lunes, 1 de septiembre de 2025

La verdad última de la vida: el amor -Mateo 25, 31-46-.

La verdad última de la vida: el amor -Mateo 25, 31-46- 

Una escena poderosa, dramática, ese «juicio universal» que en realidad es la revelación de la verdad última de la vida, la revelación de lo que queda cuando ya no queda nada: el amor. El Evangelio responde a la más seria de las preguntas: ¿qué has hecho con tu hermano? 

Yo hace enumerando seis obras, pero luego va más allá: lo que habéis hecho a uno de mis hermanos más pequeños, ¡me lo habéis hecho a mí! 

Extraordinario: Jesús establece un vínculo tan estrecho entre él y los hombres, que llega a identificarse con ellos: ¡me lo habéis hecho a mí! El pobre es como Dios, cuerpo y carne de Dios. El cielo donde habita el Padre son sus hijos. 

Destaco tres palabras del pasaje: 

1) Dios es aquel que tiende la mano, porque le falta algo. 

Revelación que revierte toda idea previa sobre lo divino. Es imposible no enamorarse de este Dios enamorado y necesitado, mendigo de pan y de hogar, que no busca veneración para sí mismo, sino para sus amados. Quiere que todos estén saciados, vestidos, curados, liberados. Y mientras haya uno solo que sufra, él también sufrirá. Ante este Dios me quedo encantado, lo acojo, entro en su mundo. 

2) El tema del juicio no es el mal, sino el bien. 

La medida del hombre y de Dios, la medida última de la historia no es lo negativo o la sombra, sino lo positivo y la luz. Las balanzas de Dios no están calibradas para los pecados, sino para la bondad; no pesan toda mi vida, sino solo la parte buena de ella. Palabra del Evangelio: la verdad del hombre no son sus debilidades, sino la belleza de su corazón. Juicio divinamente amañado, en cuyas balanzas un poco de buen grano pesa más que toda la cizaña del campo. 

3) Al atardecer de la vida seremos juzgados solo por el amor -San Juan de la Cruz-, no por devociones o ritos religiosos, sino por asumir laico el dolor del hombre. 

El Señor no mirará a mí, sino a mi alrededor, a aquellos de quienes me he ocupado. Si me encierro en mi yo, aunque esté adornado con todas las virtudes, y no participo en la existencia de los demás, si no soy sensible y no me comprometo, puedo estar libre de pecados, pero vivo en una situación de pecado. 

Sin embargo, la fe no se reduce a realizar buenas acciones, debe seguir siendo escandalosa: ¡el pobre como Dios! Un Dios enamorado que repite sobre cada hijo el canto exultante de Adán: «Verdaderamente tú eres carne de mi carne, aliento de mi aliento, cuerpo de mi cuerpo». 

Luego están los que son rechazados. ¿Cuál es su culpa? Han elegido el alejamiento: lejos de mí, vosotros que habéis estado lejos de vuestros hermanos. No han hecho daño a los pobres, no los han humillado, simplemente no han hecho nada. Indiferentes, distantes, corazones ausentes que no saben ni llorar ni abrazar, vivos y ya muertos -Charles Péguy-. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Las balanzas del Señor solo pesan el bien -Mateo 25, 31-46-.

Las balanzas del Señor solo pesan el bien -Mateo 25, 31-46-

Una escena poderosa, dramática, llamada «juicio universal», pero que en realidad es la revelación de la verdad última sobre el hombre y la vida, sobre lo que queda cuando ya no queda nada: el amor. Porque el tiempo del amor es más largo que el tiempo de la vida. La escena responde a una pregunta tan antigua como el hombre: ¿qué has hecho con tu hermano? 

La Palabra ofrece como respuesta seis obras ordinarias, y luego abre una rendija extraordinaria: ¡lo que habéis hecho a uno de mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí! Jesús establece un vínculo tan estrecho entre él y los hombres, que llega a identificarse con ellos: ¡me lo habéis hecho a mí! 

El pobre es como Dios, es cuerpo y carne de Dios. 

El cielo en el que habita el Padre son sus hijos. Y comprendo que a Dios le falta algo: al amor le falta ser amado. Está ahí, en el último de la fila, mendigando pan y un hogar para sus amados: quiere que todos estén saciados, vestidos, curados, consolados. Y mientras haya uno solo que sufra, él también sufrirá. Ante este Dios quedo encantado, con Él me siento seguro. Y así haré yo también, cuidaré de un hermano, lo mantendré a salvo al abrigo de mi corazón. 

Me reconforta enormemente saber que el tema del juicio no será el mal, sino el bien; no los pecados, las debilidades, los defectos, sino los gestos buenos, las migajas de bondad. 

