lunes, 1 de septiembre de 2025

¿No sabéis que sois Templo de Dios? -1 Corintios 3, 16-.

¿No sabéis que sois Templo de Dios? -1 Corintios 3, 16-

 

En este Domingo de la Dedicación de la Iglesia Catedral de San Juan Laterano la Liturgia nos ofrece un relato tomado del cuarto Evangelio, sobre la primera epifanía de Jesús en Jerusalén, al comienzo de su ministerio público. 

El episodio se introduce con la anotación temporal «Se acercaba la Pascua de los judíos», la fiesta que Israel celebra cada año en la luna llena de primavera como memorial del Éxodo de Egipto, la acción salvífica con la que el Señor creó a su pueblo santo, liberándolo de la esclavitud para conducirlo a la tierra de la libertad. 

Esta precisión temporal sobre la subida de Jesús a Jerusalén se repetirá otras dos veces en el Evangelio (cf. Jn 6,4; 11,55). Es un detalle de profundo significado, porque cada vez la fiesta de Pascua recibe de las acciones y palabras de Jesús un significado más pleno, hasta la revelación de que él mismo es el cordero pascual muerto en la víspera de Pascua, que él inaugura la Pascua de la salvación definitiva y universal. 

Subido a Jerusalén con motivo de esta fiesta, Jesús entra en el Templo (ierón), el lugar del encuentro con Dios, donde está el Santo de los santos, el lugar de su Presencia (Shekinah) en la tierra, pero constata que no se respeta su función; es más, de lugar de culto a Dios se ha convertido en lugar comercial, sede de tráficos «bancarios», mercado donde reina el ídolo del dinero. 

El Sanedrín, de hecho, había organizado en el monte de los Olivos un camino para el ganado destinado al sacrificio y Caifás había reservado una parte del atrio para el mercado de las víctimas necesarias para los sacrificios. ¿Cómo es posible tal perversión? Sin embargo, según las invectivas de los profetas, esto ocurrió con el primer y el segundo Templos (cf. Is 56,7; Jr 7,17; Mal 3,1-6), y sigue ocurriendo también en muchos lugares cristianos... El mercado —entonces de animales necesarios para los sacrificios, hoy de objetos sagrados y devocionales— se instala fácilmente donde acude la gente, siempre lenta en creer pero fácilmente religiosa. 

Ciertamente, ese mercado en la zona del Templo, exactamente en el atrio reservado a los gojim, a los gentiles, para que pudieran acercarse y buscar al Dios vivo, proporcionaba una enorme riqueza a los Sacerdotes, a los sirvientes del Templo y a toda la ciudad santa. En particular, en ese lugar había bancos de cambistas, que permitían a los que venían de la diáspora cambiar monedas, hacer ofrendas al Templo y comprar víctimas para los sacrificios. 

Al encontrarse con esta realidad, Jesús «hizo un látigo con cuerdas y expulsó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; tiró al suelo el dinero de los cambistas y volcó sus bancos, y a los vendedores de palomas les dijo: «¡Quitad de aquí estas cosas y no hagáis de la casa de mi Padre un mercado!»». 

Jesús realiza una acción, un signo, y pronuncia una palabra. De este modo, se revela como un profeta que denuncia el culto perverso, que con parresia, con franqueza, lee la situación presente y se atreve a declarar ante todos el triste fin que ha corrido la que sigue siendo la casa de Dios, su Padre. 

Jesús pide que se ponga fin a esa práctica indigna de Dios, da una señal del cumplimiento de la purificación de la casa de Dios anunciada por los profetas para los últimos tiempos y cumple la profecía de Zacarías: «En aquel día no habrá más ningún comerciante en la casa del Señor» (Zc 14,21). Al igual que Jeremías, critica la práctica religiosa que el Templo parecía exigir en nombre de Dios (cf. Jr 7,15), pero al decir que esa es la casa de su Padre, revela que Él es el Hijo, es decir, el Mesías, el Hijo de Dios (cf. Sal 2,7), esperado por los judíos como purificador y juez. 

El gesto de Jesús escandaliza a los sacerdotes y a los religiosos de la ciudad santa. Ante esta acción que contradice su función y autoridad, se preguntan quién es este Jesús venido de Galilea. Le piden, pues, sus credenciales: ¿qué autoridad tiene? Y si la tiene, que dé una señal, que muestre su autorización para actuar de esta manera. Al expulsar a todas las víctimas destinadas al sacrificio pascual, Jesús impide de hecho la celebración de la Pascua según la Torá, atentando así contra el culto mismo. 

