sábado, 20 de junio de 2026

La revelación definitiva: la humildad de Dios - San Mateo 11, 25-30 -.

La revelación definitiva: la humildad de Dios - San Mateo 11, 25-30 -


El texto evangélico comienza con una indicación temporal - «En aquel tiempo» - que vincula lo que Jesús está a punto de decir con los acontecimientos que se acaban de narrar, es decir, la pregunta de Juan el Bautista sobre la mesianidad de Jesús (Mt 11,3 y ss.) y el fracaso, o al menos el escaso éxito, de su predicación y misión (Mt 11,20-24). 

Jesús acaba de reprender a las ciudades de Corazaín, Betsaida y Cafarnaúm porque, a pesar de haber sido testigos de los milagros que Él había realizado, no se habían convertido. Así se comprende el sentido del verbo «responder», que introduce el agradecimiento de Jesús. El texto dice literalmente: «En aquel tiempo, respondiendo, dijo Jesús».

 

Esta respuesta reacciona ante unos acontecimientos, no ante una pregunta explícita que, precisamente, no aparece en el texto. Jesús responde al escaso interés que han suscitado su persona, su predicación y sus obras. Y responde con la oración, incluso con una oración de acción de gracias - «Te alabo, Padre» -.

 

Jesús integra en la oración el fracaso, lo pone todo ante el Padre y confirma su «», su «amén», su decisión irrevocable de adhesión a Él. Su «» al Padre no está condicionado por el éxito de su misión, sino que es una adhesión radical que ni siquiera las situaciones desfavorables o contradictorias logran socavar. El «no» que su persona y su ministerio han recibido confirma, en su oración, su «» al Padre.

 

La oración es siempre una respuesta que reacciona ante la palabra de Dios, así como ante los acontecimientos de la vida que no pueden dejar indiferente al creyente. A través de la oración, incluso el fracaso —o lo que nosotros consideramos como tal (el fracaso pastoral, la falta de frutos del ministerio, la esterilidad de la predicación, el rechazo o el desinterés de los demás…)— deja de ser motivo de desánimo o abandono, para convertirse en un momento de paradójica confirmación del seguimiento del Señor.

 

En este pasaje, Mateo presenta a Jesús como figura de revelación e iniciación a la revelación: revelación de Dios e iniciación a la revelación para los discípulos. Mientras que Jesús, con su humildad, revela la humildad de Dios, también se presenta como fuente de humildad para sus discípulos.

 

Mateo construye esta intención iniciática y reveladora mediante una estructura tripartita. Y encontramos un himno de acción de gracias (vv. 25-26), un monólogo sobre la relación entre Jesús y el Padre (v. 27) y la invitación a ponerse a los pies de Jesús y a asumir su yugo (vv. 28-30). No es casualidad que en Mt 11,19 se hable de las obras de la Sabiduría refiriéndose a las obras del Mesías (cf. Mt 11,2-6): Cristo es la Sabiduría de Dios.



La oración de acción de gracias de Jesús es también, al mismo tiempo, una confesión de fe. Jesús está manifestando su fe en el Padre. Solo un proceso de reelaboración interior, en la fe, de los acontecimientos vividos puede llevar a convertir un fracaso en el fundamento de una acción de gracias y de una confirmación de la propia misión. Y la fe, como siempre, se expresa y encuentra su elocuencia en la oración: Jesús es un hombre de oración porque es un hombre de fe.

 

Esta oración revela también el punto de vista desde el que Jesús contempla los acontecimientos. La oración de Jesús da gracias al Padre no tanto por el hecho de ocultarse ante unos, como por el hecho de revelarse ante otros.

 

El énfasis no es de castigo hacia quienes no han acogido la revelación, sino de agradecimiento a Dios, que revela sus designios a los pequeños. En particular, revela al hombre Jesús como Mesías.

 

La adhesión de algunos, definidos con un término que también puede referirse a los niños pequeños, los «sin palabra», es decir, sin instrucción, es el ángulo desde el que Jesús contempla los acontecimientos y los capta en su dimensión positiva, que revela, es decir, la voluntad de Dios, aquello en lo que Dios encuentra su complacencia.