Las balanzas de Dios no están calibradas para el mal, sino para la bondad; no pesan toda nuestra vida, sino solo la parte buena de ella. En el principio y en lo más profundo, no es el mal lo que revoca el bien, sino el bien lo que revoca el mal de nuestras vidas. 

En las balanzas del Señor, una espiga de buen trigo pesa más que toda la cizaña del campo. Jesús muestra así que el «juicio» está divinamente amañado, es claramente parcial, porque solo se admiten las pruebas a favor. 

Al atardecer de la vida seremos juzgados por el amor -Juan de la Cruz-, no por las culpas o las prácticas religiosas, sino por el secular y humanísimo hecho de cargar con el dolor del hombre. 

Sin embargo, el camino cristiano no se reduce a realizar buenas acciones, debe seguir siendo escandaloso, más elevado, provocador, ¡repetir que el pobre es la casa de Dios! Un Dios enamorado que canta por cada hijo el canto exultante de Adán por su mujer: «Verdaderamente tú eres carne de mi carne, aliento de mi aliento, cuerpo de mi cuerpo». 

Luego están también los que son rechazados. ¿Cuál es su culpa? Han elegido el alejamiento: lejos de mí, vosotros que habéis estado lejos de vuestros hermanos. No han hecho daño a los pobres, no los han humillado ni ridiculizado, simplemente no han hecho nada. Omisión de fraternidad. Aislamiento por miedo, porque «el infierno son los demás» -Jean Paul Sartre-. 

El Evangelio responde: «nunca sin el otro». El Señor no mirará a mí, mirará a mi alrededor, a aquellos de quienes me he ocupado. Sin ellos, no hay paraíso. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Qué santidad! -Mateo 5, 1-12-.

¡Qué santidad! -Mateo 5, 1-12-

¡Qué contento estoy! 

Contento porque, de vez en cuando, una vez al año, celebramos la maravillosa solemnidad de los santos. 

Lo sé, lo sé, por desgracia, para muchos hoy sigue siendo la «fiesta de los muertos», que, en cambio, es mañana, y los santos, probablemente, serán relegados a la celebración de la víspera… 

Sea como fuere, esto revela lo poco vinculados que estamos a la alegría que deriva de la santidad y que nos es necesaria para recordar a nuestros difuntos. 

Los santos y los difuntos van juntos, los celebramos seguidos (¡no juntos!) para llenarnos de esperanza antes de reflexionar sobre la muerte. 

Dejemos los crisantemos en la mesa y las velas ecológicas en la bolsa de la compra y, antes de dar un salto al cementerio, detengámonos a meditar sobre la monumental fiesta de hoy. 

¡Fuera de las tumbas! 

Hoy es la fiesta de los santos, la fiesta de nuestro destino, de nuestra vocación. 

Creemos que cada hombre nace para realizar el sueño de Dios y que nuestro lugar es insustituible. 

El santo es aquel que ha descubierto este destino y lo ha realizado, mejor aún: se ha dejado hacer, ha dejado que el Señor tomara posesión de su vida. 

Nuestra generación está llamada a reapropiarse de los santos, a bajarlos de los nichos de devoción en los que los hemos exiliado para convertirlos en nuestros amigos y consejeros, nuestros hermanos y maestros. 

¡Cuántas maldades hacemos a los santos cuando los mantenemos alejados y tratamos de convencerlos de que nos escuchen con velas encendidas! 

Ellos, que querrían bajar para enseñarnos a creer, como ellos supieron hacer, se encuentran exiliados en su condición de personas extrañas que poco tienen que ver con nuestra fe... 

El santo 

La santidad que celebramos —en verdad— es la de Dios y, al acercarnos a Él, primero nos seduce y luego nos contagia. La Biblia habla a menudo de Dios y de su santidad, de su perfección de amor, de equilibrio, de luz de paz. 

Él es el Santo, el totalmente otro, pero, como nos revela la Escritura, Dios desea ardientemente compartir su santidad con su pueblo. 

Dios ya nos ve santos, ve en nosotros una plenitud que ni siquiera nos atrevemos a imaginar, contentándonos con nuestra mediocridad. 

Lèon Bloy, un gran literato francés, escribió: «Solo hay una tristeza: la de no ser santo. Espero al Espíritu Santo, que es el Fuego de Dios. Estoy hecho para esperar continuamente y para consumirme en la espera. Durante más de medio siglo no he sido capaz de hacer otra cosa». 

¡Qué cierto es! 

El santo es todo lo más bello y noble que existe en la naturaleza humana, en cada uno de nosotros existe la nostalgia de la santidad, de lo que estamos llamados a ser: escuchemos esa nostalgia. 

Los santos no son personas extrañas, hombres y mujeres consumidos por la penitencia, que han renunciado a la vida. Al contrario. ¡Han amado tanto la vida que la han hecho florecer! 

