jueves, 30 de octubre de 2025

Una meditación neotestamentaria sobre la sinodalidad: Hechos de los Apóstoles 15, 22-31.

Una meditación neotestamentaria sobre la sinodalidad: Hechos de los Apóstoles 15, 22-31

Cuando hablamos de la sinodalidad, solemos aludir al pasaje neotestamentario de Hechos de los Apóstoles 15, 22-31. Ésta es la meditación que os propongo. 

Se trata de la primera experiencia sinodal cristiana. Un relato al que conviene volver cada vez que la comunidad cristiana se interroga sobre su camino. No para celebrar el mito de los orígenes, sino para orientar los pasos en el presente. El autor de los Hechos de los Apóstoles, de hecho, no nos entrega aquí una simple página de la historia de la Iglesia, sino una visión... un sueño de Iglesia. 

Nos habla de los primeros pasos de aquellos hombres y mujeres que en un cenáculo, en Jerusalén, habían recibido el don del Espíritu Santo, y, con él, la fuerza para dar testimonio con su vida de la resurrección del Señor Jesús. 

Y los pasos, cuando son verdaderos, transforman. No se puede caminar sin cambiar. Porque, al caminar, se encuentran nuevos rostros y, con ellos, preguntas sobre el sentido y desafíos inesperados, y entonces hay que tomar decisiones... 

Decisiones que no traicionan, sino que profundizan en el «depósito de la fe», que ayudan a comprender mejor y a permanecer fieles al Evangelio de Jesucristo. 

Los Hechos de los Apóstoles son, de hecho, el libro de la «creatividad» y de las «decisiones valientes», por retomar dos expresiones conocidas: la primera del Papa Francisco y la segunda del Papa León XIV. 

Los Once encuentran una manera de devolver la plenitud al colegio apostólico, con la elección de Matías; poco después inventan un nuevo ministerio con la institución de los diáconos; Felipe tiene el valor de integrar al marginado, excluido del Templo - el eunuco -, y así podríamos continuar. 

Y aquí, justo en el centro del libro, tenemos la más valiente de las decisiones: ampliar las fronteras de la comunidad creyente a quienes no pertenecían al pueblo elegido, sin imponerles una carga excesiva. 

Si hoy nosotros estamos aquí, es también gracias a ese valor. No es fácil: ¡recordemos la resistencia de Pedro a entrar en la casa de Cornelio! (cf. Hechos de los Apóstoles 10). 

El valor de pensar, que creo que es el primer mensaje que nos transmite este texto. Ante lo nuevo que avanza, los ancianos de Jerusalén y los demás hermanos no huyen asustados, sino que se reúnen, reflexionan, piensan... ¡Cuánto necesitamos hoy una comunidad cristiana que no tenga miedo de pensar! 

De este episodio paradigmático narrado por Lucas, me gustaría ahora destacar brevemente tres aspectos que pueden ayudarnos a releer la experiencia sinodal como don y tarea, como gracia y misión. 

1.- El sujeto del discernimiento 

En los versículos anteriores a los que hemos escuchado, Lucas nos introduce en la escena recogiendo las voces que se entrelazan en ella: las de Pablo y Bernabé, que han conocido a los paganos que se han convertido a la fe y transmiten con entusiasmo su experiencia (15,4); las de los fariseos, también creyentes en Jesús, que consideran importante no perder el vínculo con la Ley de Moisés (15,5). Y luego la de Pedro, que cuenta su encuentro con los paganos (15,7-12), y la de Santiago, que vuelve a remitirse a la Escritura (15,13-21). 

La trama es significativa, porque en ella se alternan lo que podemos considerar las dos fuentes de todo discernimiento: la realidad, los hechos, los rostros concretos... y luego la Escritura, el testimonio de la Palabra de Dios. 

Están los hechos, las vidas reales, con la densidad concreta de sus esfuerzos y alegrías. Y están las Escrituras, que pueden dar sentido, orientación y salvación a esas existencias. La Palabra es así una lámpara para orientarse en el camino, mientras que los rostros concretos ayudan a comprender mejor el significado profundo de las Escrituras. 

Luego llega el momento de decidir y aclarar los caminos concretos. Los hermanos de Jerusalén lo hacen, poniendo ese resultado bajo una doble autoridad: «El Espíritu Santo y nosotros». 

El primer responsable de las decisiones es el Espíritu Santo. ¡Sabemos lo peligroso que es pretender hablar en nombre del Espíritu! Pero cuando nos disponemos a escuchar de forma auténtica, valiente y fiel la realidad y las Escrituras, ¡el Espíritu actúa! 

¡Luego está el «nosotros» eclesial! Un nosotros variopinto, que no descuida ninguna voz, donde cada uno ejerce su «autoridad» (cf. Mc 13,34): laicos y ministros ordenados, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. En la íntima convicción de que la autoridad - ‘exousia’ - pertenece al Señor: «Se me ha dado toda autoridad... id», dirá el Resucitado a los suyos, enviándolos en misión (Mt 28,18). Todos son servidores de la única Palabra, cada uno según el don de gracia recibido y custodiado. ¡No hay poder que ejercer y repartir, sino una Palabra a la que servir! 

