miércoles, 30 de septiembre de 2026

La misión es un camino.

La misión es un camino

Comienzo con una pregunta que puede resultar un poco desconcertante: ¿y si la verdad de lo que somos —y de lo que hacemos— no nos perteneciera realmente?

 

La pregunta llega directamente al corazón humano, pero también al corazón de la realidad, y revela que hay partes de nosotros destinadas al mundo exterior.

 

Una mujer, por ejemplo, sabe que recibe su condición de madre —en el nombre y en los gestos— de aquellos a quienes ha traído al mundo.

 

Lo mismo ocurre con la fe.

 

El Evangelio nos lo recuerda con rotundidad: la verdad del vínculo con Jesús pertenece al más pequeño de mis hermanos, y pasa por lo que les hago —o no les hago—.

 

La medida de hasta qué punto una vida florece en Dios, por tanto, no proviene de la autoconciencia religiosa, sino del encuentro generoso con quien tiene hambre, tiene sed, viene de lejos, no tiene nada o se encuentra en la cárcel.

 

Solo así se descubre lo sagrado que habita en el mundo.


Jesús pregunta: «¿Quién decís que soy yo?»

 

Él también Jesús conoce esta ley: no se presenta partiendo de sí mismo, de sus sueños o de sus propias intenciones.

 

Por eso pide a otras personas que comprendan y expresen su historia, su humanidad divina, su venida del Padre en el Espíritu. No se trata de incertidumbre en la misión, ni de orgullo que exige reconocimiento.

 

Es la propia lógica de la encarnación. Es el propio estilo de la Escritura, que se expresa como memoria de las comunidades que lo han encontrado.

 

Es también lo que ocurrió en tantas historias…

 

Si releemos con atención el extraordinario encuentro entre Jesús y la mujer sirio-fenicia: Jesús recibe la universalidad de su misión de una mujer extranjera y pagana.

 

Si la verdad de la misión reside en el rostro del otro, no puede tratarse de una acción lineal que pasa de una vida a otra, como si la primera pudiera llevar la fe a la segunda.

 

Esta es la tentación del bien, la más insidiosa, porque se disfraza de generosidad mientras mantiene intacta la estructura del poder. Yo sé, tú necesitas. Yo doy, tú recibes.


La misión relacional y ligada al rostro del otro dice lo contrario: yo aún no sé quién soy hasta que te encuentro.

 

La relación no es el lugar donde se presta un servicio: es el lugar donde se forma el sentido y se abre un nuevo camino.

 

Hay muchas formas de borrar el rostro de la otra vida.

 

Ocurre cuando no les dejamos contar su historia, cuando no nos interesa lo que han visto sus ojos, cuando con nuestro juicio ocupamos el camino que el Espíritu ha abierto de par en par ante sus pies.

 

El Espíritu llega antes —y con más gracia— que nosotros.


La misión es un camino…

 

En los Hechos de los Apóstoles hay un episodio que subvierte toda arrogancia misionera: Pedro y Cornelio.

 

El Espíritu obra en ambos: es la fuente secreta de este encuentro. Cuando Pedro cruza el umbral de la casa de Cornelio, Dios ya está allí.

 

El Evangelio no es un patrimonio que haya que transportar de una orilla a otra del mundo. Es algo que nos precede, que habita en lugares por los que aún no hemos pasado, que nos espera en rostros que aún no hemos mirado.

 

Muchas culturas han conservado una parte de lo que nosotros hemos dejado atrás: el tiempo como don y no como medida, la tierra como morada y no como recurso, la paz como vínculo y no como ausencia de guerra.

 

No se trata de una complementariedad edificante: se trata de fragmentos del Evangelio que alguien más ha mantenido vivos mientras nosotros nos desviábamos hacia otros lugares.

 

Pedro no convierte a Cornelio: es el encuentro con Cornelio el que convierte a Pedro. A Pedro que se sentía misionero se le devuelve una fe diferente, más libre.

 

Y Pedro regresa a Jerusalén diferente, pero así es como debe ser: la misión es un camino que cambia a quien creía guiarlo.

