jueves, 27 de febrero de 2025

Una conversión misionera de la pastoral.

Una conversión misionera de la pastoral 

La Cuaresma abre de nuevo para la Iglesia el camino del éxodo, el de la conversión, que es un camino de renovación interior. Sin embargo, el término conversión se aplica también a la vida pastoral y expresa la urgencia de la misión, que la Iglesia no puede eludir para no caer en una especie de introversión. “En lugar de ser sólo una Iglesia que acoge y recibe manteniendo las puertas abiertas – escribe el Papa Francisco en la exhortación Evangelii gaudium –, necesitamos ser una Iglesia que encuentra nuevos caminos, que es capaz de salir de sí misma y salir al encuentro de los demás, de aquél que no la frecuenta, de aquel que se ha ido o que es indiferente”. 

“Efatá, que significa: ¡Ábrete!” (Mc 7,34): el Señor repite este mandato, dirigido a los sordomudos, a la Iglesia, llamada a observar la regla pastoral sugerida en la parábola del gran banquete, en la que se lee la invitación a salir, dirigida a los sirviente, tiene el precedencia sobre la misión que el dueño de casa le confía: compelle intrare (cf. Lc 14,15-24). 

Necesitamos una Iglesia consciente de la necesidad de estar “en constante actitud de salida”. Necesitamos una Iglesia “en misión permanente” para salir al encuentro de quienes se han alejado de ella y entrar en su diálogo con altura y amplitud. 

Necesitamos una Iglesia que sepa descifrar la noche contenida en la huida de tantos hermanos: una Iglesia que se dé cuenta de cómo los motivos por los que uno se aleja contienen ya en sí mismos las motivaciones para un posible regreso. Necesitamos una Iglesia que, redescubriendo la profundidad maternal de la misericordia divina, acoja con alegría a todos sus hijos. 

“Para estar a la altura de esta tarea –dice el Papa Francisco- necesitamos testigos que sepan caminar en la noche, que sepan dialogar y también bajar a la oscuridad sin perderse; escuchar la ilusión de muchos sin dejarse seducir; acoger las decepciones sin desesperarse ni caer en la amargura; tocar la desintegración de los demás sin dejarse disolver y desintegrar en la propia identidad”. 

Necesitamos una Iglesia consciente de ser un pueblo pobre, necesitado de perdón. Necesitamos una Iglesia pobre para los pobres, dispuesta a luchar contra la pobreza, que es pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Necesitamos una Iglesia capaz de despojarse de lo que no es esencial y de toda mundanidad espiritual – escondida tras apariencias de religiosidad – que consiste en buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. 

Necesitamos una Iglesia peregrina, no sedentaria, porque a Dios se le encuentra caminando, se le encuentra en cada persona. “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por haber salido a la calle”, confiesa el Papa Francisco, “antes que una Iglesia enferma por el encierro y por la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (…). Más que el miedo a equivocarnos, espero que nos mueva el miedo a encerrarnos en estructuras que nos den una falsa protección”. 

Lo que se necesita, por tanto, es una Iglesia abierta a explorar fronteras y no a frecuentar laboratorios. “Siempre está latente el peligro – lamenta el Papa Francisco – de vivir en un laboratorio, donde los problemas se afrontan fuera de su contexto, en lugar de en las encrucijadas más importantes, en las periferias existenciales, en las trincheras sociales”. 

Necesitamos una Iglesia que sea la casa de todos, no un nido protector que contenga sólo a un pequeño grupo de personas seleccionadas. Necesitamos una Iglesia hospital de campaña, capaz de curar las heridas y calentar el corazón de los fieles con cercanía y proximidad. Necesitamos una Iglesia formada por pastores dispuestos a caminar con el pueblo, a veces delante, a veces en medio y a veces detrás: delante, para guiar a la comunidad; en el medio, para animarla y apoyarla; detrás, para mantenerlo unido. 

Necesitamos una Iglesia en la que los pastores no sean ni rigoristas ni laxos. “Ninguna de las dos tipologías –subraya el Papa Francisco– es verdaderamente un testimonio del amor de Dios, porque en ambos casos el pecador no es asumido, sino más bien descargado. El rigorista lo clava a la frialdad de la ley; el laxista, en cambio, no lo toma en serio y así adormece la conciencia del pecado”. 

Necesitamos una Iglesia consciente de que “propone la verdad evangélica y la salvación en Jesucristo con plena claridad y con absoluto respeto a la conciencia – afirmaba Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi –, lejos de ser un ataque a la libertad religiosa, es un homenaje a esta libertad”. La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción; no necesita apologistas para sus causas ni cruzados para sus batallas, sino humildes y confiados sembradores de la verdad, que no descuiden el vínculo esencial entre diálogo y anuncio. 

Necesitamos una Iglesia que, con serena confianza, sepa reconocer la necesidad del Evangelio que está presente en todas partes. “Dios siempre llega antes que nosotros – asegura el Papa Francisco – ¡siempre nos precede! Incluso en los lugares más lejanos, en las culturas más diversas, Dios esparce por todas partes las semillas de su Palabra”. 

Necesitamos una Iglesia convencida de que el corazón humano está hecho para el trigo y que el tiempo de la cizaña ya se ha fijado irrevocablemente (cf. Mt 13,24-30). “La Iglesia –precisa el Papa Francisco- necesita hombres que sean custodios de la doctrina para no medir cuán lejos vive el mundo de la verdad que contiene, sino fascinar al mundo, encantarlo con la belleza del amor, seducirlo con la oferta de libertad que da el Evangelio”. 

Necesitamos una Iglesia que sea consciente, por una parte, de que la fe ve en la medida en que camina, en que entra en el espacio abierto por la Palabra y, por otra, de que la solidez de la fe se mide por la capacidad dar testimonio de ello, es decir, transmitirlo en forma de contacto, de persona a persona, como una llama es encendida por otra llama. 

Necesitamos una Iglesia que testimonie el Evangelio de manera más sencilla, más profunda y más radiante, si es necesario también con palabras. 