 

Estos sencillos, al creer en la palabra y en las obras realizadas por Jesús, han percibido en Él la revelación del Padre, y esta acción se convierte en revelación y juicio del corazón de otros, cuya sabiduría intelectual y erudita se revela inconsistente ante la sencillez de los pequeños.

 

El «» de Jesús al Padre es también el reconocimiento de la forma en que Dios actúa en la historia, eligiendo al más humilde, al más pequeño, a quien a los ojos humanos es despreciable y no cuenta para nada. Es, pues, un «» que brota de la familiaridad de Jesús con el corazón de Dios, un corazón que elige al más humilde, al más pequeño, al olvidado, desde Abel en adelante.

 

En cuanto «manso y humilde de corazón», Jesús, a quien Dios lo ha entregado todo, revela a Dios. Este es el misterio, el secreto, la sabiduría oculta que habita en el Padre y que Jesús desvela con su propia mansedumbre y humildad: Dios se oculta a quienes se apoyan en sus propias fuerzas y cuentan con su propia inteligencia y con sus propios dones y capacidades, y se manifiesta, en cambio, a los humildes, a los sin pretensiones, a los pequeños.



Las palabras de Jesús esbozan un itinerario de seguimiento del discípulo. En primer lugar está la llamada: «Venid a mí»; luego, la necesaria renuncia a la propia voluntad para obedecer a la voluntad del Señor («tomad mi yugo»). Luego está la actitud del discípulo, la obediencia del discípulo a su maestro y SeñorAprended de mí») y, por último, el descanso, la plenitud de vida que se encuentra en el Señorencontraréis descanso para vuestras almas»).

 

Acudir a Jesús, aprender de Él y seguirlo significa, ante todo, aprender el arte de la mansedumbre, que es el arte de vencer la violencia y la agresividad con la palabra dialogante. Podríamos decir que la bienaventuranza de los mansos es la bienaventuranza de quienes se someten al esfuerzo del diálogo.

 

El Nuevo Testamento propone la bienaventuranza de los mansos (Mt 5,5) sobre esta base: Jesús es el manso. Él dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre hecha persona: Jesús lo es en cuanto propuesta que no impone, sino que invita.

 

Acoger la revelación del Jesús manso es entrar en el diálogo que Dios ha preparado como camino hacia la relación auténtica. Auténtica, es decir, no violenta, no manipuladora, no impositiva, no engañosa.

 

El «yugo» de Jesús no designa, pues, dictados religiosos ni órdenes que cumplir, sino una relación, un vínculo, honrando así la etimología de la palabra que designa la acción de «reunir», «poner juntos». El yugo de Jesús, ligero y suave, está en continuidad con el mandamiento bíblico de amar y con la idea de que quien ama cumple con alegría la voluntad del amado.

 

Jesús promete descanso a quien asume su yugo: una vida de fe que, si está constantemente agobiada por los compromisos pastorales y se configura como una actividad frenética que no conoce tregua ni descanso, olvida esa entrega a Jesús que es fuente de descanso en el cansancio y de consuelo en las contradicciones. Y que moldea el rostro del creyente no a imagen y semejanza de directivos hiperactivos y siempre nerviosos, sino del Jesús manso y humilde, paciente y benévolo.

 

Al mismo tiempo, un yugo sigue siendo un yugo y nada elimina el esfuerzo que supone llevarlo. Amar es una labor exigente y el seguimiento de Jesús conlleva esfuerzo y fatiga. Ante la tentación generalizada de eliminar de la vida lo que es fatigoso y conlleva sufrimiento en nombre de la idolatría del «todo, ya y sin esfuerzo», hay que repetir que no hay grandes logros humanos y espirituales sin esfuerzo, dedicación y sacrificio. Tampoco podemos olvidar que el yugo de la obediencia que Jesús llevó durante toda su vida se convirtió, al final de su vida, en llevar la cruz.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -.

Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -

No tengáis miedo.

 

Y aceptar el reto de Jesús, que dice ser más grande que la mayor alegría que jamás podamos experimentar. Exagerado.

 

Y aquí estamos nosotros, remando a contracorriente, entre precios al alza, guerra en las fronteras, la crisis de todos los tiempos.

 

Y miedo, miedo, miedo. Cada vez más, cada vez peor.

 

Con la tentación, constante, de tirar la toalla, de dejarnos llevar, de una vez por todas.

