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domingo, 5 de julio de 2026

San Benito, patrono de la Europa abierta que acoge.

San Benito, patrono de la Europa abierta que acoge 

La actitud y la fe básicas sobre la hospitalidad que San Benito, proclamado patrono de Europa por San Pablo VI, esbozó en la Regla, se expresan en un pasaje significativo: "Que todos los huéspedes que vengan sean acogidos como Cristo, porque él dirá: ‘Fui huésped y me acogisteis’" (Mateo 25, 35).  La opción de San Benito se forjó en un contexto político, social y económico de incertidumbre y de profundos cambios; se forjó en el alimento de la Palabra de Dios y en el testimonio de los Padres, pero sobre todo en su larga experiencia de vida monástica. En el ocaso de la gloria de Roma, con los nuevos pueblos ya establecidos dentro de las fronteras del antiguo imperio, el joven de Nursia se hizo eco de la voz del salmista: "¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?" (Salmo 34, 12ss). 

Ante las tragedias cotidianas que siguen ocurriendo en el Mediterráneo y a lo largo y ancho de las zonas de guerra, la solución no puede venir de la geopolítica emocional. La opción de San Benito es clara: acogida y hospitalidad. "El huésped y el pobre -escribió un gran monje, Evagrius Ponticus- son el colirio de Dios. Quien los acoge recupera pronto la vista". El monacato nunca ha dejado de ser fuente de inspiración y, ante el fenómeno arrollador de las migraciones, que se ha convertido en estructural, hoy puede ofrecer recetas auténticas e integrales, aunque lleven consigo una sana carga de provocación. Como cantaba Efrén el Sirio: "La jactancia de los cristianos es la acogida de los extranjeros y la compasión [hacia los pobres]. La jactancia y la salvación de los cristianos es tener siempre como comensales en su mesa a los pobres, a los huérfanos y a los forasteros, pues de una casa así Cristo nunca se irá". No sólo el monje, sino todo ser humano está invitado a ser imagen de Dios también en la hospitalidad. 

En el monasterio, la llegada de huéspedes es una bendición divina: el portero los acoge con las palabras "Deo gratias" o "Bénedic", con mansedumbre y temor de Dios; con estas fórmulas, San Benito indica que es el forastero quien llama a la puerta para bendecir al monje. A continuación, se rodea al huésped con el abrazo del rito, mediante una verdadera liturgia de la hospitalidad: el superior y los hermanos se reúnen con el huésped, rezan juntos, se intercambia el signo de la paz con un beso; primero se parte el pan de la oración con el huésped, llevándole al oficio divino de la comunidad, después se sientan con él, escuchando juntos la lectura de las Sagradas Escrituras. A continuación se le lavan las manos y los pies, de lo que se encarga el abad de la comunidad. Después rompen el ayuno -los hijos del Esposo no pueden ayunar mientras el Esposo está con ellos (Marcos 2, 18-22)- y cantan juntos: "Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo" (Salmo 47). Parece un juego de las partes, pero no es el pobre el que se beneficia de la hospitalidad, sino toda la comunidad implicada, porque recibe la misericordia del Señor. Como se puede imaginar, se trata de un verdadero compromiso que cuesta esfuerzo, en términos de tiempo y de medios materiales. San Benito era muy consciente de que siempre había que estar preparado: los forasteros y los huéspedes podían aparecer de improviso y, además, ser numerosos. Y no eran necesariamente buenos cristianos, bien vestidos y admiradores del canto gregoriano. 

"Acoged también con el mayor cuidado y solicitud a los pobres y a los peregrinos, porque en ellos se acoge aún más a Cristo". Para San Benito, una cosa es cierta: la presencia misteriosa, pero real, de Cristo resucitado es acogida en el huésped. Nosotros, que esperamos la segunda venida del Mesías, lo encontramos ya en el forastero que llama a nuestras puertas. La intuición de San Benito es profunda: los monjes saben que son peregrinos en este mundo; no acogen en sus casas a pobres y extraños, sino a semejantes en la casa de Dios. Y Dios llega las más de las veces de forma inesperada y casi secreta. 

Así pues, la revolución espiritual y cultural de la Regla no sirve para levantar los baluartes de un hortus conclusus, sino que es una forja abierta de civilización, que irradia desde el monasterio hacia el mundo. "Del pan de san Benito ha comido toda la Iglesia", recordaba el cardenal benedictino Alfredo Ildefonso Schuster. La pureza evangélica tan antigua y tan nueva del legislador de Nursia no puede dejar de tocar también nuestros corazones, en un momento en que el Santo Padre llama al Cuerpo de Cristo -de Aquel que se hizo pobre y extranjero por nosotros- a convertirse más eficazmente en una Iglesia para los pobres. Cercanía y proximidad a los pobres y a todos los que piden ser acogidos: la Opción de San Benito y la Opción Francisco no pueden estar más cerca. 

"Esto es precisamente lo que hizo San Benito" - decía el Papa Francisco a los participantes en la conferencia (Re)thinking Europe de 2017 - "No le importó ocupar los espacios de un mundo perdido y confuso. Sostenido por la fe, miró más allá y desde una pequeña cueva de Subiaco dio vida a un movimiento contagioso e imparable que rediseñó el rostro de Europa". En esta obra fue verdaderamente un mensajero de la paz, un realizador de la unidad y un maestro de la civilización. En una carta escrita en recuerdo del 10º aniversario de su visita a Lampedusa, escribía: "en estos días en que asistimos a la repetición de graves tragedias en el Mediterráneo, nos estremecen las masacres silenciosas ante las que aún permanecemos impotentes y atónitos. La muerte de inocentes, principalmente niños, en busca de una existencia más serena, lejos de las guerras y la violencia, es un grito doloroso y ensordecedor que no puede dejarnos indiferentes. Es la vergüenza de una sociedad que ya no sabe llorar y compadecerse de los demás". 