Necesitamos una Iglesia dispuesta a vivir un tiempo de evangelización más ferviente y alegre, más generoso y contagioso. “Si no sentimos el deseo intenso de comunicar al Señor –subraya el Papa Francisco-, necesitamos detenernos en la oración para pedirle que nos fascine de nuevo”. 

Necesitamos una Iglesia que no pueda prescindir del pulmón de la oración, pero sin refugiarse en ninguna falsa espiritualidad porque la contemplación que deja fuera a los demás es un engaño. Para ser auténticos evangelizadores, debemos desarrollar también el gusto espiritual de permanecer cerca de la gente. 

La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo. “La evangelización no sería completa –advierte el Papa Francisco– si no tuviera en cuenta el atractivo recíproco que el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre se plantean continuamente (…). La verdadera esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, genera siempre historia”. Dios se manifiesta en el tiempo y está presente en los procesos de la historia. Dios es como una rama de almendro que florece primero en primavera (cf. Jr 1,11). 

Necesitamos una Iglesia capaz de discernir los medios pastorales adecuados para afrontar los desafíos actuales con la luz y la fuerza que vienen del Evangelio. Una identificación de objetivos sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en fantasía. 

Necesitamos una Iglesia que sea consciente de que existe una tensión bipolar entre idea y realidad: el divorcio entre pensamiento y realidad crea una dicotomía que olvida la lógica de la encarnación, que es esencial, a la evangelización. 

Necesitamos una Iglesia que no se obsesione con cuestiones limitadas y particulares, sino que esté dispuesta a ampliar su mirada sin desarraigar, a trabajar a pequeña escala con una perspectiva más amplia, a reconocer que el todo es más que las partes individuales y es también más que su simple suma. 

Necesitamos una Iglesia que esté dispuesta a reconocer que el conflicto no se puede ignorar ni ocultar, pero si permanecemos atrapados en él perdemos la perspectiva. 

Necesitamos una Iglesia capaz de caminar juntos, pues la sinodalidad es la mejor expresión de la colegialidad. Necesitamos una Iglesia formada por una red de testigos que busquen no la unanimidad, sino la verdadera unidad en la riqueza y la armonía de la diversidad. Así como en una sinfonía varios instrumentos tocan juntos, cada uno manteniendo su timbre y características inconfundibles, así en la Iglesia cada persona aporta lo que Dios le ha dado, para enriquecer a los demás. “El discernimiento –precisó Benedicto XVI– no precede a la acción eclesial sino que es fruto de un paciente camino de verificación dentro de una auténtica vida de comunión”. 

El discernimiento comunitario no es un sistema de lógica deductiva y, menos aún, la suma matemática de diferentes opiniones. Requiere serenidad de juicio y desapego de opiniones personales, capacidad de leer los signos de los tiempos y, sobre todo, afinidad con las intenciones de la Iglesia. “Las decisiones no pueden estar dictadas por nuestras exigencias –advierte el Papa Francisco–, condicionadas por posibles estamentos, consorcios o hegemonías (…). Que nuestro lenguaje sea el del Evangelio: sí, sí; no, no; nuestras actitudes son las de las Bienaventuranzas y nuestro camino es el de la santidad”. 

Necesitamos una Iglesia que tenga memoria de futuro, porque su mañana está siempre en sus orígenes, en sus fundamentos apostólicos. 

Si queremos ver lejos debemos interrogar la tradición de los Apóstoles, combinando la sabiduría de los siglos, la experiencia de la historia, los signos presentes y futuros de los tiempos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un tiempo de transfiguración eclesial.

Un tiempo de transfiguración eclesial 

La referencia bíblica del segundo Domingo de Cuaresma es la Transfiguración. En un tiempo en el que hay tantas críticas e incomprensiones hacia el camino sinodal, donde la esperanza deja paso al miedo de cuestionar la autoridad de la Iglesia, su prestigio, su Tradición, donde se pide morir para poder resucitar… estamos invitados a dejarnos guiar por Jesús para purificar estos miedos y angustias eclesiales. 

Hay al menos tres nodos de purificación-liberación personal pero también de liberación pastoral, asumiendo la sinodalidad como paradigma: retirarse, transfigurar, descender de nuevo. 

1.- Retirarse de la mediocridad y de la vanidad 

El primer paso es el desapego, no en la dirección que queremos tomar, sino siguiéndole a Él, al Cristo liberador. El primer paso es perder el control, escapar de la tentación de gestionar y ordenar todo según las necesidades. 

Es el gesto que Jesús está invitado a realizar también al inicio de su misión, como hemos escuchado el primer domingo de Cuaresma. Fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado. Entrar en contacto con las tres pulsiones humanas internas que, si no se conocen y se doman, pueden llevarnos a hacer el mal que no querríamos hacer -pensemos en los abusos cometidos por personas iluminadas y carismáticas-: la energía del goce, de la posesión, de poder. . Las mismas que Adán y Eva tuvieron que manejar dramáticamente -el fruto del árbol era bueno para comer, deseable a la vista y precioso para el éxito-. 

La tentación pastoral de querer transformar inmediatamente las piedras en pan, para obtener resultados, para encontrar los números, la participación masiva, para ser reconocidos y visibles, para estar presentes en todas partes. Desprenderse, renunciar, es experimentar el acto del amor creador en su poder cristalino. Simone Weil nos recuerda que “sólo poseemos las cosas a las que hemos renunciado”, por lo que estamos, según la filósofa, invitados a “desear en vano”, a separar la energía de su objeto, sin finalidad, para liberarla del apego. Como Dios que se retira de la creación para permitirnos amarla. 

“El apego surge de una insuficiencia del sentido de la realidad”: nos apegamos porque pensamos que sin posesión esa cosa deja de existir más allá de nosotros. ¡Cuánto esfuerzo estamos poniendo en algunos aspectos! ¡Qué fuerte es el impulso infantil de tener todo inmediatamente, de no saber esperar, de no callar para permanecer tenso, para purificarme! Cuánto esfuerzo se necesita para permanecer en la realidad y no proyectar sobre ella deseos y apetitos no purificados. No por maldad ni por deseo de maldad, sino por miedo al vacío, a la muerte, a ser visto como eres, a dejar descubrir tus propias fragilidades. Hay un niño interior que tiene miedo y temor, que hace berrinches, agarra cosas, está impaciente. 