 

Y ese cambio nos hace misioneros.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tu mirada me hace bien.

Tu mirada me hace bien

Hay una forma de mirar que no se limita a posar la mirada en alguien.

 

Es una atención que traspasa la distancia, una mirada que parece venir de lejos y, sin embargo, llega hasta lo más íntimo de la persona.

 

De hecho, la presencia física no siempre basta para demostrar interés: se puede estar al lado de alguien sin encontrarse realmente con él, compartir los mismos espacios sin darse cuenta de sus preguntas, de sus heridas, de sus deseos.

 

Por el contrario, se puede estar lejos y seguir velando por la vida del otro con una solicitud discreta, capaz de acompañar sus pasos sin retenerlos.

 

Sentir sobre uno mismo una mirada interesada es una de las experiencias existenciales más profundas y, al mismo tiempo, más sencillas.

 

En esa mirada recibimos un mensaje silencioso: «Tu vida importa. Lo que vives me concierne».


No es control, no es curiosidad, no es intromisión. Es reconocimiento. Quien nos mira así no pretende ocupar el centro de nuestra existencia, sino que nos ayuda a percibir su valor.

 

Por eso, una mirada auténticamente afectuosa infunde alegría. No la alegría superficial de quien olvida las dificultades, sino la más tenaz de quien sabe que no tiene que atravesarlas solo.

 

Que nos miren desde lejos y sentir que alguien sigue con respeto los movimientos de nuestra vida significa tener una certeza: hay una presencia que no hace ruido, y sin embargo permanece.

 

Su fuerza consiste precisamente en no imponerse. Vela sin vigilar, anima sin dirigir, espera sin abandonar.

 

Una mirada físicamente ausente pero espiritualmente presente es, en el fondo, una forma de confianza. Le dice al otro: «Creo que puedes caminar con tus propias piernas, y me quedo aquí sin sustituirte».


 
Esta es la diferencia entre la posesión y el cuidado.

 

La posesión teme la distancia e intenta reducirla; el cuidado, en cambio, sabe habitarla. Acepta que el otro tenga su propio ritmo, su propio camino e incluso sus propios errores, sin dejar de ofrecerle un lugar interior en el que sentirse acogido.

 

Acompañar a alguien con la mirada de la conciencia es un gesto exigente. Requiere recordar al otro incluso cuando no está ante nosotros, preguntarnos por el bien posible para él sin convertir esta pregunta en una exigencia.

 

Puede hacerlo quien ha aprendido a amar, es decir, quien ha descubierto que el amor no consiste en retener, sino en generar libertad.

 

Y a menudo esta capacidad surge de haber sido, en primer lugar, destinatarios de una mirada bondadosa.

 

De hecho, en la infancia, incluso antes de las palabras, aprendemos a conocernos a través de los ojos de quienes nos cuidan.

 

El padre, la madre, los hermanos y hermanas, los abuelos y otras figuras significativas conforman el primer entramado afectivo en el que descubrimos si el mundo es un lugar en el que se puede confiar y si somos dignos de atención.

 

Un niño acogido por una mirada estable puede alejarse, explorar, caerse y volver a empezar, porque lleva dentro de sí el recuerdo de un posible regreso.


En este sentido, podemos decir que también somos la mirada que hemos recibido, o la que nos ha faltado.

 

La mirada de los demás se convierte poco a poco en la forma en que nos miramos a nosotros mismos.

 

Si nos han observado con confianza, aprendemos a reconocer posibilidades incluso en nuestras fragilidades; si nos han acogido sin tener que demostrar continuamente nuestro valor, nos resultará más fácil relacionarnos con los demás sin utilizarlos como espejos o como jueces.

 

La calidad de las primeras relaciones no determina mecánicamente todas las decisiones futuras, pero deja una huella profunda en nuestra forma de amar, de pedir ayuda y de afrontar la separación.

 

La ausencia de una mirada amorosa puede dejar un vacío difícil de nombrar.

 

Quien no se ha sentido visto corre el riesgo de encerrarse en sí mismo para protegerse o de mendigar confirmaciones, confiando a los demás la tarea imposible de llenar cada vacío. Puede confundir la atención con la aprobación, la cercanía con la dependencia, el amor con el miedo a que le abandonen.


