jueves, 30 de abril de 2026

La confianza de Jesús en los testigos - San Mateo 28, 16-20 -.

La confianza de Jesús en los testigos - San Mateo 28, 16-20 - 


Llevan 40 días hablando del Reino y aún no lo entienden, y sin embargo Jesús no se cansa de acercarse a ellos y de explicar. Es Dios quien llama a la puerta del ser humano, y la puerta del ser humano es el corazón. 

Todos acudieron a la cita en el monte de Galilea. Todos, incluso los que aún dudaban, toda la comunidad herida que había sufrido la traición, la huida e incluso el suicidio de uno de los suyos...

 

Pero el Maestro no los abandona, y realiza uno de sus gestos más característicos: Jesús se acercó. Se acerca más...

 

Es Dios quien llama a la puerta del ser humano, y la puerta del ser humano es el corazón. Y si yo no abro, Él me deja un mensaje en la puerta. Sé que volverá, porque no duda de mí. Ellos sí, dudan, incluso de sí mismos. Pero las dudas nunca han enfriado el corazón de Dios.

 

La última, la suprema pedagogía de Jesús es así de sencilla: «acercarse siempre, consolar y fortalecer», susurrar al corazón, y sobre todo estar junto a ellos: yo estoy con vosotros, todos los días, incluso ante las puertas cerradas, cuando la noche te envuelve y cuando te parece que vuelas.

 

Y luego el envío: id por todo el mundo y anunciad. Confía la fe y la palabra de vida a discípulos que llevan un peso en el corazón, y sin embargo: id y bautizad, sumergid cada vida en el océano de la vida.

 

Hacedlo «en el nombre del Padre»: amor en cada amor; «en el nombre del Hijo»: el más bello entre los nacidos de mujer; «en el nombre del Espíritu»: viento que nos hace a todos viento en su Viento.

 

Los nombres que Jesús elige para hablar de la Trinidad son nombres de familia, de afecto, nombres que abrazan. Porque Dios no es soledad, sino abrazo, atracción, encuentro, conexión.

 

Como todos los dogmas, también el de la Trinidad no es un frío destilado de conceptos, sino que contiene la sabiduría de vivir, la sabiduría última sobre la vida y la muerte. Y es esta: en el principio de todo, en el infinito del cosmos y en lo más íntimo del corazón, en el cielo como en la tierra, hay una comunión; en el origen, un vínculo.

 

La Trinidad es Dios que engendra y preside cada nacimiento. De hecho, el ser humano no solo está creado a imagen del Padre, sino también a imagen del Hijo, rostro elevado y puro del hombre; y a imagen del Espíritu, aliento del primer Adán.

 

No somos simplemente parecidos a Dios, sino más aún, imagen y semejanza de la Trinidad, sabiduría de vivir y de engendrar.

 

Entonces puedo comprender por fin por qué me siento bien cuando estoy con quien me quiere; puedo comprender por qué me siento mal cuando estoy aislado y sin vínculos: es mi naturaleza profunda la que se expresa, es nuestro origen divino el que reclama y pide respirar, volver a ser íntegro, en el abrazo: nos abrazamos para volver a ser íntegros.

 

Estoy con vosotros hasta el final. No olvidemos nunca esta frase, no dejemos que se marchite. Estaré con vosotros, sin condiciones y sin cláusulas, en la soledad y en el amor, en el dolor y en la felicidad, para hacer historia en vuestra historia.

 

Por eso el Evangelio se confía a once pescadores analfabetos, que no entendieron mucho de Jesús, pero lo amaron mucho. Pequeños en aquella montaña, pero abrazados, en medio de un calor, un aliento, un viento en el que navega, sin ninguna ansiedad, toda la creación. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La pedagogía de Jesús - San Mateo 28, 16-20 -.

La pedagogía de Jesús - San Mateo 28, 16-20 -


El Evangelio no ofrece, al hablar de la Trinidad, fórmulas racionales o simbólicas, sino el relato de una cita y de un envío. Les atribuye nombres familiares y cariñosos: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Nombres que abrazan y dan vida.

 

Todos acudieron a la cita en el monte de Galilea. Todos, incluso los que aún dudaban, una comunidad herida que había conocido la traición, la huida y el suicidio de uno de los suyos...

 

Pero el Maestro no los abandona, y realiza uno de sus gestos más característicos: se acercó y les dijo... cuando ama, Dios realiza gestos muy humanos.

 

Jesús no acepta distancias: aún no se ha cansado de acercarse y de explicar. Aún no se cansa de esperarme en mi lentitud para creer, se acerca más, mirada a mirada, aliento a aliento.