2.- El tono de las decisiones 

La segunda acentuación que me gustaría proponeros se refiere a lo que yo llamaría el «tono» con el que se expresan las decisiones tomadas: «Ha parecido bien...» (15,28). Un verbo que dice humildad. 

Ha parecido... Es como decir: ¡es lo que por ahora hemos entendido o ha sido posible! Por lo tanto, no pretende tener ningún carácter definitivo. 

Seguramente también nosotros, en nuestro camino sinodal, hemos tratado y seguimos tratando de comprender. El resultado a algunos les parecerá poco valiente, a otros insuficiente, ¡y lo es! Sin embargo, es un resultado, propuesto con humildad. 

Una humildad que no es cobarde, que no incita a la resignación, sino que pide permanecer abiertos a otros pasos. Nos recuerda que serán necesarios otros pasos, y nos disponemos a darlos, siempre escuchando al Espíritu y a cada una de las otras voces. 

3.- El efecto 

La tercera acentuación que os propongo subraya el efecto de las decisiones tomadas. Lucas dice que, cuando los hermanos de Antioquía leyeron la carta llegada de Jerusalén, «se alegraron por el ánimo que infundía» (15,31). En griego:  tē paraklēsei. El término ‘paraklesis’ significa «ánimo», pero también «consuelo»; y, sobre todo, lleva consigo el eco del Espíritu Santo, el Parakletos. 

Esas palabras «sabían» a Espíritu Santo. Eran palabras que llevaban consuelo en los sufrimientos y ánimo para vivir... 

¡Nuestro mundo necesita esto más que nunca! Nuestro texto ve la luz en un momento crítico, mientras asistimos, con creciente sensación de impotencia, a guerras e injusticias que alimentan las guerras: ¿será capaz de traer alivio, esperanza y ánimo para vivir? 

Las palabras de la Iglesia tienen cada vez más dificultades para transmitir el sabor del Evangelio, especialmente a las nuevas generaciones: ¿será capaz nuestro camino sinodal de iniciar un proceso de verdadera renovación de la fe? 

La respuesta está en las palabras que se escriben... Pero también en aquellas palabras con las que acompañamos lo escrito. De tal manera que no quede en papel mojado. De tal modo que los gérmenes de vida que contiene —a veces tímidos— vayan acompañados de las voces de creyentes valientes. 

Esta es otra característica que Lucas nos transmite en su relato. Dice que desde Jerusalén escribieron una carta a los antioquenos, pero decidieron que fuera acompañada por las palabras de dos hermanos, que tradujeras a voz viva lo que se había escrito. 

Que el Señor conceda a cada uno de nosotros acompañar nuestras palabras con el calor de nuestra humanidad y con la fuerza de nuestra fe en Jesucristo, para que sean verdaderamente motivo de consuelo para las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Para que cada uno sea alcanzado por el poder de la resurrección del Señor Jesús. De aquel Jesús de Nazaret, poderoso en obras y en palabras -por este orden- delante de Dios y del pueblo (cf. Lucas 24, 19). 

Llegados a este punto, preguntémonos en este ámbito de discernimiento espiritual sinodal en el que nos encontramos: ¿qué señales, qué signos, deben acompañar nuestros deseos y nuestras palabras de sinodalidad? (cf. Marcos 16, 17-20: al igual que hay señales/signos que acompañan a los que creen). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de octubre de 2025

El colonialismo en Cisjordania y Gaza.

El colonialismo en Cisjordania y Gaza 

A pesar de que los bufones de la corte y de los estómagos bien alimentados, la descripción de la situación en Gaza como genocidio, confirmada por instituciones y voces autorizadas, circula desde hace meses en la esfera pública. 

Al registrar este fracaso político e intelectual de una grande parte de la clase dirigente europea y occidental, sería hora de dar un paso más y trasladar la cuestión a otro plano, con el fin de cuestionar la brutal ocupación de nuestro lenguaje y su uso para justificar los crímenes contra la humanidad perpetrados por Israel con la anuencia de Occidente. 

Insistir en la palabra clave «colonialismo» incluso permite abrir la atroz situación del Mediterráneo oriental a una nueva narrativa y a una serie de consideraciones históricas y críticas que llevan mucho más allá de la banalidad del mal que sustenta las explicaciones actualmente en boga. 

El simple hecho de que el concepto de colonialismo no esté permitido en los estudios de televisión, en los debates parlamentarios, en la prensa es incluso una alerta sobre algo inquietante desde el punto de vista léxico y político. 

Recordar la constitución colonial del presente, de nuestro presente, que emerge de manera inequívoca de las ruinas de Gaza, lleva a cuestionarse la estructura de las actuales relaciones políticas, culturales y económicas que enmarcan el mundo reflejando una perspectiva monocordemente unívoca. 

Es cómodo pensar que el colonialismo, como capítulo histórico, ha sido superado y relegado a los márgenes de la historia europea, acabando en el olvido del pasado. Pero tal vez el tiempo histórico no sea simplemente lineal. 

