miércoles, 7 de octubre de 2026

Sencillamente llena de gracia.

Sencillamente llena de gracia

Antes o después el Evangelio nos señala una cita concreta en el hogar de Nazaret.

 

¿Cómo sería aquel hogar? No nos interesa cómo era materialmente esa vivienda, sino qué ambiente se respiraba en él.

 

Es el propio Evangelio el que nos permite intuir el estilo de aquel hogar: un hogar totalmente abierto, si es cierto que el ángel de Dios puede acceder a él libremente.

 

«Entrando en la casa», recuerda Lucas. De hecho, no son pocas las veces en que nuestra existencia desconoce la belleza de un nuevo anuncio y de una nueva posibilidad, simplemente porque hay un cierre que no permite que ningún ángel cruce el umbral de nuestra vida.

 

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20): Dios se mueve en la historia interpelando siempre la libertad humana, sin forzarla jamás. ¡Cuántas cenas perdidas, porque tantas puertas no se han abierto!

 

En aquel hogar totalmente abierto, el arte de escuchar a los ángeles era algo habitual.

 

El ángel es aquel que anuncia la posibilidad de lo imposible. Lo imposible se hace posible porque la palabra de Dios nunca es impotente, siempre realiza lo que anuncia. Nunca es estéril.

 

Lo imposible se hace posible porque el Espíritu Santo está siempre de nuevo en acción: te cubrirá con su sombra.

 

¿Qué es el Evangelio sino la realización de lo imposible?

 

Narra que Jesús nacerá de una manera y no de otra; narra que la adúltera sea perdonada y no lapidada; narra que el hijo pródigo sea tratado como hijo y no como siervo; narra que es posible que un anciano como Nicodemo renazca; es posible incluso que un muerto desde hacía cuatro días oiga la invitación a salir; narra cómo es posible que en mi interior renazca la llama de la fe, de la esperanza y de la caridad.

 

En aquel hogar totalmente abierto, el asombro y la capacidad de plantearse preguntas eran algo habitual: se preguntaba qué sentido tenía un saludo así.

 

La reflexión era algo habitual. Se hace preguntas quien sabe que no dispone de una lectura exhaustiva y omnicomprensiva de la realidad tal y como se desarrolla ante sus ojos.

 

Hay cosas que no es posible acoger en nuestro horizonte si no aceptamos dejarnos cuestionar precisamente por esos mensajeros que Dios suscita continuamente.

 

¡Cuántas cosas nos parecen ya conocidas incluso antes de haberlas vivido! ¡Y de cuántas oportunidades de renacimiento nos privamos solo porque nos parece que no tenemos ningún seno capaz de acoger lo que va más allá de nuestro deseo o de nuestras expectativas!

 

La vida está hecha de turbaciones, de emociones confusas: pero Dios no teme este mundo interior nuestro.

 

En aquel hogar totalmente abierto, la confianza era algo habitual. ¿Cómo podría ser de otra manera si María llega a ponerse a disposición, sin reservas, de un proyecto que no era el suyo?

 

Al ángel que le trae un anuncio que trastorna su vida, María responde: ¡Hágase en mí según tu palabra!


Una respuesta así no se improvisa: nace de un corazón que siempre había guardado el deseo de estar en comunión con Dios y, por eso, acepta que sus respuestas habituales se vean trastocadas. María está segura de que abrirse a Dios nunca coincide con un empobrecimiento de su propia humanidad.

 

En aquel hogar totalmente abierto, el espíritu de servicio se sentía como en casa propia. «Soy la sierva del Señor», repite María al ángel.

 

Difícilmente pronuncia palabras semejantes quien está acostumbrado a gestionar, dominar, disponer, mandar. Las de María son palabras que dan testimonio de un estilo humilde, servicial y acogedor.

 

En aquel hogar, lo imposible era algo habitual: no sentirse haber llegado a la meta, la capacidad de enfrentarse a lo imprevisto.

 

María no obliga al plan de Dios a adaptarse a su capacidad de acogida, sino que intenta ampliar su capacidad a la medida de los designios de Dios.

 

En aquel hogar, por un lado, reinaban una gran sensatez y un sano realismo (tanto es así que María pregunta: ¿cómo sucederá esto?), y por otro, una gran disposición a dejarse llevar más allá de sí misma… a la altura del Dios que se hace criatura en su vientre.

 

En aquel hogar… se hizo la gracia más sencilla.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 6 de octubre de 2026

¿Qué queda del Evangelio?

¿Qué queda del Evangelio?