El quid de la cuestión está aquí: la globalización de la indiferencia, una grave falta de empatía y caridad. Evagrio Póntico escribía desde el desierto norteafricano: "Monje es aquel que se considera uno con todos, acostumbrado como está a verse en todos". Así pues, acoger a los pobres y a los extranjeros -y acoger al Señor en su persona- conserva todo su valor real, pero es también símbolo y preparación para otra acogida, más profunda e interior: la acogida que se da al Señor en el propio corazón y que es la finalidad de toda la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

San Benito, un modelo de construcción cristiana de Europa.

San Benito, un modelo de construcción cristiana de Europa 

Un proyecto, un ideal, una espera, una utopía, una profecía: Europa será nueva en cuanto acepte dentro de sus raíces la referencia al Dios encarnado, al Eterno absoluto. El momento actual es propicio para estimular este horizonte humanista y cristiano. ¿Cómo sería una Europa sin el cristianismo en la fase evolutiva actual? 

Ciertamente, Europa no vive de imágenes de un pasado acríticamente aceptado, pero ¿será capaz o no de descubrir en la dramática inmanencia del presente un papel específico en la evolución de este momento de la historia y del mundo en el horizonte de un verdadero humanismo? ¿Podrá contribuir Europa a conservar y a seguir actualizando aquellos valores universales de civilización que siempre ayudaron a adelantar escenarios de humanización? 

La solución de los problemas del mundo y de la historia es compleja, seguramente hasta difícil. San Benito nunca habría imaginado nuestras complejidades y dificultades. En su época, en los siglos V y VI, el cristianismo comenzaba a comprometerse con la situación histórica en el continente europeo. El monacato nació y se desarrolló como una actitud también de contestación y alternativa hacia una Iglesia «constantiniana» y «teodosiana». En todo caso, unas fueron entonces las responsabilidades, otras son las nuestras; otras serán las de nuestros sucesores. 

Europa no es un mito concluyente, un fin ideal, una realidad abstracta; lo que es definitivo es una civilización elaborada también sobre el Evangelio de la Buena Noticia del Reino de Dios, en la que la presencia cristiana en la realidad histórica contribuyó a evidenciar la dignidad absoluta del ser humano como persona y a evidenciar el alcance no menos absoluto de los derechos humanos (lo que significa también corresponsabilidad en el desarrollo planetario). 

El monasterio era una «pequeña sociedad ideal» enraizada en la comunidad o fraternidad en la que cada persona estaba perfectamente integrada como hijo, hermano y prójimo. En ese sentido, San Benito mereció verdaderamente ser guía y patrón de la nueva Europa, sin haber solicitado nunca esa responsabilidad y ese destino... 

Hoy se debate el papel histórico del cristianismo en la civilización europea, y no solo el del monacato. Hoy no se da por definitivamente sentada la existencia de puntos de referencia culturales absolutos que sigan siendo válidos en la actualidad, como lo fueron en siglos presentes. En otras épocas, las de muchos siglos atrás, Europa se encontraba (y se sentía) cristiana. 

Las grandes universidades cristianas organizaban el conocimiento y el saber que estuvieron fueron tan celosamente atesorados y custodiados en los monasterios. El sistema comunal democrático y libre retomaba también el modelo de las asambleas monásticas; nacía una economía cristiana que rechazaba la usura. El cristianismo había entrado en todos los ámbitos existenciales; el rostro de Europa ya no era solamente «griego», «latino» u occidental, sino cristiano. 

Hoy no se trata de elegir entre el paganismo y el cristianismo, o entre el Evangelio y el Corán; el único dilema se encuentra en la encrucijada: humanidad o barbarie. San Benito hoy seguramente nos ayudaría a elegir el universalismo, ya que Europa no es europeísta, sino universal. San Benito es anterior a todas las fracturas eclesiásticas, eclesiológicas y dogmáticas, culturales y políticas. 

Y aunque su Regla no hace referencia a situaciones políticas y religiosas, culturales y filosóficas, su pensamiento presenta una ética cristiana y desarrolla un proyecto de «hombre social», no de «hombre-isla». Hoy, también la nueva Europa está invitada a ser alternativa a la inhumanidad, bajo sus múltiples y diversas formas inhumanas que degradan al ser humano a medio y no respetan su identidad y dignidad como fin. 

Según la Regla, la sociedad significa comunión y corresponsabilidad, simultaneidad del crecimiento personal y del desarrollo comunitario. Los «instrumentos de las buenas obras» (capítulo 4) enseñan un máximo de libertad en el respeto a todos y a todo; y esta personalización es diametralmente opuesta a la explotación y a las desigualdades, porque crea comunicación e integración, sin distinción de razas, culturas, roles, pertenencia social y económica. 

San Benito había ideado en la Regla un proyecto que se vivió y aplicó allí donde llegó su monacato. El modelo de sociedad cristiana es la comunidad, el estar juntos. Este cristianismo, que es una fe, tuvo el valor y el acierto de hacerse cultura, de proponerse como humanismo.

La nueva Europa será una Europa libre; la libertad no es un regalo, es un deber y un derecho que no admite condicionamientos ideológicos. Con el Evangelio en la mano, San Benito quiere hombres libres y sencillos, acogedores y disponibles. 

Sus referencias doctrinales y teológicas son los Padres de la Iglesia (capítulo 73), es decir, aquellos escritores que acogieron todo el pensamiento filosófico y científico acumulado por el Imperio tardío y la civilización grecorromana, y lo incorporaron a la interpretación de la Verdad revelada y encarnada, es decir, del Dios manifestado en el Rostro de los gestos del Reino y de las palabras de vida abundante y dichosa. 