 

Es el viaje eterno de nuestro Dios «en salida», que recorre toda la tierra, que llama a la puerta del ser humano, y la puerta del ser humano es el rostro, o el corazón. Y si yo no abro, como tantas veces ha sucedido, él me deja una flor en la puerta. Y volverá. Y no duda de mí.

 

Estoy con vosotros todos los días. Con vosotros, en las soledades, los abandonos y las caídas; con vosotros también tras las puertas cerradas, en los días en que dudáis y en los que creéis; en los días de canto y en los de lágrimas, cuando la noche os envuelve y cuando os parece volar.

 

La última y suprema pedagogía de Jesús es así de sencilla: «acercarse siempre, estar juntos, susurrar al corazón, consolar y animar».

 

Id por todo el mundo y anunciad. Confía la fe y la palabra de felicidad a discípulos con un peso en el corazón, y sin embargo lo lograrán, y se extenderá por todos los paisajes del mundo como agua fresca y clara.

 

Id y bautizad, sumergid cada vida en el océano de Dios. Acompañad cada vida al encuentro con la vida de Dios y que sea sumergida en ella, que se impregne y se empape de ella, ¡y luego sea elevada en alto por su ola suave y poderosa!

 

Hacedlo «en el nombre del Padre»: corazón que late en el corazón del mundo; «en el nombre del Hijo»: el más bello entre los nacidos de mujer; «en el nombre del Espíritu»: viento que lleva el polen de la primavera y nos convierte a todos en viento en su Viento.

 

Como todos los dogmas, también el de la Trinidad no es un frío destilado conceptual, sino un cofre que contiene la sabiduría de vivir, una sabiduría sobre la vida y la muerte: en el principio de todo, en el cosmos y en mi íntimo, como en el cielo así en la tierra, se establece un vínculo de amor. «En el principio, el vínculo».

 

Y yo, creado a imagen y semejanza de la Trinidad, puedo finalmente comprender por qué me siento bien cuando estoy con quien me quiere, comprender por qué me siento mal cuando estoy en soledad: es mi naturaleza profunda, nuestro origen divino. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un Dios siempre en salida - San Mateo 28, 16-20 -.

Un Dios siempre en salida - San Mateo 28, 16-20 -


Todos acudieron a la última cita en el monte de Galilea. Fueron todos, incluso aquellos que aún dudaban, llevando los fragmentos de su fe en vasijas de barro: son una comunidad herida que ha conocido la traición, el abandono, el trágico destino de Judas; una comunidad que cree y que duda: «Cuando lo vieron, se postraron. Pero dudaron».


Y todos nos reconocemos en esta fe vulnerable. Y he aquí que, en lugar de resentirse o encerrarse en la decepción, «Jesús se acercó y les dijo...». Ni siquiera la duda es capaz de detenerlo. Aún no está cansado de ternura, de acercarse, de encontrarse, mirada en mirada, aliento sobre aliento.

 

Es nuestro Dios «en salida», peregrino eterno en busca del santuario que son sus criaturas. Que hasta el final no abandona a los suyos y su pedagogía ganadora es «estar con», la dulzura de acercarse, y no alejarse nunca más: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». El primer deber de quien ama es estar junto al amado.

 

«Y les dijo: id por todo el mundo y anunciad». Confía a los que dudan el Evangelio, la Buena Nueva, la palabra de felicidad, para que se extienda por todos los paisajes del mundo como agua fresca y clara, en arroyos resplandecientes de reflejos de luz, para saciar cada brizna de hierba, para llevar vida a toda vida que languidece.

 

Id, sumergíos en este río, alcanzad a todos y regocijaos en la diversidad de las criaturas de Dios, «bautizando», sumergiendo cada vida en el océano de Dios, ¡y que sea sumergida, y que sea empapada y que sea elevada por su ola suave y poderosa!

 

Acompañad cada vida al encuentro con la vida de Dios. Hacedlo «en el nombre del Padre»: corazón que late en el corazón del mundo; «en el nombre del Hijo»: en la fragilidad del Hijo de María muerto en la carne; «en el nombre del Espíritu»: del viento santo que lleva el polen de la primavera y «no deja dormir al polvo.

