. 

[1] Los amó hasta el final. El Evangelio según Juan no nos cuenta la institución de la Eucaristía. No porque no esté al corriente: si acaso, Juan es el Evangelio con el discurso de Jesús como «pan de vida» (Jn 6,22-58). En cambio, la acción de amor que relata Juan es la del lavatorio de los pies. 

[2] Es interesante observar que este momento tiene lugar durante la cena, cuando Judas Iscariote todavía está presente. Jesús también lava los pies de su propio traidor. 

[4] Se quitó el manto, tomó un paño y se lo ató a la cintura. Llevar agua para lavar es un gesto de acogida (Gn 18,4; Lc 7,44), pero lavar los pies es un gesto que suelen hacer los sirvientes o los esclavos, no el dueño de la casa. 

[6] Señor, ¿tú me lavas los pies a mí? Pedro se escandaliza y, en un primer momento, rechaza la acción de Jesús.

[7] Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo entenderás después. Es casi una buena advertencia para la misma Pasión. 

[8] Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Encuentro muy interesantes las palabras de Jesús. Habla del lavatorio de los pies en términos de participación, de comunión. 

[9] ¡Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza! El típico exagerado, Pedro parece no saber de términos medios: nada o todo. 

[14] Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies... El lavatorio de los pies no es habitualmente tarea del señor o del maestro, sino del siervo. Aquí Jesús subraya este hecho. 

«... también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Estas palabras son tomadas como un mandamiento por parte de la Iglesia, que traduce en términos prácticos el gran mandamiento: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, así también os améis unos a otros» (Jn 13,34). Litúrgicamente, esta acción se vive de manera solemne el Jueves Santo, una acción que sigue siendo poderosa cuando se vive bien, y una de las más fuertes por su elocuencia y plasticidad. La Regla de San Benito (53,13), tan fundamental para el monacato en Occidente, exige que el abad y los monjes laven los pies de sus huéspedes, entre los diversos gestos de bienvenida. 

Ahora te invito a releer el pasaje. También podría ayudarte a imaginar la escena: Jesús lavando los pies y la conversación entre Pedro y Jesús, el mandato de Jesús a todos los Apóstoles. 

También puedo reflexionar sobre mí mismo y considerar: 

a.- Jesús elige la acción más humilde para expresar su amor. Dios hecho hombre, el Señor del Universo, elige hacerse siervo en lugar de amo. El amor, el amor hasta el final, está marcado por el servicio. ¿Cómo me deja esto? 

b.- Jesús lava los pies de Judas, que lo traicionará, de Pedro, que lo negará, y de los Apóstoles, que huirán y lo dejarán solo. Dios no vive un amor de do ut des, un amor que es casi una transacción económica, que requiere reciprocidad. Sino que se da sin condiciones. ¿En qué momento de mi vida estoy llamado a darme sin una aparente recompensa? 

c.- Pedro rechazó inicialmente la señal de Jesús. ¿En qué momento de mi vida no me dejo amar por el Señor? ¿En qué momento me cuesta aceptar que Dios me ama, me sirve, quiere lavarme los pies? 

d.- Jesús nos manda hacer lo que Él hizo, amar como Él nos ama. Jesús no solo nos habla, sino que nos muestra cómo hacerlo, nos modela el amor al que estamos llamados. ¿Cómo me deja esto interiormente? ¿Dónde me cuesta más amar en mi vida? 

Lleva esta reflexión a la conversación con el Señor. ¿Cómo te deja todo esto? Háblale de ello, «como un amigo habla con un amigo». ¿Qué es lo que le querrías pedir? Quizá perdón por algo, o una gracia especial. 

Detente en presencia del Señor. Quizás quieras detenerte a contemplar uno de los cuadros de esta historia, en particular Jesús a los pies de Pedro, lavándole los pies. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 25 de septiembre de 2025

Deseo… luego vivo.

Deseo… luego vivo

Según las principales tradiciones sapienciales de la humanidad, la proliferación del deseo caracteriza a las personas inestables e inmaduras, a merced de deseos siempre nuevos e impredecibles, mientras que el sabio tiene pocos o ninguno.

 

Sócrates, por ejemplo, mientras pasaba por el mercado de Atenas, se decía a sí mismo: «¡Cuántas cosas que no necesito!».

 

El necio ama las compras, mientras que el sabio las evita con mucho gusto. Desde esta perspectiva, el deseo es una enfermedad del alma, no en vano su etimología ya designa una carencia.

 

Y si lo pensamos bien, hay algo de cierto en esta postura: ¿cuándo estamos en paz con nosotros mismos? Cuando no hay deseos. Pero en cuanto surge un deseo, se rompe el equilibrio y se produce inestabilidad.