Hay una hora de la tarde-noche en la que la Iglesia de Santa Lucia del Gonfalone me parece más grande… 

Las pinturas emergen de la sombra, el espacio se queda vacío, todo guarda silencio y, tras las puertas cerradas, permanece el eco de palabras pronunciadas durante siglos. 

Pero justo cuando se apagan las luces y la solemnidad de la liturgia se desvanece, una pregunta vuelve a recorrer esta Via dei Banchi Vecchi en Roma… ¿qué queda del Evangelio? 

Tal vez una respuesta, si se lee sin prejuicios, resulta desarmante por su claridad. 

La verdad de una fe no se mide por el número de ritos celebrados, por la fuerza de una pertenencia confesional ni por la precisión con la que se observan las costumbres religiosas. 

Se mide ante un rostro herido, en la distancia que decidimos acortar, en el cuidado concreto que se ofrece a quienes sufren y a quienes ya no poseen nada. 

El Evangelio no nace en el recinto protegido de un edificio sagrado. 

Nace a lo largo de los caminos polvorientos de Palestina, en el movimiento inquieto de un grupo de hombres y mujeres. 

Jesús camina, se encuentra con la gente, escucha, toca los cuerpos excluidos, se sienta a la mesa con quienes son considerados indignos. 

Su palabra no crea una distancia religiosa: la atraviesa. 

No pregunta ante todo qué fórmula se profesa, sino qué ocurre con el dolor del otro cuando entra en nuestro campo de visión. 

La parábola del buen samaritano es, también en este sentido, un rayo en esta noche. 

El hombre abandonado medio muerto al borde del camino es visto por figuras religiosas, pero no es socorrido. 

Quien se detiene es el extranjero, el hereje a ojos de los bienpensantes, aquel que no posee el título adecuado y, sin embargo, realiza el gesto adecuado. 

La justicia de Dios se deja reconocer ahí: en la atención al prójimo, en la compasión que se inclina, venda las heridas, levanta un cuerpo y asume el coste de su cura. 

Pero nuestra historia cristiana ha invertido a menudo esta prioridad. 

La experiencia inaugurada por Jesús quedó tantas veces encerrada en instituciones, custodiada entre fronteras, atada a obligaciones y obediente a ceremonias; el signo acabó oscureciendo lo que debería haber indicado. 

Se ha medido la fuerza de la fe por la cantidad de prácticas, por la magnificencia de las liturgias, por la disciplina de la pertenencia. 

Mientras tanto, fuera de esta Iglesia, siguen permaneciendo precisamente aquellos a quienes se debería haber puesto en el centro: los pobres, los excluidos, los heridos de la historia. 

No es el rito en sí mismo lo que está vacío. Seguramente hasta puede custodiar la memoria, educar el deseo, dar forma comunitaria a la esperanza. 

Pero se convierte en un engaño cuando pretende sustituir a la misericordia; cuando la belleza del altar hace invisibles a quienes esperan en el umbral; cuando la ortodoxia de las palabras exime del amor concreto. 

Entonces la religión ya no sirve al Evangelio: lo domestica. 

También la relación tormentosa entre la institución eclesiástica y la lectura directa de las Escrituras forma parte de esta historia. 

En diversas épocas, el acceso al texto bíblico en lengua vernácula fue limitado, vigilado o desalentado, por temor al error y a la desobediencia. 

Más allá de las distintas circunstancias históricas, queda una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando la Palabra destinada a liberar se guarda como un privilegio y va acompañada del miedo a la condena? 

Quizá sea también por eso por lo que, al volver a abrir cada día el Evangelio, muchas frases parecen pronunciarse por primera vez. No porque sean nuevas, sino porque han quedado ocultas bajo siglos de costumbres. 

Bajo las capas de la religión reaparece una propuesta radical: no una identidad que exhibir, sino un estilo de vida; no una pertenencia que defender, sino una fraternidad que practicar; no la salvación buscada lejos del mundo, sino la cercanía vivida en medio de las heridas. 

Bajo esta luz de la noche cobra fuerza una paradoja: Jesús es el «anticristiano» por excelencia, no porque se oponga a su propio mensaje, sino porque es irreductible a lo que el cristianismo histórico ha construido a veces en su nombre. 

Y en esta hora de la tarde-noche, en esta Iglesia vacía de Santa Lucia del Gonfalone, el vacío  el silencio se vuelven también provocación que queda suspendida como una nota en el pentagrama. 