Y tomó Jesús al niño, lo puso en medio de ellos, y tomándolo en sus brazos, dijo: El que recibe a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. Puedo abrazar a ese niño temeroso que condiciona mi ser, que me lleva a depender del deseo de goce, de posesión y de poder… por miedo. No es casualidad que el gesto de Jesús sirva para calmar la discusión entre los discípulos que giraba en torno al tema del poder, de quién era el más grande... Puedo abrazarlo, acogerlo y decirle que no tenga miedo, puedo liberarlo e invitarle a iniciar este camino en el que alejarme de la mediocridad y de la vanidad de mi diálogo interno, así como a la Iglesia, de la mediocridad y de la vanidad de ciertas pretensiones y debates. 

2.- Transfiguración personal y eclesial 

El proceso de liberación personal y comunitario es capaz de permitirnos ver la belleza de Cristo y disfrutarla y contemplarla en lugar de comprenderla (tomarla, captarla, poseerla). Se entrega al misterio deslumbrante, que abre el corazón, la mente, la voluntad, que disuelve los miedos, que rompe cadenas. Hoy estamos llamados a una transfiguración personal y eclesial. 

El camino de la esperanza nos invita a retirarnos para discernir, para recuperar el vínculo con la realidad en su sentido más profundo, más espiritual, más encarnado. Para sacar de esta escucha la belleza que brota no de los análisis socio-antropológicos, sino de Él mismo. A los tres discípulos se les da la gracia de verlo en su gloria, resplandeciente de una luz sobrenatural, que no venía de fuera, sino que irradiaba de Sí mismo. Una belleza superior a cualquier esfuerzo. Para comprender mejor la voluntad de Dios y nuestra misión al servicio de su Reino. 

De hecho, nuestros enfoques dialécticos en la pastoral no cuestionan las formas sino que se limitan a situarse en un plano de redistribución del poder…, como un mero cambio e intercambio reaccionario. La transfiguración como fábula mística va más allá de la dialéctica, subvierte, desestabiliza, no es redistributiva, es lúdica, revolucionaria. Nos muestra un Sueño Misionero que Dios nos invita a vivir en este tiempo y dondequiera que estemos, arraigados en la Tradición de la Iglesia (“Junto a Jesús transfigurado, aparecen Moisés y Elías”) y abiertos a lo nuevo. La tradición es fuente de inspiración para buscar nuevos caminos, evitando las tentaciones opuestas del inmovilismo y la experimentación improvisada. 

El amor, nos recuerda siempre Simone Weil, «no es consuelo sino luz», la luz que irradia el monte Tabor, que no quiere tranquilizar ni calmar domesticando la realidad. De lo contrario, continuaremos contándonos nuestras historias, escapando de la realidad y permaneciendo en la ideología de cierta teología. La luz libera, porque nos muestra la realidad tal como es. No amamos el sufrimiento, el dolor, el cansancio porque sean útiles sino que los amamos porque son. 

La transfiguración es una mirada libre, liberada. Siento cuánto me duele, con que timidez enciendo esta luz interior, inmediatamente siento el impulso de soplarla, y si me resisto mi respiración se bloquea, mi pecho se contrae. A veces lloro. Caigo de bruces al suelo por miedo. La tentación regresiva de hacer las maletas y renunciar a todo es fuerte. Cuando ves que el último bote salvavidas se hunde... El último que apague la luz… Es una imagen deprimente, una señal de escape más que de redención. Quizás también debamos caer... Cancelar todo punto de fuga para permanecer cara a cara con el misterio, el abismo incomprensible, esquivo. ¿Es esta debacle total una gracia, una bendición? 

3.- Descender… para convertirnos en artesano de esperanza y de sinodalidad 

“Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ‘Levantaos y no tengáis miedo’”. Se nos invita a descender a la llanura y, a través de la gracia experimentada en este camino de purificación, convertirnos en artesanos de esperanza y sinodalidad en la vida ordinaria de nuestras comunidades. De hecho, la Cuaresma está orientada a la Pascua: el “retiro” no es un fin en sí mismo, sino que nos prepara a vivir la Pasión y la Cruz con fe, esperanza y amor, para llegar a la resurrección. 

Estamos llamados, como nos invita el camino del Jubileo de la Esperanza, a descender de nuevo a las obras artesanalmente abiertas, laboratorios de esperanza, de resurrección, en el mundo en que vivimos. Liberar al mundo de proyecciones ideológicas, de paradigmas/modelos eclesiales que ya no son coherentes con los datos existenciales y capaces de salvaguardar la vida. No lo haremos con actos de fuerza sino con la espera paciente de la semilla, que, inspirada por el calor de la transfiguración experimentada, sabe extenderse y enraizarse en la realidad para florecer y florecer y dar fruto. Porque toda verdad sólo es tal si está encarnada. 

Se nos pide pues un proceso de liberación personal y eclesial. Un ayuno de las fuerzas del poder, del disfrute y de la posesión para liberarnos del yugo mortal del miedo, de la propia herida interior. Y como nos recuerda Isaías poco antes de la Cuaresma, debemos practicar una ascesis/entrenamiento en la misericordia: la caridad, gesto gratuito y no utilitario, libera, purifica. Un ayuno de un deseo vacío y vano para sí mismo y para la Iglesia: 

¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria del Señor será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá el Señor; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía (Is 58,6-10). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tentaciones y desafíos de una Iglesia en tiempos de crisis.

Tentaciones y desafíos de una Iglesia en tiempos de crisis 

Las lecturas del primer Domingo que nos introducen en la Cuaresma nos ofrecen interesantes elementos para la reflexión sobre los procesos de cambio en la Iglesia. 

Quisiera partir del pasaje evangélico del primer domingo que nos propone el tema de las Tentaciones de Jesús. En un tiempo prolongado de prueba -han pasado cuarenta días- es más fácil caer en la tentación, se es más frágil cuando hay hambre. Y las tres tentaciones ilustradas muestran tres actitudes en las que también la Iglesia, cuando vive un momento de crisis, de cambio como el actual, corre el riesgo de caer. 