 

Y he aquí que la vida de Dios ya no es ajena ni a la fragilidad de la carne, ni a su fuerza; no es ajena ni al dolor ni a la felicidad del hombre, sino que se convierte en nuestra historia, relato de fragilidad y de fuerza confiado no a las mejores inteligencias de la época, sino a once pescadores analfabetos que aún dudan, que se sienten pequeños pero invadidos y abrazados por el misterio. Pequeños pero abrazados como niños, abrazados en un aliento, un soplo, un viento en el que navega toda la creación.

 

«Y yo estaré con vosotros todos los días». Estaré con vosotros sin condiciones. En los días de fe y en los de duda; estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos, sin ataduras ni cláusulas, como semilla que crece, como nueva posibilidad, como inicio de sanación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Testamento que fundamenta nuestra vida - San Mateo 28, 16-20 -.

Testamento que fundamenta nuestra vida - San Mateo 28, 16-20 -

El dogma de la Trinidad, es decir, cuando la historia de Dios se convierte en la historia del hombre. La doctrina de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo no encierra un frío destilado de pensamientos, sino toda una sabiduría de vida, llena de indicaciones existenciales que iluminan mi vida.

 

De hecho, Adán fue creado no solo a imagen de Dios, sino a semejanza de la Trinidad, a imagen de un vínculo de amor, de un Dios que no es soledad. Donde vivir, para Dios y para el hombre, es estar en comunión. En el principio, la relación; en el principio, el vínculo.

 

Para hacer memoria de la Trinidad, el Evangelio no ofrece fórmulas, sino que narra una cita, una montaña escalada con el corazón palpitante, porque la fe es, ante todo, deseo de encuentro: subieron a la montaña que Jesús les había señalado.

 

Algunos, sin embargo, dudaban. Todos nos reconocemos en esta comunidad que cree y duda al mismo tiempo. Y, sin embargo, la duda y la poca fe de los discípulos no detienen ni desaniman al Señor. Al contrario, dan lugar a una reacción hermosa: en lugar de reprenderlos, Jesús se acerca aún más: Jesús, acercándose a ellos, les dijo... Aún no se cansa de hablar, de acercarse, con delicadeza y sin imponerse, y salvando incluso su libertad de dudar.

 

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Poder es una palabra que, en boca de Jesús, cambia de significado: no el poder del mundo, que evoca violencia y abuso, sino la fuerza de un Dios que solo puede lo que el amor puede.

 

Id y bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Id: Dios acaba de dejarse encontrar y ya te invita a ir más allá, a «bautizar», que significa «sumergir» el mundo en el mar de Dios.

 

Los nombres que Jesús elige para referirse a Dios son nombres de familia, de afecto: Padre e Hijo, nombres que abrazan, que se abrazan. Espíritu es un nombre que habla de aliento, que dice que toda vida comienza a respirar cuando se sabe acogida, cuidada, abrazada.

 

Dios no es en sí mismo soledad; el océano de su esencia vibra con un movimiento infinito de amor: la esencia de la Trinidad.

 

Enseñadles a observar todo lo que os he enseñado. Todo lo que Jesús enseñó es que nuestra vida está sumergida en un mar de amor. A los suyos les recomienda: enseñad a amar. Y con eso está todo dicho.

 

Yo estaré con vosotros todos los días. Hasta el fin del mundo. Sin condiciones. Con estas palabras se cierra el Evangelio de Mateo y se abre, se funda nuestra vida.

 

Todos los días, hasta el fin de los tiempos, en medio de los abandonos y las soledades, cuando te roce el ala severa de la muerte y cuando te parezca que la vida se te va de las manos, Él estará contigo, siempre. Y sin poner nunca condiciones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El testamento de Jesús - San Mateo 28, 16-20 -.

El testamento de Jesús - San Mateo 28, 16-20 -

Sobre la teología de la Trinidad, el Evangelio no ofrece fórmulas ni teorías, sino el relato del monte anónimo de Galilea y de la última misión encomendada por Jesús a los Apóstoles. 

Entre ellos, sin embargo, algunos aún dudaban. Y la reacción de Jesús ante la dificultad, ante el cansancio de los suyos, es preciosa: no los reprende, no los regaña, sino que, literalmente, se acerca a ellos.

 

Dice Mateo: «Jesús, acercándose a ellos...». Aún no se cansa de acercarse, de salir al encuentro. Eternamente en camino hacia mí, sigue llamando a mi puerta. Y me confía también a mí, a pesar de mis incertidumbres, el Evangelio.

 

Bautizad a toda criatura en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu.

 

Los nombres que Jesús elige para mostrar el rostro de Dios son nombres que vibran de afecto, de familia, de vínculos. Padre e Hijo, son nombres que uno sin el otro no existen: no hay hijo sin padre, ni el padre es tal si no tiene hijos. Para hablar de Dios, Jesús elige nombres que abrazan, que se abrazan, que viven el uno del otro.