Los santos no son magos que hacen prodigios: el milagro más grande es su continua conversión. 

Los santos no son perfectos e impecables, pero han tenido el valor, que a menudo nosotros no tenemos, de volver a empezar después de haber cometido un error. 

Los santos no son solitarios: después de haber conocido la gloria y la belleza de Dios, solo tienen un deseo, el de compartirla con nosotros. 

Pidamos a los santos que nos ayuden en nuestro camino: que Pedro nos dé su fe inquebrantable, Pablo el ardor de la fe, Juan la sencillez de recostarnos y abandonarnos en el corazón de Jesús. Así, juntos, nosotros aquí abajo y ellos que ahora están llenos, cantemos la belleza de Dios en este día que es nostalgia de lo que podríamos llegar a ser, ¡si tan solo confiáramos! 

¡Santos ya! 

¿Y nosotros? 

Si la santidad es el modelo de la plena humanidad, ¿por qué no proponernos este objetivo? 

Santo es quien deja que el Señor llene su vida hasta convertirla en un don para los demás. 

No pongáis cara seria (y repulsiva) jugando a ser devotos. ¡Qué tristes son los cristianos tristes! ¡Qué aburridos! 

Celebrar a los santos significa celebrar una historia alternativa. 

La historia que estudiamos en los libros de texto, la historia que llega dolorosamente a nuestros hogares, hecha de violencia y prepotencia, no es la verdadera historia. Entrelazada y mezclada con la historia de los poderosos, existe una historia diferente que Dios ha inaugurado: su Reino. 

Las Bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza cuál es la lógica de Dios. 

Una lógica en la que se percibe claramente la diferente mentalidad entre Dios y los hombres: los bienaventurados, los que viven desde ahora la felicidad, son los mansos, los pacíficos, los puros, los que viven con intensidad y entregan su vida, como los santos. 

Este Reino que el Señor ha inaugurado y nos ha dejado en herencia, nos corresponde a nosotros, en la vida cotidiana, hacerlo presente y operativo en nuestro tiempo. 

Aperturas 

Contemplar nuestro destino, el gran proyecto de bien y salvación que Dios tiene para la humanidad, nos permite afrontar con esperanza el fatigoso recuerdo de nuestros difuntos. Quien ha amado y ha perdido el amor sabe cuánto dolor provoca la muerte. 

Jesús tiene una Buena Noticia sobre la muerte, sobre este misterioso encuentro, esta cita segura para todos. 

La muerte, hermana muerte, es una puerta a través de la cual alcanzamos la dimensión profunda de la que procedemos, ese aspecto invisible en el que creemos, las cosas que permanecen porque, como decía el sabio Principito, lo esencial es invisible a los ojos. 

Somos inmortales, amigos, desde el momento de nuestra concepción somos inmortales y toda nuestra vida consiste en descubrir las reglas del juego, el tesoro escondido, como un feto que crece para luego nacer en la dimensión de la plenitud. 

Somos inmensamente más de lo que aparentamos, más de lo que pensamos que somos. 

Somos más: nuestra vida, por muy realizada que esté, por muy satisfactoria que sea, nunca podrá llenar la necesidad absoluta de plenitud que llevamos en nuestro interior. 

La eternidad ya ha comenzado, amigos, juguémosla bien, no esperemos la muerte, no la evitemos, sino pensemos en ella con serenidad para revisar nuestra vida, para ir a lo esencial, para dar lo verdadero y lo mejor de nosotros mismos. 

Nuestros amigos difuntos, a quienes confiamos a la ternura de Dios, nos preceden en la aventura de Dios. 

Dios quiere la salvación de todos, con obstinación, pero nos deja libres, porque nos ama, para responder a este amor o rechazarlo. Oremos hoy, amigos, para que el Maestro nos conceda la fidelidad a su proyecto de amor. 

Nuestra oración nos pone en comunión con nuestros difuntos, les hace sentir nuestro afecto, en espera de los nuevos cielos y la nueva tierra que nos esperan. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En las Bienaventuranzas, la regla de la santidad -Mateo 5, 1-12-.

En las Bienaventuranzas, la regla de la santidad -Mateo 5, 1-12- 

Nunca nos cansamos de escuchar las nueve bienaventuranzas, aunque las conozcamos bien, aunque estemos seguros de no comprenderlas. Reavivan la nostalgia imperiosa de un mundo hecho de bondad, de no violencia, de sinceridad, de solidaridad. 

Las bienaventuranzas dibujan una forma totalmente diferente de ser hombres y mujeres, amigos del género humano y al mismo tiempo amigos de Dios, que aman el cielo y custodian la tierra, seducidos por lo eterno y sin embargo enamorados de este tiempo difícil y confuso: ellos son los santos. La historia se aferra a los santos para no volver atrás, se aferra a las bienaventuranzas. 