1.- Transforma las piedras en pan: comprometerse a satisfacer las necesidades, las continuas y más diversas peticiones. Es una práctica gratificante en el corto plazo, porque responde a peticiones pero genera continuamente una presión sobre el hacer, que no hace más que aumentar aún más las expectativas. Porque una cultura del consumo sólo genera demandas y expectativas, no pertenencia a una comunidad. El autoengaño de resolver todo inmediatamente es el de decirnos “soy útil”, muriendo sin embargo en un funcionalismo estéril y en un pragmatismo que ya no sabe captar un sueño más allá de la necesidad. Así es como se responde al estómago de las personas y no a sus corazones. 

2.- Lánzate y déjate atrapar por los ángeles de una manera bastante espectacular: llamar a los más fieles a reunirse, a ocupar espacios, a la atención, como un acto de fuerza, mostrar el propio músculo para decir ‘¡Yo existo!’. Una venganza identitaria que ingenuamente nos hace sentir vivos pero que incrementa la autorreferencialidad y la soledad y, por tanto, la crisis y la depresión a largo plazo. Identificar a un enemigo no es suficiente para definir una identidad generativa. El autoengaño es decirse a uno mismo “todavía soy fuerte”, reflejándose narcisistamente en un reflejo distorsionado y autoproducido. Así se responde así a los ojos pero no al corazón. 

3.- Todo lo que veas será tuyo si me adoras: ser subordinado al mundo, estar a la moda, caer en la mundanidad. Esto se hace para mantener la relevancia, la importancia y el control sobre ciertos espacios. Un sacrificio inducido por el miedo a dejar de ser vistos y considerados, a perder posiciones. El autoengaño es decirse a uno mismo “soy agradable, interesante”, adaptarse a la realidad, seguir las modas del momento aunque éstas nos pidan eclipsar el núcleo fundador de nuestra fe. Nos embellecemos, nos hacemos liftings, discutimos de todo siempre que sea de interés, perdiendo de vista lo más importante y bello. Así, uno responde más al hígado -miedo- que al corazón. 

¿Cuál es la raíz de las tres tentaciones? La tentación más grande, la que le será dirigida a Jesús bajo la cruz tres veces (¡el mismo número de tentaciones en el desierto!): “¡Sálvate a ti mismo!”. Ésta es la gran tentación de la Iglesia, como de toda institución: ¡tratar de salvarse a sí misma! 

Al fin y al cabo, es cierto que toda institución es creada por los hombres, pero a la larga es ella quien toma el mando y sólo pide una cosa: ¡ser salvada! ¡Ser preservada! Pero las instituciones eclesiales no existen para su propia conservación, tienen un valor icónico, remiten al Reino de Dios, y por tanto son formas transitorias que conservan, eso sí, un núcleo generativo y vital que requiere de vez en cuando formas nuevas, espacios, tiempos, lenguajes para permanecer fieles a la realidad y al hombre. 

Cuando el hombre intenta hacerlo por sí mismo, se vuelve tan rígido como las instituciones que guía, cae en la tentación de conservar lo que existe, se encuentra ante tres consecuencias bien narradas en el segundo libro de Samuel respecto a la tentación de David de realizar un censo de sus tropas. Dios le da a elegir entre tres opciones. 

Posibilidad número 1: siete años de hambruna. Un largo tiempo en el que no se podrá producir comida, alimento para la gente, generar sabor, gusto. Es una pobreza creativa y sapiencial. 

Posibilidad 2: tres años huyendo de un enemigo que está frente a ti. El enemigo está adelante y crees que estás mirando el horizonte, pero en realidad estás corriendo hacia atrás, impulsado por el miedo. 

Posibilidad 3: Tres días de peste negra. Cuando un ambiente ya no es generativo, atractivo, se llena de aire insalubre, enfermo, de virus,… y muchos mueren. Es decir, muchos se van y se alejan. Pensemos simplemente en el gran problema de la “salida” más que de la “entrada” de no pocas congregaciones religiosas. 

La Palabra nos presenta así grandes riesgos o tentaciones, que si sabemos meditar a la luz de las acciones pastorales y de gobierno que se realizan en la Iglesia, pueden abrirnos destellos de luz, para purificar nuestro corazón, nuestros modelos mentales y finalmente nuestras prácticas. 

Es un camino arduo para una Iglesia proyectada hacia la Pascua, donde es Cristo quien gana, no las formas, no las instituciones, no nuestros hábitos inerciales, no nuestros preconceptos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La conversión de una Iglesia ahora y siempre en salida: ser cristianos hoy.

La conversión de una Iglesia ahora y siempre en salida: ser cristianos hoy 

Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37) -Evangelii Gaudium 49-. 

La identidad es saber quién soy. Cuando es incierta o cuando se mide con el otro, la identidad se convierte en una pregunta, una indagación sobre uno mismo y sobre los propios orígenes. En la Biblia le sucede a Moisés, quien fue criado en todos los aspectos como un noble egipcio. Al llegar a los cuarenta años, el descubrimiento de la opresión que sufría su pueblo se convirtió en una oportunidad para dar un giro y repensar toda su vida (cf. Éxodo 2,11; Hch 7,23). Su pueblo no vivía como él, sino como una minoría oprimida. Esta constatación lo llevó a cuestionarse qué era lo verdaderamente importante: su lugar en el mundo. 

Hoy nos preguntamos con razón qué sea el cristiano. En nuestro tiempo, esta pregunta se abre simbólicamente con el libro de Hans Urs von Balthasar, que lo adoptó como título, publicado en 1965, pocos años después de la clausura del Concilio Vaticano II. En comparación con cuando la sociedad era enteramente cristiana, el mundo había cambiado y la Iglesia Católica también estaba cambiando. Ser cristiano en nuestros días significa cada vez más vivir con otros que no se reconocen en la misma fe religiosa o no profesan ninguna. Se trata de abordar sociedades postcristianas en las que las formas de vida cristiana y de transmisión de la fe que se consideraban consolidadas ya no funcionan. 