Y me pregunto si la fe que se defiende en los Templos coincide realmente con la que se vive en las calles. 

Ahora que todas las voces callan, el Evangelio siempre nos quiere llevar al mismo punto: un ser humano ante otro ser humano. Uno sufre, el otro puede pasar de largo o detenerse. 

Todo lo demás - nombres, edificios, vestimentas, fórmulas - viene después. 

La noche no borra las formas, sino que revela su sombra. Y en la sombra permanece encendida una sola luz: «Ve y haz tú también lo mismo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 5 de octubre de 2026

Atreverse a pensar o un pensar eclesialmente atrevido.

Atreverse a pensar o un pensar eclesialmente atrevido

Soy un cristiano, misionero claretiano y presbítero. Llevo años tratando de hacerme a la idea de un cambio de época en la Iglesia. Este cambio no exige a la Iglesia que defienda con mayor tenacidad las formas heredadas, sino que discierna lo que el Espíritu está haciendo surgir en la realidad: la crisis no es solo un problema que hay que resolver, es un dato que hay que interpretar.

 

Tratar de estar en primera línea - así es como interpreto mi condición eclesial - no es una situación tan terrible ni peligrosa; claro que sufro algunas sacudidas, como cuando hay una ligera turbulencia en el avión. La mayor parte del tiempo, el vuelo es tranquilo: si alguien en mi situación quiere, puede seguir tranquilamente ejerciendo de presbítero como se hacía antes: la Misa, alguna confesión, algún encuentro… en definitiva, una vida tranquila, aunque en alguna ocasión más caótica de lo habitual.

 

De vez en cuando ocurre alguna turbulencia un poco más violenta que sacude la tranquilidad habitual y la inercia inveterada… como algunos escándalos relacionados con los abusos… como el abandono del ministerio por parte de algunos hermanos a los que aprecio… como alguna salida de tono de algún que otro Obispo… Pero, como digo, de vez en cuando…

 

Un egregio profesor de mi licenciatura, al ser preguntado por un deseo que le gustaría transmitirnos, pronunció esta frase fascinante: «No quiero deciros qué pensar, ¡pero quiero deciros que penséis!». Pensar.

 

¿Qué podría significar esto para mí? ¿Qué podría significar para nuestra situación como Iglesia?


Al intentar trazar los contornos de una respuesta, y con el paso de los años, interpreto ahora aquella invitación desde esta perspectiva: no creo que signifique multiplicar opiniones, sino leer en profundidad lo que ocurre, poner en relación las experiencias y reconocer los caminos que encierran una promesa.

 

Todo esto está estrechamente ligado al discernimiento: el Espíritu sigue atrayendo a la Iglesia hacia la Belleza que salva al mundo, hacia nuestra plena realización en Jesús.

 

Quien piensa no se limita a imaginar. Se deja interpelar, deja que las piezas de las diversas experiencias se entremezclen.

 

Quien piensa pregunta y escucha (cf. Lucas 2,46) y todos se sorprenden de sus respuestas, de lo que se hace posible ante quien confía no en la perfección de sus propias intenciones, sino en la profundidad que poseen las intuiciones que el propio Espíritu sugiere.

 

Quien piensa avanza, en su mayor parte a base de intentos y errores, en un contexto que no teme a los errores porque está serenamente dispuesto a aprender de esos mismos errores, no porque los evalúe, sino porque los reinterpreta dentro de una dinámica de aprendizaje continuo.

 

Ninguno de nosotros sabe cómo se vive el tiempo presente, ¡pero somos las noventa y nueve ovejas que se han quedado juntas en la montaña! El pastor va a buscar a la perdida, mientras que nosotros podemos depositar nuestra confianza en quien sigue llevando adelante su obra de salvación confiando también en nosotros, que somos su pueblo, y poniendo nuestra confianza también en quien, junto a nosotros, desafía los peligros de la noche permaneciendo cerca y compartiendo nuestro destino.


Quien piensa parte de un punto fijo y deja de poner los puntos sobre las «i». El Papa Francisco, en “Evangelii Gaudium”, pedía a la Iglesia que volviera al kerigma y lo custodiara. Durante mucho tiempo pensé que se trataba únicamente de una llamada dirigida al anuncio catequético. Hoy me pregunto, junto con vosotros, si el kerigma no es más bien el criterio esencial con el que atravesar el futuro: no el único contenido de nuestra historia, sino el equipaje imprescindible con el que aventurarnos en la inmensa pradera y en el fascinante abismo de un mundo aún por descubrir.