 

No es un buen momento.

 

El riesgo del desánimo se cierne sobre nosotros.

 

La tentación de caer en la habitual lamentación cósmica, también.

 

Pero…



Tampoco es un buen momento, para Jesús.

 

Juan el Bautista ha sido detenido, el apoyo popular se está desvaneciendo, y aquellos de quienes Jesús esperaba que acogieran con entusiasmo el mensaje se muestran, en cambio, hostiles y recelosos hacia Él.

 

Las cosas van decididamente mal, la misión está tomando un mal giro.

 

El fracaso se perfila en el horizonte.

 

Como les ocurre también a los discípulos, de vez en cuando.

 

Como le ocurre a nuestra Iglesia, agotada y vacilante, intimidada por los numerosos escándalos, o incluso ilusa de que todo va bien. Pero la realidad dice otra cosa: habla de un cristianismo que no crea discípulos, sino hábitos flojos.

 

Y entonces nos encerramos en nosotros mismos, nos polarizamos, nos quejamos, nos hundimos en el victimismo.

 

Jesús, a diferencia de nosotros, ante la más evidente de las realidades, no se queja.

 

Alaba.

Alaba al Padre porque el rechazo por parte de los devotos, de los teólogos, de los pretorianos de la fe, ha hecho que se acerquen los últimos, los sencillos, los que se han rendido a la vida.

 

Lo que Dios lleva a cabo es un giro radical de la lógica: su alianza, su amistad, su  disponibilidad se ofrecen a todos. Pero como pocos lo acogen, muchos plantean objeciones, se complacen en complicar las cosas, son los inesperados los que se acercan.

 

Los últimos, los excluidos, los perdedores.

 

Y Jesús se alegra y aplaude. Se maravilla ante Dios.

 

¡Cómo me gustaría aprender de mi Señor la capacidad de ver en la derrota una oportunidad!

 

Y creer, creer, creer, como solo Él sabe hacerlo, que Dios, a través de nuestras vicisitudes enrevesadas y contradictorias, siempre logra trazar caminos de salvación.

 

No por mérito, no por conquista, sino por la libre, asombrosa e inesperada elección de Dios.

 

Dios ama, y ama de verdad.

 

Ama a todos, llama a todos. Nosotros, en nuestra libertad, podemos elegir complicarnos la vida, enredarnos en razonamientos retorcidos que se nutren de prejuicios y desconfianza. O rendirnos ante la evidencia.

 

Porque Dios es así: nos sorprende.

 

Nunca es como lo esperamos.

 

Nos ama sin condiciones, tal y como somos, con nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras incoherencias.

 

Nos ama sin condiciones, por eso podemos cambiar.

 

Por eso también nosotros alabamos al Padre. Por su imaginación, por su iniciativa, por su benevolencia. También y sobre todo cuando el mar está agitado.

 

Vemos caminos en medio del mar.



Jesús insiste: vayamos a Él, reunámonos a su alrededor, aprendamos de Él.

 

Aprendamos a confiar en el Padre, a creer, a leer la historia y la vida, nuestra historia y nuestra vida, con una mirada elevada y diferente. La mirada de Dios.

 

Acudamos a Él si estamos cansados y oprimidos, si estamos insatisfechos y decepcionados.

 

No para crear una pandilla de perdedores, no para consolarnos, incapaces de afrontar el mundo, no para confirmar el prejuicio de quienes imaginan a la Iglesia como una reunión de fracasados.

 

Vayamos a Él porque el cansancio interior y la ansiedad nos alejan de lo esencial.

 

Tomémonos en serio a este Jesús. Aprendamos de Él su lógica, sus actitudes, su mentalidad.

 

Aprendamos a amar. A amarnos a nosotros mismos, a amarlo a Él, a dejarnos amar.

 

No dejemos que prevalezca la lógica de la carne, como escribe San Pablo, es decir, la lógica mundana, hedonista, narcisista y cínica que está llevando al suicidio a nuestro mundo occidental.

 

Demos espacio al Espíritu, a lo espiritual, al alma, al interior.

 

A la oración, a la meditación, al silencio.

 

Y el verano, tanto para quienes tienen la suerte de desconectar e irse de vacaciones, como para quienes se ven obligados a quedarse encerrados en casa —pienso en las personas mayores o en los enfermos—, es la ocasión para estar con el Señor.