 

El tercer nombre, Espíritu Santo, significa soplo, aliento, alma. Dice que la vida, toda vida, respira plenamente cuando se sabe acogida, cuidada, abrazada.

 

Padre, Hijo, Aliento santo: Dios no es soledad en sí mismo, el océano de su esencia vibra con un movimiento infinito de amor. En el origen de todo está la relación. En el principio de todo, el vínculo. Y aquí descubro la sabiduría de vivir, intuyo cómo el dogma de la Trinidad me concierne, es parte de mí, elemento constitutivo de Adán, creado desde el principio «a su imagen y semejanza».

 

En esta frase, decisiva para toda antropología cristiana, se me revela que Adán no es creado simplemente a imagen de Dios, Creador o Verbo o Espíritu, sino más exactamente, y más profundamente, a semejanza de la Trinidad. A imagen de un Padre que es la fuente de la vida, a imagen de un Hijo que me sigue enamorando, de un Espíritu que enciende de comunión todas nuestras soledades.

 

La naturaleza última del hombre es ser vínculo de amor. Soy hombre en la medida en que me parezco al amor.

 

Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos... El término bautizar, en su raíz, significa sumergir. Sumergid, dice Jesús, a cada criatura en el océano del amor de Dios, hacedle consciente de que en él estamos, nos movemos, respiramos, existimos.

 

Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

No olvidemos nunca esta frase, no dejemos que se desvanezca, que se cubra de polvo. Estoy con vosotros, sin condiciones, en vuestras soledades, en los abandonos y las caídas, en la muerte. En los días en que creéis y en aquellos en que dudáis; cuando la muerte os roza, cuando la vida os parece que vuela. Nada, jamás, os separará del amor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La tarea de la Iglesia en los labios de Jesús - San Mateo 28, 16-20 -.

La tarea de la Iglesia en los labios de Jesús - San Mateo 28, 16-20 -

Jesús, al acercarse a ellos... Todavía no se cansa de acercarse, de salir al encuentro; se entrega, hasta el final, a esta búsqueda recíproca entre Dios y el hombre. Y les dice: «Bautizad».

 

Es un verbo cuya raíz significa sumergir. Sumergid cada vida en el océano de Dios, y que sea sumergida y elevada por su ola suave y poderosa. Haced que cada criatura entre en la vida de Dios.

 

En estas, que son las últimas palabras de Jesús, está el corazón de nuestra fe: vivir de Dios. Inmersión feliz y sufrida.

 

Feliz, como intuye Moisés, cuando dice: todo se da para que seáis felices vosotros y vuestros hijos. Los mandamientos están puestos en defensa de una posible felicidad duradera. Inmersión sufrida, dice Pablo, en la cruz que es don de sí mismo, un poder que no es posesión.

 

Bautizad en el nombre del Padre, corazón que late en el corazón del mundo; y luego en el nombre de la fragilidad del Hijo muerto en la carne, y en el nombre de la fuerza del Espíritu que lo resucita.

 

La Trinidad quiere significar que la vida de Dios no puede ser ajena ni a la fragilidad de la carne, ni a la fuerza de la vida; ni al dolor ni a la felicidad del hombre. La Trinidad se convierte en historia concreta de fragilidad y de fuerza, confiada no a mentes agudas, sino a pescadores analfabetos que aún dudan, que saben que no saben, que se sienten muy pequeños, pero invadidos y abrazados por el misterio. Por eso la preservarán, aunque sin comprenderlo todo, como un viento en el que navega toda la creación.

 

Enseñad a observar todo lo que os he mandado. No se dice: enseñad los mandamientos; ni siquiera: ordenad que los observen. Se dice, en cambio: enseñad a vivirlos, mostrad cómo se vive el Evangelio. Es fácil transmitir nociones, aún más fácil dar órdenes. Pero la verdadera misión es transmitir vida, valores, energía, caminos para vivir en plenitud.

 

Todo lo que os he mandado: amaos; todo lo que he dicho del Padre: que es amor, don de la vida a las aves del cielo, a los lirios del campo, a los hijos del hombre, esto enseñad.

 

Enseñad a amar, como se enseña un arte que se conoce, un camino del alma que se ha recorrido. Enseñad a ser felices, diría Moisés. Enseñad a dar, es decir, a estar vivos, diría Pablo.