 

¿Alguien recuerda las palabras de la malvada reina al espejo para obtener el oráculo? «Espejo, espejo mágico, ¿quién es la más bella del reino?».

 

A menudo, el deseo se expresa como anhelo y suscita avaricia, codicia, ansia, nos lleva a agarrar con las manos y con los ojos. En cuanto a su contenido, es bastante predecible, ya que casi siempre se dirige únicamente a la riqueza, el placer y el poder.

 

Y, sin embargo, la inestabilidad no siempre es negativa.

 

De hecho, solo gracias a ella se ponen en marcha los procesos, empezando por la vida, cuya dinámica consiste en una búsqueda del equilibrio para luego romperlo de nuevo según una dinámica procesual impulsada por la necesidad y el deseo.

 

¿Y qué es el amor por el estudio, por la investigación, por el compromiso social, por la práctica espiritual, sino precisamente un deseo que busca satisfacción? ¿Y qué es el amor mismo? ...

 

El deseo es, por tanto, ambiguo, su presencia es necesaria para la vida, pero también puede envenenarla. 



Y de esa ambigüedad fundamental han surgido en el pensamiento tres posiciones diferentes con respecto al deseo: incremento, extinción, orientación.

 

1.- El incremento del deseo, que se expande en una miríada de deseos, es lo que nos propone la sociedad en la que vivimos, llamada de consumo, y que nos convierte en consumidores, sujetos que alimentan los más variados deseos según el momento, los encuentros, los caprichos, las antojos, las estaciones y, sobre todo, las modas, porque el ego consumista que cree ser el dueño de sus deseos está en realidad a merced de las estrategias del deseo ideadas por otros.

 

2.- La segunda posición aspira a extinguir los diferentes deseos y con ellos también el deseo, como sostenía el estoico Epicteto: «Debes extinguir por completo el deseo». Se trata de una enseñanza no muy diferente a la de la escuela rival epicúrea, ya que Epicuro defendía la llamada ataraxia o imperturbabilidad, en su opinión la única garantía para la tranquilidad interior, mientras que proscribía la proliferación de deseos como una peligrosa enfermedad.

 

Muchos padres de la Iglesia eran igualmente enemigos del deseo. Orígenes, por ejemplo, llegó incluso a castrarse a los dieciocho años, habiendo tomado al pie de la letra la frase de Jesús «Hay eunucos que se han hecho tales por el reino de los cielos», y Máximo el Confesor no se quedó atrás cuando abogó por el alejamiento voluntario de la carne gracias a la circuncisión completa de sus impulsos naturales.

 

La Regla de San Benito prescribía, y de hecho sigue prescribiendo: «En cuanto a la voluntad propia, sabemos que se nos prohíbe cumplirla; de hecho, la Escritura dice: no sigas tus deseos».

 

También se puede recordar la práctica de la indiferencia de San Ignacio de Loyola: «Es necesario hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, de modo que, por nuestra parte, no deseemos más la salud que la enfermedad, la riqueza que la pobreza, el honor que el deshonor, la vida larga que la corta».

 

También Buda se sitúa en esta perspectiva, ya que identificaba en el «deseo» el origen del sufrimiento y, por consiguiente, en la erradicación del deseo la clave para superar el sufrimiento.

 

3.- Por último, hay filosofías y espiritualidades que pretenden orientar el deseo de otra manera, cultivando un deseo alternativo, pero no por ello menos intenso. No proponen la indiferencia, sino el cuidado; no la adaptación al presente, sino la utopía de un futuro diferente. Cabe recordar aquí a Jesús de Nazaret para quien el amor, que por definición es deseo, desempeña un papel decisivo. En particular, Jesús decía: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera encendido!», y al mismo tiempo proclamaba: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia», magnificando al máximo el deseo. En perfecta continuidad con el espíritu de la profecía judía, Jesús fue un gran evocador de deseo.

 

Yo creo que la vida también se acaba cuando el amor propio pierde su resorte, su energía… y uno comienza a estar muerto en vida. La esperanza es una pasión, una forma de ser, tan inherente e inseparable del sentimiento de la vida, es decir, de la vida propiamente dicha, como el pensamiento, el amor a uno mismo y el deseo del propio bien.

 

Vivo, por lo tanto espero, es un silogismo muy acertado. Vivo, por lo tanto deseo. No se puede vivir sin desear, pero se puede, es más, se debe vivir orientando el deseo. El deseo orientado y elevado se llama aspiración.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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