El horizonte de la historia es una plenitud; el prólogo de la Regla benedictina insiste en proclamar la conclusión —la Resurrección, el Reino— a través de la Cruz, es decir, la humildad y la obediencia o, si se prefiere, mejor aún, la disponibilidad y la gratuidad. Es el pensamiento de San Pablo, que reconocía la evolución universal hacia una totalidad, es decir, hacia el «pleroma» (Ef. 1). 

Esta nueva Europa está llamada a seguir demostrando la capacidad y necesidad del pluralismo, que admite como un bien mayor la pluralidad: no en el sentido de la convivencia o connivencia entre la verdad y el error, entre la justicia y la injusticia, y otros contrastes análogos, sino en la proclamación de una unidad de destino y de esperanza para esta humanidad. 

Sí, San Benito nos muestra que es posible redescubrir la identidad europea también en el Evangelio de Jesús. Parafraseando la famosa Carta a Diogneto, se podría decir que lo que es el alma en los cuerpos, el Evangelio de Jesús lo es en el mundo, en este mundo de Europa. El Evangelio solamente es fecundo cuando penetra y fermenta, libera y potencia toda experiencia humana. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

San Benito, de cómo vivir en la presencia de Dios y aprender a escuchar.

San Benito, de cómo vivir en la presencia de Dios y aprender a escuchar 

Escucha, hijo, los preceptos del maestro, presta atención con tu corazón, recibe con buen ánimo los consejos de un padre que te quiere y ponlos en práctica con determinación, para volver con el esfuerzo de la obediencia a Aquel de quien te alejaste por la pereza de la desobediencia (Regla benedictina, prólogo). 

En nuestra vida cotidiana ya no tenemos ninguna percepción de la presencia de Dios. Se habla de «secularización» del mundo, de modo que se crean dos caminos: por un lado, el compromiso puro y simple en favor de los hombres, con vistas a una mayor solidaridad humana; por otro, un retorno a la intimidad, a la meditación como vía para separarse de la confusión del mundo. 

Dos caminos que a menudo discurren por separado. Hasta el punto de que las personas comprometidas con el mundo ya no tienen tiempo para la meditación, mientras que los «místicos» consideran demasiado banal el compromiso con el mundo. 

Sin embargo, Benito podría enseñarnos una feliz síntesis de acción y contemplación, ya que no ve una separación entre nuestra intimidad y el compromiso exterior, entre la relación con Dios y el estar en el mundo. 

Para Benito, toda nuestra vida se desarrolla en presencia de Dios. Dondequiera que estemos, tenemos que ver con Dios, incluso en las tareas cotidianas más triviales. Así, es en la realidad del mundo donde se manifiesta la presencia de Dios. 

Benito explica en el cuarto capítulo de la Regla qué significa exactamente vivir en presencia de Dios: «ser siempre conscientes de que Dios nos ve en todo lugar». 

Según Benito, vivir en presencia de Dios implica todos los ámbitos de la vida humana: la oración, el trabajo, la relación con la creación y las relaciones con el prójimo. 

La «solidaridad», esta gran consigna de nuestro tiempo, no es para Benito antítesis de un amor ardiente a Dios. La dimensión social es ya de por sí religiosa. Porque en los hermanos encontramos a Cristo mismo. La fe se expresa, por tanto, en una nueva relación de unos con otros. Esto es, para Benito, el gran principio del verdadero humanismo. 

Benito puede ayudarnos a comportarnos con esta fe unos hacia otros, a afrontar los problemas interpersonales, las tensiones, las antipatías, las agresividades a la luz de la presencia real de Cristo en el otro. 

Más allá de nuestras excusas y barreras insuperables que nosotros mismos construimos, Benito puede ayudarnos a tomar la presencia de Cristo en el hermano lo suficientemente en serio como para que sea ella la que guíe nuestro comportamiento, nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestra forma de ver. También por eso el mensaje de Benito es más actual que nunca. 

Entre las muchas palabras que Benito podría haber elegido para resumir el sentido de su elección de vida y de vivir en la presencia de Dios yo creo que elegiría también ésta: escuchar. De hecho, su regla de vida comienza precisamente con esta expresión: «Escucha, hijo, las enseñanzas del Maestro». 

Benito entiende la vida espiritual como entrar en una escuela, como vivir una relación. Sabe bien, de hecho, que por la experiencia del pecado original, esa relación se ha visto afectada, ya no es espontánea, hay que buscarla, hay que custodiarla. Dios habla, pero no es seguro que se le escuche; Dios nos visita, pero no es seguro que se le reconozca. 

El autor de la Carta a los Hebreos sostiene que Dios habla «de muchas maneras» y que, en última instancia, nos ha hablado «por medio de su Hijo». Por eso Pablo puede afirmar que «la fe nace del escuchar». No es casualidad que para algunos de nosotros el día comience precisamente con la invitación que nos dirige el Salmo 94: «Escuchad hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón». 

Todos hemos sido educados para hablar, leer y escribir. Pero ¿hemos sido educados para escuchar? 

Un proverbio jasídico dice que el hombre tiene dos oídos y una boca: una sola boca para hablar, pero dos oídos para escuchar, porque escuchar es más fundamental que hablar. 

¿Por qué es prioritario escuchar? Porque es la forma primera de la relación. Escuchar significa ser: solo quien es escuchado es verdaderamente, y solo quien escucha es verdaderamente como persona humana. 

Estamos creados a imagen y semejanza de un Dios que es relación interpersonal: el Padre es escucha eterna del Verbo y el Verbo es escucha eterna del Padre en la relación del Soplo recíproco. 

A nivel humano, todos conocemos el drama de quien no es escuchado y de quien no escucha: si una persona se convierte en una costumbre para mí, la veo, la oigo hablar, la toco, pero no la escucho, es como si esa persona hubiera sido borrada de mi vida. Si Dios es una costumbre, Dios no existe, porque Dios me interpela, me sacude, me atormenta, me perturba y me consuela, y entonces es Dios; o, si me deja indiferente, ya no es Dios, es una idea, es un ídolo. 