 

Yo estaré con vosotros todos los días. Estaré con vosotros, sin condiciones, incluso cuando dudéis y no logréis enseñar nada a nadie. Con vosotros, todos los días, como semilla que crece, principio de eternidad, alma de comunión.

 

La Trinidad entera está en mí, desde el principio, en mí, creado no simplemente a imagen de Dios, sino a imagen de la Trinidad, de un Padre que es la fuente de la vida, de un Hijo que me enamora, de un Espíritu que enciende de comunión todas nuestras soledades.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de abril de 2026

¿Para qué una Iglesia en salida?

¿Para qué una Iglesia en salida?

Un Obispo me decía en una sacristía, justamente antes de la celebración de la Eucaristía, y cuando nos estábamos revistiendo con nuestros ornamentos litúrgicos, que la Iglesia no necesita la voz de quienes critican, sino la de personas llenas de esperanza y confianza.

 

Una manera correctamente educada, como suele ser la manera de hablar de los Obispos, de decirme que no se necesita mi voz que en el noventa y cinco por ciento de los casos es crítica.

 

Pero reflexionar sobre cómo la Iglesia puede recuperar un rostro público, es decir, una forma creíble y fecunda de estar en el mundo hoy, representa para mí ya de por sí un acto de esperanza.

 

Porque la fisonomía que, lamentablemente, me parece más plausible para la Iglesia del futuro es la de pequeñas comunidades, cerradas e identitarias, desconectadas del mundo y de la cultura de la época, es decir, desprovistas de la preocupación por tener un rostro público creíble.

 

Si me fijo en los católicos más jóvenes, ya sean presbíteros, religiosos o laicos comprometidos, la tendencia que se perfila, salvo raras excepciones, me parece esta: se está mucho más preocupado por defender y conservar que por mostrar algo significativo.


Aventurarme a imaginar una fe capaz de recuperar un rostro público significa para mí intentar seguir esperando que la comunidad cristiana no interrumpa el diálogo con el mundo y pueda volver a ser creíble y fecunda en la historia.

 

Creo que la credibilidad y la relevancia de la fe cristiana en el presente y en el futuro es la verdadera cuestión que hay que plantearse si se quiere intentar devolverle un rostro público a la fe.

 

Una voz que pretenda tener una dimensión pública, de hecho, no puede conformarse con expresarse: debe poder parecer verdadera, adecuada al contexto, enriquecedora, provocadora…

 

Y esto es lo que la fe cristiana ha perdido, la raíz de la crisis de la fe hoy en día.

 

Lo que, desde mi punto de vista, es más urgente entonces, no es identificar nuevos espacios en los que la voz cristiana pueda ser escuchada o sujetos diversos, comunitarios, que la expresen, sino encontrar la manera de recuperar la plausibilidad y la relevancia de lo que la fe propone a los ojos de quien escucha.



Y quiero hacer una anotación decisiva: relevancia es algo distinto del éxito. Con el Evangelio en la mano, Jesús tuvo poco éxito en su vida, pero lo que decía era tan relevante que decidieron quitarlo de en medio para silenciarlo.

 

Imaginar una Iglesia capaz de salir del Cenáculo para recuperar la escena pública significa plantearse qué tiene la fe cristiana que decir y que aportar al mundo de manera fecunda, creíble y significativa.

 

El desafío no se reduce a un problema de lenguaje o de comunicación: es un problema de contenidos que resultan irrelevantes para la vida, incluso cuando se proponen de manera accesible y comprensible.

 

Entre la gente común, entre las personas no marcadamente religiosas, lo que la fe propone, sencillamente, no dice nada, no se sabe qué hacer con ello. Sobre todo los jóvenes y los adultos (menos los mayores) tienen dificultades para encontrar respuesta a preguntas como «¿por qué debería interesarme creer?», «¿qué promete aportar la fe de significativo y deseable a mi vida?».

 

Lo confieso. Yo mismo me doy cuenta de que no tengo una respuesta a estas preguntas. O, mejor dicho, tengo una respuesta que vale para mí, para mi fe; es la razón por la que para mí la fe es significativa: el encuentro con Jesús, que acoge mi frágil humanidad y me impulsa a cuidar del otro.


Pero me doy cuenta a diario de que esta respuesta no parece significativa para la gran mayoría de los jóvenes y adultos con los que me encuentro.

 

Cuando la fe individual se manifiesta públicamente, parece simplemente fuera de contexto y, por lo tanto, imposible de percibir como prometedora y deseable.