 

Para reservarnos ese cuarto de hora de oración diaria que nos cuesta tanto encontrar durante la jornada laboral.

 

La Iglesia de la que formaremos parte a partir de aquí, desde lo esencial, desde redescubrirnos como discípulos, desde vivir como bautizados, hijos del gran rey, desde tomarnos en serio la invitación que nos hace el Maestro a dar testimonio de Él.



Dios llega con ropas humildes.

 

Dios parte de los últimos. Y no colma el corazón en proporción a los méritos, sino en proporción a las necesidades.

 

Como dice la Biblia con fuerza, los pobres y los desheredados son bienaventurados no por su condición, sino porque Dios parte de ellos para encontrarse con la humanidad.

 

Así comienza nuestro verano, en compañía de Dios, que se encuentra con los pobres y los derrotados, y que ignora a los sabelotodos y a los arrogantes.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La lección maestra del Maestro - San Mateo 11, 25-30 -.

La lección maestra del Maestro - San Mateo 11, 25-30 -

El Evangelio recoge uno de esos impulsos repentinos que llenaban de asombro las palabras de Jesús: los pequeños, los niños, las mujeres y los pobres lo comprenden de inmediato.

 

A lo largo de toda la Biblia, la lógica de la pequeñez brota directamente del corazón de Dios y atraviesa nuestra historia como una línea divisoria: Dios apuesta por aquellos por quienes el mundo no apuesta.

 

Y Jesús se alegra de ello. A pesar de los malos momentos: Juan el Bautista ha sido detenido, los líderes religiosos y políticos le persiguen, y los pueblos alrededor del lago, tras la primera oleada de entusiasmo, se han alejado.

 

Y he aquí que, en ese ambiente de derrota, Jesús, en lugar de deprimirse, se asombra, se maravilla ante Dios: una maravilla.

 

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso: sus manos, donde apoyar el cansancio y recuperar el aliento del valor. Aprended de mí... Ir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Este hombre sin poderes pero majestuoso, libre como el viento, a quien nadie ha podido nunca comprar ni someter y que es fuente de vidas libres, enseña a vivir bien.

 

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón… El maestro es el corazón. ¡Vamos todos a la escuela del corazón! ¡Todos a aprender el corazón de Dios! Donde está el alfabeto de la vida.

 

Dios mismo no es un concepto, sino el corazón dulce y fuerte de la vida. Aprended de mí, de mi manera, delicada, sin violencia y sin arrogancia. Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

 

Un yugo: ¿qué es, más que un objeto de museo de la civilización campesina? ¿Más allá del recuerdo de los animales de tiro, de su gran esfuerzo? Es una metáfora que no nos resulta familiar: hemos hecho de todo para quitárnoslos de encima, los yugos.

 

Jesús, sin embargo, dice: mi yugo, un yugo que sigue siendo suyo, no nos lo echa encima, con lo duro de la vida. El yugo sigue siendo suyo, Él sigue enyugado a la misma madera.

 

A mí me dice: «amigo de aventuras, somos dos; no estás solo, clavado al esfuerzo de vivir, de cuidar de alguien; estamos juntos en el mismo surco, en el mismo arado».

 

Somos ángeles con un solo ala y solo podemos volar abrazados. Jesús es mi otra ala, mi «cireneo», unido a mis amores, a mi esfuerzo, a mis sueños, el verdadero maestro que no impone más obligaciones, sino más alas.

 

Tomad mi yugo, es decir, tomad sobre vosotros la antigua novedad del Evangelio, que es oxígeno, que nunca hiere lo que hay en el corazón del hombre, que nunca prohíbe lo que al hombre le da alegría y vida.

 

Y comprenderéis la ley profunda, la corriente cálida que fluye bajo todas las páginas del libro de la existencia, las fecunda, las colorea. Y las hace perfumarse de universo.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El alfabeto de la vida - San Mateo 11, 25-30 -.

El alfabeto de la vida - San Mateo 11, 25-30 -

Lo que me cautiva es ver a Jesús asombrándose ante el Padre. Es algo precioso: el Maestro de Nazaret, sorprendido por un Dios cada vez más imaginativo e ingenioso en sus ideas, que deja a todos boquiabiertos, incluso a su propio Hijo. ¿Qué ha pasado?