Cualquier análisis del pasado es siempre un acto contemporáneo, sostenido y suspendido por lenguajes actuales que permiten que la historia aparezca entre nosotros. De esta manera, el pasado sigue interrogándonos, planteando preguntas contra cualquier intento de domesticarlo con fines puramente políticos e instrumentales. 

Reducir la historia exclusivamente a nuestra forma de verla implica la negación de los derechos de los demás. Así, la narrativa de los vencedores occidentales se presenta como la única y, por lo tanto, universal. Este esquema representa un verdadero fracaso historiográfico, filosófico y político. 

Ante la arrogancia de Occidente, que defiende las acciones indefendibles del Estado de Israel no solo desde 2023, sino desde hace décadas, nos encontramos ante la continuidad colonial. 

En otras palabras, el colonialismo no es un acontecimiento histórico concluido, sino un proceso abierto que sigue apropiándose de las riquezas y los recursos del planeta, persiguiendo el imperativo del capital y creando una jerarquía racial del mundo para justificarlo. 

Ahora, sin pudor, a la luz del sol, el vínculo intrínseco entre colonialismo, capitalismo y racismo, por el que algunas vidas cuentan más que otras y la defensa de la supremacía blanca es cada vez más explícita, se manifiesta en toda su brutalidad. 

En este escenario atroz, Palestina se presenta como el laboratorio sangriento de la modernidad. Presentada y explicada como una «cuestión» intrínsecamente violenta e irresoluble, Gaza y Cisjordania traicionan la continuidad colonial que ha sustentado nuestro «progreso» durante cinco siglos. Mientras tanto, las empresas constructoras europeas, occidentales,…, se preparan para la reconstrucción de Gaza. 

Introducir en el debate público el concepto de colonialismo como clave para liberar el presente de la brutalidad de la narrativa dominante nos permite también salir de la claustrofobia del momento, que nos sumerge en los detalles de las conspiraciones del poder, sin llegar a las profundas estructuras que regulan la formación del mundo contemporáneo. 

En la percepción del espacio-tiempo de la modernidad, en la que los parámetros habituales solo confirman nuestra soberanía, debemos darnos cuenta de que las pretensiones globales del capitalismo y el exterminio de las poblaciones indígenas e «inferiores» han sido el dispositivo central para establecer, económica, política y filosóficamente, la modernidad occidental como medida del mundo. 

Ese es el orden europeo y occidental, avanzado y progresista, que no se quiere desmantelar y que se desea seguir apuntalando en sus pretensiones universalistas. De ese orden no surgen perspectivas más abiertas y democráticas. Toda otra voz disonante con ese orden, toda otra opinión que resista y se niegue a someterse y a desaparecer bajo los escombros y las ruinas de ese orden es declarada enemiga de ese pensamiento único que intenta capturarnos —desde la política hasta la poética—. Hoy no se permiten opiniones disonantes. Hoy se prohíben voces nos autorizadas según el orden. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Diseñar nuevos mapas de esperanza.

Diseñar nuevos mapas de esperanza

La Carta Apostólica del Papa León XIV, Diseñar nuevos mapas de esperanza, llega con motivo del Jubileo de la Educación y en un momento de rápidos cambios e incertidumbres que desorientan, reafirmando un hecho: la educación no es una actividad accesoria para la Iglesia, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización. 

El Evangelio se convierte en gesto educativo, relación y cultura, y las comunidades educativas, guiadas por la palabra de Jesús, están llamadas a relanzarse y a tender puentes, pensando y actuando, imaginando y soñando con creatividad a los retos contemporáneos. 

Desde sus orígenes, de hecho, el Evangelio ha generado «constelaciones educativas», que han sido capaces de leer los tiempos y de custodiar la unidad entre fe y razón, pensamiento y vida, conocimiento y justicia. 

El Papa León XIV recuerda que la historia del compromiso educativo de la Iglesia sigue viva y se desarrolla a través de etapas fundamentales que ponen de relieve una visión coherente del ser humano. 

En primer lugar, esta Carta Apostólica se publica con motivo del 60.º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum Educationis - 28 de octubre de 1965 -. Con esta Declaración, el Concilio Vaticano II reafirmaba la importancia crucial de la educación en la vida humana, declarando el derecho inalienable de toda persona a una educación acorde con su vocación y abierta a la convivencia fraterna. La Iglesia, en virtud de su mandato de anunciar el misterio de la salvación, tiene una tarea específica en el desarrollo de la educación. 

Hace quince años, el contexto educativo ya se caracterizaba por grandes dificultades. 

Hay que recordar por ejemplo que en una carta a la Diócesis de Roma del 21 de enero de 2008, el Papa Benedicto XVI hablaba de una gran «emergencia educativa»: según el Papa Benedicto XVI, la crisis educativa tiene sus raíces en una crisis de confianza en la vida y en la dificultad de transmitir certezas y valores esenciales. Y exhortaba a no temer, ya que las dificultades no son insuperables, sino más bien la otra cara de la moneda del precioso don de la libertad. 