Ante esta acusación, implícita en las afirmaciones de aquellos religiosos que se dirigen a Él, Jesús responde con palabras enigmáticas, que son una profecía, pero que aquellos detractores no pueden comprender en su verdad. De hecho, les desafía diciendo: «Destruid este santuario (naós) y en tres días lo levantaré, lo resucitaré». 

Jesús se identifica a sí mismo, a su cuerpo, con el santuario, con la tienda levantada en el desierto donde habitaba Dios, en la que residía la Shekinah. 

Esos enemigos de Jesús pueden suprimirlo, y así sucederá, porque lo llevarán a la cruz y a la muerte; pero Él, en tres días, levantará de nuevo esa tienda de la Presencia de Dios que es su cuerpo. ¡Será su resurrección de entre los muertos! Pero estas palabras resuenan como incomprensibles, porque esos judíos ven el Templo de Dios hecho de piedras y se preguntan: «Este santuario (naós) se ha construido en cuarenta y seis años, ¿y tú lo levantarás en tres días, lo resucitarás?». 

En cualquier caso, Jesús ya ha puesto la señal, ha dicho la palabra necesaria, la que quiere el Templo no como casa de comercio sino como casa de Dios. El Templo, su lugar porque es la casa de Dios, su Padre, el Templo que debería haberlo reconocido y acogido como el Señor, el Kýrios que toma posesión de Él, precedido por Juan, el nuevo Elías (cf. Ml 3,1-2.23-24), en realidad no lo reconoce, no lo acoge. Y enseguida, la actividad comercial y el sistema bancario se reanudan exactamente como antes de Él, como si Jesús nunca hubiera realizado ese gesto... 

Pero junto a esta hostilidad, que no hará más que crecer hasta la condena a muerte de Jesús, el cuarto Evangelio registra también la reacción de los discípulos que habían bajado con él a Jerusalén desde Caná de Galilea. Cuando lo vieron realizar ese gesto, que no causó daño físico a nadie, que no era un gesto de violencia sino una acción muy expresiva y elocuente, una clara condena del sistema religioso en el que se basaban el Templo y el sacerdocio, lo consideraron lleno de pasión, de celo, como Elías (cf. 1Re 19,10.14), y el salmo tantas veces rezado moldeó su pensamiento: «La pasión por tu casa me consumirá» (Sal 69,10). 

A decir verdad, en el salmo el verbo está en pasado, mientras que aquí está en futuro, para decir que este gesto lo llevará a ser consumado como el Cordero pascual: sí, ¡esta pasión por Dios llevará a Jesús a la condena y a la muerte! Y cuando Jesús, consumido por esta pasión, resucite, ya que tal pasión-amor «hasta el final» (Jn 13,1) por Dios y por los hombres no podía morir, entonces los discípulos recordarán sus palabras sobre la resurrección en tres días: «Él hablaba del santuario (naós) de su cuerpo». No se levantará el Templo de piedra destruido, pero su cuerpo muerto resucitará para la vida eterna. 

Ahora, pues, el lugar del encuentro con Dios es el cuerpo de Jesús, el lugar del verdadero culto a Dios es Jesús. Esto es lo que significan sus palabras dirigidas más adelante a Tomás y a Felipe: «Nadie viene al Padre sino por mí... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,6.9). 

La economía y los ritos de los sacrificios animales han terminado para siempre, Jesús es la verdadera víctima del sacrificio: el único sacrificio según la revelación de Jesús, de hecho, es «dar la vida por los demás» (cf. Jn 15,13) y «ofrecer el propio cuerpo por amor» (cf. Rom 12,1). 

Esta es la Buena Nueva cristiana, el Evangelio: el lugar de la Presencia de Dios no es un edificio, sino Jesucristo mismo, es un hombre, es su carne en la que «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). 

Por consiguiente, el lugar de la Presencia del Señor es el Cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 12,12-29), que es su Iglesia, porque los cristianos son el Templo de Dios (cf. 1 Cor 3,16-17). Es en el Cuerpo de Cristo donde se ha revelado la gloria de Dios y es en nuestro cuerpo donde Dios habita ahora a través de Cristo, en la comunión del Espíritu Santo. 

Pero debemos confesarlo: aquellos judíos no sabían discernir en Jesús la Presencia de Dios y nosotros, los cristianos, no sabemos discernir que Cristo está en nosotros. Pablo nos lo reprocha: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; poneros a prueba. ¿Reconocéis que Jesucristo habita en vosotros, sí o no?» (2 Cor 13,5). 

Un padre del desierto, Pambo, se dirigía así a un hermano: «¿Sabes que eres tabernáculo del Señor? ¿Sabes que Dios habita en tu cuerpo y que tus miembros son miembros de Cristo? ¡Es en tu cuerpo donde puedes dar gloria a Dios y hacer que habite en el mundo, entre los humanos!». Una advertencia que da vértigo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un Templo para el hombre.