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra; solo quienes tienen el corazón en paz garantizan el futuro de la tierra, e incluso la posibilidad misma de un futuro. En la inmensa peregrinación hacia la vida, los justos, los que más han sufrido, guían a los demás, los arrastran hacia adelante y hacia arriba. 

Lo vemos en todas partes, en nuestras familias como en la historia profunda del mundo: quien tiene el corazón más limpio indica el camino, quien ha llorado mucho ve más lejos, quien es más misericordioso ayuda a todos a empezar de nuevo. 

Dios interviene en la historia, anuncia y trae la paz. Pero ¿cómo interviene? Lo hace a través de sus amigos pacificados que se convierten en pacificadores, a través de los hombres de las bienaventuranzas. 

El Evangelio nos presenta en las bienaventuranzas la regla de la santidad; estas no evocan cosas extraordinarias, sino acontecimientos cotidianos, un entramado de situaciones comunes, fatigas, esperanzas, lágrimas: nuestro pan de cada día. 

En su lista estamos todos: los pobres, los que lloran, los incomprendidos, los de ojos puros, que no cuentan nada a los ojos impuros y ávidos del mundo, pero que son capaces de acariciar el fondo del alma, son capaces de regalarte una emoción profunda y verdadera. E incluso está la santidad de las lágrimas, de aquellos que han llorado mucho, que son el tesoro de Dios. 

Las bienaventuranzas componen nueve rasgos del rostro de Jesús y del rostro del hombre y de la mujer: entre esas nueve palabras hay una proclamada y escrita para mí, que debo identificar y realizar, que tiene en sí misma la fuerza de hacerme más hombre y mujer, que contiene mi misión en el mundo y mi felicidad. 

Sobre las bienaventuranzas estoy llamado a recorrer mi camino, partiendo de mí mismo pero no para mí, para un mundo que necesita ejemplos que se puedan contar, historias del bien que contrarresten las historias del mal, corazones puros y libres que se ocupen de la felicidad de alguien. Y Dios se ocupará de la suya: «¡Bienaventurados vosotros!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La atención a los más débiles -Mateo 5, 1-12-.

La atención a los más débiles -Mateo 5, 1-12-

Es un Evangelio que cada vez nos hace reflexionar y nos deja desarmados. No hay pruebas ni garantías para estas afirmaciones, son como una nube de canto que seduce y reaviva la nostalgia dominante de un mundo hecho de bondad, sinceridad y justicia. 

Las bienaventuranzas son una forma completamente diferente de ser hombres y mujeres. De alguna manera, se han ganado nuestra confianza: las sentimos verdaderas y fiables, difíciles pero amigas. No establecen nuevos preceptos, sino que son el alegre anuncio de que Dios da vida a quienes producen amor. Que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hace cargo de su felicidad. 

Las bienaventuranzas nos aseguran que el sentido de la vida es, y no puede ser otra cosa, una búsqueda de la felicidad. Que los misteriosos legisladores del mundo son los justos, que los tejedores secretos de lo mejor son los pobres. 

Si acoges las bienaventuranzas, su lógica te cambia el corazón, a la medida del de Dios. Que no es imparcial, tiene debilidad por los débiles, comienza desde las periferias de la historia, ha elegido lo que en el mundo es pobre y enfermo para cambiar radicalmente el mundo, para hacer una historia que avance no por las victorias de la fuerza, sino por las siembras de justicia y las cosechas de paz. 

Son dichos bienaventurados los pobres, no la pobreza. Son bienaventurados los hombres y las mujeres, no las situaciones. 

Dios está con los pobres contra la pobreza. Bienaventurados los que lloran: Dios está del lado de los que lloran, pero no del lado del dolor. Es la bienaventuranza más paradójica: felices los que no son felices. Pero no porque la felicidad se encuentre en el llanto, sino porque ocurre algo nuevo: «Levantaos, vosotros que lloráis, adelante: Dios camina con vosotros, seca las lágrimas, venda el corazón, abre el futuro». Un ángel misterioso anuncia a quien llora: «El Señor está contigo». 

Dios está contigo, en el reflejo más profundo de tus lágrimas, para multiplicar el valor. En la tormenta está a tu lado, fuerza de tu fuerza. Como para los discípulos, sorprendidos por la tormenta en el lago durante la noche: él está allí, en la fuerza de los remeros que no se rinden, en los brazos firmes del timonel, en los ojos del vigía que escudriña la orilla y busca el amanecer. 

Bienaventurados los misericordiosos: son los únicos que en el futuro encontrarán lo que ya tienen, la misericordia. 