 

El Evangelio acaba de relatar un periodo de reveses, se respira un mal ambiente: Juan el Bautista ha sido detenido, Jesús es duramente cuestionado por los representantes del Templo, y los pueblos que rodean el lago, tras la primera oleada de entusiasmo y milagros, se han alejado.

 

Y he aquí que, en ese ambiente de derrota, se abre ante Jesús una oportunidad inesperada, un giro repentino que lo llena de alegría: «Padre, te bendigo, te alabo, te doy las gracias, porque te has revelado a los pequeños». El lugar vacío de los grandes lo llenan los pequeños: pescadores, pobres, enfermos, viudas, niños, publicanos, los predilectos de Dios.

 

Jesús no se lo esperaba y se sorprende ante la novedad; la maravilla lo invade y se le nota feliz. Descubre la acción de Dios, como antes sabía descubrir, en lo más profundo de cada persona, angustias y esperanzas, y para ellas sabía inventar como respuesta palabras y gestos de vida, aquellos que el amor nos hace llamar «milagros». «A los pequeños les has revelado estas cosas… ¿de qué cosas se trata?».

 

Un pequeño, un niño, capta enseguida lo esencial: si le quieres o no. En el fondo, este es el sencillo secreto de la vida. No hay otro más profundo. Los pequeños, los pecadores, los últimos de la fila, las periferias del mundo han comprendido que Jesús vino a traer la revolución de la ternura:

 

«Vosotros valéis más que muchos gorriones», dijo un día, «tenéis el nido en sus manos». «Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso». Dios no es difícil: está al lado de quien no puede más, trae ese pan de amor que necesita todo corazón humano cansado...

 

Y todo corazón está cansado. Venid, yo os daré descanso. Y no os presentaré un nuevo catecismo, ni normas superiores, sino el consuelo de vivir. Dos manos en las que apoyar la vida cansada y recuperar el aliento del valor. Mi yugo es suave y mi carga es ligera: palabras que son música, Buena Noticia.

 

Jesús ha venido a borrar la antigua imagen de Dios. Ya no es un dedo acusador apuntando contra nosotros, sino dos brazos abiertos. Ha venido a hacer que la religión sea ligera y fresca, a quitarnos de encima las cargas y a darnos las alas de una fe que libera.

 

Jesús es un liberador de energías creativas y, por eso, es amado por los pequeños y los oprimidos de la tierra.

 

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; es decir, aprended de mi corazón, de mi forma de amar, delicada e indómita. De Él aprendemos el alfabeto de la vida; en la escuela del corazón, la sabiduría de vivir.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La revelación del secreto de la vida - San Mateo 11, 25-30 -.

La revelación del secreto de la vida - San Mateo 11, 25-30 -

Es un período de fracasos para el ministerio de Jesús: cuestionado por la institución religiosa, rechazado por las ciudades que rodean el lago, por una generación que no duda en calificarlo de «de niñería» (Mt 11,16), Jesús, de repente, como en un sobresalto de asombro, ve cómo se abre ante Él una oportunidad inesperada, un giro radical: Padre, lo he comprendido y te alabo.

 

Alrededor de Jesús, el lugar parecía haber quedado vacío; los grandes, los sabios, los escribas y los sacerdotes se habían alejado, y he aquí que el lugar lo llenan los pequeños: los pobres, los enfermos, las viudas, los niños, los predilectos de Dios.

 

Te doy gracias, Padre, porque les has hablado y ellos te han entendido. Los pequeños son los pilares secretos de la historia; los pobres, y no los poderosos, son los pilares ocultos del mundo.

 

Jesús ve y comprende la lógica de Dios; su ternura comienza por los últimos de la fila, por los maltratados por la vida. Dios no es difícil: está al lado de los pequeños, lleva ese pan de amor que necesita todo corazón cansado....

 

Y todo corazón está cansado. El alma humana necesita con urgencia una muestra de afecto: es el verdadero lenguaje universal de Pentecostés, que toda persona de corazón puro comprende, en cualquier época, en toda la tierra.

 

Jesús, que se maravilla ante Dios; me encanta, es preciosa esta maravilla que lo invade y se le nota feliz, mientras sus palabras pasan del lamento a la danza. Pero eso no basta, Jesús da un paso más allá.