Detrás de muchos gestos de dureza o de complacencia se esconde a veces la misma pregunta: ¿alguien se da cuenta realmente de nosotros?

 

Pero la herida no es una condena. La historia que hemos recibido ejerce una influencia poderosa, pero no tiene la última palabra.

 

A lo largo de la vida podemos encontrarnos con personas capaces de ofrecernos una atención nueva; podemos aprender a reconocer nuestras carencias sin vergüenza y a ocuparnos de ellas; podemos incluso educar nuestra mirada, haciéndola menos impaciente y más acogedora.

 

A veces basta con una amistad fiel, una relación educativa, un proceso de escucha o una comunidad auténtica para que la imagen de uno mismo comience a recomponerse, poco a poco.

 

Quien ha experimentado la fuerza de ser mirado con amor puede, a su vez, convertirse en una presencia que protege.


No hacen falta gestos extraordinarios.

 

Significa recordar a una persona con el paso del tiempo, preguntarle cómo está y escuchar de verdad la respuesta; darse cuenta de un cambio, respetar un silencio, animar sin adular. Significa también seguir viendo la dignidad del otro cuando él mismo tiene dificultades para reconocerla.

 

Quizá amar sea precisamente esto: acoger a alguien en nuestro mundo interior sin aprisionarlo, dejar que la distancia no se convierta en indiferencia y que la cercanía no se transforme en posesión.

 

La mirada que viene de lejos no elimina la soledad, sino que la hace habitable; no resuelve la vida del otro, sino que le ofrece un rumbo de confianza.

 

Cuando recibimos una mirada así, algo en nuestro interior se relaja: podemos salir al mundo sin sentirnos dispersos, porque sabemos que tenemos un lugar en la mirada de alguien.

 

Y cuando aprendemos a ofrecerla, esa misma luz se multiplica. 


Y nos convertimos para los demás en aquello que un día nos sostuvo, o quizá en aquello que hubiéramos deseado recibir: una presencia sobria, fiel, capaz de decir sin palabras que ninguna vida es invisible.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Santa Teresa de Lisieux: el abandono en Dios de los pliegues de la vida cotidiana.

Santa Teresa de Lisieux: el abandono en Dios de los pliegues de la vida cotidiana


«No hay que contar cosas inverosímiles o inciertas. Debo conocer su vida real, no la imaginaria», escribe Santa Teresa en su diario, lamentándose de las muchas vidas de los santos que reducen las existencias de carne y hueso, de fuerza y profecía, a imágenes opacas y neutras, para el uso y abuso de todos.

La Santa de Lisieux no sabía que, pocos años después, le ocurriría lo mismo. También por culpa de las hermanas del convento normando, que modificaron sus escritos con más de siete mil intervenciones y correcciones.

Teresa tampoco podía imaginar que su fama, tras su muerte el 30 de septiembre de 1897, pronto se haría mundial, y que su figura espiritual orientaría a religiosos y laicos, la pastoral popular y el deseo de santidad durante sesenta años, hasta las vísperas del Concilio Vaticano II.

Cuando, ni siquiera treinta años después de su muerte, Teresa fue canonizada —en 1925 por Pío XI, que la proclamó también «la estrella de su pontificado»—, acudieron a Roma para la fiesta alrededor de medio millón de personas. Su biografía, titulada por sus hermanas Histoire d’une Âme, ya había sido traducida a varios idiomas, con un total de 400.000 ejemplares; el monasterio había recibido varios millones de cartas solicitando información y, sobre todo, reliquias de esta joven monja.

En resumen, el Pueblo de Dios, incluso antes del juicio de la Iglesia, ya había canonizado a la joven Teresa y la prometida «lluvia de rosas» ya había inundado el mundo católico. Y no solo eso.