Las bienaventuranzas son algo que se lleva consigo para siempre, equipaje para el viaje eterno, equipamiento y sello de eternidad colocado a lo largo de todo el tiempo que dura este camino peregrino. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Bienaventuranzas: Dios da vida a quienes producen amor -Mateo 5, 1-12-.

Bienaventuranzas: Dios da vida a quienes producen amor -Mateo 5, 1-12-

 

Las Bienaventuranzas, que Gandhi llamaba «las palabras más elevadas que la humanidad ha escuchado», sirven de nexo entre las dos fiestas de los santos y los difuntos. La liturgia propone el Evangelio de las Bienaventuranzas como una luz que no solo alcanza a los mejores entre nosotros, los santos, sino que se posa sobre todos los hermanos que nos han precedido. 

Una luz en la que todos estamos incluidos: los pobres, los soñadores, los ingenuos, los que lloran y los heridos, los que vuelven a empezar. Cuando las escuchamos en la Iglesia nos parecen posibles e incluso hermosas, pero luego salimos y nos damos cuenta de que para habitar la tierra, este mundo agresivo y duro, hemos elegido el manifiesto más difícil, revolucionario y contrario a la corriente que se pueda imaginar. 

Pero si acoges las Bienaventuranzas, su lógica te cambia el corazón. Y pueden cambiar el mundo. Te cambian a la medida de Dios. Dios no es imparcial, tiene debilidad por los débiles, comienza por los últimos, por las periferias de la Historia, para cambiar el mundo, para que no avance por las victorias de los más fuertes, sino por la siembra de la justicia y la cosecha de la paz. 

¿Quién es el guardián de la esperanza para el camino de la tierra? ¿Los hombres más ricos, los personajes de éxito o, por el contrario, los hambrientos de justicia para sí mismos y para los demás? ¿Los luchadores que tienen pasión, pero sin violencia? 

¿Quién regala sueños al corazón? ¿Quién está más armado, es más fuerte y astuto? ¿O, por el contrario, el tejedor secreto de la paz, el no violento, el que tiene los ojos limpios y el corazón de niño y sin engaño? 

Las Bienaventuranzas son el corazón del Evangelio y en el corazón del Evangelio hay un Dios que se preocupa por la alegría del ser humano. No es una lista de órdenes o preceptos, sino la Buena Noticia de que Dios da vida a quienes producen amor, que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hace cargo de su felicidad. 

No solo eso, sino que también son bienaventurados los que no han realizado acciones especiales, los pobres, los pobres sin adjetivos, todos aquellos a los que la injusticia del mundo condena al sufrimiento. 

Bienaventurados vosotros, los pobres, porque vuestro es el Reino, ya ahora, ¡no en el otro mundo! Bienaventurados, porque hay más Dios en vosotros. Y, por lo tanto, más esperanza, y solo la esperanza crea historia. Bienaventurados los que lloran... y no significa: ¡felices cuando estáis mal! Sino: Levantaos, los que lloráis, ánimo, en camino, Dios está de vuestro lado y camina con vosotros, ¡fuerza de vuestra fuerza! 

Bienaventurados los misericordiosos... Ellos nos muestran que los días traspasan los límites de lo eterno, ellos que encontrarán para sí mismos lo que han regalado a la vida de los demás: encontrarán misericordia, equipaje terrenal para el viaje al cielo, equipamiento para el largo éxodo hacia el corazón de Dios. Para recordarnos que «nuestra muerte es la parte de la vida que da al más allá. Ese más allá que confina con Dios» (Rilke). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Felicidad, palabra clave de las Bienaventuranzas -Mateo 5, 1-12-.

Felicidad, palabra clave de las Bienaventuranzas -Mateo 5, 1-12- 

Las nueve Bienaventuranzas son el corazón del Evangelio; en el corazón del Evangelio aparece nueve veces la palabra felicidad, hay un Dios que se preocupa por la alegría del hombre, trazándole los caminos. 

Como de costumbre, estamos desprevenidos, a contracorriente y sin aliento ante la ternura y el esplendor de estas palabras. Son la nostalgia dominante de una forma completamente diferente de ser hombres, el sueño de un mundo hecho de paz, sinceridad, justicia y corazones puros. 

Estas nueve palabras son la Buena Noticia, el anuncio gozoso de que Dios da vida a quienes producen amor, de que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hace cargo de su felicidad. Las bienaventuranzas son el mayor acto de esperanza del cristiano. Cuando se proclaman, aún nos fascinan, pero luego salimos de la Iglesia y nos damos cuenta de que para habitar la tierra, este mundo agresivo y duro, hemos elegido el manifiesto más difícil, increíble, revolucionario y contrario a la corriente que el hombre pueda imaginar. 