 

Puede ocurrir que se aprecien las cualidades humanas de algunos creyentes, pero esto, la mayoría de las veces, ocurre independientemente de la fe que las sustenta, que sigue siendo un hecho privado en el que no hay motivo para adentrarse: la fe permanece sin rostro público.

 

Desde este punto de vista, no basta, en mi opinión, con limitarse a aclarar, incluso de forma atractiva y novedosa, lo propio de la fe cristiana, lo que la Iglesia vive de manera diferente respecto al mundo,…

 

Creo, más bien, que hay que preguntarse qué parte de ese propio de la fe cristiana puede resultar creíble y relevante hoy en día.

 

No sé, y cada vez me inclino más a pensar que no, si nuestra Iglesia ha tomado en serio la cuestión de la credibilidad de la fe cristiana.

 

Tengo para mí que el post-teísmo represente el intento más serio de abordar la fe no de forma aislada, sino dejándose provocar por los retos que plantea el contexto cultural actual, sin eludirlos ni deslegitimarlos.


La investigación histórica, los avances de la ciencia, la cosmología, la psicología, la antropología cultural, las ciencias de la religión,…, plantean objetivamente cuestiones que ponen en tela de juicio algunos de los pilares sobre los que siempre se ha sostenido la fe cristiana.

 

El post-teísmo ha tenido el valor de intentar repensar el cristianismo dando relevancia a estas cuestiones.

 

Sí, también soy consciente, creo que lo soy, de que esta tarea no es gratuita: el riesgo de que la fe cristiana resulte desnaturalizada al final del proceso es real. Pero para recuperar la credibilidad de la fe cristiana es necesario e imprescindible un enfoque que reconozca la relevancia para la fe de los avances de la ciencia y, más en general, del saber humano; una reflexión que no resuelva la cuestión simplemente separando los planos, pidiendo elegir entre «creer en lo que propone la fe» o «creer en el progreso humano».

 

Una fe que quiera recuperar una presencia pública no puede seguir repitiendo los contenidos de siempre sin plantearse el problema del punto de vista de quien escucha, sin mostrar cómo y por qué la fe sigue siendo creíble hoy en día.

 

También pienso, junto a todo lo anterior, en la cuestión moral en el ámbito sexual y familiar. Es evidente que, a este nivel, la desconexión entre la enseñanza de la Iglesia, las prácticas de los cristianos y el contexto cultural no es una distancia abismal, vertiginosa,…, sino lo siguiente.

 

La recuperación de una imagen pública de la fe implica necesariamente una mediación cultural renovada del ideal moral cristiano en torno a temas como la corporalidad, el placer, la procreación, el posible fracaso de una relación, la relevancia constitutiva para lo humano y para el juicio moral de la dimensión cultural junto a la natural.



Acabo ya. También soy consciente, creo que lo soy, de que el desafío es arduo, y soy el primero en albergar desconfianza en la plausibilidad de que las comunidades cristianas elijan ir en esta dirección. A estas alturas uno ya ha despertado del sueño de las ingenuidades... y ha dejado de ser ingenuamente buenista y optimista. La realidad que escucho, leo, veo de las intervenciones de las comunidades cristianas, de casi todas las homilías, de los Obispos (en su mayoría) me resulta entre preocupante y triste. Más lo segundo que lo primero.

 

Pero, me temo, no es posible conformarse con menos si el objetivo es la recuperación de un rostro público de la fe significativo, creíble y fecundo hoy en día.

 

Sin el esfuerzo de ponerse del lado de quien escucha, dando relevancia a su sentir, no puede haber alternativa a las comunidades cristianas cerradas e identitarias, preocupadas únicamente por permanecer fieles a su propia Tradición.

 

Estas comunidades podrán tener también una voz y canales comunicativos atractivos que la difundan, pero seguirá siendo una expresión arqueológica, anacrónica y museística, preocupada por defender su propio punto de vista sin preocuparse de cómo se ve desde fuera.

 

También puede ocurrir que, a veces, la voz de estas comunidades diga cosas que el sentido común de algunos juzgará compartibles —de hecho cuando el Papa habla de la paz, de la pobreza, de la justicia, esto es lo que ocurre—, pero el revuelo mediático de un momento… es algo distinto de una imagen pública de la fe que sea, por sí misma y en su totalidad, percibida como creíble y deseable en el contexto cultural actual.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata. El Obispo tiene nombre y apellidos pero, como se comprenderá por razones obvias, prefiero que quede en el anonimato. Al fin y al cabo tampoco es importante. Mucho menos decisivo para mi reflexión.

Otro Primero de Mayo.