Más recientemente, hace cinco años, se lanzó el Pacto Educativo Global. El Papa León XIV lo reconoce como un legado profético del Papa Francisco, una invitación a crear una alianza y una red para educar en la fraternidad universal. Sus siete vías fundamentales orientan a las escuelas y universidades, poniendo en el centro a la persona, escuchando a los jóvenes y promoviendo la dignidad. 

En la Iglesia, la educación siempre ha sido una prioridad, manifestada en una «cosmología de la paideia cristiana». Las «constelaciones educativas» - desde las primeras universidades nacidas «del corazón de la Iglesia», hasta todos y cada uno de los carismas religiosos en la educación - demuestran que la pedagogía católica nunca es una teoría desencarnada, sino pasión, carne e historia, que ofrece respuestas originales a las necesidades de cada época. 

El Papa León XIV describe la educación como un «acto de esperanza» y una pasión que se renueva, manifestando la promesa que se ve en el futuro de la humanidad. Es un «oficio de promesas», que requiere prometer tiempo, confianza, competencia, justicia y el valor de la verdad. Por último, es una «tarea de amor» que se transmite para recomponer el tejido desgarrado de las relaciones. 

En la visión del Papa León XIV, la educación debe abarcar en particular dos relaciones especialmente significativas. 

1.- La primera es la que existe entre la fe y la razón. Citando a San John Henry Newman, copatrón de la misión educativa de la Iglesia, se subraya que «la verdad religiosa no es solo una parte, sino una condición del conocimiento general». Esto invita a un compromiso renovado con un conocimiento riguroso, responsable y profundamente humano. 

2.- La segunda relación crucial es la que existe entre el deseo y el corazón: separarlos del conocimiento significaría romper a la persona. La universidad y la escuela católica están llamadas a ser lugares donde la duda no se prohíbe, sino que se acompaña, y donde el corazón dialoga con el corazón según el lema de San John Henry Newman: Cor ad cor loquitur. 

La educación debe ser integral, abarcando a la persona en su totalidad: espiritual, intelectual, afectiva, social y corporal. Esta visión integral implica que: 

  • La verdad se busca en comunidad, recordando que «el camino [es] mucho más llevadero cuando se avanza con la ayuda del otro». 
  • La libertad es respuesta y no capricho, pero la educación es formación para el «uso correcto de la libertad», aceptando el riesgo que conlleva y ayudando a corregir las ideas erróneas. 
  • La autoridad no es dominio, sino servicio. Adquiere credibilidad a través de la experiencia, la competencia y, sobre todo, la coherencia de la vida del educador, que es testigo de la verdad y del bien. 

El acto educativo es, en todas sus expresiones, un acto comunitario. La comunidad educativa se define como un «nosotros» que incluye al docente, al estudiante, a la familia, al personal, a los pastores y a la sociedad civil, todos convergiendo para generar vida. 

Me parece que en la Carta Apostólica emerge un rasgo interesante para el contexto contemporáneo, y es que la educación requiere el apoyo de toda la sociedad: por eso es fundamental la dimensión de la alianza. 

Se invita a las instituciones educativas a converger y a sustituir las rivalidades por la unidad, su fuerza más profética. En un mundo interconectado, es esencial colaborar activamente tanto a nivel local como global, promoviendo intercambios, proyectos comunes y el reconocimiento mutuo de las buenas prácticas. Las instituciones católicas están llamadas a colaborar con la sociedad civil, al igual que las autoridades políticas y los sectores productivos con ellas. 

La familia sigue siendo el primer lugar educativo. Los padres/las madres son los primeros y principales educadores, y las escuelas católicas deben colaborar con ellos, no sustituirlos, construyendo una alianza educativa basada en la corresponsabilidad. 

En este contexto, es fundamental el principio de subsidiariedad, ya reconocido en Gravissimum Educationis. El Estado debe proteger el derecho a la educación, velar por la seriedad de los estudios y promover el ordenamiento escolar, teniendo en cuenta la subsidiariedad y excluyendo toda forma de monopolio escolar. 

En particular, la escuela católica es un entorno en el que se entrelazan la fe, la cultura y la vida, impregnado del espíritu evangélico. 

Su misión es coordinar el conjunto de la cultura humana con el mensaje de la salvación, para que el conocimiento sea iluminado por la fe. La escuela católica conserva una «importancia suma» y contribuye a la protección de la libertad de conciencia y los derechos de los padres. 

A sesenta años de Gravissimum Educationis y a cinco años del Pacto Educativo Global, el Papa León XIV añade tres prioridades para la red educativa católica. 

  • Vida interior: los jóvenes buscan profundidad. Es necesario ofrecer espacios de silencio, discernimiento y diálogo con la conciencia y con Dios. 
  • Digital humano: las universidades y las escuelas deben formar en el uso sabio de las tecnologías y la Inteligencia Artificial, anteponiendo la persona al algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. El progreso tecnológico forma parte del plan de Dios, pero exige discernimiento y una reflexión ética y filosófica. 
  • Paz desarmada y desarmante: la educación debe enseñar lenguajes no violentos, la reconciliación y la construcción de puentes, para que «Bienaventurados los pacificadores» (Mt 5,9) se convierta en método y contenido del aprendizaje. La paz es una fuerza suave que rechaza la violencia. 