Un Templo para el hombre

Una hora después, los mercaderes ya habían vuelto a ocupar sus puestos, las mesas estaban enderezadas, el dinero volvía a pasar de mano en mano, los pobres regateaban por palomas para los sacrificios. 

Pero el gesto de Jesús no es inútil, es una profecía en acción. Se opone a la lógica mercantil, al poder idólatra del dinero, a una cierta imagen de Dios. 

El Templo, toda Iglesia, puede convertirse en un lugar de mercado, donde la relación con Dios se reduce a una compraventa, donde le ofrezco oraciones, buenas acciones, méritos, para obtener a cambio su favor, donde no busco al Dador, sino solo sus dones. 

Dios es amor, quien quiere pagarle va contra su propia naturaleza y lo trata como a una prostituta. Cuando los profetas hablan de prostitución en el Templo, se refieren a este culto, tan piadoso como ofensivo para Dios. 

Quizás yo también sea uno de estos mercaderes del templo. Me presento ante Dios con méritos de los que presumir, con mi impuesto semanal pagado. Pero a Dios no se le merece, se le acoge. 

Jesús amaba mucho el Templo de Jerusalén, lo admiraba, se indignaba con los mercaderes, lloraba pensando en su inminente destrucción. Sin embargo, también lo cuestionó radicalmente: «Ni en Samaria ni en Jerusalén adoraréis al Padre, sino en espíritu y en verdad». 

«Es la casa del Padre», asegura, pero añade: «Destruid este Templo y en tres días lo resucitaré». Pero Él se refería al Templo de su cuerpo. 

El centro de su discurso es identificar el lugar donde la presencia de Dios es más fuerte: no el conjunto de piedras, sino el perímetro vivo de un cuerpo de carne. Y aquí aparece de nuevo una de las paradojas más elevadas del Evangelio: la plenitud, la plena revelación de la divinidad es la humanidad de Jesús. 

Lo divino alcanza su plenitud solo en lo humano, en la tierra, en un cuerpo de hombre. Nuestra fe pasa por la humanidad del Hijo de Dios: allí vemos el rostro acogedor, amoroso y perdonador del Padre. 

Jesús nos enseña a sustituir la teología del Templo de piedra por la teología del Templo de carne, de los hijos de Dios como santuario de Dios. Y si soy de Jesucristo, también yo soy el lugar donde el Misericordioso sin hogar busca un hogar. 

Es fácil adaptarse a un Dios que habita en las catedrales, prisionero de las piedras y los muros de los hombres. Un Dios así no crea problemas, pero tampoco cambia nada en la vida. El verdadero problema para nosotros lo representa un Dios que ha elegido al hombre como Templo. 

Más fuerte que los mercaderes y el dinero no es el látigo que blande Jesús, sino su humanidad que ha contado a Dios, ha «evangelizado» a Dios convirtiéndose para siempre en la fuente de lo humano. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Los hijos de Dios somos su Templo.

Los hijos de Dios somos su Templo

Una hora después, los mercaderes habían vuelto a ocupar su lugar; el balido de los corderos y el arrullo de las palomas se mezclaban de nuevo con el murmullo de las oraciones. 

Y, sin embargo, el gesto de Jesús no quedó sin efecto, sigue proclamando: no comerciarás con la fe, no harás valer la ley mezquina del intercambio, la ley estrecha del trueque, en la que tú das algo a Dios para que Él te dé mucho a cambio. 

El gesto y las palabras de Jesús son una profecía para hoy: si entonces el Templo se había convertido en mercado, ahora, sin ningún pudor, es el mercado global el que se ha convertido en Templo, el lugar donde se adora a los nuevos ídolos, al falso Dios del dinero. 

Jesús amó mucho el Templo de Jerusalén, lo admiró, se indignó con los mercaderes, lloró por su inminente destrucción. Lo llamó «casa del Padre», pero también lo contestó radicalmente: destruid este templo y en tres días lo resucitaré. 

Vosotros destruís, yo reconstruyo. Su obra más verdadera es reconstruir; la acción propia de Dios es resucitar. Allí donde los demás detienen, Él hace partir de nuevo; allí donde hemos caído, Él nos levanta y despierta la vida. 

Jesús hablaba del templo de su cuerpo. El verdadero Templo no está indicado por el círculo de piedras, sino por el perímetro vivo de un cuerpo de carne, el suyo, tienda de la Palabra. 

A la teología del Templo de piedra, Jesús nos enseña a sustituirla por la teología del Templo de carne: los hijos de Dios son el santuario de Dios. Y si pertenezco a Jesús, yo también soy tienda de Dios. Y lo es el mendigo, el inmigrante, el extranjero cuya sola presencia me molesta. 