La primera terapia es la escucha: toda escucha, si es verdaderamente humana, ya es terapéutica. No es tan importante tener la palabra adecuada, significativa, es mucho más importante escuchar con sinceridad. 

Ver ocurre en un instante: basta un clic para capturar una imagen. No es así con el escuchar, porque ocurre en el tiempo: se necesita una sucesión de sílabas, de palabras, de discurso para que yo realmente escuche: no basta un instante. Por eso, escuchar exige continuidad, paciencia, progresividad. 

El discípulo es aquel que pone su vida de fe en la escucha. Discípulo viene de ‘discere’, que significa aprender. Mi naturaleza profunda como cristiano es ser discípulo, el que aprende, el que escucha. 

Entendemos, por tanto, por qué cuando Salomón tuvo que asumir el reino de Israel, a Dios, que le ofrecía todo lo que pidiera, le pidió lo más indispensable: un corazón capaz de escuchar. 

Escuchar la Palabra, de hecho, nos conduce al primer don del Espíritu, a la sabiduría, que es la capacidad de gustar las cosas como Dios las gusta, de ver las cosas como Dios las ve. Si la ciencia, de hecho, tiene como objetivo reconocer las huellas de Dios en las cosas, la sabiduría, en cambio, lee las mismas cosas a la luz de Dios.

Por lo tanto, aprendamos de Benito a educar el arte de la escucha para vivir en la presencia de Dios. ¿Cómo? Por ejemplo: 

  • Aprendiendo a hacer silencio, a estar un poco con uno mismo. A Dios le cuesta entrar en nuestro corazón en medio del ruido; ocupados y distraídos como estamos, aunque oigamos, ¡no escuchamos realmente! 
  • Tomando conciencia de la necesidad que tenemos de aprender. Yo necesito que Dios me enseñe cada día, y quien cree saber no está abierto a escuchar, ni siquiera al diálogo. 
  • Cultivando la pureza del corazón, es decir, una gran libertad interior. ¿Cuáles son mis pequeños o grandes apegos/condicionamientos? 

  • Se educa el oído a través de una humilde paciencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 14 de abril de 2026

El Buen Pastor: voz suave y mano fuerte.

El Buen Pastor: voz suave y mano fuerte 

Mis ovejas escuchan mi voz. No es una orden que hay que cumplir, sino una voz amiga que hay que acoger. Escuchar es la hospitalidad de la vida. Para hacerlo, hay que «abrir el oído del corazón», recomienda la Regla de San Benito. 

La voz de quien te quiere llega a los sentidos del corazón antes que el contenido de las palabras, te envuelve y te penetra, porque pronuncia tu nombre y tu vida como nadie. Es la experiencia de María Magdalena en la mañana de Pascua, y de cada niño que, antes de conocer el sentido de las palabras, reconoce la voz de la madre, y deja de llorar y sonríe y se inclina para recibir su caricia. 

La voz es el canto amoroso del ser: ¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, viene saltando por los montes, brincando por las colinas (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la voz de la amada: hazme oír tu voz (Ct 2,14)... 

¿Por qué escuchan las ovejas? No por obligación, sino porque la voz es hermosa y alberga el futuro. 

Yo les doy vida eterna (Jn 10,28). La vida se da, sin condiciones, sin obstáculos ni límites, incluso antes de mi respuesta; se da como una semilla poderosa, una semilla de fuego en mi tierra negra. Linfa que día y noche sube por el laberinto infinito de mis brotes, para la floración del ser. 

Dos tipos de personas compiten por nuestra atención: los seductores y los maestros. Los seductores son los que prometen una vida fácil, placeres fáciles; los verdaderos maestros son los que te dan alas y fecundidad a tu vida, horizontes y un vientre hospitalario. 

El Evangelio nos sorprende con una imagen de lucha: Nadie la arrebatará de mi mano (Jn 10,28). Lejos del pastor meloso y lánguido de muchos de nuestros santos, dentro de un cuadro bucólico de corderitos, prados y arroyos. Las suyas son las manos fuertes de un luchador contra lobos y ladrones, manos vigorosas que agarran un bastón de camino y de lucha. 

Y si lo hemos entendido mal y quedan dudas, Jesús involucra al Padre: nadie puede arrancarlas de la mano del Padre (Jn 10,29). Nadie, nunca (Jn 10,28). Dos palabras perfectas, absolutas, sin grietas, que convocan a todas las criaturas -nadie-, a todos los siglos y días -nunca-: nadie te soltará nunca del abrazo y del agarre de las manos de Dios. Un vínculo fuerte, irrompible. Un nudo amoroso que nada desata. 

La eternidad es su mano que te toma de la mano. Como gorriones, tenemos el nido en sus manos; como un niño, aprieto fuerte la mano que no me dejará caer. 

Y nosotros, a su imagen, pequeños pastores de un rebaño mínimo, tomamos fragmentos de palabras de la voz del Buen Pastor y se las ofrecemos a aquellos que son importantes para nosotros: nadie te arrancará nunca de mi mano. 

Y bienaventurado aquel que sepa hacerlas volar hacia todos los corderitos del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 2 de abril de 2026

El lavatorio de los pies - San Juan 13,1-15 -.

El lavatorio de los pies - San Juan 13,1-15 - 

En el corazón de la vida cristiana está el gran misterio de la Pascua, aquellos acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús que celebramos de manera especial en estos días de Semana Santa. 

Hoy en día, muchos de nosotros los cristianos lo damos casi por sentado (al menos por costumbre) y no nos damos cuenta del alcance de lo que celebramos, y subestimamos el esfuerzo que a menudo conlleva. 