La urgencia es la de diseñar nuevos mapas de esperanza. Toda la red educativa católica es una constelación educativa renovada, viva y plural, llamada a converger. 

Quiero acabar con una cita expresa de esta Carta Apostólica que se encuentra hacia el final de la misma. Es el número 11.2: 

«Pido a las comunidades educativas: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Como Dios dijo a Abraham, ‘Mira al cielo y cuenta las estrellas’ (Gn 15,5): sepan preguntarse hacia dónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación viene antes de la opinión, la persona antes del programa. No desperdicien tiempo ni oportunidades: ‘citando una expresión agustiniana: nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del cual debemos aprovechar antes de que se nos escape’. En conclusión, queridos hermanos y hermanas, hago mía la exhortación del Apóstol Pablo: ‘Deben brillar como astros en el mundo, sosteniendo en alto la palabra de la vida’ (Fil 2,15-16)». 

La constelación educativa exige calidad y valentía: calidad en el diseño pedagógico y valentía para garantizar el acceso a los más pobres, porque «perder a los pobres» significa perder la escuela misma. El futuro exige «brillar como astros en el mundo, manteniendo alta la palabra de la vida» (Fil 2,15-16), orientando hacia la verdad que libera y la fraternidad que consolida la justicia. 

El Papa León XIV invita a los educadores a confiar en María, Sede de la Sabiduría, para ser «coreógrafos de la esperanza», es decir, testimonios creíbles de una sabiduría que ilumina y libera. Y nosotros podemos dirigir a Ella nuestra oración: 


Santa Madre de Dios,

Tú que eres más grande que los cielos,

pues has contenido a Aquel

que los cielos y la tierra no podían contener,

Tú, Virgen y Madre, eres la Sede viva del Verbo eterno hecho hombre,

el Hijo de Dios Padre, la Sabiduría divina y humana

en la que todo es, se mueve y existe

porque la Sabiduría, en las manos del Amor,

custodia la vida.

 

En este tercer milenio de la Iglesia

mientras las mujeres y los hombres sufren por tantas divisiones,

la cultura y el saber, a menudo aislados y fragmentados,

parecen no servir a la vida, sino separarse de ella,

y las ciencias y la investigación encuentran un fin en sí mismas,

nosotros te pedimos

la gracia de poder abrirnos al Espíritu Santo,

el Señor que da la vida,

para que toda la cultura pueda ser vivificada por la Sabiduría divina-humana.

 

Unidad de todo lo que existe,

de modo que cada conocimiento tenga siempre en cuenta a los demás,

como un tejido orgánico,

donde se estudia, se piensa y se crea en la libre adhesión a la Sabiduría eterna,

para que todo contribuya al conocimiento del verdadero rostro de Dios

y a la verdadera vida de los hombres. Amén.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



La honestidad sirve de poco en política… - y por eso la incompetencia se aúpa al poder y se instala en el mismo-.

La honestidad sirve de poco en política… - y por eso la incompetencia se aúpa al poder y se instala en el mismo- 

Ya veo las caras de asombro de algunos que pensarán que me he vuelto loco, que estoy defendiendo a los ladrones de la democracia, etc. Nada de eso. Y si el amable lector tiene la amabilidad de seguirme, comprenderá en qué sentido sostengo que la honestidad no es en absoluto lo más importante en política, sino solo un modesto requisito previo en el mejor de los casos y cómo la incompetencia ha tomado las riendas de la gestión del poder. 

Y que quede claro que no estoy diciendo en absoluto que, por ejemplo, robar sea un pecado venial o un vicio insignificante que se puede soportar perfectamente. En absoluto. Robar dinero público es un acto absolutamente odioso que deslegitima la democracia - tan a menudo afectada por la corrupción - y crea disfunciones sistémicas, incluso graves. Por lo tanto, no es una bagatela que se pueda justificar o tolerar, y expulsar a los políticos corruptos es una obligación de suma importancia. 

Pero tengo la sensación de que, mientras que existe la percepción de lo malo que es la corrupción o el fraude de los políticos, no existe en absoluto la percepción de lo peligroso que es en la política la incompetencia, la ineptitud, la nulidad - poco importa si por falta de preparación o por estupidez -. 

Un idiota da pena y estamos convencidos de que, ¡pobrecito!, se equivoca de buena fe, así que no pasa nada si no acierta, no lo hace a propósito. Y también el impreparado puede contar con un cierto grado de comprensión: se ha equivocado, pero aprenderá. En definitiva, para evitar a un corrupto, podemos conformarnos con un idiota o un ignorante total que no hará grandes cosas, pero tampoco grandes desastres. 

Desde el punto de vista de la ética individual, esta actitud tiene su justificación: la reducida capacidad de entendimiento es una circunstancia atenuante. Pero ¿se puede aplicar este criterio en el ámbito de la moral política y del juicio sobre la gestión de los asuntos públicos? Obviamente, hay que considerar la cuestión desde el punto de vista de los objetivos que se persiguen y de los fallos que pueden producirse. 

¿Estamos seguros de que siempre es preferible el honesto al corrupto? 