Es fácil adaptarse a un Dios que habita en las Catedrales, prisionero de las piedras y los muros de los hombres. Un Dios así no crea problemas, pero no cambia nada en la vida. 

El verdadero problema para nosotros es un Dios que ha elegido al ser humano como Templo, que nos ha enseñado a sustituir la teología del Templo por la teología de los hijos e hijas de Dios como Templo de Dios. 

¡No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado! Jesús no se dirige a los guardianes de los Templos, ni a la institución, sino a cada uno: la última casa del Padre eres tú. Una casa abarrotada de ovejas y bueyes, de dineros y palomas, …, que ya no deja ver a Dios, y a la que Jesús invita a volver a ser transparente, tierra abierta al cielo. 

Dios sigue de camino, itinerante y peregrino, sin lugar dónde reclinar su cabeza, el Misericordioso sin Templo busca un Templo, el Dios que no tiene casa y que está de camino y busca un hogar. Lo busca precisamente en cada uno de nosotros, en mí. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Fuera los mercaderes y dentro los pobres -Juan 2, 13-22-.

Fuera los mercaderes y dentro los pobres -Juan 2, 13-22- 

En todo el mundo, los cristianos católicos celebran hoy la dedicación de la Catedral de Roma, San Juan de Letrán, como si fuera su Iglesia, raíz de comunión de un extremo al otro de la tierra. 

No celebramos, pues, un Templo de piedra, sino la gran Casa de un Dios que ha elegido como morada el viento libre de siempre, y ha hecho del hombre su casa y de toda la tierra su Iglesia. 

En el Evangelio, Jesús con un látigo en la mano. El Jesús que no esperas, el valiente cuyo hablar es sí sí, no no. El Maestro apasionado que usa gestos y palabras con combativa ternura (EG 85). Jesús nunca es pasivo, nunca está desamoroso, no se resigna a las cosas tal como son: quiere cambiar la fe y, con la fe, cambiar el mundo. Y lo hace con gestos proféticos, no con un buenismo genérico. 

Probablemente, una hora después, los mercaderes, tras recuperar las palomas y las monedas, habían vuelto a ocupar sus puestos. ¿Todo como antes, entonces? No, el gesto de Jesús ha llegado hasta nosotros, una profecía que sacude a los guardianes de los Templos, y también a nosotros, del riesgo de mercantilizar la fe. 

Jesús expulsa a los mercaderes porque la fe se ha mercantilizado, Dios se ha convertido en objeto de compraventa. Los astutos lo utilizan para ganar dinero, los piadosos y devotos para congraciarse con Él: yo te doy oraciones, Tú a cambio me das gracias; yo te doy sacrificios, Tú me das la salvación. 

Expulsa a los animales de las ofrendas anticipando el cambio radical que traerá consigo la cruz: Dios ya no nos pide sacrificios, sino que se sacrifica a sí mismo por nosotros. No exige nada, lo da todo. 

Fuera los mercaderes también significa que la Iglesia se volverá bella y santa no si aumenta su patrimonio y sus medios económicos, sino si realiza las dos acciones de Jesús en el patio del Templo: echar fuera los mercaderes, acoger dentro los pobres. Si se convierte en Iglesia con delantal … 

Jesús hablaba del Templo de su cuerpo ... El Templo del cuerpo ..., el Templo de Dios somos nosotros, es la carne del hombre y de la mujer. Todo lo demás es decorativo. El Templo santo de Dios es el pobre, ante el cual «deberíamos quitarnos las sandalias» como Moisés ante la zarza ardiente «porque es tierra santa», morada de Dios. 

De nuestros magníficos Templos no quedará piedra sobre piedra, pero nosotros permaneceremos, Casa de Dios para siempre. Hay gracia, presencia de Dios en cada ser humano. Pasemos entonces de la gracia de los muros a la gracia de los rostros, a la santidad de los rostros. 

Si pudiéramos aprender a caminar por la vida, por las calles de nuestras ciudades, por nuestras casas y, con delicadeza, por la vida de los demás, con veneración por la vida morada de Dios, quitándonos las sandalias como Moisés ante la zarza, entonces nos daríamos cuenta de que estamos caminando dentro de una única e inmensa catedral. Que todo el mundo es cielo, cielo de un solo Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Solo queda el amor -Mateo 25, 31-46-.

Solo queda el amor -Mateo 25, 31-46- 

¿Qué quedará de este tiempo inquieto y doloroso? 

¿Qué quedará de mi vida, hecha de sueños, miedos, impulsos y frenazos, contradicciones, entusiasmos y sufrimientos que se alternan, deseos inexpresados o no realizados, decepciones y derrotas? 