 

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso, no un nuevo sistema de pensamiento, no una moral mejor, sino el descanso, el consuelo de vivir.

 

También para mí y para ti, invocar a Jesús debe equivaler a dar consuelo a la vida. Nuestras homilías, los numerosos encuentros, deben convertirse en relatos de esperanza y libertad. De lo contrario, son palabras y gestos que no provienen de Él; son la tumba de la pregunta del hombre y de la respuesta de Dios. En cambio, allí donde las preguntas del hombre y la belleza del Dios de Jesús se encuentran, allí estalla la vida.

 

Aprended de mí… Ir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Aprended de mi corazón, de mi manera de amar, delicada e indómita. El maestro es el corazón. Si escuchas al corazón durante un minuto —escribe el místico sufí Rumi—, ¡darás lecciones a los sabios y a los inteligentes!

 

Mi yugo es suave y mi carga es ligera: música dulce, buena noticia. El yugo, en la Biblia, indica la Ley. Ahora bien, la ley de Jesús es el amor. Tomad sobre vosotros el amor, que es un rey ligero, un tirano amable, que nunca hiere lo que hay en el corazón del hombre, nunca prohíbe lo que al hombre le da alegría y vida, sino que es incansable a la hora de generar, cuidar y volver a poner en marcha.

 

¿Qué es el amor? Es oxígeno. Si la vida se ha detenido, el amor la espera, la impregna de sí mismo y le devuelve el aliento.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una enseñanza de vida - San Mateo 11, 25-30 -.

Una enseñanza de vida - San Mateo 11, 25-30 -

Te alabo, Padre...

 

El Evangelio recoge uno de esos impulsos espontáneos que llenaban de júbilo y asombro los encuentros de Jesús: los pequeños lo comprenden, comprenden el secreto de la vida. Son los pequeños de los que está lleno el Evangelio: los pobres, los enfermos, las viudas, los niños, los preferidos de Dios. Representan al hombre sin cualidades que Dios acoge en sus cualidades.

 

Porque has revelado estas cosas a los pequeños...

 

Las cosas reveladas no pueden encerrarse en una doctrina, no constituyen un sistema de pensamiento. Jesús vino a mostrar, a contar la revolución de la ternura de Dios, núcleo original y frescura perenne de su Evangelio.

 

Esta revolución de la ternura, Dios al lado de los pequeños, es la verdadera lengua universal, la única lengua común a todas las personas, en todas las épocas, en toda la tierra. Un pequeño capta enseguida lo esencial: si le quieres o no. En el fondo, este es el sencillo secreto de la vida. No hay otro más profundo. Los pequeños, los pecadores, los últimos de la fila, las periferias del mundo han comprendido que en esta revolución de la ternura está el secreto de Dios.

 

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso.

 

Jesús viene y trae el descanso de la vida, muestra que es posible vivir mejor, para todos. El Evangelio es el sueño de hacer la vida más humana y más bella: la humanización es el gran signo de la espiritualidad auténtica.

 

Mencionar a Jesús, hablar del Evangelio, celebrar la Eucaristía debe equivaler a consolar la vida agotada; de lo contrario, son palabras y gestos que no provienen de él. Los sermones, los encuentros, las instituciones deben convertirse en relatos de amor; de lo contrario, son la tumba de la pregunta del hombre y de la respuesta de Dios.

 

Aprended de mí...

 

Acudir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Jesús: este hombre sin poderes pero majestuoso, libre como el viento, a quien nadie ha podido jamás comprar ni someter, fuente de vidas libres.

 

De mí, que soy manso y humilde de corazón...

 

Aprended de mi forma de ser, sin imposiciones ni arrogancia. Aprended de mi forma de amar, delicada e indómita. El maestro es el corazón. Dios mismo no es un concepto: es el corazón dulce y fuerte de la vida.

 

Mi yugo es suave y mi carga es ligera, música dulce, buena noticia…

 

El yugo, en el lenguaje de la Biblia, indica la Ley. Ahora bien, la ley de Jesús es el amor: tomad sobre vosotros el amor; cuidad, con ternura y seriedad, de vosotros mismos, de los demás y de la creación; difundid la ternura combativa de Dios, empezando por los pequeños, que son las columnas secretas de la historia, las columnas ocultas del mundo. Cuidar de ellos, como lo hace Dios, es cuidar del mundo entero.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La escuela de una vida plena - San Mateo 11, 25-30 -.