 

No se trata de tirar por la borda toda la historia del pensamiento cristiano y teológico. Necesitamos nuevos mapas, teniendo muy presente que los mapas se han trazado en función de los conocimientos que se poseían.

 

Y si, en un momento dado, las observaciones remodelan esos conocimientos, hay que tenerlos en cuenta. Recordando aquella de que la realidad es superior a la idea. Y así, quien parte de un punto fijo lo considera la condición sin la cual no se puede avanzar.

 

Quien pone los puntos sobre las «i» se limita a juzgar lo que hacen los demás, y si los demás lo hacen bien, basándose en razonamientos y pensamientos que pueden engañar, aunque procedan de nuestra historia, porque son más adecuados para la época en la que se formularon que para hoy - que es el tiempo en el que la salvación está entrando en nuestra casa -.

 

Y aquí creo que se abre ante nuestros ojos el paso más delicado, que es una posibilidad.

 

Estamos acostumbrados a juzgar la experiencia espiritual de los demás. Lo que piensan, lo que dicen… en definitiva, su teología. Durante siglos, en la historia de la Iglesia, ha sido precisamente la teología la que ha creado contrastes, y tampoco en este momento de transición estamos dejando pasar la ocasión.

 

Es necesario crear las condiciones para que los distintos puntos de vista puedan ser escuchados, puestos a prueba y corregidos por la experiencia..


Vivimos un momento particular de la historia de la Iglesia. Mi pensamiento se dirige a esas ocasiones en las que me siento tentado a clasificar quién lo hace bien y quién mal, sin darme cuenta de que cada experiencia tiene algo bueno que hay que salvaguardar… el trigo que crece entre la cizaña (Mt 13,26).

 

En lugar de acusarnos mutuamente de no estar viviendo el verdadero cristianismo, podríamos partir de la premisa de que todos lo estamos haciendo de manera diferente, y que esa diferencia no es un problema que haya que eliminar, ¡sino una riqueza que hay que redescubrir!

 

En definitiva, permitir que quien quiera permanecer fiel a la tradición lo haga, y que quien quiera ir más allá, vaya más allá, para que todos podamos crecer gracias a las aportaciones mutuas.

 

En este caso, creo que el acuerdo en todo no puede ser el punto de partida, pero sí puede convertirse en un excelente y prometedor punto de llegada.

 

En mi foto interno creo que éste no es momento de sentirse incómodo porque el juguetito… que nos han puesto en las manos se está desmoronando y estás experimentando la dramática sensación de no saber qué hacer para que el desmoronamiento se ralentice.


¿Se está rompiendo el juguetito que nos traíamos entre manos? ¿O se ha roto ya?

 

Quizá sea porque el Espíritu Santo quiere enseñarnos otra forma de ser Iglesia. Sí, una forma muy diferente de la que hemos aprendido y que estamos intentando mantener en pie con todos nuestros esfuerzos.

 

Me parece que hoy en día dejar atrás los viejos mapas y los modelos eclesiásticos interiorizados es la opción más sensata frente a continuar con una reestructuración que, a la larga, no sirve de nada, porque genera frustración y la sensación de estar inmersos en una labor sin sentido y sin futuro.

 

Y entonces me imagino a una Iglesia que hace memoria de las experiencias vividas por quienes están en primera línea. Me imagino a una Iglesia en camino - en la vía o en salida - que vuelve para compartir sus experiencias porque se ha atrevido a adaptar el anuncio a las condiciones en las que se encuentra. Me imagino una Iglesia regresando, con la alegría en los labios y en el corazón de ver pequeños fragmentos de resurrección que embellecen un contexto que, a primera vista, parece estar habitado únicamente por el aburrimiento, el cansancio y la desilusión. Me imagino a una Iglesia que anima y sostiene, con una actitud servicial de acompañamiento y discernimiento continuo.

 

¿Ciencia ficción? Quizás. ¿Profecía? Esperemos que sí.

 

Pero una cosa me aparece más nítida: el futuro - también el de la Iglesia - comienza cuando dejamos de defender por miedo lo que se está desmoronando y aprendemos a escuchar lo que está naciendo.

 

Dejar ir - o dejar que los muertos entierren a sus muertos (Lc 9,60) - no significa perder la verdad: significa liberarla de las formas que ya no logran comunicarla.

 

No estamos destinados a custodiar cenizas, sino a reconocer los rayos del amanecer de nuevos cielos y nuevas tierras.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Naza… o ¿qué nos hace realmente humanos?