Teresa de Lisieux, fallecida a los veinticuatro años y tan increíblemente popular, ha acompañado a muchos buscadores de Dios. La lista es muy larga: el dominico Lagrange, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, la madre Teresa de Calcuta, que eligió el nombre en honor a la carmelita de Lisieux (1931), Edith Stein, que afirmaba encontrar en la Historia de un alma una vida totalmente atravesada por el amor de Dios. La lista podría continuar con infinidad de citas, de literatos como Bernanos, Cesbron, Mauriac, Green, Mounier, Guitton; grandes personajes como Merton, Loew, sor Madeleine (fundadora de las Hermanitas de Jesús).

Y luego, casi todos los grandes teólogos se han interesado por su espiritualidad: desde von Balthasar a Karl Rahner, desde Congar a Ratzinger, desde Bonhoeffer a Daniélou, desde Moltmann a Gutiérrez, desde el cardenal Martini a tantos otros.

Para comprender el encanto de Santa Teresa, es necesario ante todo romper el estereotipo que tenemos de ella. Con su espiritualidad, ¿Teresa invita a los cristianos adultos a volver a la infancia, a huir de la complejidad?

¿El «pequeño camino» por el que se adentra es una fe cristiana en «formato bonsái»? ¿O es cierto lo que escribió hace años el cardenal Bourne, arzobispo de Westminster?: «Amo mucho a santa Teresa porque simplificó las cosas. En nuestra relación con Dios, suprimió las matemáticas. Ha devuelto al Espíritu Santo un lugar en la vida interior, que los directores le habían quitado».

Es como decir que la plenitud de la vida cristiana no reside en la saciedad de los años o en las técnicas de perfección, sino en la rendición a Dios que llama. Lo que nos hace santos no es el heroísmo de nuestros comportamientos, sino la confianza en la misericordia de Dios, que ama rebajarse y elevar hacia sí a las criaturas humildes.

Y esta es una propuesta de santidad para todos, para todas las personas normales. Que lloran, que sufren, que se alegran, que dudan, que mantienen la libertad de los hijos ante su Dios, difícil y bueno. Pero que también saben sorprenderse por las cosas bellas que nacen en ellos, sin ellos. Este es un camino, en el pequeño camino, poco frecuentado por los cristianos de la época de Teresa, pero aún hoy muy descuidado, tanto en la predicación como en la dirección espiritual: y, por tanto, en la vida.

La modernidad de Teresa reside también en el hecho de que experimenta las dudas y las noches de la fe y comparte la condición de quienes no creen. Estos dos rasgos de la santa se recogen, por otra parte, en el nombre elegido en el Carmelo: «Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro».

Es la infancia de Getsemaní la que conduce a esta joven en los breves años de su vida terrenal. El Rostro dolorido y doloroso del abandonado que pide abandono: es el grito de la infancia, es el grito por una madre muerta muy pronto, y por un padre muy querido que debe dejar en el momento de la demencia. Es el grito que le hará muy querida la palabra Abba, que la pondrá verdaderamente en los brazos de Dios como un niño confiado; y que la impulsará a enseñar a todos a estar seguros de Él, a no quedarse contando lo que se devuelve por lo que se recibe: «El mérito no consiste en hacer o dar todo, sino más bien en recibir, en amar mucho».

Será su gran descubrimiento (¿pero no estaba ya escrito en alguna parte?): Dios necesita ser amado. A una hermana que le confiesa que llora en secreto ante Dios por sus tristezas, Teresa le hace una fuerte advertencia: «Dios necesita ser consolado, y si no lo hacemos nosotras, que estamos en el convento, ¿quién lo hace?». Si no lo hacemos nosotros, que estamos en el camino de Jesús, todos los cristianos, ¿quién lo hará?

Teresa dio una imagen de gran belleza de Dios, el rostro de Dios padre-madre, lleno de amor, que incluso en la humillación de la cruz muestra «ternura, cercanía, atención maternal, perdón que sana».

Teresa tiene una verdadera comprensión de la justicia de Dios descrita como misericordia. Lo que importa es abandonarse a Dios, siempre, y sobre todo en Getsemaní. Abandonarse en las propias debilidades, sin cultivar sentimientos de culpa que no existen ante Dios.