Por eso el Papa Francisco nos invita a cuestionarnos. Su elección, como afirmaba Benedicto XVI en las Últimas Conversaciones en 2016, significa “que la Iglesia está en movimiento, es dinámica, abierta, con perspectivas de nuevos desarrollos por delante. Que no se queda congelada en patrones: siempre sucede algo sorprendente, que tiene una dinámica intrínseca capaz de renovarla constantemente”. 

De ahí la cuestión de la identidad, que es también una cuestión de la Iglesia. Para responder, más que construir imágenes ideales, y en último término abstractas, conviene detenerse en algunos rasgos específicos de la experiencia cristiana que surgen de la palabra bíblica y que Benedicto XVI resumía con la categoría de dinamismo. La vida del cristiano y de la Iglesia es siempre movimiento, camino, como Jesús es el hombre que camina y no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 18,20). 

“¿Dónde estás?”, pregunta Dios a Adán (Gn 3,29), es decir a nosotros. En otras palabras: ¿dónde estás? ¿Adónde vas? Es una pregunta universal, para todos los seres humanos y para todos los tiempos. Esta pregunta está acompañada idealmente por el llamado de Abraham a dejar su propia tierra. Y el envío de los apóstoles en misión, que es una continuación del ir de Jesús a los pueblos de Galilea. Los cristianos estamos llamados a ir, pero ¿a dónde? Hacia los demás, no cristianos, con el fin de testimoniar… En realidad, este estar en movimiento tiene un doble significado. 

No es casualidad que la Iglesia terrena sea llamada por la tradición cristiana Iglesia peregrina, es decir, Iglesia en camino, porque todavía estamos en exilio lejos del Señor (2 Co 5,6), como nos recuerda también el Vaticano II (cf. Lumen Gentium, 48). ¿Debe el cristiano ir hacia los demás? ¡En primer lugar debe dirigirse hacia Dios! Existe pues una estrecha relación entre ir en misión y volver a Dios, es decir, convertirse: lo uno no puede existir sin el otro. 

En todo momento, los cristianos están llamados a preguntarse hacia dónde van y hacia dónde va la Iglesia. Todo esto remite a la urgencia de la conversión, que caracteriza siempre la existencia cristiana como un incesante nuevo comienzo. 

En esta luz se puede entender la invitación del Papa Francisco a dejarnos encontrar por el Señor y a renovar el encuentro con Él, que abre la exhortación Evangelii gaudium en la que expone su programa para la Iglesia católica (cf. EG 3). Este Papa ha lanzado un fuerte llamado a la conversión de toda la Iglesia como condición para el anuncio del Evangelio. Si esta es la perspectiva cristiana, no puede haber lugar en la Iglesia para la presunción de ser mejores, mucho menos para actitudes marcadas por el juicio y la condenación. La pérdida de autoridad y centralidad del cristianismo en el mundo contemporáneo no es una derrota, sino la oportunidad de volver al Evangelio, algunos rasgos que se han vuelto opacos en el testimonio de la Iglesia católica. La transmisión de la fe se confía, pues, a la belleza, a la bondad y a la verdad de la vida que inspira. 

Sólo viviendo en primera persona la conversión puede la Iglesia presentarse también como testigo creíble del Evangelio en la historia, entre los hombres, y, por tanto, evangelizar. Sólo la vida concreta de hombres y mujeres transformados por el Evangelio, que manifiestan su conversión a los hombres viviéndolo, podrán pedirla también a los demás. 

Evangelii gaudium es un documento sorprendente e inesperado por los horizontes que abre: constituye una nueva etapa en la actuación de la actualización conciliar y una invitación a preguntarnos en qué punto estamos de nuestra conversión y nos ofrece criterios para verificar y discernir los pasos a seguir en este momento de nuestra historia personal y eclesial. 

“El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad (UR 6)” -Evangelii gaudium 26-. 

Mi reflexión trata de centrarse en una revisión de vida y pastoral a la luz de esa exhortación, a releernos a partir del dinamismo humano y eclesial de los tres momentos que la marcan: la alegría del Evangelio, el salir de sí en misión, la renovación. Lo he dividido en dos momentos estrechamente relacionados: el cristiano en la comunidad y la comunidad cristiana, entendida como sujeto de la educación en la fe, en compañía de los hombres. 

Es el cristiano, la persona, quien ante todo encuentra la alegría del Evangelio, la experimenta interiormente y relee la propia vida a la luz de la Palabra y del rostro de Cristo. Luego, sale de sí mismo, va hacia los demás: “La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera” (Evangelii gaudium 21). Y, siguiendo el estilo de Jesús, el cristiano desencadena la conversión de toda la Iglesia, de su pastoral y de sus estructuras, en una renovación inaplazable para hacer hablar hoy el Evangelio (cf. Evangelii gaudium 25-27). 

Antes de entrar en el meollo del asunto, creo que es oportuno recordar brevemente el significado bíblico de la conversión, para evitar equívocos. De hecho, con el tiempo, la comprensión de este concepto ha llegado a estar dominada por el significado de adherirse a una confesión religiosa a la que uno no pertenecía previamente; un sentido de identidad, podríamos decir. La conversión, vista así, constituiría el momento de paso que marca la entrada en la fe cristiana y en la Iglesia. 

Sin embargo, al examinar las Escrituras, el significado de la conversión parece mucho más amplio que esto. En hebreo bíblico, la conversión se llama teshuvá, que puede traducirse como “retorno”, pero también como “respuesta”. Así dice el Señor de los ejércitos: Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros (Zac 1,3; cf. Mal 3,7). Quien se convierte vuelve a Dios, se vuelve hacia Él, orienta todo su ser en su dirección. Este giro es al mismo tiempo también una respuesta a Dios, a su Palabra, a su acción. 