¿Qué quedará de mi búsqueda de la fe, a veces entusiasta y apasionante, pero más a menudo lenta y rutinaria? 

¿Qué queda al final de la vida? ¿De mi vida? ¿De toda vida? 

El amor. 

Solo el amor. 

Queda lo que he sabido amar. Lo que me he dejado amar. Lo que he deseado amar. 

Porque el amor dirige el mundo, porque el Amor lo creó y lo moldeó y lo hace florecer. 

No son los éxitos, el dinero, los «me gusta», lo que permanece, sino el amor que hemos logrado construir en la concreción de lo cotidiano. 

El amor acogido por Dios, el amante. Donado lo mejor de nuestras posibilidades, no como un esfuerzo, sino como efusión de un amor recibido. Como una sobreabundancia, compartiendo lo recibido, como un desbordamiento del corazón. 

Esto es lo que celebramos en este día de Todos los Fieles Difuntos. 

La Palabra desafía, interpreta, sacude, consuela, cautiva, ilumina, indica, corrige ... 

Y lo hace de una manera inesperada, decididamente pasada de moda. 

Vida 

Al leer el evangelio final de Mateo, nos quedamos desconcertados y perplejos. 

El clima es sombrío, la visión de este juez implacable, tal y como lo han representado algunos pintores, como el poderoso Cristo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, por ejemplo, da miedo. 

¿Qué tiene que ver esta página con el resto del Evangelio? ¿Se equivocó Mateo? ¿O nos equivocamos nosotros al seguir profesando el rostro de un Dios compasivo? 

Al atardecer, los pastores separaban las ovejas de las cabras. 

Las cabras, sin el «abrigo» que les proporcionaba la madre naturaleza, sufrían el frío del desierto y debían refugiarse en un lugar más cálido, como un establo o bajo una roca. 

Esta imagen es el telón de fondo del relato de Jesús, una separación que es una protección, una atención hacia los más débiles. 

El pastor acoge a las ovejas que lo han reconocido en el rostro del pobre, del débil, del perseguido. Era una práctica común en el mundo judío, pero también encontramos rastros de ella en otras culturas, valorar los gestos de compasión hacia los débiles. 

Hay dos novedades en el Evangelio de Mateo: Jesús da a entender que es Él a quien cuidamos en el pobre, identificándose con el hombre derrotado. En segundo lugar, esta identidad es desconocida para el discípulo, que se sorprende de haber ayudado a Dios sin saberlo. 

Jesús se identifica con el pobre. 

Y afirma que el gesto de caridad brota de un corazón compasivo, no necesariamente del corazón de un creyente. 

El mensaje que nos dirige Mateo es bastante claro: el encuentro con Dios cambia tu forma de ver a los demás, puedes encontrarlo incluso en el rostro desfigurado del pobre. 

¡Jesús no habla de pobres «buenos» o de presos víctimas de un error judicial! 

Incluso en el pobre que lo ha malgastado todo por culpa propia o en el asesino (¡!) podemos reconocer un fragmento de la chispa de Dios. 

Estamos llamados a amar sin condiciones porque somos amados sin condiciones. 

A amar con gestos concretos: comida, bebida, manta, visita, acogida, consuelo. 

Repetición 

Jesús repite la misma idea, pero esta vez en negativo. 

Como era costumbre entre los rabinos, que siempre reiteraban su enseñanza una vez en positivo y otra en negativo. Para insistir, Jesús concluye que quien no lo reconozca arderá en el fuego de la Gehena. 

¡Olvidad las horribles imágenes del infierno y el temor a Dios, que no es miedo al Padre, sino miedo a perder su amor por nuestra negligencia! 

La Gehena es uno de los valles que rodean Jerusalén, nunca habitado porque, según la historia, allí los jebuseos practicaban sacrificios humanos antes de la conquista de la ciudad por el rey David. En la época de Jesús, en el valle del Gehena se quemaban los desechos. 

Si no sabemos reconocer el rostro de Dios en el hermano, somos basura. 

Tiramos nuestra vida, la desperdiciamos. 

Entonces 

Al final de los tiempos, ante Cristo en majestad, ¿qué sucederá? 

Lo encontraréis escrito, leed bien y apartad el cuaderno en el que habéis anotado meticulosamente las horas de oración, las misas y las confesiones soportadas con resignación cristiana y las posibles justificaciones que sacar a relucir en caso de que Dios sea más exigente de lo que nos contaban. 

El Señor nos preguntará si lo hemos reconocido en el pobre, en el débil, en el hambriento, en el solitario, en el anciano abandonado, en el pariente incómodo. Sí, lo han entendido bien. 