¿Se ha encontrado dormida durante la oración comunitaria? Se consuela diciéndose que un niño es amado por su padre incluso cuando duerme. Quien revela el verdadero nombre de Dios, el Abba, es Jesús, «el Amante, el enfermo de amor, que la acoge y, en la gratuidad más absoluta, la ama y la libera».

Teresa supera el concepto de santidad-perfección, tan querido por toda la espiritualidad de su tiempo —construido con el esfuerzo ascético, bajo la amenaza de la justicia divina inminente, con la aniquilación de las emociones y las vulnerabilidades— viviendo una nueva perspectiva: la de la santidad como camino de comunión, de solidaridad, de compañía, de cotidianidad, de ternura con Dios y con la humanidad.

Dejarse amar por Dios para redescubrir a los hermanos y, sobre todo, a los lejanos: «El amor al prójimo», escribe pocas semanas antes de morir, «lo es todo en la tierra, se ama a Dios en la medida en que se practica». Su itinerario —de «atraída por Dios»— será el de dejarse atraer por el abrazo de Jesús, su «ascensor divino», hasta la altura de Dios mismo.

Teresa es una provocación entre los maestros. Cuando se siente la necesidad de definir a Teresa de Lisieux como Doctora de la Iglesia, se dice que allí, en esa pobreza... hay una inteligencia real de la fe, una inteligencia que instruye.

La elección de esta Doctora es de una audacia transgresora porque significa que la Iglesia homologa como vía mística la posibilidad de vivir el ascenso a Dios a través de la experiencia individual y cotidiana... La vida cotidiana recupera dignidad y comprendemos que para llegar a Dios no es necesario despedirse de las pasiones. Esta es una enseñanza que vale toda una summa theologica.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Nacer de nuevo, es decir, volver a ser niño.

Nacer de nuevo, es decir, volver a ser niño

Platón, en el “Timeo”, habla de un sacerdote egipcio muy anciano que se dirige a Solón diciendo: «Vosotros, los griegos, sois siempre niños, ¡no hay griegos viejos!», con lo que quiere subrayar la juventud espiritual de aquellos a quienes - ironía del destino - llamamos «antiguos griegos».

 

Pero no solo existe la posibilidad de ser espiritualmente jóvenes, también existe la posibilidad, no menos atractiva, de ser espiritualmente niños.

 

A la infancia espiritual está dedicado uno de los textos más bellos de la Biblia hebrea, el salmo 131: «Señor, mi corazón no se exalta, ni mis ojos miran hacia arriba; no busco cosas grandes, ni maravillas más altas que yo. Estoy tranquilo y sereno: como un niño destetado en brazos de su madre, como un niño destetado está mi alma en mí».

 

¿Qué decimos de una persona que se define a sí misma como tranquila y serena y que se compara con un niño en brazos de su madre?

 

Decimos que es feliz y contenta, adjetivos que provienen ambos del latín. El primer significado de felix es «fértil, fructífero», con referencia a fetus y fecundus, por lo que el adjetivo «feliz» tiene originalmente que ver con el nacimiento y la fertilidad: uno es feliz cuando es fértil y es capaz de engendrar y nutrir.

 

Contentus, por su parte, es el participio pasado de continere, «contener, retener», por lo que contento es quien permanece dentro de ciertos límites y no quiere más: se contiene, está contenido y, por lo tanto, está contento.

 

El niño en brazos de su madre es feliz porque tiene que ver con la fertilidad de la madre, y está contento porque eso le basta. Le basta vivir para vivir. Le basta ser para ser; no puede desear nada más, está contenido, y eso le hace contento.


 

Hay una infancia espiritual que es una condición soñada y a veces vislumbrada que expresa una característica particular de la felicidad: la felicidad como quietud y como paz, el estado de quien está contento porque está satisfecho y se conforma, no busca cosas superiores a sus fuerzas, sino que está satisfecho con lo que tiene y con lo que es.

 

Quizás fue precisamente pensando en estas cosas que un día Jesús dijo: «En verdad os digo: quien no acoge el reino de Dios como lo acoge un niño, no entrará en él» (Lucas 18,17).

 

Pero, en concreto, ¿qué significa que hay que comportarse y razonar como niños?