San Pablo dice que la cruz es «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1,23), y para muchas personas sigue siendo un escándalo, en el sentido etimológico, es decir, una piedra de tropiezo. ¿Por qué el cruel y sangriento asesinato por crucifixión, una de las peores torturas que se puedan imaginar, tiene un valor salvífico para nosotros y para todos? 

Jesús, sin embargo, nos ofrece una respuesta. La noche antes de su Pasión, realiza dos gestos que dan una clave de lectura a su pasión: 

        a.- la institución de la Eucaristía, recordada por San Pablo en su Primera Carta a los Corintios (1             Cor 11,23-25) y los Evangelios Sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-20), 

        b.- y el lavatorio de los pies, recordado en el Evangelio de San Juan (Jn 13,1-15). 

En la Misa In Cena Domini del Jueves Santo, la Iglesia nos ofrece los dos pasajes (1 Cor 11 y Jn 13) y los dos gestos: el lavatorio de los pies y la eucaristía. Porque el lavatorio de los pies y la eucaristía van juntos, y juntos ofrecen la clave de lectura del misterio pascual. 

Para la lectio de hoy, me detendré en el lavatorio de los pies, en Juan 13,1-15. 

Encontrado un lugar tranquilo para rezar, podemos hacer también la oración introductoria, y pedir la gracia, con la oración de San Ricardo de Chichester: 

Oh Redentor de infinita piedad, amigo y hermano,

que yo te conozca más claramente,

te ame más profundamente, y te siga más de cerca. 

Pasemos a una primera lectura tranquila del pasaje completo, y luego veamos también algunas notas de comentario. 

[1] Los amó hasta el final. El Evangelio según Juan no nos cuenta la institución de la Eucaristía. No porque no esté al corriente: si acaso, Juan es el Evangelio con el discurso de Jesús como «pan de vida» (Jn 6,22-58). En cambio, la acción de amor que relata Juan es la del lavatorio de los pies. 

[2] Es interesante observar que este momento tiene lugar durante la cena, cuando Judas Iscariote todavía está presente. Jesús también lava los pies de su propio traidor. 

[4] Se quitó el manto, tomó un paño y se lo ató a la cintura. Llevar agua para lavar es un gesto de acogida (Gn 18,4; Lc 7,44), pero lavar los pies es un gesto que suelen hacer los sirvientes o los esclavos, no el dueño de la casa. 

[6] Señor, ¿tú me lavas los pies a mí? Pedro se escandaliza y, en un primer momento, rechaza la acción de Jesús.

[7] Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo entenderás después. Es casi una buena advertencia para la misma Pasión. 

[8] Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Encuentro muy interesantes las palabras de Jesús. Habla del lavatorio de los pies en términos de participación, de comunión. 

[9] ¡Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza! El típico exagerado, Pedro parece no saber de términos medios: nada o todo. 

[14] Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies... El lavatorio de los pies no es habitualmente tarea del señor o del maestro, sino del siervo. Aquí Jesús subraya este hecho. 

«... también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Estas palabras son tomadas como un mandamiento por parte de la Iglesia, que traduce en términos prácticos el gran mandamiento: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, así también os améis unos a otros» (Jn 13,34). Litúrgicamente, esta acción se vive de manera solemne el Jueves Santo, una acción que sigue siendo poderosa cuando se vive bien, y una de las más fuertes por su elocuencia y plasticidad. La Regla de San Benito (53,13), tan fundamental para el monacato en Occidente, exige que el abad y los monjes laven los pies de sus huéspedes, entre los diversos gestos de bienvenida. 

Ahora te invito a releer el pasaje. También podría ayudarte a imaginar la escena: Jesús lavando los pies y la conversación entre Pedro y Jesús, el mandato de Jesús a todos los Apóstoles. 

También puedo reflexionar sobre mí mismo y considerar: 

a.- Jesús elige la acción más humilde para expresar su amor. Dios hecho hombre, el Señor del Universo, elige hacerse siervo en lugar de amo. El amor, el amor hasta el final, está marcado por el servicio. ¿Cómo me deja esto? 

b.- Jesús lava los pies de Judas, que lo traicionará, de Pedro, que lo negará, y de los Apóstoles, que huirán y lo dejarán solo. Dios no vive un amor de do ut des, un amor que es casi una transacción económica, que requiere reciprocidad. Sino que se da sin condiciones. ¿En qué momento de mi vida estoy llamado a darme sin una aparente recompensa? 

c.- Pedro rechazó inicialmente la señal de Jesús. ¿En qué momento de mi vida no me dejo amar por el Señor? ¿En qué momento me cuesta aceptar que Dios me ama, me sirve, quiere lavarme los pies? 

d.- Jesús nos manda hacer lo que Él hizo, amar como Él nos ama. Jesús no solo nos habla, sino que nos muestra cómo hacerlo, nos modela el amor al que estamos llamados. ¿Cómo me deja esto interiormente? ¿Dónde me cuesta más amar en mi vida? 

Lleva esta reflexión a la conversación con el Señor. ¿Cómo te deja todo esto? Háblale de ello, «como un amigo habla con un amigo». ¿Qué es lo que le querrías pedir? Quizá perdón por algo, o una gracia especial. 

Detente en presencia del Señor. Quizás quieras detenerte a contemplar uno de los cuadros de esta historia, en particular Jesús a los pies de Pedro, lavándole los pies. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 15 de febrero de 2026

Miércoles de ceniza.

Miércoles de ceniza 

Ha vuelto el tiempo de Cuaresma, cuarenta días que los cristianos podemos vivir como un «tiempo especial», un tiempo propicio, un tiempo de retorno al Señor. 

San Benito, en su Regla, escribe que toda la vida del monje debe ser una gran Cuaresma: es decir, toda la vida debe estar comprometida con la conversión, pero en realidad, tanto para los monjes como para los cristianos comunes, sigue siendo casi imposible vivir constantemente en el ejercicio de esta tensión espiritual. 