La primera dice: bienaventurados los pobres. Y habríamos esperado: porque habrá un cambio radical, porque os haréis ricos. No. El proyecto de Dios es más profundo y vasto. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino, ya ahora, ¡no en la otra vida! Bienaventurados, porque hay más Dios en vosotros, hay más libertad, menos apego al yo y a las cosas. 

Bienaventurados porque custodian la esperanza de todos. En este mundo en el que se enfrentan naciones ricas hasta el despilfarro y pueblos muy pobres, un ejército silencioso de hombres y mujeres preparan un futuro bueno: construyen la paz, en el trabajo, en la familia, en las instituciones; son obstinados en proponer la justicia, honestos incluso en las pequeñas cosas. Los hombres de las bienaventuranzas, desconocidos para el mundo, que no aparecerán en los periódicos, son los legisladores secretos de la historia. 

La segunda es la bienaventuranza más paradójica: Bienaventurados los que lloran. Felicidad y lágrimas mezcladas, quizás indisolubles. Dios está del lado de los que lloran, ¡pero no del lado del dolor! Un ángel misterioso anuncia a quien llora: el Señor está contigo. Dios no ama el dolor, está contigo en el reflejo más profundo de tus lágrimas para multiplicar el valor, para vendar el corazón herido, en la tormenta está a tu lado, fuerza de tu fuerza. 

La palabra clave de las bienaventuranzas es felicidad. San Agustín, que escribe una obra completa sobre la vida bienaventurada, y dice: ‘hemos discutido sobre la felicidad y no conozco ningún valor que pueda considerarse más un don de Dios’. Dios no es solo amor, no es solo misericordia, Dios es también felicidad. La felicidad es uno de los nombres de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Los santos son los hombres y mujeres de las Bienaventuranzas -Mateo 5, 1-12-.

Los santos son los hombres y mujeres de las Bienaventuranzas -Mateo 5, 1-12-

Los santos son los hombres y las mujeres de las Bienaventuranzas. Estas palabras son el corazón del Evangelio, el relato de cómo vivía en el mundo el hombre Jesús, y por eso son el rostro elevado y puro de cada hombre y de la mujer, las nuevas hipótesis de la humanidad. Son el deseo imperioso de una forma completamente diferente de ser hombres y mujeres, el sueño de un mundo hecho de paz, sinceridad, justicia y corazones limpios. 

En el corazón del Evangelio aparece nueve veces la palabra bienaventurados, hay un Dios que se preocupa por la alegría del hombre, trazándole los caminos. Como de costumbre, inesperados, a contracorriente. Y nos quedamos sin aliento ante la ternura y el esplendor de estas palabras. 

Las Bienaventuranzas resumen la Buena Nueva, el anuncio gozoso de que Dios da vida a quien produce amor, que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hace cargo de su felicidad. 

Cuando se proclaman, aún nos fascinan, pero luego salimos de la Iglesia y nos damos cuenta de que para habitar la tierra, este mundo agresivo y duro, hemos elegido el manifiesto más difícil, increíble, revolucionario y contrario a la corriente que el hombre pueda imaginar. 

La primera dice: bienaventurados vosotros los pobres. Y habríamos esperado: porque habrá un cambio radical, porque os haréis ricos. 

No. El proyecto de Dios es más profundo y vasto. Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino, ya ahora, ¡no en la otra vida! Bienaventurados, porque hay más Dios en vosotros, más libertad, más futuro. 

Bienaventurados porque custodian la esperanza de todos. En este mundo en el que se enfrentan el despilfarro y la miseria, un ejército silencioso de hombres y mujeres preparan un futuro mejor: construyen la paz, en el trabajo, en la familia, en las instituciones; son obstinados en proponer la justicia, honestos incluso en las pequeñas cosas, no conocen la duplicidad. 

Los hombres y las mujeres de las Bienaventuranzas, desconocidos para el mundo, aquellos que no salen en los periódicos, son, en cambio, los legisladores secretos de la historia. 

La segunda es la Bienaventuranza más paradójica: bienaventurados los que lloran. Levantaos, caminad, levantaos los que coméis pan de lágrimas, dice el salmo. Dios está del lado de los que lloran, ¡pero no del lado del dolor! Un ángel misterioso anuncia a todos los que lloran: el Señor está contigo. Dios no ama el dolor, está contigo en el reflejo más profundo de tus lágrimas, para multiplicar el valor, para vendar el corazón herido, en la tormenta está a tu lado, fuerza de tu fuerza. 

La palabra clave de las Bienaventuranzas es felicidad. San Agustín, que escribe una obra completa sobre la vida bienaventurada, dice: ‘hemos hablado de la felicidad, y no conozco ningún valor que pueda considerarse más un don de Dios’. Dios no solo es amor, no solo misericordia, Dios también es felicidad. La felicidad es uno de los nombres de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Las Bienaventuranzas, el mayor acto de esperanza cristiana -Mateo 5, 1-12-.