La escuela de una vida plena - San Mateo 11, 25-30 -

Un momento de encanto de Jesús ante los pequeños, ante los suyos: «Te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños».

 

Los pequeños de los que está lleno el Evangelio, los últimos de la fila, que son los preferidos de Dios. Jesús es el primero de los pequeños: viene como hijo de gente humilde, nace en un establo, no tiene ningún poder en sus manos y su revolución se cumple en una cruz. Pero «el valor de un hombre no se mide por su inteligencia, sino por lo que vale su corazón» - Mahatma Gandhi -.

 

«Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso».

 

Jesús no viene con obligaciones ni prohibiciones; viene trayendo una copa rebosante de paz. Jesús no trae nuevos preceptos, sino una promesa: el reino de Dios ha comenzado, y es paz y alegría en el Espíritu (Rom 14,17).

 

Y si te dejas llenar por la paz del Señor, a través del descanso y la paz de vuestro corazón, decenas y miles a vuestro alrededor se sentirán reconfortados y encontrarán consuelo.

 

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

 

Aprended de mi corazón. A Jesús se le aprende conociendo su corazón, es decir, su manera de amar. El maestro es el corazón.

 

La paz se aprende. La plenitud de la vida se aprende. Se aprende a vivir al aprender del corazón de Dios.

 

Y la escuela es la vida de Jesús, este hombre sin poderes, libre como el viento, ligero como la luz, digno y elevado, a quien nada ni nadie ha podido doblegar jamás.

 

Aprended de mi forma de amar: humilde, sin arrogancia, y manso, sin violencia. El consuelo de la existencia de cada uno es precisamente eso, un amor humilde y manso, una criatura en paz, que difunde una sensación de serenidad en la aridez de la vida. Y nuestra vida se reconforta junto a la suya.

 

Comienza, pues, el discipulado del corazón, para todos: niños y ancianos, mujeres y hombres, presbíteros y religiosos, para nosotros que nos creemos inteligentes, pero que corremos el riesgo de seguir siendo analfabetos del corazón. Funcionarios de las normas y analfabetos del corazón.

 

Porque Dios no es un concepto, no es una regla, no se reduce a un saber: Dios es el corazón dulce y fuerte de la vida.

 

Dice Jesús: «Llevad mi yugo sobre vosotros. Mi yugo es dulce y mi carga ligera». En el lenguaje de la Biblia, «yugo» indica la ley: «Llevad mi ley sobre vosotros».

 

Tomad sobre vosotros el amor; es un yugo ligero, es un tirano amable, que ni por un instante hiere el corazón, no ataca lo que hay en lo más profundo del hombre, sino que es incansable a la hora de generar, dar a luz, cuidar, consolar y dar alivio. No es uno más entre tantos maestros, es «el» maestro de una vida plena, que encierra el sabor y el calor de Dios.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una revelación nueva e inaudita - San Mateo 11, 25-30 -.

Una revelación nueva e inaudita - San Mateo 11, 25-30 -

Te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños…

 

Los pequeños: de ellos está lleno el Reino de los cielos, lleno el Evangelio. Dios tiene sus preferencias, no es neutral: los pobres, como los gorriones, tienen su nido en su mano. Ante Dios no hay nada mejor que ser nada, como el aire ante el sol, polen en el viento de primavera - Simone Weil -. El único mérito del anunciador es ser infinitamente pequeño; solo así el anuncio será una alegría infinitamente grande.

 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados; aprended de mí y encontraréis descanso.

 

Jesús no viene trayendo una nueva ética, viene trayendo una copa llena de paz. No trae nuevos preceptos, sino una promesa: el Reino de Dios es paz y alegría en el Espíritu (Rom 14,17). Está legitimado para presentarse de nuevo ante los hombres porque reconforta la vida, porque habla el lenguaje de la alegría.