 

San Pablo no pensaba así: «Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé atrás lo que era de niño» (1 Corintios 13,11). Y aún más: «Hermanos, no os comportéis como niños en vuestros juicios... comportaos como hombres maduros» (1 Corintios 14,20).

 

La madurez y la razón son un instrumento precioso que hay que salvaguardar contra toda tendencia que favorezca la inmadurez y la irracionalidad. Pero entonces, ¿en qué consiste propiamente la infancia espiritual?

 

En comparación con la traducción católica oficial del salmo 131, la Biblia hebrea presenta una versión diferente en cuyo centro se lee: «He considerado mi persona y la he hecho igual a la de un niño recién destetado por su madre».

 

Aquí se habla de una acción que no tiene nada de infantil, se describe la madurez de quien llega a sopesar su propia persona y a elegir con plena responsabilidad qué sabor darle.


 

¿Qué significa decidir ser espiritualmente un niño?

 

En mi opinión, la infancia espiritual consiste al menos en dos actitudes fundamentales: el asombro y la confianza.

 

El asombro de que la vida exista y de que yo pueda vivirla, y la confianza en ella a pesar de todo.

 

En este sentido, creo que cada uno debería preguntarse si tiene confianza en la vida. La realidad que llamamos vida podemos compararla con una madre que nos alimenta y nos lleva: pues bien, ¿cómo te sientes en sus brazos? ¿Estás tranquilo y sereno, o por el contrario estás inquieto y te sientes mal y te gustaría estar en otro lugar?

 

Por supuesto, no somos los primeros en hacernos esta pregunta, los seres humanos se la han planteado desde siempre y sus respuestas se encuentran depositadas en ese conjunto de conocimientos y prácticas que con una sola palabra llamamos «espiritualidad» y que abarca el arte, la música, la literatura, la poesía, la danza, la religión, la filosofía...

 

Hay formas de sentir y de estar en el mundo que se determinan en la dirección del descontento y la rebelión: son las espiritualidades bajo el lema del no, en la convicción de que las cuentas no cuadran y que, por lo tanto, no es posible estar contento, sino que hay que gritar, protestar,…

 

También hay formas de sentir y de estar en el mundo que expresan tranquilidad, alegría, serenidad, y quienes las adoptan es como si se dijeran a sí mismos que la vida es una madre en la que se puede confiar y con la que se puede estar contento.

 

A este respecto, me gusta citar un pasaje de Pierre Teilhard de Chardin, jesuita francés, científico y teólogo, a quien la Iglesia de su época le retiró la docencia y le prohibió toda publicación, y que en una carta del 20 de febrero de 1947 decía así:

 

«A pesar del aparente caos del mundo, sigo siendo optimista, porque, en general, me parece que los acontecimientos van en la dirección que era legítimo esperar: la de una unificación planetaria de la humanidad, un proceso extremadamente peligroso pero biológicamente inevitable, al que nos veremos (y ya nos vemos) obligados a dedicar todas nuestras mejores energías espirituales».

 

Incluso Friedrich Nietzsche presenta una visión análoga. En su “Así habló Zaratustra” habla de «tres metamorfosis» al final de las cuales el león debe convertirse en un niño, y añade: 

 

«Inocencia es el niño y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira sola, un primer movimiento, un sagrado decir sí. Sí, para el juego de la creación, hermanos, se necesita un sagrado sí».

 

Creo que Jesús se refería a esta confianza y asombro primordiales cuando decía que para entrar en el Reino de Dios hay que hacerse como los niños. ¿no será éste el “nacer de nuevo” que enseñaba Jesús a Nicodemo?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 29 de septiembre de 2026

Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 -.

Tú, en cambio, amarás a tu enemigo - San Mateo 5, 43-48 - 

A estas alturas en las que los contornos de las certezas absolutas vuelven difusos y el estruendoso ruido de los juicios temerarios por fin se acalla, incluso las valoraciones parecen perder su dureza. 

Los rostros que habíamos encasillado en definiciones rígidas vuelven a ser un misterio. 