Pongo un ejemplo que si vale… vale tanto en cuanto. Vamos allá. Tenemos tres cirujanos: 

1.- el primero es muy bueno, pero un verdadero delincuente (cobra sobornos por los suministros del hospital que dirige, expide certificados complacientes a los maleantes detenidos, falsifica los informes médicos, abusa de las enfermeras, utiliza las instalaciones del hospital para realizar exámenes privados... un hombre repugnante); 

2.- el segundo es un cirujano anciano, una persona muy honesta, incapaz de apropiarse ni de un lápiz, un verdadero tesoro de hombre, pero un desastre como médico: el 25 % de los pacientes operados sufren discapacidades permanentes o no sobreviven a la operación; 

3.- el tercero es un recién licenciado que nunca ha realizado una sola operación y hay motivos para dudar de que sepa por dónde se sujeta el bisturí, pero es un chico lleno de entusiasmo y ganas de trabajar. 

¿A quién elegirías para operarte? 

Creo que, aparte de los más fanáticos devotos de la cruzada de la moralidad, la mayoría de nosotros, aunque maldijese entre dientes, quizá hasta elegiríamos al primero. 

¿Y qué nos hace pensar que la política es diferente de la cirugía? 

No tenemos que elegir al «señor honestidad» ni proclamar santo a nadie, tenemos que elegir al mejor cirujano o al político más capaz de resolver los problemas del país, que a veces requieren la capacidad de hacer una gran política. 

Y aquí hasta puede comenzar la habitual batería y retahíla de tópicos: «¿Pero cómo voy a confiar en un deshonesto poniendo mi vida en sus manos?». «Un corrupto solo piensa en su beneficio personal, por lo que no tiene ningún interés en hacer gran política», y así sucesivamente. 

Quizá es decepcionante pero la experiencia histórica nos enseña que no pocos grandes han sido auténticos bandidos: ¿tenemos alguna idea de los negocios del «señor» Julio César? ¿O de la gran desenvoltura del «señor» Napoleón en materia de dinero público? Danton era un corrupto terrible, pero no hay duda de que habría sido mucho mejor que ganara él en lugar de ese fanático del incorruptible Robespierre. Pongo ejemplos, sin abundar en demasía y de otros países… por aquello de no levantar los ánimos de las susceptibilidades… 

Por lo tanto, no es necesario que un corrupto o un incapaz sea incapaz de desarrollar una gran política. Y, lo que es más importante, no es en absoluto seguro que un honesto no provoque desastres mucho mayores. Mis ejemplos son pocos y siempre, por supuesto, de otros países. 

El general Maurice Gamelen, jefe del Estado Mayor francés en 1940, era un soldado íntegro, por encima de toda sospecha, con un historial personal ejemplar: bajo su mando, Francia perdió la guerra en cuatro semanas y las tropas alemanas desfilaron bajo el Arco del Triunfo. 

Pío X, un santo, pero también uno de los papas del siglo XX que persiguió el modernismo y que impidió toda renovación de la Iglesia. 

Laurentj Beria era personalmente desinteresado y no acumulaba privilegios ni beneficios, pero fue un criminal responsable de las peores represiones de la época estalinista (pero aquí entramos en el terreno de los fanáticos, que son un capítulo aparte). 

El presidente estadounidense Herbert Hoover no era especialmente famoso por su moralidad, pero fue un incompetente total que llevó a Estados Unidos al desastre en la crisis de 1929. 

¿Es necesario continuar abundando en ejemplos? 

También por esto es bueno recordar que la incompetencia es la mayor forma de deshonestidad: si no estás a la altura de la tarea que se te ha asignado, pero permaneces en tu puesto, eres el peor delincuente que se puede encontrar. 

Como se puede ver, muchos de los mayores desastres se deben más a las decisiones de personajes ineficaces que a personajes corruptos. Y esto tiene una explicación: el corrupto no tiene por qué ser necesariamente un incompetente o estar desinteresado por su país, sino que, si es inteligente, tiene todo el interés en cuidar lo mejor posible a la «gallina que le da los huevos de oro». Lo cual no le da licencia para robar a manos llenas, también porque, al fin y al cabo, no todos los corruptos son, por ejemplo, Julio César. 

La cuestión es que a un corrupto siempre se le puede vigilar, rodearlo de personas honestas y capaces, crear un sistema de controles y, en última instancia, castigarlo, etc. Pero ¿qué se puede hacer con un incompetente? 

Si se presenta una emergencia que exige genialidad, rapidez de reflejos, inventiva, etc., el gobernante capaz, inteligente y preparado tal vez esté a la altura de la situación, aunque sea corrupto, mientras que es seguro que el incapaz e inepto lo estropeará todo provocando catástrofes, aunque sea el más honesto de los hombres. 

Stendhal decía que «la honestidad es la virtud de los mediocres». Quizás exageraba un poco al restar importancia a la honestidad, que, en definitiva, sigue siendo un valor positivo. Pero no se equivocaba mucho, si tenemos en cuenta el «festival de la mediocridad» que estamos viviendo, donde las loas a la honestidad junto al buenismo son uno de los principales ingredientes del pastel glaseado de lo políticamente correcto. 