Un midrash cuenta que el mundo fue creado con la letra “he” (ה), semejante a un marco con dos aberturas. Según la sabiduría rabínica, el mundo se crea con esta letra porque se puede salir del marco que Dios ha establecido -hay libertad de elección-, pero hay una segunda apertura porque se puede regresar y hacer teshuvá. ¿Por qué hay dos aberturas, pregunta el Talmud, si se puede salir y volver a entrar por el mismo punto? El rabino Chaim Leib Shmuelevitz dice que para retornar y hacer teshuvá uno debe tomar otro camino, cuestionar las propias ideas y actitudes. 

Escuchar la Palabra de Dios, encontrarlo, puede generar, en la libertad humana de responder, un cambio radical en toda la propia existencia. La Biblia no lo presenta como el acto de un momento, sino como un proceso ininterrumpido. Continuamente, a través de los profetas, Dios llama a Israel a la conversión. Una invitación renovada por Juan Bautista: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mt 3,2) y asumido tal como es por Jesús (cf. Mt 4,17). En el griego del Nuevo Testamento la palabra es metánoia, que indica un cambio de pensamiento y de mentalidad, pero también una actitud penitencial (cf. Mt 3,8). En la liturgia latina, la invitación a la conversión se renueva cada año al inicio de la Cuaresma, signo de que es una exigencia de toda la vida cristiana, como habían intuido Padres de la Iglesia. El nacimiento del hombre nuevo según el Evangelio es una gestación que continúa mientras dura nuestra peregrinación. 

La Iglesia, que predica la conversión al mundo, también debe seguir convirtiéndose ella misma al Dios de Jesús y del Reino. ¿Qué significaría concretamente una Iglesia “convertida” al Evangelio de Jesús? Iglesia de Jesús, ¿cuál será la más hermosa y mejor versión de ti misma a la luz del Evangelio? ¿Cuál está llamada a ser la alternativa, la novedad, que te propone la Buena Noticia? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Emaús: una conversión sinodal.

Emaús: una conversión sinodal 

¿Cuál es la lección más importante que podemos extraer del pasaje de los discípulos de Emaús? Probablemente todos dirían que se refiere a la convicción de que el Resucitado camina con nosotros, y de que la experiencia del encuentro con el Resucitado es posible y se ofrece a todos. 

¡Fantástico! Empatizamos con aquellos discípulos, y es legítimo y reconfortante creer que los dos de Emaús nos representan, creer que cada uno de nosotros puede ponerse en su lugar. 

Pero, ¿cómo es posible experimentar al Resucitado? Como en el caso de los dos discípulos, esto sucede a condición de que cambiemos nuestra mirada: accediendo a una manera diferente de mirar los «hechos», y que la narración de los mismos, dada por cierta y evidente, sea en realidad una narración, fruto de nuestros marcos de referencia. 

Una cuestión de mirada 

Así es: los discípulos reconocieron al Resucitado cuando su mirada cambió, cuando sus ojos se abrieron. 

En cierto modo, se podría decir que el pasaje clave es precisamente la conversión de la mirada, ver las cosas desde otro punto de vista. 

Intentemos, pues, y por ejemplo durante esta Cuaresma, captar la lección del pasaje, es decir, el cambio de perspectiva y de mirada que nos invita a hacer: ésta es la experiencia que nos permite reconocer al Viviente, la promesa ofrecida a quienes aceptan la perspectiva de la fe («se les abrieron los ojos»). 

Hagamos, durante esta Cuaresma, este ejercicio con respecto a las figuras presentes. Como sabemos, en el pasaje sólo se nombra a uno de los dos discípulos, Cleofás, un hombre. Normalmente, por efecto o inercia de la tradición eclesiástica, o más aún de los condicionamientos mentales y culturales de los que inevitablemente estamos imbuidos, tendemos a imaginar que el otro discípulo es también un hombre. 

Algunos Padres de la Iglesia llegaron incluso a especular con la posibilidad de que se tratara del propio evangelista Lucas. Creían que sólo un testigo directo podría haber relatado el acontecimiento con tanto detalle, pasando por alto el hecho de que no se trataba de una crónica, sino de una narración, fruto de la fe de las primeras comunidades cristianas. 

No dos sino uno 

Hoy más que nunca se necesita una disposición de ánimo, una postura espiritual que sepa acoger el cambio. ¿Y si nosotros también intentáramos mirar con otros ojos, rompiendo esquemas preconfeccionados o heredados, yendo más allá de la inercia de las expectativas? 

¿Por qué no pensar, por ejemplo, que la otra persona es una mujer? 

Más allá de la cuestión de género, ya importante en sí misma, lo que cambia es el destinatario. En efecto, pasamos de una perspectiva individual a otra comunitaria y sinodal. 

Si los discípulos son la pareja hombre-mujer, los interlocutores del Resucitado no son dos discípulos, sino una pareja, la pareja humana. La experiencia del encuentro con el Resucitado se convierte en este sentido en una experiencia de pareja y como pareja. 

Pero si se trata de una pareja, entonces podemos decir que la fracción del pan es la celebración del amor, el signo del vínculo y de la alianza. Y el amor no se ve -'desapareció en sus ojos'- sino que se vive: 'regresaron solícitos a Jerusalén'. 

Sólo rompiendo los marcos que condicionan y encorsetan el anuncio podremos encontrar y proclamar al Resucitado en el mundo de hoy. Solamente proponiendo nuevos tejidos, nuevas narraciones y parábolas evangélicas -que hablen de nuestras vidas y a nuestras vidas, la de las situaciones cotidianas- es como podemos esperar abrir los ojos y hacer que se abran, haciéndonos prójimos. 

Porque lo más importante no es hablar a la gente de Dios, sino hablar a la gente de su vida con los ojos de Dios. 

Ver el mundo con otros ojos ya significa haberlo cambiado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cuaresma: una Iglesia que se pone en camino.

Cuaresma: una Iglesia que se pone en camino 

¿La Iglesia está inmóvil y paralizada ante los desafíos que enfrenta o la salida irreversible de la era cristiana la anima a ponerse en camino nuevamente? 

No faltan señales, confirmaciones y negaciones de ambos lados, lo que lleva a la esperanza y luego a la desesperanza. Sin duda, el rápido cambio general trae consigo desorientación y oportunidades. 