La conversión nunca es un acontecimiento que sucede de una vez por todas, sino que es un dinamismo que debemos renovar en cada edad, en cada estación, cada día de nuestra existencia. Sí, porque aflojamos nuestras fuerzas, nos cansamos, somos presa de la confusión y de la conciencia de nuestra debilidad, estamos habitados por impulsos que nos hacen caer y contradecir nuestro camino hacia el Señor. No somos capaces de vivir siempre una existencia pascual: la inconstancia, la costumbre, la rutina nos lo impiden. 

He aquí pues el tiempo propicio de la Cuaresma, tiempo de «ejercicios cristianos», tiempo en el que intensificamos ciertas acciones y retomamos algunas actitudes que, repetidas con particular atención y fuerza, nos permiten desarrollar, confirmar y aumentar nuestras respuestas a las exigencias del seguimiento cristiano. 

Es cierto que la Cuaresma es, o más bien debería ser, vivida por los cristianos, pero sigo convencido de que lo que es auténticamente cristiano es también auténticamente humano y, por tanto, concierne a todos los seres humanos, independientemente de su fe. 

Esta constatación puede parecer extraña a muchos, pero en realidad, precisamente porque también los no creyentes tienen una vida interior, son capaces de una vida humanizadora y la buscan, el tiempo de Cuaresma puede decirles algo también a ellos. 

A veces me sorprende cómo la gente se interesa y casi quiere participar en el Ramadán musulmán, mientras que no les interesa e incluso les molesta la mera mención de la Cuaresma cristiana. 

¿Depende quizás, también en este caso, de la incapacidad de los cristianos de comunicar el significado de su experiencia de fe? 

Sin embargo, las instancias que presiden la Cuaresma están al servicio del hombre, son una ayuda para que el hombre pueda hacer de su propia vida una obra de arte. No pocas veces he meditado sobre la Cuaresma, destacando ante todo las necesidades de la oración y del ayuno, pero ahora quisiera detenerme en otros «ejercicios», empezando por el de volver a lo esencial de la vida humana: se trata de redescubrir la libertad a través del desapego de muchas cosas que no son necesarias sino que resultan engorrosas para nuestra vida, como la hiedra que asfixia las plantas o los líquenes que desmoronan las rocas. 

La Cuaresma puede ser un tiempo subversivo en el que simplificar la vida: en una sociedad como la nuestra, en la que prevalece el culto al yo, descentralizarse en las relaciones cotidianas con los demás y con las cosas, quitarse las máscaras, romper la costra que cierra nuestro corazón es un ejercicio de humanización al que nadie debe rechazar. 

En esto también hay un ejercicio de autenticidad, de verdad sobre uno mismo. Vivimos en una sociedad donde lo que cuenta es lo que se ve, lo que aparece, una sociedad que se fija más en los objetivos a perseguir que en el estilo y los medios utilizados para alcanzarlos. 

Se hace entonces necesario plantearnos una pregunta: ¿por qué hacemos determinadas cosas, especialmente por qué realizamos acciones consideradas buenas? ¿Ser visto, conseguir consenso, recibir aplausos? Para nosotros los cristianos, las palabras de Jesús resuenan a menudo durante la Cuaresma: “Vuestro Padre ve en lo secreto… No seáis como los que hacen alarde de su piedad… No imitéis a los hipócritas… No exijáis a los demás lo que no hacéis… No impongáis a los demás cargas que no podáis levantar con un dedo…”. 

¿Pero no se aplican estas advertencias a todo el mundo? ¿No son estas palabras ricas en enseñanza y sabiduría humana? 

Sí, el tiempo de Cuaresma y sus «prácticas» no levantan un muro entre cristianos y no cristianos, sino que podrían ofrecer más bien una invitación a emprender una dirección común: conozco alguna familia en la que sólo uno de los cónyuges es creyente y cristiano practicante pero en las que ambos deciden realizar juntos durante la Cuaresma algunos «ejercicios» en vista de la autenticidad de las relaciones, de la simplificación de la vida, de la actitud humana hacia los demás… 

Esta convergencia puede contribuir también a una humanización personal y familiar, aportando un gran bien a todos: es necesario coraje, ciertamente, pero los creyentes - seguros de que Dios ve en el secreto de los corazones - nos atrevemos a ofrecer a los no creyentes la posibilidad de que recorramos juntos los caminos de un humanismo de autenticidad para una mejor calidad de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de noviembre de 2025

Resetear - San Mateo 24, 37-44 -.

Resetear - San Mateo 24, 37-44 - 

El Primer Domingo de Adviento siempre resuena el anuncio de la gloriosa venida del Señor. Y este anuncio debe ser comprendido en su alcance global. 

Es fundamental la presentación del acontecimiento escatológico en el centro de esta lectura y de todo el tiempo de Adviento. El acontecimiento decisivo de la historia de la salvación, profetizado por los profetas y anunciado por el Evangelio como «la venida del Hijo del Hombre», se capta en su alcance judicial: juzga la inconsciencia y la ignorancia culpables con las que se anestesian. El anuncio escatológico no es un mensaje espiritualista, sino que tiene un fuerte impacto en la vida cotidiana de los creyentes. 

Al marcar el comienzo de un nuevo Año Litúrgico, el Primer Domingo de Adviento contiene una invitación a empezar de nuevo: se trata de retomar el camino de la fe asumiendo la vida cotidiana como lugar de vigilancia y discernimiento. 

En esta perspectiva de comienzo o recomienzo, es significativa la polaridad noche-día, oscuridad-luz, transmitiendo al lector un mensaje que pretende despertarlo y guiarlo hacia la conversión. 

Es la oscuridad de la generación de Noé, que no entiende nada, no discierne el tiempo y sus signos y, por lo tanto, no ve nada, se pierde en la ceguera y perece («no se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio»: Mt 24,39); es la noche que pide al dueño de la casa que vigile para impedir que el ladrón le robe («si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, velaría»: Mt 24,43). 