 

Aprended de mi corazón…

 

A Jesús se le aprende conociendo su corazón, es decir, su manera de amar. El corazón no es un maestro más entre otros, es «el» maestro de la vida. Comienza, pues, el discipulado del corazón, para nosotros, discípulos sabios y eruditos, que corremos el riesgo de seguir siendo analfabetos del corazón. Burócratas de las normas y analfabetos del corazón. Porque Dios no es un concepto, no es una regla ni una disciplina, es el corazón dulce y fuerte de la vida.

 

Y encontraréis descanso.

 

El descanso de la existencia es un corazón manso, sin violencia ni engaño, una criatura en paz y sin presunción, que difunde una sensación de descanso en la aridez de la vida.

 

Mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

¿Cómo puede el yugo ser un ideal para el hombre moderno, celoso de hasta la más mínima porción de libertad, para el hombre que en el último siglo ha luchado precisamente por sacudirse de encima todos los yugos?

 

En el lenguaje de la Biblia, «yugo» indica la ley de Moisés (cf. Ne 9, 29) que Jesús resumió en el nuevo mandamiento del amor, la antigua novedad. Pero amar a Dios con todo el corazón no es cristiano; también los judíos y los musulmanes deben amar a Dios con todo el corazón. Amar al prójimo como a uno mismo tampoco es cristiano, ya que esto también se aplica a los escribas y a los doctores de la ley.

 

Yo no amaré a Dios, amaré al Padre de Jesucristo, al Abbá, lo amaré como hijo. No amaré al prójimo como a mí mismo, lo amaré como Jesús lo ama (no tanto, sino como, o nos sentiríamos abrumados) con el corazón manso y humilde del único que es Hijo y hermano. Yo también soy hijo en el Hijo, hermano en el Hermano.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El discipulado del corazón - San Mateo 11, 25-30 -.

El discipulado del corazón - San Mateo 11, 25-30 -

Te bendigo, oh Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños...

 

Juan el Bautista está en la cárcel, en Galilea crecen el rechazo y la hostilidad, los milagros de Cafarnaúm y Betsaida no sirven de nada y, sin embargo, en pleno apogeo de la crisis, Jesús bendice al Padre, deteniéndose de repente, como embelesado, ante los suyos, ante los pequeños.

 

Los pequeños son aquellos que solo logran sobrevivir si alguien cuida de ellos, como los niños.

 

Dios está cerca de lo pequeño, ama lo que está quebrantado. Cuando los hombres dicen: «perdido», él dice: «encontrado»; cuando dicen: «condenado», él dice: «salvado»; cuando dicen: «abyecto», Dios exclama: «¡bienaventurado!» - Dietrich Bonhoeffer -.

 

Para adentrarse en el misterio de Dios, vale más una hora dedicada a compartir el sufrimiento y el mundo de uno de estos pequeños que años de estudios de teología.

 

Para conocer el misterio de las personas y la llama de las cosas, hay que acercarse a ellas como a pequeños, con asombro, con manos que no toman, sino que solo acarician.

 

Para aprender a bendecir de nuevo el mundo y a las personas, hay que aprender a mirar a los pequeños, a la gente humilde, a su corazón verdadero, y allí encontraremos innumerables motivos para bendecir, grandes razones para que el lamento ya no prevalezca sobre el asombro.

 

Jesús habla de cosas reveladas, y, sin embargo, lo que se ofrece al final del pasaje es muy distinto de conocer cosas sobre Dios. Se nos ofrece lo único que realmente importa, lo único que falta, y no es la virtud, ni la inteligencia ni la sabiduría; lo único que busca el corazón, lo único que Jesús no enseña, sino que derrama sobre quienes están cerca de Él: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

 

Jesús no viene con obligaciones ni prohibiciones, viene trayendo una copa rebosante de paz; no trae nuevos preceptos, sino una promesa: el Reino ha comenzado y es paz y alegría en el Espíritu (Rom 14,17).

 

El consuelo de la existencia es un amor humilde, un corazón en paz, sin violencia y sin presunción. Aprended de mi corazón...

 

A Jesús se le aprende conociendo su corazón, su manera de amar: el amor, en efecto, no es un maestro entre otros maestros, es «el» maestro de la vida.

 

Comienza el discipulado del corazón, para nosotros, sabios e inteligentes, que corremos el riesgo de quedarnos analfabetos del corazón: porque Dios no es un concepto, sino el dulce corazón de la vida, y el Evangelio es la plenitud de lo humano.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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