El juicio se basará en todo lo que hayamos hecho. Y en el corazón con el que lo hayamos hecho. 

Seremos juzgados por el amor. Pero con amor. 

La fe es concreción, no palabras, la oración contagia la vida, la cambia, no la anestesia, la celebración continúa en la ciudad, no se agota en el Templo. 

Entonces, por supuesto, la oración, la Eucaristía, la confesión, son instrumentos de comunión con Cristo y entre nosotros para hacer de nuestra vida el lugar de la fe. 

En mi oficina, en mi facultad, en casa, cocinando, en mi escalera de vecinos, …, me salvaré. Si sé llevar la fe de dentro hacia fuera, de lejos a cerca, y reconocer el rostro de Cristo adorado en el rostro del hermano que encuentro cada día, me salvaré. 

La vida eterna, hoy, se manifiesta en nuestros gestos. 

Cristo es Señor si sabemos amar cada vez más a los hermanos, convertirnos en transparencia de la misericordia, testigos creíbles de la compasión. 

La vida es ya eterna si, en estos tiempos oscuros, sabemos conservar la esperanza, tender puentes, indicar caminos. 

La vida vence si el amor triunfa. También en mi vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Lejos del pobre, lejos también de Dios -Mateo 25, 31-46-.

Lejos del pobre, lejos también de Dios -Mateo 25, 31-46- 

Lo que habéis hecho a mis hermanos, a mí me lo habéis hecho. El Padre está en los cielos, pero los cielos del Padre son sus hijos. El pobre es el cielo de Dios. Más aún: es hermano de Dios. Solo entraremos en su cielo si hemos entrado en la vida del pobre. Porque el prójimo es semejante a Dios (Mt 22,39). 

Un dicho jasídico exhorta: si un hombre te pide ayuda, no le digas devotamente: «dirígete a Dios, ten confianza, deposita en Él tu pena», sino actúa como si Dios no existiera, como si en todo el mundo solo hubiera uno que pudiera ayudar a ese hombre, solo tú. 

Hay algo que me fascina del Evangelio: el tema del juicio no será toda mi vida, sino las cosas buenas de mi vida; no la fragilidad, sino la bondad; el Padre no mirará a mí, sino a mi alrededor, a la porción de lágrimas y de sufridos que me ha sido confiada, para ver si alguien ha sido consolado por mí, si ha recibido pan y agua para el viaje, valor para hoy y para mañana. 

Dios no buscará nuestra debilidad, sino el bien hecho. La medida del hombre y de Dios, la medida de la historia es el bien. Ante Él no temo mi debilidad, solo temo las manos vacías. 

Comprender que se nos necesita ahora es más importante que preguntarnos qué juicio se dará mañana a nuestras acciones. Ahora es el momento en que yo juzgo al pobre, y Dios mismo en él; ahora yo soy para el necesitado un gesto de bendición o un acto de rechazo. 

Pues bien, este mismo juicio, el que he reservado al pobre, volverá sobre mí en el último día: no hay mañana para quien no se abre al necesitado, para quien, pudiéndolo, no se ha hecho pan para el hambriento. 

Mateo presenta seis obras, tan vastas como lo es el campo del dolor humano. A ninguno de nosotros se nos pide que hagamos milagros, sino que cuidemos. No que curemos a los enfermos, sino que los visitemos; que cuidemos con esmero a un anciano en casa, que custodiamos con silencioso heroísmo a un hijo discapacitado, que cuidemos sin alboroto al cónyuge en crisis, a un vecino que no puede valerse por sí mismo. 

La exigencia de este Evangelio: cuidar del hermano es tan importante que Dios vincula la vida eterna a un trozo de pan dado al hambriento; es tan fácil que nadie carece de un poco de tiempo, de agua o de corazón, como para no poder ser salvo. 

Pero el juicio también se toma en serio la frágil libertad humana: es posible fracasar en la vida. «Apartaos de mí, malditos». Lejos del pobre, estamos lejos de Dios, lejos de nosotros mismos. Esta es la perdición: el alejamiento de la vida. 

Es el juicio de todos los pueblos, el Evangelio dirigido a cada hombre, cristiano, judío, musulmán, budista, laico: lo único que queda de nosotros es nuestra capacidad de amar, en el tiempo y por la eternidad. 

Todo lo demás es siempre el Otro. En el juicio final, Dios no se pone a sí mismo en el centro, sino que se olvida de los derechos de los pobres, donde sueña con un hombre sin hambre ni lágrimas, sin prisiones ni enfermedades, feliz y salvo, semejante a Él. 