La noche, con su valor simbólico que remite a las situaciones nocturnas que presenta la vida y a los sentimientos de miedo y angustia que suscita, se convierte en una invitación a la vigilancia, a la presencia en uno mismo, a la lucidez. Se trata, pues, de no ceder a la noche homologándose a ella, cerrando los ojos, refugiándose en la inconsciencia, sino de responder a ella y reaccionar positivamente, vigilando, manteniéndose alerta, con los ojos bien abiertos. En palabras de un poeta contemporáneo: «La noche abre mis ojos» - José Tolentino Mendonça -. 

Otro tema que atraviesa la lectura es el del tiempo, el paso de los días que pone a prueba al creyente. Encontramos el léxico cronológico: días, momento, tiempo, ahora, ahora mismo... La venida del Señor juzga la forma en que vivimos el tiempo. Las palabras de Jesús en el discurso escatológico denuncian la inconsciencia con la que podemos vivir el tiempo: corremos el riesgo de vivir de forma inconsciente, ignorando el bien precioso e inestimable que es el tiempo, como si no supiéramos que esta es la única vida que tenemos a nuestra disposición y que no tendremos una segunda oportunidad. A veces nos comportamos como si nuestra vida fuera a prolongarse indefinidamente, sin tener un final. 

También nosotros, como la generación de Noé, corremos el riesgo de absolutizar nuestras ocupaciones cotidianas y acabamos ahogándonos en ellas. Porque es en la superficialidad, no en la profundidad, donde uno se ahoga. También nosotros corremos el riesgo de no saber leer y descifrar los signos de los tiempos (cf. Mt 16,3) y, ante todo, ese signo que es el tiempo mismo. Signo de la paciencia y la misericordia de Dios, que espera nuestra conversión. Pero signo que tiene un término. 

A medida que pasan los días, surgen momentos críticos, decisivos, y sin duda el día de la muerte es el más crítico y decisivo de todos, el día que trastoca todo lo demás, como el diluvio. Es la hora de nuestra muerte. Un día cuya hora no conocemos, como dice el Evangelio del Día del Señor, pero del que estamos seguros, como asegura también el Evangelio sobre el Día del Señor. 

Aunque a menudo apartamos esta certeza engañándonos con la inmortalidad y desperdiciando así nuestros días en banalidades que hacemos pasar por ocupaciones importantes, y acabamos convirtiendo la vida en algo empalagoso y ajeno. 

En la Regla de San Benito, la advertencia de «tener cada día presente ante los ojos la perspectiva de la propia muerte» (IV,47) precede y, en cierto modo, fundamenta la advertencia de estar vigilantes en todo momento, literalmente, cada hora del día, «vigilar cada instante las acciones de la propia vida» con la certeza de que la mirada del Señor nos acompaña en todo lugar («tener la certeza de que en todo lugar la mirada de Dios está sobre nosotros»). 

Así, mientras que el anuncio escatológico alimenta la esperanza y empuja nuestra mirada hacia adelante, nos arraiga en el hoy y en la conciencia del valor inestimable del momento presente, fragmento en el que podemos vivir todo lo que da sentido a nuestra vida. Y aquí surge la vigilancia como atención para no perder el tiempo. 

Lo que no significa entregarse al demonio de la prisa, sino, como escribió Dietrich Bonhoeffer: «Siendo el tiempo el bien más precioso que se nos ha dado, porque es el menos recuperable, la idea del tiempo eventualmente perdido nos provoca una inquietud constante. Se perdería el tiempo en el que no hubiéramos vivido como hombres, no hubiéramos tenido experiencias, no hubiéramos aprendido, trabajado, disfrutado, sufrido. El tiempo perdido es el tiempo incompleto, el tiempo vacío». 

El impacto de la perspectiva escatológica en el presente emerge con fuerza dramática en la imagen de las dos personas dedicadas a una tarea de la más ordinaria cotidianidad, de las cuales se dice que una es tomada (es decir, salvada) y la otra dejada (Mt 24,40-41). 

La venida del Señor saca a la luz lo que antes podía permanecer oculto: nada distinguía exteriormente a los dos hombres que trabajaban en el campo y a las dos mujeres que molían en la muela. Sin embargo, la mirada penetrante del que viene, «el que tiene los ojos como llamas de fuego» (Ap 2,18), revela la verdad de los corazones. De hecho, «no hay nada oculto que no vaya a ser revelado, ni secreto que no vaya a ser conocido» (Mt 10,26). 

A la luz de todo esto, la dimensión de ignorancia que el texto evangélico refiere al momento de la venida del Señor se extiende y se convierte en ignorancia del otro: ¿Quién es el otro con el que trabajo, con el que vivo? ¿Lo conozco o solo veo una sombra, una imagen, una máscara? ¿Realmente encuentro al otro o solo lo cruzo? Y más profundamente: ¿me conozco a mí mismo? ¿O la máscara que ofrezco a los demás es ante todo la mentira que me digo a mí mismo? 

Por lo tanto, el anuncio de la venida del Señor no solo tiene un impacto en el hoy histórico, sino también en el corazón, en la mente, en lo más profundo de cada persona. Pone a prueba la verdad de nuestro corazón. Entre dos personas que exteriormente no parecen tener nada que las distinga, existe una profunda diferencia que se juega en la invisibilidad de la interioridad. Y esta interioridad, o mejor dicho, este trabajo interior, se llama vigilancia. 

La exhortación final de la perícopa evangélica (Mt 24,42-44) se centra precisamente en la vigilancia. Que no es ansiedad por controlar todo, signo de un delirio neurótico de omnipotencia, sino humilde conciencia de lo desconocido, de lo impensado, de lo imprevisible que habita la existencia y envuelve la acción de Dios en la historia y la gloriosa venida del Señor. De hecho, «no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor... en la hora que no pensáis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42.44). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de octubre de 2025

“Dilexi te”: una presentación acompañada por Timothy Paul Schmalz.