Aquellos a quienes habíamos llamado adversarios, quienes nos habían herido o molestado, ya no se nos presentan únicamente a través del gesto que nos hizo sufrir: en el silencio aflora una profundidad que las apariencias no logran contener. 

Aprender a valorar a todos significa educar la mirada hacia esa profundidad. 

No significa negar el mal, justificar la injusticia o borrar las heridas. Significa, más bien, rechazar que el límite de una persona se convierta en toda la verdad sobre ella. 

En cada persona habita una imagen secreta, un rastro del Misterio que ninguna sombra puede apagar por completo. 

Buscarla es un acto de valentía espiritual: exige atravesar la desconfianza, superar el resentimiento y no entregar a nadie a la prisión de sus culpas. 

La verdad de un camino interior se revela precisamente aquí, cuando el otro no nos resulta fácil, cuando su presencia despierta en nosotros irritación, miedo o deseo de distancia. 

Es entonces cuando comprendemos si nuestra espiritualidad es solo una palabra luminosa o una fuerza capaz de habitar la noche.

Mirar más allá no es cerrar los ojos: es abrirlos más profundamente, hasta vislumbrar, junto a lo que rechazamos, el bien aún oculto, la posibilidad no realizada, la semilla que espera con paciencia a germinar. 

Ninguno de nosotros, al fin y al cabo, es solo luz. 

Mirarse a la cara significa reconocer las propias zonas de sombra sin vergüenza y sin complacencia. 

Llevamos con nosotros fragilidades, contradicciones, impulsos que desearíamos no tener; sin embargo, precisamente la aceptación sincera de esta realidad puede convertirse en el comienzo de la transformación. 

Quien ha aprendido a no despreciar su propia imperfección consigue más fácilmente no despreciar la de los demás. Sabe que acoger no significa dejar todo sin cambiar, sino ofrecer a uno mismo y a los demás el espacio necesario para cambiar. 

Así, incluso la hostilidad puede convertirse en un umbral. 

El otro, con su resistencia y su dureza, saca a la luz aquello que en nosotros aún requiere atención: el orgullo herido, la impaciencia, la necesidad de tener razón, el miedo a no ser reconocidos. 

Si no huimos de esta revelación, el conflicto puede transformarse en una pregunta: ¿qué puedo comprender, sin renunciar por ello a la verdad? ¿Qué puedo mejorar en mí, sin dejar de llamar al mal por su nombre? 

Quizá un mundo mejor nazca de esta mirada paciente: no de personas perfectas, sino de personas en camino, capaces de acogerse mutuamente sin dejar de transformarse. 

En la gran noche del mundo, cada uno guarda una pequeña luz. Y verla en el otro, sobre todo cuando parece más lejana, ya es una forma de protegerla; caminar juntos hacia ella es el principio de una fraternidad real. 

Mientras el amanecer aún tarda en llegar, podemos aprender a no llamar enemigo a ningún rostro, porque cada rostro, en lo más profundo, lleva una promesa que pide ser reconocida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 27 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

Bienaventurado tú, que, siendo pobre de espíritu, no te preocupas por las cosas banales. Dios será tu riqueza.

 

Bienaventurado tú, que, al sufrir por el mal que hay en el mundo, te dejas conmover por el dolor de los demás. Dios te dará su consuelo.

 

Bienaventurado tú, que, teniendo un corazón manso, respondes al mal con el bien. Dios te dará la comunión con Él.

 

Bienaventurado tú, que, teniendo hambre y sed de compasión, nunca te sientes saciado de Dios.

Dios te dará la plenitud de la vida.

 

Bienaventurado tú, que eres misericordioso, dispuesto a perdonar y a dar el primer paso. Dios será generoso al perdonarte.

 

Bienaventurado tú, que tienes un corazón sincero y transparente, incapaz de hipocresía. Dios te hará el regalo de su presencia.

 

Bienaventurado tú, que difundes la paz y construyes un ambiente fraternal. Dios te considerará, de pleno derecho, hijo suyo.

 

Bienaventurado tú, que consideras el sufrimiento como una compañera habitual de viaje y no te sorprendes ante las calumnias, los malentendidos y las persecuciones. Dios está contigo, te protege y te defiende.