Otro Primero de Mayo

De hecho no sé si esta fecha es ya evocadora para nuestra gran mayoría de vecinos.

 

El Primero de Mayo nació como un compromiso de lucha, como un gesto colectivo de dignidad. Puede ser, yo así lo pienso, que nuestra mentalidad aburguesada lo haya transformado en un simple momento de vacación y ocio.

 

Una fiesta convertida en inofensiva, reducida a una pausa: ¿y qué pausa puede ser aquella carente de significado, aquella que ya no recuerda su origen, aquella que ya no sabe decir por qué se detiene?

 

También es precisamente a partir de este olvido que se comprende cuán profundamente ha cambiado nuestra forma de estar en el mundo. 

La sensación generalizada es la de estar inmersos en un cambio que no hemos elegido. Más que atravesarlo, hemos sido arrojados a él: un movimiento incesante que modifica cada día lo que creíamos estable, las formas de convivencia, las estructuras que sostenían el trabajo y la vida en común.

 

El Primero de Mayo vaciado se convierte así en el símbolo de una crisis más amplia: la pérdida de un sentido compartido, la disolución de las formas que pretendían ordenar el mundo.

 

El orden que nos tranquilizaba muestra ahora el fondo inquieto que siempre lo habitaba, un fondo que no es simple desorden, sino tensión originaria, caos que ninguna forma logra ya contener.


Lo que hace más evidente esta fractura son dos fuerzas que han acelerado la transformación: la guerra y la revolución digital.

 

a.- La guerra, que ha vuelto a ser un clima permanente y ya no una excepción, revela la fragilidad de las formas políticas que pretendían gobernar el mundo.

 

b.- La revolución digital, con su poder de conexión y control, disuelve fronteras, identidades y continuidad, transformando cada relación en dato, cada gesto en cálculo. Todo se resuelve en el dicho algoritmo.

 

No se trata de acontecimientos externos, sino de manifestaciones de un movimiento más profundo, que pone en crisis las categorías con las que hemos concebido la realidad en las últimas décadas.

 

Estos procesos inciden de manera radical en la razón económica que ha dominado nuestra época. La lógica de la eficiencia, del crecimiento ilimitado, de la competencia permanente se ve ahora obligada a rendir cuentas ante un mundo que ya no responde a sus modelos.

Las cadenas de producción se rompen, las jerarquías geopolíticas se reordenan, las dependencias se multiplican. Lo digital, mientras promete fluidez, concentra el poder y produce nuevas formas de dominio.

 

La racionalidad económica, que pretendía ordenar el mundo, descubre que ella misma forma parte del desorden que quería gobernar.


En este escenario, el Primero de Mayo podría interpelarnos.

 

No como una festividad ritual, sino como una pregunta radical: ¿qué significa el trabajo en un mundo que cambia así? ¿Qué significa luchar, reivindicar, construir comunidades cuando se transforman las propias formas de producción, de relación, de presencia? ¿Qué significa «estar juntos» cuando la guerra nos recuerda la vulnerabilidad y lo digital nos expone sin protegernos?

 

Vivimos en una época en la que nuestra existencia está expuesta, es vulnerable, fragmentada. La guerra nos recuerda nuestra finitud, nuestra dependencia de los demás. Lo digital nos conecta sin comunidad, nos expone sin relación. Nos atraviesan fuerzas que no controlamos y, sin embargo, nos vemos obligados a responder, a tomar posición, a compartir.

 

La transformación en curso no es solo geopolítica o tecnológica: es una crisis de las formas, un umbral en el que lo que parecía garantizado se disuelve y lo que emerge aún no tiene nombre.

 

Nos obliga a repensar lo humano no como dominio, sino como apertura; no como identidad, sino como relación; no como seguridad, sino como cuidado.

 

El Primero de Mayo, si aún quiere decir algo, debe volver a ser esto: una forma de estar juntos sin poseer el mundo, una invitación a compartir sin apropiarse, un llamamiento a construir sin cerrar.

 

Quizás sea precisamente en la fragilidad compartida donde se abre el espacio para una nueva forma de humanidad: ya no centrada en el dominio, sino en la relación; ya no en la protección, sino en el compartir; ya no en la identidad, sino en la coexistencia.

 

¿El Primero de Mayo puede volver a ser la memoria viva de lo que nos une y la promesa de lo que aún podemos construir juntos?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 28 de abril de 2026

Qué Dios.