“Dilexi te”: una presentación acompañada por Timothy Paul Schmalz 

Ya he publicado en mi blog dos reflexiones sobre la Exhortación Apostólica del Papa León XIV “Dilexi te”: 

1.- Una breve guía de lectura de la Exhortación Apostólica «Dilexi te»https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/una-breve-guia-de-lectura-de-la.html  

2.- Dilexi te o el magisterio de los pobres: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/dilexit-te-o-el-magisterio-de-los-pobres.html 

Con esta reflexión más breve y sintética finalizo, casi a modo de trilogía, mi presentación de esta Exhortación Apostólica. Y lo quiero hacer acompañando la misma con algunas imágenes de Jesús pobre del escultor canadiense Timothy Paul Schmalz. 

La tesis central de Dilexi te es que no se puede amar a Dios sin amar al prójimo. Son dos amores distintos, pero que se remiten mutuamente, formando una unidad indisoluble. En el horizonte, pues, de esta Exhortación Apostólica podemos poner el texto de la Primera Carta de San Juan 4, 20 y su afirmación “el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. 

El Papa León XIV teje su escrito con capítulos claros y orgánicos. Capítulo primero: Algunas palabras indispensables; capítulo segundo: Dios opta por los pobres; capítulo tercero: Una Iglesia para los pobres; capítulo cuarto: Una historia que continúa; capítulo quinto: Un desafío permanente. 

Recorre a lo largo de los siglos la Historia de la Iglesia con sus obras de caridad, ofreciendo las bases de su lectura de la Sagrada Escritura, para continuar con el examen de la vida de Jesús, en las obras caritativas, hasta los últimos desafíos. 

Se subraya claramente que no puede haber fe sin obras. «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios» (n. 26). 

«Por esta razón se recomiendan las obras de misericordia, como signo de la autenticidad del culto que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles» (n. 27). 

Más aún: «es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo» (n. 31). 

En el texto, tras recordar las palabras de los profetas, interpreta la vida de Jesús, no solo por las palabras transmitidas, sino examinando la pobreza de la vida de Jesús (nn. 18-24). Las primeras comunidades cristianas vivían compartiendo sus bienes con quienes no tenían recursos, porque, como declaraba San Justino, «no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres» (n. 40). 

A continuación se cita a los Padres de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, San Agustín) para relatar las obras de misericordia. Y, en el siglo XVI, San Juan de Dios, San Camilo de Lellis, San Vicente de Paúl (nn. 49-52). 

Se dedica un capítulo aparte a la vida monástica: San Basilio, San Benito, los Trinitarios, los Mercedarios, con sus obras relacionadas con el cuidado de la naturaleza, de los enfermos y la liberación de los prisioneros. 

No podían faltar los testigos de la pobreza evangélica (San Francisco, Santa Clara, Santo Domingo) (nn. 63-67) y aquellos que respondieron a la pobreza educativa, desde San Juan Bautista Scalabrini hasta San Juan Bosco. (63-75) Por último, se cita a la Madre Teresa de Calcuta, dedicada a los más desfavorecidos, junto con los movimientos populares (nn. 77-79). 

En los capítulos cuarto y quinto se aborda la situación actual. Recuerda la doctrina social de la Iglesia, citando la Rerum novarum, para recordar el Concilio Vaticano II, deteniéndose en el discurso del Cardenal Lercaro del 6 de diciembre de 1962: «el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres» (n. 84). 

Recuerda al Papa Pablo VI en la segunda sesión del Concilio y la Constitución Pastoral Gaudium et spes. 

Recuerda también al Papa Juan Pablo II (Encíclica Sollicitudo rei socialis) y al Papa Benedicto XVI (Encíclica Caritas in veritate) (nn. 86-87). 

Para ilustrar la situación en los últimos tiempos, la Exhortación Apostólica cita Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Recuerda las estructuras del pecado y denuncia la «dictadura de una economía que mata». Continúa con el Papa Francisco recurriendo a Evangelii gaudium y a los documentos del episcopado latinoamericano. 

El objetivo de esta memoria bimilenaria de la acción de la Iglesia es el siguiente: «He decidido recordar esta bimilenaria historia de atención eclesial a los pobres y con los pobres para mostrar que ésta forma parte esencial del camino ininterrumpido de la Iglesia. El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos. Por tanto, debemos sentir la urgencia de invitar a todos a sumergirse en este río de luz y de vida que proviene del reconocimiento de Cristo en el rostro de los necesitados y de los que sufren. El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno de los fieles» (n. 103). 

Más adelante, la Exhortación aclara: «El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social; estos son una “cuestión familiar”, son “de los nuestros”. Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia» (n. 104). 

Vuelve la referencia al «buen samaritano» para condenar la indiferencia (nn. 106-107).

Otra referencia indicada es el pobre Lázaro. Citando a San Gregorio Magno, se recuerda: «Todos los días, si lo buscamos, hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista» (n. 108). La indicación de la Exhortación alcanza un realismo que tiene que ver con la encarnación del Hijo de Dios: «La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo» (n. 110). 

«Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (n. 113). 

Otra afirmación esclarecedora: «La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria» (n. 114). En ese mismo número continúa la crítica a quienes afirman: «Hay quienes siguen diciendo: “Nuestra tarea es rezar y enseñar la verdadera doctrina”». 

Una particularidad de la Exhortación Apostólica del Papa León XIV es la atención a la limosna (nn. 116-121). Esta se interpreta como el acercamiento a los pobres: «No será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres» (n. 119). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Desatarse para ser libres y desprenderse para amar.

Desatarse para ser libres y desprenderse para amar   Hay momentos en la vida en los que todo calla y, precisamente entonces, se hacen audi...