Naza… o ¿qué nos hace realmente humanos?

Desde el momento en que recibió el aplauso más prolongado de la Sala Grande y el Premio Especial del Jurado en la 83.ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, Naza ha sido objeto de una violenta contraofensiva mediática y política por parte del Gobierno israelí, que ha acusado a los autores de alta traición y ha propuesto la retirada de la ciudadanía.

 

En consecuencia, Yuval Abraham anunció en X que la película se difundirá en Internet a partir de noviembre: «Debido al interés y a la importancia pública del asunto, Rachel y yo hemos decidido, junto con el Guardian, que la película Naza estará disponible de forma gratuita en Internet, sin límite de tiempo, para que cualquiera pueda verla y escuchar los testimonios de los soldados».

 

Porque este es, de hecho, el escándalo inaceptable: quienes revelan al mundo el genocidio en curso esta vez no son los ojos y las voces palestinas, sino las israelíes. Nos sacan de lo que es nuestra zona de confort amable y cómodo…

 

«Naza», en la jerga de los servicios de inteligencia y las milicias israelíes, es el acrónimo con el que se hace referencia a los «daños colaterales» de las acciones de agresión, es decir, a los civiles que mueren en los bombardeos de los edificios de Gaza: dos, tres, incluso quinientas personas de una sola vez.

 

Y para narrar este horror normalizado, los directores han entrevistado, en secreto, por la noche, en los tejados de Tel Aviv, durante tres años, a veinticuatro agentes - mujeres incluidas - que participaron en las acciones. Con un estilo impasible, protegiendo a los testigos mediante el camuflaje digital de sus voces y rostros.


Yuval Abraham y Rachel Szor forman parte del colectivo israelo-palestino que ya había realizado Ninguna otra tierra, galardonada en los Óscar de 2025: la película, rodada antes de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, narraba los esfuerzos de un grupo de activistas palestinos por oponerse a la destrucción de su pueblo natal, Masafer Yatta, en Cisjordania, a manos de las Fuerzas de Defensa de Israel. Allí, el exterminio se contemplaba desde la perspectiva de quienes lo estaban perdiendo todo.

 

Esta vez, en cambio, la aniquilación del pueblo palestino se contempla desde la perspectiva de quienes matan, lo que vacía el relato de cualquier elemento de identificación emocional. Naza, durante la mayor parte del metraje, no nos hace llorar, ni siquiera nos muestra lo que cabría esperar. Nos hace escuchar e imaginar, utilizando sonidos y palabras que, en esta ocasión, no son los de la lengua árabe ni del inglés, sino, principalmente, del hebreo.

 

Naza es, paradójicamente, una película hermosa, tanto en el sentido cinematográfico como en el ético-político. Paradójicamente hermosa porque habla de la muerte, pero, sobre todo, por el lenguaje que se utiliza en esta película.

 

La sensación que uno tiene al ver Naza actúa como una situación alienante que sabotea las imágenes y las historias ya establecidas de destrucción o de justificación del horror que ya no somos capaces de ver ni escuchar de verdad y que, por lo tanto, de hecho, en forma de imágenes de fondo, asimilamos, aceptamos y dejamos que existan, cada vez con mayor indiferencia.

 

El espeluznante escenario de las decenas de miles de muertos que desfilan a diario por nuestras pantallas, en imágenes ya quemadas por la sobreexposición, esta vez, en cambio, queda fuera de campo, desplazando al centro lo que suele estar fuera, pero que ahora se convierte, paradójicamente, en lo obsceno en escena, es decir: la inhumanidad encarnada de las tecnologías inteligentes, que de ser una fuerza estratégica iluminadora de la inteligencia más poderosa del mundo se convierte, también visualmente, en un mundo oscuro, fantasmal y perturbador.


Ver Naza, de hecho, es un poco como asistir a una clase magistral sobre el genocidio. La frialdad del asesinato se transforma en un principio formal. La banalidad del mal actúa aquí como la impersonalidad del horror.

 

Al ver la película, escuchamos los relatos de los agentes, mientras la cámara nos muestra y, en cierto sentido, también nos permite espiar los interiores domésticos de los edificios circundantes de la capital israelí. Son hogares en los que se desarrollan los rituales de la vida cotidiana de todos: hay quien regresa a casa, quien prepara la cena, quien se prepara para dormir.

 

También en un sentido formal, Naza, desde el punto de vista cinematográfico, es un experimento sobre la banalidad del horror en la era de la inteligencia artificial: ahí radica precisamente su grandeza.