Las Bienaventuranzas, el mayor acto de esperanza cristiana -Mateo 5, 1-12-

Ante el Evangelio de las Bienaventuranzas, cada vez siento el temor de estropearlo con mis intentos de comentario, porque sé que aún no lo he comprendido. Porque después de años de escucha y de lucha, esta palabra sigue sorprendiéndome y escapándose de mí. 

Gandhi decía que estas son «las palabras más elevadas del pensamiento humano». Te hacen reflexionar y te desarman, reavivan la nostalgia dominante de un mundo hecho de bondad, sinceridad, justicia, sin violencia y sin mentiras, una forma completamente diferente de ser hombres. 

Las Bienaventuranzas, de alguna manera, se han ganado nuestra confianza, las sentimos difíciles y, sin embargo, nos suenan amigas. Amigas porque no establecen nuevos mandamientos, sino que proponen la Buena Noticia de que Dios da vida a quien produce amor, que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hace cargo de su felicidad. 

Lo primero que me llama la atención es la palabra: Bienaventurados vosotros. Dios se alía con la alegría de los hombres, se preocupa por ella. El Evangelio me asegura que el sentido de la vida es, en su intimidad, en su núcleo más profundo, la búsqueda de la felicidad. Que esta búsqueda está en el sueño de Dios, y que Jesús vino a traer una respuesta. 

Una propuesta que, como de costumbre, es inesperada, contraria a la corriente, que despliega nueve caminos que dejan sin aliento: felices los pobres, los obstinados en proponerse la justicia, los constructores de paz, los que tienen el corazón dulce y los ojos de niño, los no violentos, los que son valientes porque están desarmados. Ellos son la única fuerza invencible. 

Las bienaventuranzas son el mayor acto de esperanza del cristiano. El mundo no está ni estará, ni hoy ni mañana, bajo la ley del más rico y del más fuerte. El mundo pertenece a quienes lo hacen mejor. 

Para comprender algo más del significado de la palabra bienaventurados, observo también cómo aparece ya en el primero de los 150 salmos, el de los dos caminos, es más, es la palabra que abre todo el salterio: «Bienaventurado el hombre que no permanece en el camino de los pecadores, que camina por el camino recto». Y también en el salmo de las peregrinaciones: «Bienaventurado el hombre que tiene el camino en el corazón» (Sal 84,6). 

Decir bienaventurados es como decir: «Levantaos, los que lloráis; adelante, en camino, Dios camina con vosotros, seca las lágrimas, venda el corazón, abre caminos». Dios solo conoce a los hombres en camino. 

Bienaventurados: no os rindáis, vosotros los pobres, vuestros derechos no son derechos pobres. El mundo no será mejorado por aquellos que acumulan más dinero. Los poderosos son como vasijas llenas, no tienen espacio para nada más. Les basta con prolongar el presente, no tienen caminos en el corazón. 

Si acoges las Bienaventuranzas, su lógica te cambia el corazón, a la medida del de Dios; te lo sanan para que puedas así cuidar bien del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ese Dios que ha elegido como bienaventurados a los últimos -Mateo 5, 1-12-.

Ese Dios que ha elegido como bienaventurados a los últimos -Mateo 5, 1-12-

Bienaventurado el hombre, primera palabra del primer salmo. A la que se hace eco la primera palabra del primer discurso de Jesús, en la montaña: Bienaventurados los pobres. 

¿Qué significa bienaventurado, este término un poco desusado y descolorido? La mente recurre inmediatamente a sinónimos como: feliz, contento, afortunado. Pero el término no puede reducirse solo al mundo de las emociones, empobrecido a un estado de ánimo aleatorio. Indica, en cambio, un estado de vida, consolida la certeza más humana que tenemos y que nos compone a todos en unidad: la aspiración a la alegría, al amor, a la vida. 

Bienaventurados, y es como decir: en pie, en camino, adelante, vosotros los pobres -André Chouraqui-, Dios camina con vosotros; arriba, con la espalda recta, no os rindáis, vosotros los no violentos, sois el futuro de la tierra; ánimo, levántate y tira lejos el manto del luto, tú que lloras; no te des por vencido, tú que produces amor. 

Las bienaventuranzas son una profundidad a la que nunca llegaré, Evangelio que sigue sorprendiéndome y escapándoseme, y sin embargo hay que salvar a toda costa; nostalgia dominante de un mundo hecho de paz y sinceridad, de justicia y corazones puros, una forma completamente diferente de estar vivos y de ser humanos. 

Las bienaventuranzas no son un precepto más o un nuevo mandamiento, sino la Buena Noticia de que Dios regala alegría a quien produce amor, que si uno se hace cargo de la felicidad de alguien, el Padre se hará cargo de su felicidad. 