El futuro no se espera, se genera; nuestro cielo, nuestro futuro es fruto del bien que tú y yo, que todos hemos dado al innumerable Lázaro de la tierra. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Quien toca a los pobres roza el cielo de Dios -Mateo 25, 31-46-.

Quien toca a los pobres roza el cielo de Dios -Mateo 25, 31-46- 

Padre que estás en los cielos... pero el cielo de Dios son los pobres. Y cuando tu mano toca a un pobre con una vida dolorosa, tus dedos rozan el cielo de Dios. Donde solo entraremos si antes hemos entrado en la vida de quienes sufren. 

Porque Jesús está en el lugar donde nunca querríamos estar, en el último lugar; en aquellos que encarnan no tus sueños, sino tus miedos y tus dolores: Dios navega en el río de lágrimas de esta historia, de este mundo. 

Lo que me conmueve, de las últimas cosas, es que Dios no me juzgará repasando la lista de mis debilidades, sino la de mis gestos de bondad; no investigará mis sombras, sino que anotará las semillas de luz o el polen de bondad que he sembrado. 

Aparta tu mirada de mi pecado, suplicaba David en el salmo del llanto. Y he aquí que Dios escucha ese grito, en el último día apartará su mirada del mal, la fijará para siempre en el bien. En el bien concreto: y la humildad de la materia es tan importante que Dios ha vinculado a ella la salvación, la ha vinculado a un poco de pan, a un vaso de agua, a una prenda de ropa donada, a los pasos de una visita. No a las cosas, sino al corazón que expresan las cosas. 

Esta es la grandeza de la fe evangélica: el tema de la confrontación suprema entre el hombre y Dios no es el pecado, sino el bien. La medida del hombre, la medida de Dios, la medida de la historia es el bien. 

Nuestro futuro, el cielo y el paraíso, es generado por el bien que yo, tú, nosotros hemos donado al Lázaro infinito, al Lázaro innumerable de la tierra. 

El juicio de Dios es el acto que dice la verdad última del hombre, y para encontrarla no me mirará a mí, sino a mi alrededor: mis relaciones, la porción de pobres, lágrimas y amores que se me ha confiado y que debo custodiar con mi vida. Si hay algo eterno en nosotros, si algo de nosotros permanece cuando ya no queda nada, eso es solo el amor. 

Dios no te sorprende en un momento de debilidad, cuando no eres capaz de vivir de una manera más noble y pura, sino que es aquel que incansablemente te empuja hacia el bien. Que no mide tus debilidades, sino que impulsa tu bondad. 

El pobre del que habla el Evangelio es aquel que viaja al límite de la existencia. Y si lo miras, te sientes naufragar. El pobre, por su fragilidad, te obliga a enfrentarte a lo extremo, a la vida en peligro, es metáfora del fracaso y de la muerte. 

Pero el pobre también es maestro de fe porque encarna la evidencia de que todos vivimos solo porque otros nos protegen, que existimos solo porque alguien nos acoge, impaciente por repetir: ¡Venid, benditos de mi Padre! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿El mayor pecado? Perder la mirada de Dios -Mateo 25, 31-46-.

¿El mayor pecado? Perder la mirada de Dios -Mateo 25, 31-46- 

Tenía hambre, tenía sed, era extranjero, estaba desnudo, enfermo, en la cárcel... Del Evangelio se desprende un hecho extraordinario: la mirada de Jesús se posa siempre, en primer lugar, en la necesidad del hombre, en su pobreza y fragilidad. 

Y después de la pobreza, su mirada busca el bien que circula en las vidas: me has dado pan, agua, un sorbo de vida, y no, como cabría esperar, busca los pecados y los errores del hombre. 

Y enumera seis buenas obras que responden a la pregunta en la que se basa toda la Biblia: ¿qué has hecho con tu hermano? 

Las que Jesús destaca no son grandes gestos, sino gestos poderosos, porque dan vida, porque nacen de quien tiene la misma mirada que Dios. 

Gran cambio de perspectiva: Dios no mira el pecado cometido, sino el bien hecho. En la balanza de Dios, el bien pesa más. Belleza de la fe: la luz es más fuerte que la oscuridad; una espiga de trigo vale más que la cizaña del corazón. 

Y he aquí el juicio: ¿qué queda cuando no queda nada? Queda el amor, dado y recibido. En esta escena poderosa y dramática, que es en realidad la revelación de la verdad última de la vida, Jesús establece un vínculo tan estrecho entre Él y los hombres, que llega a identificarse con ellos: ¡lo que habéis hecho a uno de mis hermanos, me lo habéis hecho a mí! 