 

De hecho, la película conforma un escalofriante sistema de duplicaciones paradójicas, en el sentido de que, para permitir que los entrevistados hablaran sin riesgos, la dirección ha alterado sus voces y sus rostros mediante la inteligencia artificial, que, sin embargo, es también el mismo recurso gracias al cual los asesinos a sueldo israelíes han podido acceder a los teléfonos de los objetivos palestinos.

 

Exactamente igual que lo hacemos nosotros al ver la película, los agentes israelíes pudieron así espiar las vidas de los habitantes de Gaza y darse cuenta, por ejemplo, de que si entre los diálogos espiados por los satélites se oía la voz de un niño que preguntaba: «¿Cuándo llega papá?», ese era el momento adecuado para preparar los drones para el lanzamiento de las bombas.

 

Así se destruyeron miles de vidas de civiles: mientras cenaban, jugaban, preparaban una fiesta o llamaban a una mascota.

 

Este terrorismo tan inhumano, tanto por haberse consumado con indiferencia como por haberse llevado a cabo mediante inteligencia ajena a los cuerpos, se representa, a lo largo de toda la película, con una fotografía lúgubre; excepto en el momento final, cuando la imagen fuera de campo de los cuerpos palestinos bajo los escombros se nos presenta ante los ojos, como si por fin los volviéramos a ver; con un estilo impasible que recurre al lenguaje documental para transformar la impersonalidad - de un genocidio - en tema de fondo: lo obsceno que nos mira a nosotros.



Acabo ya. Ante los testimonios de los 24 soldados de las FDI entrevistados, uno tiene la sensación de cómo hoy en día ya no es posible eludir la pregunta radical: ¿qué nos hace realmente humanos? De fondo, hay una «clave» continua: ¿qué nos ha conducido, o nos está conduciendo, a esta in-humanidad tan atroz y brutal? ¿Somos realmente humanos?

 

Los invitados de piedra a lo largo de toda la película son las víctimas del genocidio. A 1 de octubre de 2026, según el Ministerio de Sanidad de Gaza, los palestinos asesinados en la Franja desde el inicio de la guerra ascienden a 74 040. De ellos, 21 730 son niños. La cifra incluye a las víctimas registradas por los hospitales y las autoridades sanitarias locales, pero desde luego no a las que aún yacen bajo los escombros y que, probablemente, nadie podrá contar jamás. Sin contar los 175 168 heridos, cifra que, obviamente, también está subestimada. 


No obstante la película parece dejar deliberadamente a estos muertos y heridos en un segundo plano, como un «eco» que contrasta con los israelíes vivos y sanos.

 

Emmanuel Lévinas en su “Totalidad e infinito” sugería que lo que constituye propiamente lo humano es la capacidad de reconocer en el otro, en su rostro, una alteridad irreductible a mí y a mi poder: «Este infinito, más fuerte que el homicidio, ya se nos resiste en su rostro, es su rostro, es la expresión originaria, es la primera palabra: “no matarás”». (Totalidad e infinito, 1977, p. 218).

 

Y uno quiere pensar con la mente y creer con el corazón que esto habita en nosotros mucho antes de la búsqueda de un culpable o de la distinción, por necesaria que sea, entre buenos y malos… Solo si nos adentramos en esta distinción teniendo siempre presente el rostro del otro, ya sea bueno o malo, hebreo o palestino,…, todo cobra su sentido: un sentido humano.

 

De lo contrario, volvemos a la ley de la selva que no hace más que alimentar esa misma lógica que ha llevado a este genocidio… y que, lamentablemente, ha provocado otros que están en curso y de los que nadie se hace eco… u otros futuros... que hasta nos hacen creer que el mal fuera una realidad banal...


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 4 de octubre de 2026

¿Cuántos San Francisco de Asís hay?

¿Cuántos San Francisco de Asís hay?


San Francisco, un santo muy popular, corre el riesgo de ser hoy en día solo una figura hagiográfica, más que histórica; es más, una figura que concentra en sí misma diversos simbolismos tan dispares que puede interpretarse y reinterpretarse en los contextos más variados, atribuyéndole imágenes, palabras y significados que surgen de la sensibilidad contemporánea y que se aplican arbitrariamente a su figura.

 

Así, Francisco se convierte en el ecologista ante litteram, amante de la naturaleza y de los animales, aunque para él el sol, la luna, el agua, el fuego y los animales no constituyen simplemente una «naturaleza» que hay que proteger, sino que son «criaturas», hermanas en la relación común con Dios.