¿El equilibrio supera al cambio? 

La verdadera obra maestra del Papa Francisco consiste en haber hecho pasar como revolucionarios un conjunto de cambios completamente marginales, rayanos en la irrelevancia, evoluciones normales y completamente previsibles de la estrategia global de la jerarquía católica. 

La Iglesia se encontraría pues en una situación de inmovilidad sustancial, no sólo sufrida sino de algún modo buscada y cultivada como fruto del mayor nivel posible de equilibrio y continuidad respecto a los cambios epocales que la interpelan y la sacuden. 

Un análisis así considera a la Iglesia desde una perspectiva estructural, es decir, la de la máquina eclesiástica (prácticas políticas, religiosas, culturales y normativas) que, por sus características, puede asimilarse a una gran organización burocrática. 

Independientemente de las intenciones y posibilidades reales, la Iglesia Católica sería entonces esencialmente rígida e inadecuada para producir cambios, incapaz de auto-reformarse y, por el contrario, extremadamente decidida a perpetuarse manteniendo el status quo inalterado durante el mayor tiempo posible. En este contexto, reformar verdaderamente la acción eclesial sería una empresa muy arriesgada porque amenazaría un equilibrio muy estable y duradero. 

En lugar de abordar la cuestión de la secularización y la relevancia cada vez menor del cristianismo, la articulación altamente centralizada y la cultura organizativa de la Iglesia, el papel asignado a la mujer en la vida de la Iglesia, el celibato obligatorio del clero y los cambios en la doctrina moral y familiar, el Papa Francisco habría distraído la atención de quienes presionan por el cambio dirigiéndola hacia otros aspectos mucho menos problemáticos para la institución de la Iglesia. 

Ejemplos de estas distracciones son el aparente desafío al capitalismo, el desarrollo y énfasis en las buenas relaciones con otras denominaciones religiosas y el compromiso ecológico de salvaguardar el planeta. Nada que ver, si se mira con atención, con cambiar la jungla de reglas y normas que requerirían una cuidadosa comparación y reflexión teológica y doctrinal para poder ser cambiadas. 

¿O de trata de una nueva historia? 

Seguramente es necesario partir, más que de las cumbres, de la realidad del Pueblo de Dios. 

Finalmente nos vamos dando cuenta de que la historia ha sorprendido al cristianismo y al Pueblo de Dios en uno de esos puntos de inflexión en los que la estructura pastoral de la vida cristiana ha llegado al agotamiento de uno de sus paradigmas históricos, el de un cristianismo mayoritario y omnímodo. 

Un pueblo, el cristiano, vuelto a poner en camino después de haberse convencido durante tanto tiempo de vivir en un mundo inmutable. La historia ha vuelto a poner al cristiano en camino en compañía de una humanidad inquieta que sigue con valentía la búsqueda de sí misma. 

Naturalmente, ser empujado a moverse no significa otra cosa que haber dado pasos: como en el pasaje de Emaús, parece ser más bien un alejarse -quizás huir- de una situación que se vive con graves dificultades pero sin que el Pueblo de Dios de hoy tenga una verdadera conciencia de las causas que lo hacen en cierto modo extraño en nuestro tiempo. 

Y, en este sentido, se puede interpretar la acción y la personalidad del Papa Francisco como factores dinámicos: no el mejor equilibrio sino el mayor cambio posible. 

Su apariencia sencilla y atrevida tuvo un efecto liberador, una verdadera sensación de alivio: muchos sintieron que de repente se abría una ventana y comenzaba a circular un aire nuevo. Hay que notar, sin embargo que el tejido de la Iglesia está más desgastado de lo que se podía imaginar, con el riesgo de que cada remiendo no haga más que abrir un nuevo desgarro en el todo. 

De los proyectos… a los procesos… 

Cada vez es más evidente que la tarea pastoral exige urgencias que ya no se pueden posponer, poniéndonos así de nuevo en camino. 

Retomar el camino de una historia por vivir exige repensar creativamente las prácticas pastorales concretas. 

Realizar un verdadero cambio en los modelos y prácticas pastorales implica un cambio de paradigma, concretamente pasar del énfasis en los “proyectos” al cuidado de los “procesos”: los primeros se construyen pensando en los resultados deseados, los segundos tienen como criterio de verificación la calidad de las relaciones y vínculos producidos. 

La mentalidad de planificación la encontramos en muchos documentos pastorales nacidos de una comisión o de un sínodo: dictar las directrices y luego esperar que se implementen, contando con la buena voluntad de las personas, convencidos de que describir y planificar es suficiente para realizar. 

En cambio, es a través del cuidado del proceso que una organización genera valor: en el contexto eclesial, es la capacidad de ser generativa, de evangelizar con mayor eficacia y belleza, de ser significativa y atractiva, de ampliar la comunión. 

El proceso representa más bien “cómo” tendemos y queremos lograr un objetivo. No es el “qué”. Así como la sinodalidad no puede reducirse a un principio, a un valor o a un simple estilo, actuar para y sobre los procesos no consiste en un simple cambio de estilo, de atención a prestar. 

Activar un proceso de cambio, a través de un enfoque pragmático, puede describirse como el camino a seguir para pasar de A (situación existente) a B (situación esperada o deseada). Esta transición no puede producirse trazando una línea recta entre las dos situaciones identificadas, sino que requiere una fase, un tiempo, de aprendizaje personal y organizacional. 

El camino a activar se convierte entonces en un verdadero proceso de aprendizaje, donde las personas que se desenvuelven en ese contexto tendrán que descongelar sus modelos mentales, rutinas, hábitos, modelos relacionales y de toma de decisiones anteriores. 

¿De qué se trata: de una Iglesia atenta a salvaguardar posibles equilibrios o de un Pueblo de Dios “obligado” a ponerse en camino? 

Es importante, yo diría que es decisivo, que en cada nivel eclesial se ejerza el discernimiento: después de todo, es uno de los primeros procesos –el discernimiento– que hay que cuidar y cultivar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Celebramos el Carnaval: nada humano nos es indiferente.