Vuestro es el Reino: el Reino es de los pobres porque el Rey se ha hecho pobre. La tierra es de los mansos porque el poderoso se ha hecho manso y humilde. A esta tierra, empapada de sangre -la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra-, planeta de tumbas, ¿quién le regala un futuro? ¿Quién está más armado, es más fuerte, más despiadado? ¿O no es más bien el pacificador, el no violento, el misericordioso, el que cuida? 

La segunda dice: Bienaventurados los que lloran. La bienaventuranza más paradójica: lágrimas y felicidad mezcladas, pero no porque Dios ame el dolor, sino porque en el dolor Él está contigo. Un ángel misterioso anuncia a todo el que llora: el Señor está contigo. Dios está contigo, en el reflejo más profundo de tus lágrimas para multiplicar tu valor; en cada tormenta está a tu lado, fuerza de tu fuerza, dique de tus miedos. 

Como para los discípulos sorprendidos por la tormenta en el lago durante la noche, Él está allí en la fuerza de los remeros que no se rinden, en los brazos firmes sobre el timón, en los ojos del vigía que buscan el amanecer. 

Jesús anuncia un Dios que no es imparcial, que tiene las manos enredadas en la espesura de la vida, que tiene debilidad por los débiles, que comienza por los últimos de la fila, por los subterráneos de la historia, que ha elegido a los desechos del mundo para crear con ellos una historia que no avance por las victorias de los más fuertes, sino por las siembras de justicia y las cosechas de paz. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Bienaventurado quien camina por el camino del Señor -Mateo 5, 1-12-.

Bienaventurado quien camina por el camino del Señor -Mateo 5, 1-12-

Tenemos ante nosotros palabras abismales, cuyo fondo no podemos ver, las más elevadas de la historia de la humanidad -Gandhi-. 

Es la primera lección del Maestro Jesús, al aire libre, en la colina, con el lago como telón de fondo, y como primer tema ha elegido la felicidad. Porque es lo que más nos falta, lo que todos buscamos, de todas las maneras, todos los días. Porque la vida es, y no puede ser otra cosa, una búsqueda continua de la felicidad, porque Dios quiere hijos felices. 

El joven Rabino parece conocer el secreto y lo resume así: Dios da alegría a quien produce amor, añade vida a quien edifica la paz. El Maestro se erige a contracorriente con respecto a todos los maestros nuevos o antiguos, aquellos fascinados por la realización de sí mismos, cautivados por la búsqueda de su propio bien, que lo refieren todo a sí mismos. 

El Maestro de la vida pone en fila a los pobres, los mansos, los hambrientos, las personas de corazón limpio y bueno, los que se interesan por el bien común, los que tienen los ojos en los ojos y en el corazón de los demás. Considerados perdedores, golpeados por la vida, son, en cambio, los hombres y las mujeres más auténticos y libres. 

Y para ellos Jesús pronuncia, con cadencia divina, nada menos que nueve veces un término típico de la cultura bíblica, ese «bienaventurados» que es una palabra clave, que aparece más de 110 veces en la Sagrada Escritura. Que no se limita a indicar solo una emoción, aunque sea la más bella, rara y deseada. 

Quizás podamos intuir algo de su rico significado cuando, al abrir el libro de los Salmos, el libro de nuestra vida vertical, nos encontramos de inmediato, desde la primera palabra del primer salmo, con ese «bienaventurado el hombre que no sigue el camino de los malhechores». 

Es esclarecedora la traducción del hebreo que hace André Chouraqui: «bienaventurado» significa «en camino, de pie, en marcha, adelante vosotros que no camináis por el camino del mal», Dios camina con vosotros. Bienaventurados, adelante, no os detengáis, obstinados en proponer la justicia, no bajéis los brazos, no os rindáis. 

Tú que construyes oasis de paz, que prefieres la paz a la victoria, continúa, es el camino correcto, no te detengas, no te desvíes, adelante, porque este camino va directo hacia el feliz florecimiento del ser, hacia los cielos y la tierra nuevos, da a luz hombres y mujeres más libres y verdaderos. 

Jesús relaciona la felicidad con la justicia, dos veces, con la paz, la mansedumbre, el corazón limpio, la misericordia. Lo hace porque la felicidad es relación, se basa en dar y recibir lo que nutre, cuida, custodia, hace florecer la vida. Y sabe posar una caricia sobre el alma. 

Y también a quienes han llorado mucho, un ángel misterioso les anuncia: Empieza de nuevo, retoma, el Señor está contigo, venda tu corazón, abre el futuro. Ocúpate de la vida de alguien y Dios se ocupará de la tuya. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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