Bienaventurados nosotros, que tenemos la inmensa suerte de acoger el Evangelio con el corazón abierto.

 

Bienaventurados nosotros, que escudriñamos la Palabra cada día para encontrar en ella luz y paz.

 

Bienaventurados nosotros, que vivimos en este mundo con la mirada puesta en el Misterio invisible que lo habita.

 

¡Dichos nosotros, que intentamos escudriñar y descubrir el gran designio de Dios en los acontecimientos de este mundo y en los signos de estas circunstancias!

 

¡Doblemente dichosos somos nosotros, si intentamos escuchar y asimilar la Palabra hasta tener los mismos sentimientos de Jesús!

 

Porque Ella será criterio de nuestros pensamiento y actuación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

La pregunta (que todos nos hacemos, tanto pequeños como mayores) también se puede formular así: ¿cuándo puede alguien decirse verdaderamente feliz?

 

La Biblia dice que la felicidad viene de Dios. Conocerle, permanecer en Él, caminar en su presencia, hacer su voluntad, sentirse protegido, guiado, consolado, perdonado, acogido por Él, es decir, amado: este es el verdadero motivo de la felicidad humana.

 

Las bienaventuranzas de Jesús, recogidas en el «Sermón de la Montaña», son el corazón del Evangelio, que es la «Buena Nueva», comunicada a los hombres por el propio Jesús. En él, las bienaventuranzas se hacen concretamente visibles y se nos da a conocer la bondad y la fidelidad del Padre. Él es el modelo perfecto… ¡y el autor!

 

Más aún que recordarnos lo que debemos hacer nosotros, las bienaventuranzas nos dicen quién es el Dios de la bienaventuranza; no nos ordenan que seamos pobres de espíritu, mansos, puros de corazón, misericordiosos, justos…, sino que nos anuncian lo que Dios hace por nosotros, revelándonos algo sobre su relación con los hombres.

 

Ante las multitudes que acudían a Él, Jesús sentía en su corazón una gran compasión, un profundo afecto, una inmensa ternura.

 

Siempre vivo en Él está el deseo de anunciar a toda la humanidad, tan afligida y desorientada, la esperanza de Dios, la verdad de su reino, el camino de la vida, la gran promesa hecha a los padres…

 

¡El anuncio, el fin de la fe, es una promesa de felicidad para todos!

 

Jesús se lo dice a quienes le escuchan. Puedes ser bienaventurado ya desde ahora: eso es lo que Dios desea para cada criatura viviente.


Repite varias veces «bienaventurados». Y lo hace con insistencia, ¡para hacernos comprender que esta es la esencia del cristianismo!

 

Si los santos pudieran revelarnos el secreto de su santidad, nos hablarían de la alegría del corazón, de la belleza de la gracia, es decir, de sentirse amados por Dios, ¡como sus hijos más queridos!

 

Todos experimentamos el cansancio; algunos incluso soportan cruces pesadas.

 

¿Cómo hablar de bienaventuranza si las cosas son así?

 

El Evangelio de Jesús no teme enfrentarse a la realidad humana y a sus heridas y contradicciones.

 

Pero cuando el Evangelio se convierte en vida, la existencia de quien cree está preparada para el Reino de Dios.

 

¡Hagamos de estas enseñanzas de Jesús nuestro programa de vida!

 

Intentemos comprometernos a vivir estas bienaventuranzas: a quienes confían, el Señor no tardará en hacerles sentir paz y serenidad.

 

No hay más que intentarlo, siguiendo un ejemplo esclarecedor. Un día, un padre observaba a su hijo, que quería mover una pesada maceta. El niño se esforzaba, refunfuñaba pero no conseguía mover la maceta ni un milímetro. Entonces el padre le preguntó: «¿Has usado todas tus fuerzas?». «Sí», fue la respuesta. Y el padre le respondió: «¡No, no me has pedido que te ayudara!».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Si no os hacéis pequeños… - San Mateo 18, 3 -.

Si no os hacéis pequeños… - San Mateo 18, 3 -   En esta hora de la tarde las cosas cambian de dimensión.   Las casas parecen más pequeñas ...