Anteponer la honestidad a la competencia es uno de los estigmas más seguros de la antipolítica actual. Una señal de gran cortedad y pobreza intelectuales. En política, convenzámonos, se necesita una pizca de ‘cinismo’ (¡he dicho una pizca, no una tonelada!). Esto, repito, no significa que debamos tolerar, justificar y permitir los fraudes o los robos en detrimento del bien público, sino que debemos aprender a temer la incompetencia, la ineptitud, la ignorancia y la estupidez, la nulidad como males mucho peores. 

Y entonces, ¿queremos castigar a los corruptos y deshonestos? Muy bien, examinemos negro sobre blanco, abramos las salas de los tribunales y, llegado el caso, incluso las celdas de las prisiones. 

Pero ¿y qué hacemos con los incompetentes en el poder y con los ineficaces en la gestión pública de la sociedad? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 28 de octubre de 2025

San John Henry Newman: copatrón de la misión educativa de la Iglesia católica.

San John Henry Newman: copatrón de la misión educativa de la Iglesia católica 

Hablar de John Henry Newman, leer sus obras, comprender a fondo su pensamiento no es tarea fácil, sino más bien complejo. Lo es no solo porque sus palabras son fruto de una cultura vasta y profunda, sino porque es un pensador totalmente original. Fue poeta, novelista, dramaturgo y uno de los usuarios más valiosos, por así decirlo, de la lengua inglesa. Él, que fue un gran y original filósofo y un gran y original teólogo, siempre rechazó, sin embargo, la calificación tanto de filósofo como de teólogo. 

No es tarea sencilla intentar reconstruir esta eminente figura del siglo XIX, nombrada Cardenal por el Papa León XIII (1879), beatificado (2010) por el Papa Benedicto XVI y canonizado (2019) por el Papa Francisco, a quien el 1 de noviembre (2025) el Papa León XIV le conferirá el título de Doctor de la Iglesia. 

Algunas de mis otras reflexiones sobre John Henry Newman son: 

1.- Tres notas del pensamiento de San John Henry Newman: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/tres-notas-del-pensamiento-de-san-john.html 

2.- Cor ad cor loquitur: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/06/cor-ad-cor-loquitur.html 

Teniendo en cuenta también el escenario, nada casual, en el que tendrá lugar la proclamación, es decir, el Jubileo del Mundo Educativo (27 de octubre-1 de noviembre de 2025), que también verá el relanzamiento de la iniciativa del Papa Francisco del Pacto Educativo Global, se pretende destacar, aunque hay que contextualizarlo, la actualidad de la contribución que —desde la perspectiva no de un modelo de universidad, sino de «educación del intelecto»— ha ofrecido a la reflexión pública sobre la universidad, de la que es admirable síntesis, entre otras, la recopilación de los discursos que publicó como La idea de universidad, que «contiene un ideal del que pueden (todavía) aprender quienes se dedican a la formación académica» (Papa Benedicto XVI). 

John Henry Newman fue invitado a Dublín a ser rector de la Universidad Católica de Irlanda. En aquella época, los católicos no podían asistir a la universidad, inicialmente debido a las leyes que los excluían y, posteriormente, por el temor de la comunidad católica al sistema educativo presentado por el Gobierno. 

La universidad de John Henry Newman no fue precisamente un éxito. El número de estudiantes era muy reducido —en un año solo se matricularon tres—, los títulos no estaban reconocidos y el Gobierno inglés no estaba dispuesto a aprobar títulos otorgados por instituciones públicas. También había escasez de intelectuales irlandeses, escasez de irlandeses católicos con formación universitaria, capaces de convertirse en profesores. Solo unos pocos estudiantes irlandeses y algunos ingleses asistían a la universidad, hasta que se reconocieron los títulos, al menos en Medicina, pero solo durante un breve periodo. 

Hay que recordar también que el proyecto de la Universidad se puso en marcha en un momento dramático de la historia de Irlanda. Irlanda había sufrido un período traumático debido a la gran hambruna de finales de la década de 1840, que, sin embargo, continuó también en la década de 1850, período en el que se pensaba en la creación de la Universidad. 

Este era entonces el clima en el que John Henry Newman fue nombrado Rector de la Universidad Católica en 1851. Tras el nombramiento, tuvieron que pasar tres años de indecisión antes de que se abrieran las puertas de la Universidad. Sin embargo, mientras tanto, John Henry Newman escribió su obra de La idea de la universidad. 

No se trataba solo de una obra sobre el concepto de universidad, no era solo una obra sobre el valor de la educación, era también una reflexión sobre la relación entre la razón y la fe. Al presentar la naturaleza de su universidad, John Henry Newman trató de sensibilizar a las autoridades de la Iglesia y del Estado en Irlanda, así como al público en general, sobre la importancia que el desarrollo de la vida intelectual, de la razón, tenía para el bienestar de los individuos, de la sociedad y de la Iglesia católica. 