Celebramos el Carnaval: nada humano nos es indiferente

A veces tenemos la sensación de volvernos un poco esquizofrénicos cuando pensamos y hablamos sobre el Carnaval… Por una parte, estamos muy contentos de decir que el Carnaval tiene derecho a ciudadanía… pero, por otro lado, evitamos considerarlo espiritual y teológicamente... 

¿Es, pues, el carnaval una de esas cosas que no se pueden aceptar desde una perspectiva cristiana, pero que no se pueden evitar desde una perspectiva humana? Si así fuera, ¿en qué sentido el cristianismo sería verdaderamente humano? 

El origen del Carnaval es sin duda “pagano”: el culto a la fertilidad y la evocación de los espíritus van juntos. El cristianismo tuvo que levantarse contra esta idea y hablar de un exorcismo que expulsa a los demonios que hacen a los hombres violentos e infelices… Después del exorcismo surgió algo nuevo, completamente inesperado, una serenidad demonizada: el Carnaval fue vinculado al Miércoles de Ceniza, como tiempo de alegría antes del tiempo de la penitencia, como tiempo de serena ironía que dice alegremente la verdad que puede ser muy estrechamente ligada a la de la penitencia. 

De este modo, el Carnaval, y en la línea del sabio y predicador del Antiguo Testamento, puede enseñarnos: «Hay tiempo de llorar y tiempo de reír...» (Eclesiastés 3,4). 

Incluso para el cristiano no es siempre tiempo de penitencia. También hay un momento para reír. El exorcismo cristiano ha destruido las máscaras demoníacas, provocando una sonrisa sincera y una risa abierta. 

Todos sabemos que hoy en día el Carnaval está a menudo muy alejado de determinado clima y se ha convertido, en cierta medida, en un negocio… Pero el cristianismo no ha luchado contra la alegría, sino a su favor. La lucha contra los demonios, y en favor de la alegría, están estrechamente unidas: el cristiano no padece de esquizofrenia porque la fe cristiana es verdaderamente humana. 

Que el Carnaval no sea una fiesta religiosa, tampoco supone que pueda ser concebida sin el calendario de fiestas litúrgicas. Por eso, una reflexión sobre su origen y su significado también puede ser útil para comprender la fe cristiana. 

Seguramente las raíces del Carnaval son muchas… En el calendario de festividades judías, corresponde aproximadamente a la fiesta de “Purim” que conmemora la salvación de Israel de la inminente persecución de los judíos en el Reino de Persia: la alegría desenfrenada con la que se celebra la fiesta quiere ser expresión del sentido de liberación que, en este día, no es sólo un recuerdo, sino una promesa: quien está en manos del Dios de Israel está libre de la trampas de sus enemigos. 

Al mismo tiempo, detrás de esta celebración “profana”, que sin embargo tuvo y tiene su lugar en el calendario religioso, está ese conocimiento del ritmo del tiempo, válidamente expresado en el Libro del Qohelet. 

No cada momento es el momento adecuado para todo: el hombre necesita un ritmo, y el año le da este ritmo, en la creación y en la historia que la fe presenta a lo largo del año. Hemos llegado así al año litúrgico, que hace recorrer al hombre toda la historia de la salvación al ritmo de la creación, ordenando y purificando así el caos y la multiplicidad de nuestro ser. 

En este ciclo de creación y de historia ningún aspecto humano queda fuera, y sólo así se salva todo lo que es humano, tanto los lados oscuros como los luminosos, lo sensual tanto como lo espiritual. 

Todo recibe su lugar en el todo que le da sentido y lo libera del aislamiento. Sería, pues, una locura querer prolongar el Carnaval como quieren los negocios… Ese tiempo arbitrario se convertiría en aburrimiento, porque en él el hombre se convertiría en sólo creador de sí mismo, se quedaría solo y se encontraría verdaderamente abandonado. El tiempo ya no sería el don múltiple de la creación y de la historia, sino el monstruo que se devora a sí mismo, el engranaje vacío de lo eternamente mismo, que nos haría girar en un círculo sin sentido. 

A estas alturas del año en el Carnaval está también el rito de la expulsión del invierno y el exorcismo de los poderes demoníacos. La peligrosa lucha con los demonios se transforma en alegría ante la gravedad de la Cuaresma. 

En esta divertida y simpática mascarada ocurre lo que a menudo encontramos en los salmos y profetas: se convierte en una burla de aquellos dioses a los que quienes conocen al verdadero Dios ya no necesitan temer. 

Las máscaras de los dioses se han convertido en un espectáculo divertido, que expresa la alegría desenfrenada de quienes saben encontrar humor en aquello que antes daba miedo. En este sentido, en el Carnaval está presente la liberación cristiana, la libertad del único Dios. 

Todos los momentos del Carnaval están marcados por la transgresión de tal manera que se logra una liberación temporal de las obligaciones de la convivencia civil y de las jerarquías para dar espacio al derrocamiento del orden, a las bromas e incluso al desenfreno… 

El Carnaval es la representación de una renovación simbólica, durante la cual el caos sustituye al orden establecido, que sin embargo, una vez terminado el período festivo, resurge nuevo o renovado y garantizado por un ciclo válido hasta el comienzo del siguiente Carnaval. 

Sea como representación del caos cósmico, sea como dramatización del caos social, el Carnaval interactúa fuertemente con la esfera espiritual-religiosa. 

En el primer caso, el paso del caos al cosmos, es evidente la referencia a la intervención divina, con la que es necesario renovar periódicamente un diálogo fecundo. 

En el segundo caso, el caos social, reconocer a la fiesta la función de impugnar, suspender o incluso subvertir ciertas normas sociales, así como las autoridades que las garantizan, incluso si ello conduce a excesos, es sin embargo parte de un perímetro en el que los comportamientos más extremos están previstos y confinados dentro de límites espacio-temporales delimitados y en última instancia sirven para reiterar la necesidad de un orden unitario incluso si idealmente nuevo o al menos renovado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados vosotros, los pobres!

¡Bienaventurados vosotros, los pobres!   No es una caricia, no es un consuelo: es un grito que rasga el cielo y la tierra, un trueno que der...