Qué Dios

La irrupción de una «iglesia trumpiana» de carácter norteamericano ha reavivado un debate que, partiendo de la relación entre el Estado y la Iglesia, se adentra necesariamente en una cuestión radical: ¿qué tiene que ver la religión con la política?

 

Es un hecho histórico que la creencia en un Dios —es decir, la religión— ha garantizado durante milenios la cohesión de las sociedades humanas, ya fueran grupos de cazadores, nómadas, agricultores sedentarios, clanes, tribus, Estados e imperios, aristócratas o gente pobre. Dios era el garante ético externo al «contrato social» entre los seres humanos.

 

Pero desde que Friedrich Nietzsche escribió sobre la «muerte de Dios» y sobre las iglesias como «sepulcros de Dios», ya no hemos tenido paz. Cuando él escribía sobre ello, Auguste Comte ya había proclamado que el agnosticismo era la nueva «religión de la humanidad». Él pensaba en el Dios-Razón tal y como se expresa en la ciencia.

 

Lo cierto es que, poco a poco, el agnosticismo se ha convertido en la Iglesia oficial de la modernidad. La cual, al principio, estaba satisfecha. Duró poco. Solo lo que duró la «Belle Époque». Bastaron dos guerras mundiales para que se disipara la euforia. Así que Emil Cioran, el filósofo nihilista rumano, se preguntó, en cierto momento, «si la existencia no fuera para nosotros un exilio y la Nada una patria».

 


Desde luego, yo no soy quién para aventurarme en senderos metafísicos. Pero, queda una cuestión ineludible: la muerte de Dios es una cuestión política. ¿Se puede constituir y perdurar en el tiempo una sociedad humana sin algún horizonte de trascendencia?

Si Dios ha dejado de funcionar como Tribunal Supremo de la historia —por el cual incluso los malhechores más impunes en esta vida pagarán sus culpas en la otra— ¿qué podemos hacer? Tenemos que arreglárnoslas. ¡No hay alternativa!


Nos toca a nosotros diseñar, inventar, construir, sin delegar en nadie, ni siquiera en Dios. Las estructuras políticas que edificamos (como las morales, por poner un ejemplo) valen por cómo soportan el peso, no por quién ha firmado el proyecto.

 

Blaise Pascal proponía que si la razón no es capaz de demostrar la existencia de Dios, conviene, no obstante, apostar por su existencia.


Por el momento, el tiempo es todo nuestro, no se puede posponer nada a un Más Allá. Al fin y al cabo, este es el talento que hemos recibido: el proyecto humano.

 

Hay que arriesgarlo, no enterrarlo como hizo el siervo «malvado y holgazán» de la parábola de los talentos bajo un quietismo hecho de miedos y huida de la responsabilidad personal.

 

Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por Adolf Hitler el 9 de abril de 1945 en el campo de Flossenbürg. En sus «Cartas desde la cárcel» afirma que el mundo moderno se ha vuelto «adulto» y, por lo tanto, ya no necesita recurrir a un «Dios tapagujeros».

 

Hay quien hablaba de un «Dios-perchero», cuando se le invocaba como la percha en la que colgar todo (moral, política, sociedad…).

 

Al pensar en un cristianismo más auténtico me siento impulsado a pensar en un «cristianismo sin religión». Dios no es el remedio fácil y barato que se utiliza para resolver las dificultades de los seres humanos de estar en el mundo.


En esta «muerte de Dios», lo que «muere» no es Dios sino ciertas imágenes de Dios. Lo que no muere es la plena asunción por parte de los seres humanos de la responsabilidad, la libertad y el esfuerzo en nuestro breve paso por esta casa común que llamamos Tierra.

 

Desde el punto de vista de la política y de la construcción de la sociedad, lo que cada uno debe realizar sigue siendo su libertad/responsabilidad. Nadie está exento de ella.

 

Para los creyentes, se puede, y se debe, invocar la ayuda de la gracia divina… pero como solemos decir “a Dios rogando y con el mazo dando” porque “el que nos creó sin nosotros… no nos salvará sin nosotros” o “reza como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti” - parafraseando a san Agustín -.

 

Dicho lo cual, uno no olvida, y de vez en cuando hasta lo recuerda, aquel importante capítulo de teología de la Biblia, el de la idolatría: el pecado de convertir en Dios a quien y lo que Dios no es. Una de las últimas frases contundentes de la Biblia es perentoria: «Para los idólatras y para todos los mentirosos está reservado el lago ardiente de fuego y azufre» (Apocalipsis 21, 8).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 -.

Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 -   A estas alturas en las que los contornos de las certezas absolutas vuelven difus...