Su idea era formar, en una universidad católica, a católicos capaces de vivir y dar testimonio de su fe en la vida, incluso en un mundo que no siempre era favorable al concepto mismo de fe. Esperaba que su universidad generara católicos con pasión por la ciencia, pero también con pasión por la verdad; personas cultas, pero también buenos cristianos. Soñaba con una generación de católicos irlandeses que pudieran ocupar su lugar en la esfera pública sin avergonzarse de su convicción del valor de la contribución de la fe a la sociedad. 

Hoy nuestra sociedad necesita personas tan inspiradas por la visión de John Henry Newman sobre las relaciones entre la fe y la razón.  La educación da al ser humano una visión clara y consciente de sus propias opiniones y juicios, una verdad al desarrollarlos, una elocuencia al expresarlos y una fuerza al hacerlos valer. Le enseña a ver las cosas como son, a ir directamente al grano, a desenredar una maraña de pensamientos, a descubrir lo que es sofístico y a descartar lo que es irrelevante. Le prepara para ocupar cualquier área con dignidad y dominar cualquier tema con facilidad. Le muestra cómo adaptarse a los demás, cómo entrar en su estado mental, cómo presentarles el suyo, cómo influir en ellos, cómo llegar a entenderse con ellos, cómo convivir con ellos. Se siente cómodo en cualquier sociedad. 

Además, según John Henry Newman, la universidad: 

«no es un lugar donde nacen poetas o autores inmortales, fundadores de escuelas, jefes de colonias o conquistadores de naciones. No promete una generación de Aristóteles o Newton, Napoleones o Washington, Rafael o Shakespeare, por mucho que hasta ahora haya acogido entre sus muros tales milagros de la naturaleza. Tampoco se contenta con formar al crítico o al físico experimental, al economista o al ingeniero, aunque también los incluye en su ámbito de acción (...), es el gran medio ordinario para alcanzar un fin grande pero ordinario; se propone elevar el tono intelectual de la sociedad, cultivar la mente del público, purificar el gusto nacional, proporcionar principios auténticos al entusiasmo popular y objetivos estables a las aspiraciones populares, dar amplitud y sobriedad a las ideas de la época, facilitar el ejercicio del poder político y refinar las relaciones de la vida privada». 

En esta perspectiva, la universidad, como «Alma Mater de la generación naciente», se convierte en «lugar de comunicación y circulación del pensamiento a través de las relaciones personales, en un territorio muy extenso». 

La aventura humana y creyente del cardenal, teólogo y filósofo inglés, incluso a través del intento fallido de fundar una Universidad católica en Dublín, se confirma como «un faro cada vez más luminoso para todos aquellos que buscan una orientación precisa y una dirección segura a través de las incertidumbres del mundo moderno, un mundo que él mismo había previsto proféticamente» (Papa Pablo VI). 

Que John Henry Newman todavía tiene mucho que decirnos a los hombres y mujeres de hoy, se muestra de nuevo en el contexto del Jubileo del Mundo de la Educación, durante el cual se llevará a cabo el rito de proclamación como Doctor de la Iglesia y será nombrado por el Papa León XIV, junto con Santo Tomás de Aquino, copatrón de la misión educativa de la Iglesia, tal y como se declara en el documento del Papa que se publicó el 28 de octubre de 2025 para conmemorar el 60º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum Educationis. 

Que su «santidad cotidiana» (Papa Francisco) y su compromiso educativo con cada persona que se le confiaba sigan hablando a la humanidad, creyente y no creyente, quedó patente también en la reciente visita de Estado «histórica» al Vaticano de los Reyes de Inglaterra, que —con la oración ecuménica por el cuidado de la Creación, en la que se cantó un himno (texto de San Ambrosio) según la traducción inglesa de John Henry Newman— recuerda la visita (la primera de un soberano británico) del Rey Carlos III el pasado mes de septiembre al Oratorio de Birmingham (comunidad fundada por John Henry Newman) y la presencia del entonces Príncipe Carlos en la canonización de 2019. 

En vísperas de esta canonización, el mismo Rey Carlos III destacaba, entre otras cosas, su «herencia duradera (...) como educador, su trabajo (...) profundamente influyente en Oxford, Dublín y más allá», su «tratado ‘La idea de la universidad’ (que) sigue siendo hoy en día un texto fundamental». 

Ahora, para completar esta reflexión de su visión de la educación «liberal» - que «no hace al cristiano ni al católico, sino al caballero» - y de la universidad - «lugar de encuentro» -, de su compromiso con la formación de personas del mundo para el mundo, que «ha contribuido en gran medida a forjar el espíritu que es la fuerza subyacente de las escuelas y los institutos universitarios católicos de hoy» (Papa Benedicto XVI), hasta pueda ser conveniente recordar aquellas proféticas palabras pronunciadas por el Cardenal Joseph Ratzinger en 1990, con motivo del centenario de la muerte del Cardenal John Henry Newman: 

«La característica distintiva del gran doctor de la Iglesia me parece ser que no enseña solo con su pensamiento y sus discursos, sino también con su vida, ya que en él el pensamiento y la vida se impregnan y se determinan mutuamente. Si esto es cierto, entonces Newman pertenece verdaderamente a los grandes doctores de la Iglesia, porque al mismo tiempo toca nuestro corazón e ilumina nuestro pensamiento». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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