 

Incluso el «Cántico de fray Sol» corre el riesgo de ser interpretado en un sentido panteísta, cuando en realidad es profundamente teocéntrico: las criaturas no son Dios, sino que remiten al Creador. Estamos muy lejos de la espiritualidad genérica new age de la naturaleza.

 

Y luego está el Francisco pacifista, muy popular. Y con razón, porque, en efecto, estaba orientado hacia la paz, pero, una vez más, su rechazo a la violencia debe entenderse en el marco del seguimiento de Jesús y de la fraternidad universal.

 

También por eso su concepción de la paz no se limitaba simplemente a «no luchar»: incluía también la relación con el enemigo, el perdón y la renuncia a la posición de poder.


Y está el Francisco que cuestiona a la Iglesia, entendida como «sistema eclesiástico». Y es indudable que, al querer vivir el Evangelio de manera radical, criticaba comportamientos y estructuras cuando entraban en conflicto con el Evangelio, pero también es cierto que no concebía su propia experiencia al margen de la Iglesia, y mucho menos se erigía en fundador de una Iglesia alternativa.

 

Y está el Francisco, hombre de la pobreza: esto también es cierto, pero no hay que olvidar que su elección no se refería solo a la pobreza económica, sino a la «minoridad», es decir, a no poseer, no dominar, no imponerse, no situarse por encima del otro. La pobreza es, por tanto, inseparable de la fraternidad, la obediencia, el servicio y la renuncia al poder.

 

Y está el Francisco hombre manso, pacífico y amable. También esta es una representación muy edulcorada, porque en realidad era un hombre radical, exigente, ascético, a veces muy duro consigo mismo y con sus frailes.

 

Basta con pensar en que su idea de la pobreza no era en absoluto romántica: exigía renuncias muy concretas y elecciones de vida rigurosas. Y, en el fondo, precisamente de este radicalismo surgieron tensiones muy fuertes incluso dentro de la Orden, a medida que esta crecía.

 

La lista podría continuar: su figura se ha vuelto tan universal que cada uno tiende a construirse su propio Francisco: ecologista, pacifista, anticapitalista, defensor de los animales, místico, social, anti-institucional, etc.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El "tránsito" de nosotros mismos al Evangelio.

El "tránsito" de nosotros mismos al Evangelio

Tantos años han transcurrido desde aquella noche del 3 de octubre de 1226, cuando Francisco de Asís, en la Porciúncula, entregó su frágil cuerpo a la tierra y su espíritu al Señor.

 

Pero, ¿es realmente cierto que Francisco murió? ¿O no deberíamos decir más bien, como la tradición franciscana siempre se ha atrevido a recordar, que vivió su tránsito?

 

Sí, el tránsito, no el fin, no la última palabra. El tránsito es un paso, es un éxodo, es el gesto último de un hombre que, en realidad, había aprendido a pasar a lo largo de toda su vida.

 

Francisco transita de sí mismo al otro, del sueño de la gloria al sueño de Dios, del miedo al leproso a la dulzura del abrazo, de la fe recibida a la fe buscada, de la posesión a la restitución, de la fuerza a la mansedumbre, de la centralidad de sí mismo a la fraternidad con toda criatura.

 

Por eso, al final, puede transitar también a través de la muerte, no porque la muerte se haya vuelto amable, sino porque Francisco ya se había convertido en hermano, hermano incluso del último enemigo.

 

Una forma así de morir no se improvisa, se aprende viviendo.


 

Como cualquier hombre, Francisco conoce la ilusión de bastarse a sí mismo. De joven, sueña con la grandeza, el éxito, el reconocimiento; sueña con una imagen de sí mismo capaz de seducir a los demás y tal vez incluso a Dios. Luego llega la crisis: la cárcel, la derrota, la enfermedad, la decepción. Todo lo que antes le entusiasmaba ya no logra despertar su corazón. ¿Se ha acabado todo? En absoluto.

 

Es su primer paso: de la imagen de sí mismo a la verdad de sí mismo. Francisco se ve obligado a volver a su interior, a enfrentarse a la realidad, a dejar de habitar esa representación exagerada de sí mismo. ¿No es acaso esta la primera conversión: dejar de huir de la propia verdad?

 

A veces, la gracia entra precisamente por la grieta y, así, lo que parecía solo una pérdida se revela como una cita. Esa herida no cierra la vida, la reabre, pero la reabre con la condición de atravesarla.