Jesús está pronunciando una grandiosa declaración de amor por el hombre: os amo tanto que, si estáis enfermos, es mi carne la que sufre; si tenéis hambre, soy yo quien padece los mordiscos del hambre; y si os ofrecen ayuda, siento cómo todas mis fibras se regocijan y reviven. 

Los hombres y las mujeres son la carne del Hijo de Dios. Mientras haya uno solo que siga sufriendo, Él seguirá sufriendo. 

En la segunda parte del relato aparecen los que son expulsados, porque están condenados. ¿Qué mal han cometido? Su pecado es no haber hecho nada bueno. No han sido malos ni violentos, no han añadido mal sobre mal, no han odiado: simplemente no han hecho nada por los pequeños de la tierra, indiferentes. 

No basta con ser bueno solo interiormente y decir: yo no hago nada malo. Porque también se mata con el silencio, también se mata con quedarse mirando por la ventana. No comprometerse con el bien común, con los que tienen hambre o sufren injusticias, quedarse mirando, ya es ser cómplice del mal, de la corrupción, del pecado social, de las mafias, de ... 

Lo contrario exacto del amor no es entonces el odio, sino la indiferencia, que reduce a la nada al hermano: no lo ves, no existe, para ti es un muerto viviente. 

El Papa Francisco definió esta actitud como «globalización de la indiferencia». El mayor mal es haber perdido la mirada, la atención, el corazón de Dios entre nosotros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué quedará de nosotros al final? El amor dado y recibido -Mateo 25, 31-46-.

¿Qué quedará de nosotros al final? El amor dado y recibido -Mateo 25, 31-46- 

El Evangelio describe una escena poderosa y dramática que solemos llamar el juicio universal. Pero sería más exacto definirla como «la revelación de la verdad última sobre el hombre y la vida». ¿Qué queda de nuestra persona cuando ya no queda nada? Queda el amor, dado y recibido. 

Tenía hambre, tenía sed, era extranjero, estaba desnudo, enfermo, en la cárcel: y tú me ayudaste. 

Seis pasos de un camino, donde la esencia de la vida se llama amor, forma del hombre, forma de Dios, forma de vivir. Seis pasos para encaminarnos hacia el Reino, la tierra tal y como Dios la sueña. Y para intuir nuevos rasgos del rostro de Dios, tan hermosos que me encantan cada vez de nuevo. 

En primer lugar, Jesús establece un vínculo tan estrecho entre Él y los hombres que llega a identificarse con ellos: me lo habéis hecho a mí. ¡El pobre es como Dios! El cuerpo de Dios, la carne de Dios son los pequeños. Cuando tocas a un pobre, es a Él a quien tocas. 

Luego surge el tema en torno al cual se teje la última revelación: el bien, hecho o no hecho. En la memoria de Dios no hay espacio para nuestros pecados, sino solo para los gestos de bondad y las lágrimas. Porque el mal nunca revela nada, ni de Dios ni del hombre. Solo el bien dice la verdad de una persona. 

Para Dios, el buen grano es más importante y verdadero que la cizaña, la luz vale más que la oscuridad, el bien pesa más que el mal. 

Dios no desperdicia ni nuestra historia ni, mucho menos, su eternidad haciendo de guardián de los pecados o de las sombras. Al contrario, para Él no se pierde ni uno solo de los más pequeños gestos buenos, no se pierde ningún esfuerzo generoso, ninguna paciencia dolorosa, sino que todo ello circula por las venas del mundo como una energía de vida, ahora y por la eternidad. 

Luego dirá a los demás: Alejaos de mí... todo lo que no habéis hecho a uno de estos pequeños, no me lo habéis hecho a mí. 

¿Qué mal han cometido los alejados de Dios? No el de añadir mal al mal, su pecado es el más grave, es la omisión: no han hecho el bien, no han dado nada a la vida. 

No basta con justificarse diciendo: yo nunca he hecho daño a nadie. Porque también se hace daño con el silencio, también se mata con el quedarse mirando por la ventana. No comprometerse con el bien común, quedarse mirando, ya es ser cómplice del mal común, de la corrupción, de las mafias, es la «globalización de la indiferencia» -Papa Francisco-. 

Lo que ocurre en el último día muestra que la verdadera alternativa no es entre quienes frecuentan las Iglesias y quienes no lo hacen, sino entre quienes se detienen junto al hombre golpeado y tirado en el suelo, y quienes siguen adelante; entre quienes parten el pan y quienes se dan la vuelta y pasan de largo. Pero pasando de largo, más allá del hombre, no hay nada, y mucho menos el Reino de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Gracia tras gracia - San Mateo 20, 1-16 -.

Gracia tras gracia - San Mateo 20, 1-16 -   Este pasaje evangélico presenta a un amo que sale a diferentes horas del día para llamar a traba...