Sencillamente llena de gracia
Antes o después el Evangelio nos señala una cita concreta en el hogar de Nazaret.
¿Cómo sería aquel hogar? No nos interesa cómo era
materialmente esa vivienda, sino qué ambiente se respiraba en él.
Es el propio Evangelio el que nos permite intuir el
estilo de aquel hogar: un hogar totalmente abierto, si es cierto que el ángel
de Dios puede acceder a él libremente.
«Entrando en la
casa», recuerda Lucas. De hecho,
no son pocas las veces en que nuestra existencia desconoce la belleza de un
nuevo anuncio y de una nueva posibilidad, simplemente porque hay un cierre que
no permite que ningún ángel cruce el umbral de nuestra vida.
«He aquí, yo
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré, cenaré con
él y él conmigo» (Ap 3,20): Dios
se mueve en la historia interpelando siempre la libertad humana, sin forzarla
jamás. ¡Cuántas cenas perdidas, porque tantas puertas no se han abierto!
En aquel hogar totalmente abierto, el arte de escuchar
a los ángeles era algo habitual.
El ángel es aquel que anuncia la posibilidad de lo
imposible. Lo imposible se hace posible porque la palabra de Dios nunca es
impotente, siempre realiza lo que anuncia. Nunca es estéril.
Lo imposible se hace posible porque el Espíritu Santo
está siempre de nuevo en acción: te
cubrirá con su sombra.
¿Qué es el Evangelio sino la realización de lo
imposible?
Narra que Jesús nacerá de una manera y no de otra;
narra que la adúltera sea perdonada y no lapidada; narra que el hijo pródigo
sea tratado como hijo y no como siervo; narra que es posible que un anciano
como Nicodemo renazca; es posible incluso que un muerto desde hacía cuatro días
oiga la invitación a salir; narra cómo es posible que en mi interior renazca la
llama de la fe, de la esperanza y de la caridad.
En aquel hogar totalmente abierto, el asombro y la
capacidad de plantearse preguntas eran algo habitual: se preguntaba qué sentido tenía un saludo así.
La reflexión era algo habitual. Se hace preguntas
quien sabe que no dispone de una lectura exhaustiva y omnicomprensiva de la
realidad tal y como se desarrolla ante sus ojos.
Hay cosas que no es posible acoger en nuestro
horizonte si no aceptamos dejarnos cuestionar precisamente por esos mensajeros
que Dios suscita continuamente.
¡Cuántas cosas nos parecen ya conocidas incluso antes
de haberlas vivido! ¡Y de cuántas oportunidades de renacimiento nos privamos
solo porque nos parece que no tenemos ningún seno capaz de acoger lo que va más
allá de nuestro deseo o de nuestras expectativas!
La vida está hecha de turbaciones, de emociones
confusas: pero Dios no teme este mundo interior nuestro.
En aquel hogar totalmente abierto, la confianza era
algo habitual. ¿Cómo podría ser de otra manera si María llega a ponerse a
disposición, sin reservas, de un proyecto que no era el suyo?
Al ángel que le trae un anuncio que trastorna su vida,
María responde: ¡Hágase en mí según
tu palabra!
Una respuesta así no se improvisa: nace de un corazón que siempre había guardado el deseo de estar en comunión con Dios y, por eso, acepta que sus respuestas habituales se vean trastocadas. María está segura de que abrirse a Dios nunca coincide con un empobrecimiento de su propia humanidad.
En aquel hogar totalmente abierto, el espíritu de
servicio se sentía como en casa propia. «Soy la sierva del Señor», repite María al ángel.
Difícilmente pronuncia palabras semejantes quien está
acostumbrado a gestionar, dominar, disponer, mandar. Las de María son palabras
que dan testimonio de un estilo humilde, servicial y acogedor.
En aquel hogar, lo imposible era algo habitual: no
sentirse haber llegado a la meta, la capacidad de enfrentarse a lo imprevisto.
María no obliga al plan de Dios a adaptarse a su
capacidad de acogida, sino que intenta ampliar su capacidad a la medida de los
designios de Dios.
En aquel hogar, por un lado, reinaban una gran
sensatez y un sano realismo (tanto es así que María pregunta: ¿cómo sucederá esto?), y por
otro, una gran disposición a dejarse llevar más allá de sí misma… a la altura
del Dios que se hace criatura en su vientre.
En aquel hogar… se hizo la gracia más sencilla.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