 

Luego, el leproso: desde luego, no es un episodio edificante ni una escena digna de un fresco. El leproso es lo que Francisco no quería ver, es el otro en su forma más incómoda, el diferente, el rechazado, el impuro, el cuerpo que perturba, el olor que hace huir. Pero el leproso es también todo aquello que seguimos evitando: una persona, una herida, un recuerdo, una relación, una parte de nosotros que no sabemos reconciliar.

 

Francisco aquel día no pasa de largo, sino que atraviesa, y es ahí donde lo amargo se convierte en dulzura, no porque la realidad cambie por arte de magia, sino porque cambia su mirada. El otro ya no es un obstáculo en su camino, sino el lugar en el que Dios le esperaba. Esto también es tránsito: de la defensa al encuentro, del miedo a la fraternidad.

 

Y, sin embargo, antes incluso de tocar al leproso, Francisco se deja tocar; antes de anunciar la paz, es pacificado; antes de reparar la Iglesia, se encuentra con Cristo; antes de hacer algo, descubre a Alguien.



Ante el Crucifijo de San Damián, Francisco pide: «Dame una fe recta». ¿Qué buscaba? ¿Acaso no tenía ya fe? Ciertamente, tenía la fe recibida, la fe de la casa, la fe de las costumbres, pero llega el día en que la fe de los demás ya no basta. Nos ha llevado hasta allí, hasta el umbral, pero luego hay que entrar: Él y yo. Ya no es solo «creo porque me lo han dicho», sino «creo porque me he encontrado».

 

También la fe tiene su proceso: viene de otros, pero pide convertirse en un encuentro; se transmite, pero no puede quedarse solo en una herencia. Francisco no reniega de la fe recibida: la atraviesa, para que se convierta en suya. No la posee como una doctrina, la acoge como una relación.

 

La fe, para Francisco, no es una deuda que hay que saldar con Dios. Es dejarse amar gratuitamente. Ante el Crucificado con los brazos abiertos, descubre que al principio no está nuestro esfuerzo, sino su misericordia. No somos nosotros, en primer lugar, quienes tenemos fe en Dios: es Dios quien, en primer lugar, tiene fe en nosotros.

 

De ahí surge todo lo demás: la pobreza, la fraternidad, la alegría y esa extraña libertad de quien ya no posee nada y, por eso, puede recibirlo todo. La pobreza es el paso de la posesión a la restitución: solo quien restituye deja de defenderse, solo quien no retiene puede, por fin, recibir.

 

Así nace la minoridad: no como un complejo de inferioridad, ni como una estética de la miseria, sino como una forma evangélica de existencia. Ser menores significa no ocupar todo el espacio, no imponerse, no pretender que el otro se convierta en lo que nosotros quisiéramos que fuera.

 

¿No es acaso este el estilo de Dios? El Señor no entra en la historia con el caballo de los vencedores, sino con el asno de los humildes; no elige lo excesivo, sino lo poco. Seguimos preguntándonos: ¿qué es esto para tanta gente? ¿Qué puede hacer nuestra pobreza? ¿Qué puede hacer una Iglesia sin bastón ni sandalias en los pies?



Y, sin embargo, el Evangelio camina así, con pasos ligeros, con las manos vacías, con palabras que no hieren, con presencias que no dominan. Francisco lo había intuido en la Porciúncula: el sueño de Dios no debe quedar aprisionado en nuestros comentarios, en nuestras prudencias, en nuestras estrategias; debe acogerse, sine glossa, sin domesticarlo, porque cada vez que lo explicamos en exceso, tal vez ya estemos buscando la manera de no vivirlo.

 

Por eso Francisco sigue siendo peligroso, no porque pertenezca al pasado, sino porque desenmascara nuestro presente. Nos pregunta si la fe se ha convertido en costumbre, si la prudencia se ha convertido en cálculo, si las estructuras han sustituido al Evangelio, si hablamos de pobreza pero seguimos soñando con el caballo de los poderosos, si invocamos la paz con la boca, pero no la guardamos en el corazón.

 

A Francisco no hay que imitarlo como se copia un modelo inalcanzable. Hay que escucharlo como se escucha una palabra que reabre el camino, porque la vida cristiana no consiste en repetir a Francisco, sino en dejarse alcanzar, como Francisco, por el Dios vivo en nuestra propia historia.

 

Y así, su fiesta no es una celebración nostálgica, sino un paso: de la posesión a la gratitud, del miedo al encuentro, de la costumbre a la fe, de la dureza a la mansedumbre, de nosotros mismos al Evangelio.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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